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CIUDADANÍA ARMADA

Arleison Arcos Rivas



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INTRODUCCIÓN

La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez.

Max Weber1

Desde que comencé a trabajar sobre la violencia en América Latina me he estado preguntando a quién servimos cuando hablamos de estas cosas porque si bien tenemos que hablar de la violencia, estudiarla y enfrentarla, lo cierto es que al abordar este fenómeno y divulgar los resultados de nuestras investigaciones producimos más miedo (…) Esto me preocupa pero no creo que debamos dejar de analizar los fenómenos relacionados con la violencia porque el hecho de callarlos no equivale, lamentablemente, a su desaparición. No podemos vivir de espaldas a la violencia y al discurso de la violencia.

Susana Rotker2

La construcción histórica de una ciudad como Medellín, en conflicto permanente y en permanente disputa por la inclusión social y política, contrasta con una visión de la ciudad como escenario para la vida humana en sociedad, integrado, que se ordena como el resultado de una compleja articulación de saberes, disposiciones modernizadoras, administración territorial centralizada y tecnificada e interacciones subjetivas mediadas por la distribución social del trabajo; una ciudad articulada para la ampliación y especialización de servicios, la producción industrializada, la masiva confluencia de gentes y una estructuración burocrática de la administración de lo público.

Medellín, como otras ciudades colombianas, revela la precariedad y el espíritu de improviso en el que las primeras y las siguientes generaciones de migrantes, desplazados o exiliados3 han construido, comprendido y vivido su pertenencia a la ciudad marcada por los hitos del desarraigo y sobre la experiencia de ese supremo mal que se instala, paradójicamente, ordenando el desorden, dándole forma de urbe a la montaña y a los valles: la violencia. Se trata de ciudades crecidas a partir de la huída despavorida de esa masa casi incontable de quienes presos del terror, del odio del enemigo, del miedo o de la sospecha, resultan condenados a deambular o a afincarse en un territorio que no es el suyo; en las laderas de las grandes ciudades, en la periferia de la periferia, en los márgenes de una ciudad que no los reconoce como ciudadanos.

Nuestras ciudades son entonces el producto más cosmopueblerino imaginable: padecen las desdichas de haber crecido a costa de haber dejado de cohesionarse: crecidas entre el desencanto y el espanto, son ciudades que se sumergen en el oleaje incontenible del crecimiento absurdo, hastiándose y ensanchándose continuamente hasta dejar sin espacio a quienes llegan de últimos. Ciudades crecidas en medio de la furia, aparentes espacios privilegiados del desorden; para muchos, una pesadilla vivida con los ojos abiertos.

La nuestra es una ciudad rota, migratoria y difusa; amalgama de diferentes grupos humanos insertados artificialmente en ella; cuya articulación al devenir de los asuntos de la ciudad se hace entre el recuerdo de la tragedia y los padecimientos al acomodarse en un espacio nuevo:

3 El exilio generalmente es asociado con fronteras nacionales. Sin embargo las condiciones en las que se dicta un ultimátum dentro de nuestras fronteras pesa sobre la vida de muchos ciudadanos sufrientes como una condena. En esta situación no hay adentro o afuera que valga, excepto el hallar un lugar en el cual volver a sentir la sensación de seguridad, así se siga sufriendo. Al respecto ver: JARAMILLO, Ana Maria; VILLA Marta Inés; SÁNCHEZ, Luz Amparo. Miedo y desplazamiento. Experiencias y percepciones. Medellín, Corporación Región, 2004 (En especial el capitulo 3: Ciudad: trayectos, estrategias de sobrevivencia y miedos), pp. 85 y siguientes.

Si uno observa, rápidamente, lo que ha sido la ciudad colombiana y trata de reconstruir un mapa del espacio, encuentra un conglomerado en donde interactúan de manera excluyente las diferentes regiones del país. La ciudad colombiana está constituida por una extraña sumatoria de grupos humanos, que de alguna manera se acomodan y reproducen en los espacios donde se asientan, el pequeño universo de su procedencia. De esta manera, las primeras generaciones que llegan a la ciudad quedan así excluidas y muchas de ellas nunca logran integrarse del todo a la ciudad. El proceso se repite, aunque no igual. Con las generaciones venideras, los hijos no necesariamente reproducen la historia precedente; la ciudad produce un sujeto que es a la vez mezcla del conocimiento de sus antecesores y la seudo integración de las generaciones posteriores, lo cual va configurando un ser desarraigado, esto es, un ser humano que intenta reconocerse en un espacio, pero no lo logra4.

Como evidencia inmediata, los muchos barrios populares de Medellín -organizados artificialmente en comunas y zonas-, son la imagen cotidiana de un entorno social construido por quienes se hicieron a sí mismos ciudadanos entre violencias en diáspora y violencias afincadas como modo de funcionamiento de la sociedad.5 En estos barrios habita la mayor parte de aquellos de cuya saga nadie se conmueve intensamente6 , habitantes de una ciudad en la que, para muchos, la tragedia solo sirve para condimentar la conversación7.

Así, la ciudad en la que habitamos refleja por un lado la desgracia del sufrimiento de aquellos que conocen el dolor de cerca y, por otro, la indiferencia como medida de la inercia del vivir en un conglomerado humano que banaliza la violencia y la convierte en una trivialidad, en función de circo, en espectáculo televisivo.

Una ciudad como Medellín, se nos escapa de las manos y de las vivencias; aprehenderla en su complejidad supera los análisis manidos. En buena medida para entenderla hay que olvidarse de categorías aprendidas en las escuelas retiradas de un espacio vital como el nuestro, tan cargado de verdades nunca antes imaginadas o comprendidas; nunca antes vueltas realidad, cuya complejidad ha dado lugar a rarezas conceptuales como el objeto de este trabajo: la ciudadanía armada; es decir una ciudadanía que se expresa en armas como consecuencia de la perpetuación de la violencia.

Conciente de esa imagen tan aparentemente ambigua, este trabajo avanza hacia la interpretación de la ciudadanía armada como un producto urbano, posible en buena medida a consecuencia de la precariedad en la presencia estatal y como respuesta de colectivos urbanos que se dan a sí mismos herramientas para la satisfacción de las necesidades de seguridad suficientes para garantizar el disfrute de derechos individuales y colectivos.

En el primer capitulo hago una pregunta por un tipo de ciudadano gestado en esta ciudad, en contraste con las formas liberales de la ciudadanía y con las formas libertarias de la ciudadanía neoliberal. Este ciudadano aparece armado en el contexto de una urbe en la que si bien el Estado hace presencia, deja por fuera del orden que formaliza a bastos sectores poblacionales que se preguntan por la funcionalidad del Estado como instrumento de orden y sitúan sus respuestas entre la desobediencia civil y la resistencia armada.

En el segundo capitulo me pregunto por la ciudad colombiana y su turbulencia, identificando las características históricas y políticas que la definieron tal cual es hoy, posibilitando igualmente el surgimiento de tipos ciudadanos distintos. En esta ciudad se habría constituido una relación social conflictiva, cuyas expresiones violentas evidencian el que no todas las tensiones sociales obedecen a la disputa por el poder. Insisto en la distinción iniciada por Talcott Parsons en torno al concepto de influencia, el cual considero más adecuado que el de poder para casos como el que aquí se estudia.

En el capitulo tres propongo entender que la ciudadanía armada es producto de la carencia en la que los ciudadanos han construido formas de ordenar la vida colectiva mas allá de las fronteras de la legalidad, en permanente confrontación y defensa de su ciudadanía frente al Estado y los actores delincuenciales organizados, contexto que desborda las pretensiones de los modelos normativos de la ciudadanía.

El capitulo cuatro se adentra en las consideraciones de las justificaciones y los argumentos construidos por actores sociales armados de tipo miliciano. En esta concepción aporto elementos con los cuales visibilizar las difíciles relaciones entre ley, guerra y política, preguntando por si el de las armas es un discurso no civilizatorio o si por el contrario, las armas portan un discurso político, tal cual expresan dichos actores.

En el capitulo cinco, avanzando en la comprensión del discurso de las armas en manos de ciudadanos armados en defensa de derechos, a partir de las características que hacen de nuestras ciudades un espacio transido por el ejercicio bélico, aporto algunos elementos de juicio en torno al debate por lo que considero el inconsistente y mítico monopolio de las armas; mito este que se golpea contra una realidad en la que la legitimidad del Estado resulta en entredicho, al tiempo que este no se expresa como poder hegemónico dado que no resulta capaz de contener la violencia de actores que se le enfrentan y distorsionan la vida pública, y menos impide la proliferación de las armas para solucionar conflictos entre ciudadanos.

En el capitulo seis abordo el tema de las salidas armadas por parte de los ciudadanos como aprendizajes frente al miedo. El retorno del miedo aparece como referente fundamental de la vida política en nuestra actualidad. Por ello planteo que en la suma de nuestros miedos y las crisis que el miedo produce se evidencia el carácter consecuencial de las salidas armadas por parte de los ciudadanos, en una relación conflictiva en la que un poder capaz de contener la violencia no aparece ni ha sido construido.

El miedo, si bien en últimas es un detonante en nuestro contexto conflictual, no es una salida definitiva. Este argumento abre una ventana a la viabilidad del Estado, u otra forma socialmente construida, capaz de situarse como referente de orden social que incluso desestimule o haga innecesarias las salidas armadas por parte de los ciudadanos.

Este trabajo es el producto de muchas voces y muchas lecturas sin las que no habría sido posible; sin embargo que a nadie excepto a su autor se culpe por los fallos que el mismo presente. Agradezco en este proceso las lecciones aprendidas de Maria Teresa Uribe, su lectura aguda de la filosofía política y la historia política y su enorme capacidad para recrear las metáforas de la política y construir otras con igual precisión. Aquí usted aparece reiteradamente; espero no hacerla quedar mal al copiarla, casi transcribirla.

Especial mención merecen las preguntas fundamentales de Elsa Blair, quien como mi primera asesora de tesis aportó su experiencia, lecturas y preguntas para el cimiento conceptual en el que se adentra el presente ejercicio.

La versión final de este trabajo es el producto de la juiciosa, perspicaz e inquieta lectura de William Fredy Pérez, a quien debo todo el trabajo posterior, tan significativo y rico en nuevos sentidos y mayores precisiones. Me declaro conforme y agradecido con tu labor, ahora cuando deferentemente aceptas este trabajo con un “más que adecuado”. No todas tus observaciones fueron acogidas con igual interés; seguramente por ello este trabajo, a pesar de pretender ser un ejercicio de abordaje critico en torno a un fenómeno tan insuficientemente analizado, puede que apenas sea un balbuceo que podría haberse escrito de otro modo.

Gracias por tu lectura para nada perezosa y al contrario muy exigente. Si aun hay fisuras en este escrito no son responsabilidad tuya como asesor; corresponden a mi obstinación con ciertas ideas y maneras de escribir a las que aun no quiero o no puedo renunciar.

Al realizar este trabajo descubrí con mayor hondura que analizar no es justificar. Esta claridad me llevó a insistir en la terminación de este ejercicio, producto de una profunda preocupación porque entre nosotros haya tantas armas y tan poco Estado; creo que esto es lo que en últimas justifica éste trabajo; al menos ésa es mi más intima pregunta y aunque no sé si finalmente ésta queda resuelta, me satisface el haberme llenado del coraje suficiente para abrir los ojos y mirar mas allá de mis certezas, sin cerrarlos asustado.

Medellín, Junio 7 de 2005


 

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