BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


CIUDADANÍA ARMADA

Arleison Arcos Rivas



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4.2 En las armas: ¿Un discurso no civilizatorio?

Tal escenario hace patente que no es la simple instalación de dispositivos civilizatorios ni la presencia formal de un tercero constitucional, rector de los asuntos políticos, lo que desestimula la violencia. La violencia instalada en el horizonte cotidiano de las ciudades evidencia un nivel de desinstitucionalización, o de “no existencia de una verdadera institucionalización del poder estatal (capaz) de dar coherencia y de regular las diferentes dinámicas y desarrollos de lo social”164 . Evidencia también la incapacidad del Estado “para fijar las reglas constitutivas de un sistema de valores y símbolos que reafirmen a los social como parte de un orden determinado”165 , capaz de contener la guerra. ¿Estamos contemplando, entonces, el reino de la no civilización?

Afirmarlo sería atrevido; sin embargo, hacia esa dirección nos movemos al contemplar el desdibujamiento del Estado como árbitro y guardián del orden, y la perdida del primado de la política166 como terreno hegemónico de la palabra y el consenso, en favor de la politización de actores armados no necesariamente discursivos.

En tal sentido los altos índices de violencia de una ciudad como Medellín167 y las consiguientes respuestas armadas por parte de los ciudadanos, parecieran constituir una “situación en que la estructura social se expresa prioritariamente como campos de conflicto, sin opciones. Es la ruptura casi generalizada de patrones de convivencia. Es, en definitiva, el reino de la no civilización como diría Norbert Elias” 168 .

Así pues, advertir lo que la violencia armada producida en defensa de derechos expresa y hasta dónde su significado es sustancialmente político, resulta capital al momento de preguntarnos por las formas pretendidamente civilizatorias que el Estado pueda seguir significando y por las condiciones en que se construyen los códigos de relaciones sociales y políticas en ciudades como Medellín.

Aunque al explorar el acceso a formas de violencia armada como expresión de ciudadanía no trato de justificar la violencia convertida en un fin en sí misma, agotada en el círculo vicioso de la anomia, sí pretendo situar los contenidos políticos que llevarían a estimar por parte de los ciudadanos el recurrir a las armas y a formas transitorias de organización militar en procura de autodefensa. Me interesa indagar si la violencia así provocada puede entenderse como un recurso no sólo ético sino legitimo para alcanzar un fin169 .

La violencia producida por ciudadanos que arriesgan su pertenencia social en un proyecto armado en sí mismo parece controvertir las formas de lo político y de la sociedad civilizada. Se diría que la política se expresa en trámites institucionales170 y juegos discursivos no violentos171, entendiendo que se pretende ordenar una sociedad gobernada por las leyes. Pero resulta evidente que la ley no es el fin de la guerra, así como la guerra no es el fin de la política, como se puede colegir de la conocida expresión de Clausewitz.

Si la política refleja también una serie de relaciones sociales marcadas por otro tipo de cohesionantes distintos al poder que emana de las leyes, hay que advertir igualmente que dicho tipo de relaciones, al pretender fines presumiblemente colisionantes con las leyes, se asumen al margen de las mismas. Este sería el caso de quienes en una situación descrita como de guerra, toman las armas para garantizar nichos defendidos soberanamente, aislados del frágil orden institucionalizado, precariamente civilizado.

Así por ejemplo se entiende que las comunidades legitimen a actores armados o incluso se armen a sí mismas en función de la garantía de seguridad que le permita recuperar para sí los espacios de convivencia, participación, interacción y acción común, geográfica y simbólicamente ocupados por quienes son identificados como agresores. Comunidad, ciudadanía y armas terminan por confluir en un proyecto no necesariamente civilizatorio de sociedad emancipada, en paralelo con la sociedad institucionalizada en la que las leyes parecen operar.

En éste sentido, se puede afirmar que formas de operación militar para la autodefensa ciudadana y comunitaria, se corresponden de manera simétrica con expresiones sociales al margen172 de la ciudad incluida, que reflejan la absorción por parte de los ciudadanos de recursos y funciones coercitivas que el Estado debería movilizar si operara eficazmente como instancia ordenadora de la sociedad y contuviese la criminalidad y la violencia delincuencial:

Un grupo de la policía llega a la puerta y pide que se enciendan las luces y que se apague la música. Mientras se adelanta la requisa minuciosa, la gente sigue conversando con aparente indiferencia, pero cuando la policía se retira se siente un rumor generalizado de protestas.

-Y saber que cuando esto estaba lleno de delincuentes no hacían nada, y ahora que las milicias lo organizaron, ahí sí se aparecen a joder173 .

Por oposición, para el aseguramiento de la ciudad legal -la ciudad aparentemente conquistada, en la que los rituales sociales y las liturgias civilizatorias alcanzan a visibilizarse-, opera un fuerte aparato represivo oficial y un aparato parapolicial privado, armado legalmente, institucionalizado, ritualizado en los actos jurídicos.

Este hecho reproduce ritualmente los avatares particulares del proceso de formación del Estado colombiano, descrito por Fernán González174, en el que de manera frecuente vastas regiones del territorio nacional y grupos periféricos de la sociedad fueron dejados por fuera del orden institucional, produciendo identidades políticas y “vínculos de solidaridad primaria y tradicional, basados en el parentesco, vecindario, compadrazgo, etc.”, los cuales se fusionan “con los vínculos más abstractos de la ciudadanía y la nación”175 .

En suma, el discurso que portan las armas como dispositivos comunitarios de seguridad y autodefensa refleja tensiones y fisuras en la construcción de la ciudad y evidencian no sólo la pugna por la validez del Estado, sino también la precariedad en medio de la urgencia por construir una noción, tal vez no delimitada, de vida pública176 .


 

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