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LA ERA DIGITAL

Jorge Nieto Malpica y otros



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Internet. La Red como texto

Basilio Casanova Varela
Universidad Autónoma de Tamaulipas

Resumen:

Nos proponemos abordar el análisis de internet, producto emblemático de la llamada era digital, como texto. Para ello será necesario poner antes en cuestión nociones como las de hipertexto, hipermedia y todos los “hiper” que, utilizados habitualmente por los expertos, sirven para adjetivar los elementos sustantivos de la conocida como red de redes –la Red. Y junto a la noción de texto, la de yo lector-espectador de la red, noción que opondremos de una manera teórica a la de sujeto del relato. Un yo cognitivo, racional e imaginario desligado -escindido-, en tanto que usuario de la red -red elástica, auténtica telaraña global- del cuerpo del sujeto. Escisión radical que podría ser uno de los efectos de la tecnología digital y su capacidad para construir realidades virtuales.

Palabras clave: internet, texto, sujeto, real, pulsión, deseo.

Tres visualizaciones

Comenzaremos mostrando tres imágenes encontradas en un buscador de los muchos que operan en la red. Si escribimos en él la palabra internet, éstas son tres de las primeras imágenes que aparecen.

Una: Dos:

Y tres:

Tres visualizaciones, pues, de la red. Tres imágenes que ilustran algunas de sus principales características, que responden, en definitiva, a la imagen que los humanos nos hacemos de internet.

Tres definiciones

Y bien, vayamos ahora con tres definiciones ya no visuales, sino teóricas de la red:

1ª definición: “Una organización de textos de manera no secuencial, es decir, de acceso no lineal” (Theodor Nelson).

2ª definición: Una red de redes a escala mundial de millones de computadoras interconectadas con un conjunto de protocolos (Enciclopedia Wikipedia).

3ª definición: Una red que nos une “para formar parte de una gran conciencia global. Es un nuevo orden mundial” (Stephen Hawking: 2006). (1)

Sin duda que las imágenes que hemos mostrado al principio concuerdan bastante con estas tres definiciones de internet: una organización no secuencial de textos, es decir, una gran telaraña global (Imagen 1); una red mundial de computadoras interconectadas -y que es también una suerte de gran cerebro con nodos, ligaduras y toda clase de interconexiones- (Imagen 2); y en tercer lugar, y englobando a las anteriores, una especie de gran conciencia global para la que conviene bien esa imagen transparente, es decir, carente de densidad y espesor -al igual que esas figuras planas, recortadas, puros reflejos, que aparecen en la mitad inferior de la imagen (Imagen 3).

El texto que configura nuestra realidad

En definitiva, y resumiendo: expansión a escala global -terráquea, mundial- del discurso cibernético. Un discurso que es, como señala Jesús González Requena, la “realización extrema del modelo de la comunicación como circulación de información”. Pero también, y en no menor medida, como sigue diciendo González Requena, “discurso de la Transparencia: los signos que el ordenador conoce son signos puros, significantes plenos en su diferencialidad, en su inmaterialidad: en tanto ahí no hay cuerpo -nada cabe del cuerpo de las palabras-, ninguna materia se resiste”. (2)

Realización plena, pues, del sueño positivista de un mundo enteramente sometido al orden del signo -ese nuevo orden mundial del que hablaba Hawking. Realización plena también del sueño cartesiano del “pienso, luego soy”; de un ser todo él conciencia, puro ser racional -sólo que la razón, como bien nos enseñó Francisco de Goya, puede engendrar monstruos.

Pues bien, ensayemos a pensar esa red global, transparente, cibernética, sometida toda ella al régimen del signo, como texto. Un texto red; o también: la red -pero no, claro, cualquier red, sino la red de redes, como texto.

Como un texto que configura nuestra realidad. Pues es éste, como ha dicho Jesús González Requena del texto de la ciencia (3), “el texto que tenemos, el texto en que creemos, el texto del que hacemos depender nuestra realidad”.

Ese texto que es internet nace de una limitación, de la conciencia de un déficit, que Theodor Nelson describe así:

“La estructura secuencial de los documentos -influida por la secuencialidad del discurso hablado-, era la causante de que los métodos de su tiempo fueran incapaces de procesar adecuadamente grandes cantidades de información”.

Y puesto que se trataba de procesar adecuadamente ingentes cantidades de información, el carácter secuencial del discurso hablado y la estructura secuencial de los documentos, constituían un límite que era necesario entonces franquear.

Hipertexto

De ahí la necesidad de introducir un nuevo concepto que diera cuenta de lo que esa demanda masiva de información estaba exigiendo. Y ese concepto es el de hipertexto (4). Concepto del que Jacob Nielsen hacía en Hypertext and Hypermedia, (1990), la siguiente definición:

"El hipertexto consiste en piezas de texto o de otro tipo de presentación de la información ligadas de manera no-secuencial.

... Los objetos entre los que es posible establecer relaciones como origen o destino de ligaduras se denominan nodos, y el sistema global formará una red de nodos interconectados.

Las ligaduras pueden ser de distintos tipos y/o tener asociados a las mismas, atributos, que también pueden ser bidireccionales.

El usuario accede a la información contenida en los nodos navegando por las diferentes ligaduras que se establezcan. Dicha navegación tendría que estar asistida por una panorámica estructural de la red (y de la ruta seguida por el usuario en su navegación)".

Es precisamente esa panorámica estructural de la red de la que habla Nielsen la que ahora nos interesa. Panorámicas como ésta:

Ya que de esta índole -una bien abstracta, por cierto- son las figurativizaciones que de la red, de su estructura, se han hecho.

Pero podríamos mostrar aquí otras muchas. Éstas, por ejemplo:

Formas, insistamos en ello, además de abstractas, muy próximas en su configuración a las de las formas orgánicas.

Formas orgánicas, no humanas

De hecho estos son algunos de los nombres con que han sido bautizadas estas formas:

Anémona Rizhoma

Formas, pues, profundamente alejadas, en su configuración y estructura, de cualquier forma o gestalt humana.

Sin duda se trata de redes, redes por las que circula gran cantidad de información, pero son redes -añadámoslo ahora- de las que podría decirse que no sujetan.

Redes y matrices

Es decir: que detrás de una red digital como ésta:

Podría estar esto:

O también esto:

¿Lo recuerdan no? Recuerdan las palabras de Morfeo: Bienvenido al desierto de lo real.

Porque es precisamente lo real, la amenaza de lo real, lo que emerge finalmente detrás de esa red, digital, pero extraordinariamente lábil, incapaz de gestionar lo real.

¿Y por qué no sujetan estas redes? O mejor: ¿qué es lo que estas redes no sujetan?, ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos, haciéndonos eco de las palabras de Morfeo, de lo real?

Bueno, pues para tratar de explicarlo permítanme que les hable antes de los títulos de crédito de un film emblemático de nuestra modernidad, Matrix. De ellos nos serviremos para dar cuenta de esa ausencia de sujeción de la que hablamos.

Matrix

Una catarata de signos invade la pantalla.

Signos que en su caída, y como si de una cascada se tratase, terminan por formar el nombre que da título al film:

Matrix, es decir, matriz. Las letras se desvanecen rápidamente, desintegrándose, para dar paso a un fondo totalmente negro.

Comienzan a oírse en off unas voces al tiempo que sobre la pantalla -la pantalla también de una computadora- surgen frases escritas con un teclado.

Hasta que una pantalla de números en continua rotación cubre el fondo negro de la imagen.

Una matriz, entonces, de números. Pero lo que la palabra matriz nombra es también, al mismo tiempo, el lugar de gestación del aparato reproductor femenino, el lugar de la gestación, es decir, del origen del ser humano.

Las voces que oímos -las de un hombre y una mujer conversando- nombran sin embargo algo que tiene que ver no con el origen, sino con la muerte.

De esa matriz inicial de números en incesante rotación surgen varias columnas. Primero cinco, luego nueve:

La cámara se aproxima a la parte superior izquierda de la pantalla,

donde unos pocos números no rotan.

Y bien, ¿qué hay detrás realmente de esa pantalla digital? ¿Cuál es, por así decir, su otro lado, qué late tras ella? Enseguida lo veremos.

Entre el cinco y el seis, dos números consecutivos, un espacio vacío, negro. Entre esos dos números, pues, nada, es decir, cero (cero en inglés es nada).

Un cero en cuyo interior se abre inesperadamente una suerte de agujero negro, aunque también podría tratarse de un largo y oscuro túnel. Y por qué no, también, una suerte de intrusión, de entrada -enter- en el útero materno: la matriz.

Al final del cual aguarda una luz, la luz de una linterna.

Y junto a ésta unos ojos que miran -y nos miran-, y una pistola.

La mirada, entonces, y con ella -junto a ella-, ¿qué? Pues la pulsión, “esa energía violenta y potencialmente destructiva que nos habita”, tal y como la define Jesús González Requena. (5)

Esa violencia -pulsión de muerte- que emergía ya en el diálogo que oíamos en off y en el que la voz de un hombre hablaba de matar.

Y bien: ¿hacia dónde miran esos ojos?, ¿qué lugar interior, ayudados por la luz de una linterna, parecen estar escrutando -además de dar la impresión de estar mirando a la cámara, es decir, al espectador?, ¿qué ilumina realmente la luz de esa linterna?

Por qué no decirlo, es decir, por qué no pensar que ese lugar oscuro es el que el título del film nombra con exactitud: la matriz, el lugar más interior.

La pulsión, pues, pero, sobre todo, la pulsión visual que habita el ojo y que se materializa en ese deseo, desbocado, de querer ver más y más, de querer verlo todo. Hasta el origen mismo, el lugar de gestación del ser: el espacio más íntimo y secreto, también el más sagrado.

El más claro ejemplo de esto lo constituye hoy el espectáculo televisivo. Porque, como señala González Requena,

“Nada como él nos ofrece el estado mismo de nuestro marasmo civilizatorio: millones de espectadores abocados al consumo de un espectáculo incesante en el que la pulsión visual se alimenta de las huellas brutas -y brutales- del sufrimiento humano de manera inmediata, en ausencia de toda configuración simbólica, de toda estilización representativa”. (6)

Pulsión visual que está detrás también, quién lo duda a estas alturas, de muchos de los usos pornográficos, en el sentido más amplio del término pornográfico, de internet.

Coda

Es decir: que a este lado de la pantalla, de la pantalla también de la computadora, hay algo más que una pura conciencia, hay una persona, un sujeto habitado por la pulsión y por el deseo. Un sujeto que desea y que si entra en internet, que si navega por la red, es porque su deseo lo ha conducido hasta ahí. El sujeto y su deseo. Eso que parece estar completamente ausente del discurso científico de Stephen Hawking cuando habla de internet como de una gran conciencia global. No sólo, pues, conciencia, sino también cuerpo, pulsión y deseo.

Pero es necesario recordarlo de la mano de Jesús González Requena: para que haya deseo ha de haber relato, ya que sólo los relatos sujetan la pulsión, sólo los relatos permiten convertir la pulsión, esa energía potencialmente destructiva que nos habita, en deseo (8).

La red de redes, esa telaraña mundial llamada internet, una red semiótica -hecha de signos- e imaginaria -llena de objetos fascinantes para el deseo-; una red, en fin, transparente, por la que circula un enorme caudal de información, parece ser pues incapaz de canalizar la pulsión, lo real que habita el cuerpo del sujeto, y por eso difícilmente podrá cumplir la función simbólica que los relatos han desempeñado a lo largo de los siglos como matrices generadoras de sentido.

Sí podría constituirse en cambio internet en una suerte de herramienta al servicio de esas matrices de sentido que son los relatos. Siempre y cuando la función de internet sea precisamente esa: la de ser una herramienta que, inscrita dentro de un relato, de un trayecto con sentido, ayude al sujeto -ya no sólo a su conciencia- a gestionar simbólicamente, es decir, a articular el choque con lo real, con la violencia que le aguarda, como cita inevitable, en la experiencia sexual. Esa función de mediación haría de la red no una matriz siniestra, letal, sino, por el contrario, una matriz alumbradora de sentido. Es, pues, ese posible uso de internet el que aquí defendemos.

BIBLIOGRAFÍA.

(1) Discurso de inauguración del X Campus Party, Valencia 2006.

(2) GONZÁLEZ REQUENA, Jesús, 1998: “Occidente. Lo transparente y lo siniestro”, Trama y Fondo nº 4, Asociación cultural Trama y Fondo, Madrid, p. 11.

(3) GONZÁLEZ REQUENA, Jesús, 2004: “Ciencia, Capitalismo, Psicosis”, en El impacto social de la cultura científica y técnica, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Madrid, p. 183.

(4) Desde la Teoría del Texto que ha elaborado Jesús González Requena, y que es la teoría que aquí tratamos de seguir, carece de sentido distinguir entre hipertexto e hipermedia, puesto que por texto hemos de entender cualquier tipo de tejido textual, sea este visual, sonoro, etc. Desde este punto de vista, decimos, nada diferencia al hipertexto del hipermedia.

(5) GONZÁLEZ REQUENA, Jesús, 2006: Clásico, manierista, postclásico. Los modos del relato en el cine de Hollywood, Colección tramayfondo, Castilla Ediciones, Valladolid, p. 3.

(6) GONZÁLEZ REQUENA, Jesús, 2006: Clásico, manierista, postclásico, op. cit., p. 3.

(7) GONZÁLEZ REQUENA, Jesús, 2002: “11 de Septiembre: escenarios de la Posmodernidad”, Trama y Fondo nº 12, La Representación y el Horror, Madrid, p. 14.

(8) Remitimos al lector a la Teoría del Relato que contiene el libro, fundamental a nuestro entender, de Jesús González Requena, Clásico, manierista, postclásico. Los modos del relato en el cine de Hollywood, Castilla Ediciones, Valladolid, 2006.


 

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