BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


CONSIDERACIONES TEÓRICAS ACERCA DE LA ECONOMÍA INFORMAL, EL ESTADO Y LA GERENCIA

Alexei Ernesto Guerra Sotillo



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1.4 Cambios en la concepción ortodoxa de lo económico

En términos sencillos, la economía puede definirse como la disciplina encargada de estudiar de manera sistemática, la asignación que hace una sociedad de recursos productivos escasos, ante necesidades crecientes y complejas, a través de las actividades de consumo, ahorro o inversión, y de la repuesta a interrogantes como “¿Qué producir?”, “¿Cómo producir?”, “¿Dónde producir?”, “¿Cuándo producir?” y “¿Adonde distribuir?”.

Bajo una visión ortodoxa, era entonces la economía, un territorio de racionalidades y modelos matemáticos o econométricos, espacio en el cual los actores económicos entretejían relaciones de intercambio, siguiendo (o tratando de seguir) las reglas de la oferta y la demanda prescritas por la escuela económica liberal. Y se podría decir que “era”, debido a que buena parte de esa racionalidad y dogmatismo cuantitativo, si bien no ha desaparecido, ha tenido que ceder lugar a una visión mucho más flexible y abierta, por la ponderación creciente de aspectos humanos, culturales y cualitativos en el análisis de los fenómenos económicos, análisis que a su vez se han tornado, por la circunstancia posmoderna, más integrales y transdisciplinarios.

Por ello, ante los progresos que, a decir de quienes defienden los logros (evidentes unos, relativos otros) ha traído el proceso de globalización, la apertura económica y la liberalización de los mercados, en cuanto a crecimiento o bienestar, persisten aun graves situaciones de pobreza, exclusión, desempleo o recesión, en parte atribuidos a decir de muchos, a la aplicación de programas de ajuste macroeconómico en diversos países del mundo no desarrollado.

Así como el avance natural del crecimiento científico-tecnológico ha permitido el desarrollo de nuevos enfoques, teorías o aportes en el campo económico, la realidad y la experiencia histórica reciente ha aportado su cuota notable de contribución, para tratar de entender la adecuación, o falta de ella, de modelos, programas o políticas económicas, como mecanismos de solución de problemas de pobreza y desigualdad.

Aunque puede sostenerse que la economía como campo teórico sigue siendo una, la diversidad de ejemplos concretos, de sistemas económicos, de éxitos y fracasos, junto a elementos no convencionales de tipo cultural, político, social o institucional incorporados a corrientes de pensamiento económico, han hecho posible, en buena medida la proliferación de calificativos, etiquetas o adjetivos para diferenciar una manera, una forma de entender el hecho económico.

Esta diversidad semántica, hace que le surjan no pocos apellidos a la economía: social, popular, alternativa, informal, cooperativa, global, sumergida, subterránea, no lucrativa, del tercer sector, voluntaria, por mencionar sólo algunos. La profusión de adjetivos revela, ciertamente, la variedad de concepciones teóricas o posturas ideológicas del hecho económico, y consecuentemente, las formas de abordar el tema del desarrollo. Pero si algo subyace como tendencia en común, frente a esta lluvia adjetival, es la idea de cambio, de transformación, del conjunto agregado y complejo de relaciones de producción, de intercambio, de trabajo e inversión, de complejización en el funcionamiento del mercado, que da pie a diversos intentos conceptuales para intentar comprender su naturaleza, bondades, fallas y externalidades.

La implementación creciente de modelos matemáticos cada vez más complejos, junto al interés por estudiar aspectos no convencionales, o tradicionalmente poco abordados desde la escuela económica neoclásica, son rasgos que se han señalado dentro de la evolución de la disciplina económica, y de las escuelas y corrientes que en ella interactúan.

Cataño (2003), hace así alusión a dos teóricos económicos, en el debate conceptual entre la corriente neoclásica, y la corriente neoinstitucional sobre lo que se ha señalado. Blanchard (2000), citado por este autor, plantea lo siguiente

Hace más de doscientos años, Adam Smith explicó que, en una economía de mercado, los egoísmos individuales se mezclan para generar el mejor resultado posible para la colectividad. La proposición era tan sorprendente, y tan cargada de consecuencias, que era esencial entender la naturaleza y los límites. Gracias a Walras a principios del siglo XX, y 50 años después a economistas como Arrow y Debreu, y, sobre todo, gracias al enorme esfuerzo de abstracción y a herramientas matemáticas poderosas, se clarificaron las condiciones del teorema de Adam Smith. De hecho, en los años 60, la economía aparecía como una ciencia muy formal, autista. Una vez se clarificaron las condiciones necesarias para el teorema de Adam Smith, la investigación se orientó casi completamente a saber lo que pasa cuando no se satisfacen: ¿por qué algunos mercados funcionan mal?, ¿qué tipo de institución sería necesaria para mejorar su funcionamiento? Y, en cada fase, el uso de las matemáticas ha sido precioso para precisar y refinar los argumentos (…)

En la línea crítica y comparativa entre el neoclasicismo y el neoinstitucionalismo, Cataño hace referencia también a lo afirmado por R. Solow (2001), en alusión a la dirección del debate actual entre estas visiones. Este intelectual, expone su tesis:

Tomo por sabido que la teoría neoclásica se funda en un conjunto de hipótesis de base (…) Que los hogares y las firmas son agentes racionales que maximizan a largo plazo un objetivo perfectamente definido; que usan la información correctamente para determinar sus conductas y formar sus expectativas; que los precios y los salarios son suficientemente flexibles para que los mercados de bienes y de trabajo encuentren equilibrio rápidamente. (…) Cada una de estas hipótesis tiene un alcance empírico cuestionable ¡Y cada una es criticada por los partidarios del enfoque neoclásico! De hecho, la investigación contemporánea se atiene a conocer las consecuencias de los mercados incompletos, de la competencia imperfecta, de la racionalidad limitada, de los precios rígidos, de la información asimétrica, de los objetivos no convencionales y las conductas en desequilibrio. Es en estos dominios que el progreso rinde los reconocimientos científicos (…)

Cataño, comentando el trabajo de Salomón Kalmanovitz en la línea de debate sobre la Teoría Económica y el Neoinstitucionalismo como escuela, hace referencia a Stiglitz, de quien afirma que “su reciente libro de combate contra los neoliberales muestra que, para él, el deber de un buen neoclásico es ser antineoliberal, pues la realidad está llena de imperfecciones cuyos efectos sólo se podrían corregir gracias a una simbiosis entre las instituciones, el Estado y el mercado” (Cataño, 2003, 217).

Son estas evidentes muestras de que buena parte de las críticas y observaciones a la ortodoxia económica y las concepciones clásicas y neoclásicas del pensamiento económico, provienen no sólo de opositores ideológicos, sectores políticos o del mundo académico, sino de corrientes y voces de las mismas entrañas de dicha escuela económica.


 

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