BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


GÉNERO, SOCIEDAD Y CULTURA

Coordinador: Ángel Christian Luna Alfaro



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Capítulo 1. Las mujeres en la Historia

De la omisión al análisis de las acciones de las mujeres

A través del tiempo

Por: Ángel Christian Luna Alfaro

Aclaraciones previas

El presente manuscrito, tiene la intención de enlistar algunas disertaciones y enfoques generales sobre la manera en que se ha efectuado el estudio de la Historia de occidente, así como la forma de plasmarla (historiografía) a través de algunas temporalidades. El propósito que se persigue, es mostrar los cambios que ha sufrido la misma, los nuevos aportes que le han sido añadidos, señalando, en este sentido, las circunstancias contextuales que han orillado a los y las especialistas de la disciplina, a visualizar, describir y analizar a las mujeres como actrices históricas apoyándose, para este fin, de otras disciplinas sociales.

El enfoque teórico que se planteará a lo largo de este ensayo, será el de género, mismo que me invitó a poner atención en la ausencia de las sujetas femeninas en los discursos historiográficos en diversas épocas de las sociedades europeas. La intención de recurrir a este elemento teórico, consiste en enfatizar un análisis de los porqués y/o motivos (contexto), que orillaron a suplir a los actores históricos, por actrices que han figurado en el escenario de los procesos sociohistóricos. Los tópicos que se resaltaran al respecto, serán, en primer término, la forma en que se ha elaborado la historiografía clásica (griega y romana), considerándola como un instrumento que ayudó a erigir sistemas de gobierno y socioculturas patriarcales, herencia que a la fecha se puede experimentar en lo que hoy se concibe como Latinoamérica (espacio occidentalizado ).

El siguiente punto que se tocará, será rescatar algunos de los aportes de Carlos Marx a la historiografía del siglo XIX, esto sólo como un pretexto para discutir uno de los tantos resultados del marxismo: la historia social, en este caso hecha por autores tales como Eric Hobsbawn y Josep Fontana. En el caso de Hobsbawn, me apoyé de su libro Historia del siglo XX 1914-1991(2003), resaltando dos de sus capítulos referentes a la revolución social y cultural que se presentan como resultados de la Segunda Guerra Mundial, antesala que brinda el escenario ideal, para surgimiento de los movimientos feministas. De Fontana (1999), se citará su texto: Historia: análisis del pasado y proyecto social. Como siguiente paso, se mencionaran algunas contribuciones desde la filosofía y la antropología, que desde la tercera década del siglo XX , han dado como resultado el enriquecimiento y a la vez propuesta de una historia de las mujeres, así como la propuesta para la creación de una historia de la cultura de género (Muñíz, 2004). A esta lista breve de científicos y científicas sociales, anexaremos la obra de George Duby y Michelle Perrot (2005), quienes nos brindan la coordinación de cinco interesantes tomos referentes a la historia de las mujeres.

Resulta necesario aclarar que este documento no pretende ser una revisión exhaustiva sobre los tópicos sugeridos, este escrito, apenas será un listado de autores que condicionados por diversos momentos y espacios (hechos históricos), al leerlos, me dieron las ideas para concebir cambios o posturas al respecto de la manufactura de la Historia, historia de las mujeres, el enfoque y teorías al respecto de la categoría de género y la propuesta para efectuar una historia de la cultura de género. El aporte que considero brindar, recae en ubicar y resaltar el ambiente socioeconómico que rodeaba el cambio de discurso y formas de pensar la historia, considerando de suma trascendencia, observar los fenómenos migratorios, como producto de escasos medios de manutención capital, caos social que ayuda y provoca la visualización de nuevas sujetas y sujetos históricos, que se ven obligados a cambiar su rol de género para subsistir en sociedades cada vez más complejas y heterogéneas.

La historia escrita por hombres, para los hombres

El estudio de las acciones humanas a través del tiempo, mejor conocido como Historia (en el sentido clásico), ha sido un ejercicio efectuado principalmente por hombres. Cómo olvidar a un Herodoto, Polibio, Tucídides, Tácito, Tito Livio, Jordanes o Casiodoro. Todos ellos, aparte de ser varones, escribían sobre los hombres, sus grandes hazañas, la fortaleza, ímpetu y gloria que lograron con el paso del tiempo. Creando héroes de leyendas, auténticos ejemplos a seguir, avalados por los gobiernos y deidades en turno.

Al efectuar una lectura sobre sus escritos, no se podía evitar la creación o impresión sobre un mundo exclusivo para los hombres. Esta manera de hacer historia, estaba condicionada por los tiempos y cultura que les tocó vivir. Eran las épocas donde las bestias de carga valían más que una mujer. El nacimiento y adopción del cristianismo por parte de los vestigios del Imperio romano, agudizaron la situación. La tradición patriarcal judeo-cristiana se ajustó a la cultura masculinizada de los romanos. La fusión del Estado o sistemas de gobierno, con la iglesia cristiana católica, formó una mancuerna que continuó con una tradición donde la mujer, cuando llegó a figurar, lo hizo en segundo plano, viéndose obligada ésta, al sometimiento de los designios divinos, gubernamentales y los del marido. Pensando a la misma como una extensión del hombre, concibiéndola como la mujer, hija, hermana o madre de ellos.

En este sentido, podemos entender uno de los porqués al respecto de “bautizar” a los territorios geográficos como “patrias”, pensando a una nación como un “padre” que brinda elementos básicos a una población para su orden y subsistencia (considerándolos como hijos). Las ideas o posturas construidas por los viejos historiadores se ajustan correctamente con el paso del tiempo, ante las exigencias de las incipientes naciones para los fines de sometimiento y control social. Educar bajo esquemas donde los grandes hombres, héroes plasmados en bronce (bustos alusivos al personaje histórico que adorna una plaza, parque o sitio público), con miras a crear futuros defensores de la patria, dieron paso a erigir sociedades androcéntricas, alentadas por los gobiernos, situación que incitó a la participación masculina en el terreno de lo público (trabajo, política) relegando a la mujer al ámbito privado (hogar, labores domésticas, cuidado de los hijos e hijas). Esta especie de “culto” hacia el hombre y sus acciones, se fortalecieron con sociedades religiosas monoteístas (principalmente), donde como es sabido, el varón es el que puede asumir puestos de dirigencia importantes (en el caso de algunas iglesias evangélicas y protestantes cuentan con variantes al respecto, ordenando pastoras u dirigentes).

Esta tradición llegó a institucionalizarse de tal manera que al menos en Europa, la misma historiografía continuó con una línea masculinizada hasta mediados del siglo XIX. El siglo decimonónico presenta una fractura en la manera de visualizar y entender a la mujer, ambas divergentes. Por una parte, los avances científicos y positivistas, argumentan con más fuerza, que la mujer, biológicamente es más débil que el hombre, pensándolas y concibiéndolas como seres sentimentales y no racionales, brindándole la contraparte, obviamente al varón. En el otro lado, Marx, pone en tela de discusión la hegemonía sobre los escritos en el terreno de la historia y otras tantas disciplinas existentes. La historia de los otros (pero todavía no de las otras), comenzó a discutirse de manera más analítica, considerando precisamente como motor de la misma historia a la lucha de clases. Obreros, campesinos, intelectuales, desempleados, entre otros, comenzaron a figurar como alternativas o actores sociohistóricos, que aspiraban a la democratización del poder, acontecimientos históricos que se convirtieron en pretextos para comenzar el ejercicio de un tipo de historia que posteriormente se denominó social.

Si bien es cierto que Marx, no llegó a resaltar la participación de la mujer en la historia de Europa, si heredó una posibilidad para pensarlas, iniciando la discusión de las circunstancias de nuevos actores (actrices), invitando a escribir historia más allá de los “grandes hombres”, proponiendo una historia desde abajo, o sea de aquellos que colaboraron en las guerras, movimientos sociales y la construcción de la riqueza de lo que hoy consideramos como potencias europeas.

Antes de la Revolución Francesa, durante el Antiguo Régimen monárquico que se desperdigaba en casi toda Europa, la desigualdad jurídica de los miembros de la sociedad era la norma. Nobles y clérigos gozaban de privilegios (exención fiscal, monopolio de los altos cargos públicos, leyes y tribunales especiales) vedados a la gran mayoría de la población (el tercer estado o estado llano). La ausencia de derechos políticos (voto) y libertades (expresión, reunión, religión) era otra característica clave del Antiguo Régimen. En el caso de las mujeres, la mitad de la población, a todo lo anterior se le debía unir su función social circunscrita a lo doméstico, a las labores de la casa, de la procreación y del cuidado de los hijos; y su subordinación legal al hombre, padre o esposo

La Revolución Francesa (1789) y las demás revoluciones liberal-burguesas plantearon como objetivo central la consecución de la igualdad jurídica, las libertades y derechos políticos. Pronto surgió la gran contradicción que marcó la lucha del primer feminismo: las libertades, los derechos y la igualdad jurídica que habían sido las grandes conquistas de las revoluciones liberales no afectaron a la mujer. Los “Derechos del Hombre y del Ciudadano” que proclamaba la revolución francesa se referían en exclusiva al “hombre” no al conjunto de los seres humanos. Si buscamos el concepto feminismo, resultaría claro no encontrarlo para estas fechas. Lo que si podemos visualizar es una lucha, al menos desde las altas esferas, donde se encontraban mujeres que habían tenido la fortuna de efectuar estudios formales, pero sobre todo estar cerca de las elites masculinas, e iniciar la discusión sobre la posibilidad de crear los medios necesarios para ellas pudieran figurar en la repartición de los puestos de poder.

A partir de aquel momento, en Europa Occidental y Norteamérica se inició un movimiento social conocido en un futuro como feminismo, que planteó la lucha por la igualdad de la mujer y su liberación del yugo masculino. Durante ese período, el principal objetivo del movimiento de las mujeres fue la consecución del derecho de voto. Nacía así el movimiento sufragista.

Aunque las raíces del feminismo las podemos hallar, como ya se ha expuesto, desde tiempos de la revolución francesa, es durante el siglo XIX donde las circunstancias socioeconómicas se prestan para iniciar una reconfiguración de los roles de género al interior de sociedades bastante complejas como las europeas. A continuación, haremos una breve exposición de momentos y lugares que dieron paso a dicho movimiento, a partir del texto de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX 1914-1991 (2003).

La mujer desde la historia social

Para el siglo XIX, la hegemonía del positivismo como sistema de pensamiento, era un hecho innegable y casi indiscutible en diversos estratos académicos. Más adelante, en la etapa de la posguerra (segunda mitad del siglo XX) contagiados por la incertidumbre de la existencia, facilitó una atmósfera que daría como resultado un cultivo que se fermenta en los campos sociales y simbólicos, situación que arroja nuevas posibilidades de pensar el abordaje de los hechos, sujetas y sujetos históricos y sociales, ampliamente influenciados por su cultura (contexto). El género humano, comienza, al principio por necesidad y posteriormente por convicción, a modificarse, mutar y hacerse presente en occidente y territorios occidentalizados.

Eric Hobsbawn (2003), plantea algunos aspectos sociohistóricos, que para finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, han provocado modificaciones a las estructuras sociales de diversas partes del mundo. A partir de finales del siglo XIX, se experimentó una fuerte feminización en Estados Unidos, el motivo: la incorporación de las mujeres en el campo laboral participando en diversos sectores, tanto de los primarios como los secundarios es decir, la agricultura y la industria. Las actividades que empezaron a desempeñar las mujeres era el trabajo de oficina, en las tiendas y en determinados tipos de servicios, como la atención de centrales telefónicas o el cuidado de las personas (enfermeras, niñeras). Fue en el sector terciario donde ellas tuvieron más radio de acción. Habrá que señalar que esta revolución social y económica no se visualizó en todos los continentes, debido a que las estructuras que las constituían no eran similares. En los mundos subdesarrollados, las mujeres, pudieron figurar en la situación descrita, por herencia familiar y para otros casos, la inmensa mayoría de las mujeres de clase baja y bajos niveles educativos, permanecieron apartadas del ámbito público al igual que en Rusia, es decir, quienes pertenecían en el rango de la clase alta tenían la oportunidad de ejercer funciones reconocibles, en cambio como se mencionaba anteriormente quienes eran pobres, carecían más del disfrute de esos derechos que privilegiaban a algunas mujeres, caso contrario, tenían cierta discriminación por parte de la sociedad porque su labor no la consideraban productiva (el caso de las amas de casa).

Pero ¿cuáles fueron las circunstancias que fracturaron el esquema tradicional en el ámbito social y cultural de las mujeres? Es decir cómo se deslindaron de los lineamientos que la cultura les había impuesto: la mujer en la casa y el hombre en la plaza. Una de las causas principales de la reconfiguración familiar y de roles de género o sexuales en sociedades cada vez más complejas, se debió a los niveles de pobreza que se experimentaban en el llamado primer mundo para principios del siglo XX, esto originó la emigración del hombre, buscando otros medios de subsistencia económica, por tal motivo, muchas mujeres se vieron en la necesidad de fungir en el papel de jefa de familia, responsabilizarse con todos los cargos que algún día fueron obligación del marido, como por ejemplo: asegurar la economía familiar para el sustento. Por ende muchas féminas se vieron obligadas a buscar otro lugar de residencia para ofertar su fuerza de trabajo.

Las mujeres pobres seguían enfrentándose a la vida social con dificultades económicas, hubieron momentos en que hasta los hijos dejaron de ayudarlas en el complemento familiar (recordemos que las leyes de protección hacia los niños que implementaron algunos sistema de gobiernos, se modificaron a partir de la revolución francesa), de la misma manera no les quedaba mas remedio que desempeñarse en cualquier labor que les permitiera sobrevivir. Ésta situación empezó a agudizarse después de la segunda guerra mundial (1945). En este sentido, la mano de obra infantil casi había desaparecido de occidente, es entonces cuando se iniciaron políticas públicas que enfatizaban la importancia de brindar una educación a los hijos/as, todo con la finalidad de mejorar sus perspectivas socioeconómicas, a si como la protección a los derechos de las niñas y los niños. Este hecho representó para los padres una carga económica mayor y más duradera de lo que había sido la familia en antaño. En síntesis, como ya se había expuesto, en períodos posteriores, los niños (más que las niñas) trabajaban para que sus madres pudieran quedarse en casa encargándose de sus responsabilidades domésticas, ahora, al necesitar las familias ingresos adicionales, las madres se pusieron a trabajar, supliendo de esta manera, los aportes de sus hijos (Tilly y Scott, 1987), revirtiendo el papel tradicional, obligándolas a buscar opciones laborales y espacios de visibilización social y económica.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, las mujeres plantearon nuevas posturas sociales, las mismas consistieron en construir una sociedad que difería de las situaciones establecidas en antaño. La ciencia, discrepando de los discursos propuestos un siglo atrás, por primera vez le brinda a la mujer la oportunidad de ejercer su sexualidad libremente o al menos con la posibilidad de un control sobre el embarazo y ejercicio de su sexualidad. La invención de la píldora anticonceptiva (Inventada por el mexicano Luís E. Miramontes 1964) da paso a la formación de una actitud individualista; la mujer occidental, inicia un pensamiento que difiere con la vida familiar (comunal), el mundo patriarcal se transforma, adquiriendo un rostro muy diferente donde ellas, empiezan a manifestar cierto grado de libertad y autonomía, gozando poco a poco, del derecho de tomar sus propias decisiones sin depender del marido o pareja. En la misma línea, la legalización del aborto, llena el último vacío del ejercicio de cierto empoderamiento, al respecto del cuerpo femenino, circunstancias que resultan ser un pilar de apoyo para movimientos sociales, comandados por mujeres (y hombres), conocidos como feministas.

Muchas mujeres dejaron de sentir el compromiso de permanecer a lado de su pareja si las cosas no estaban funcionando en su matrimonio, para ese entonces ya las respaldaba la ley sobre el divorcio, es así como a finales de los años setenta del siglo XX, en Inglaterra había más de 10 divorcios por cada 1.000 parejas casadas; por supuesto que esta tendencia no se limitaba a esa región, extendiéndose la situación a países como Bélgica, Francia o Dinamarca, que empezaban a triplicar los casos de divorcio con el paso de tiempo, mientras que en la península ibérica, Italia y en especial América latina el divorcio era mucho menos común, por ejemplo en México se practicaba un divorcio por cada 22 matrimonios (Hobsbawn, 2003: 325). Uno de los motivos principales, por los cuales muchos países conservaron sus esquemas tradicionales sobre la familia, fue la gran influencia de la religión, en la vida cotidiana de las sociedades, situación avalada por los sistemas de gobierno en turno. La prohibición del aborto, resulta ser la intervención directa por parte del Estado al cuerpo femenino, no permitiendo la elección y decisión de la mujer sobre su cuerpo, esto en países latinoamericanos se agravó con la intervención del catolicismo en las políticas públicas y sociales, situación que en teoría debería ser nula, a la practica, resulta ser contraria. O sea, la laicidad o secularización de la administración pública, gobierno, sociedad, entre otras instancias, en países llamados latinoamericanos, es un sueño bastante lejos de plantear en la realidad inmediata.

La funcionalidad aparente que habían proyectado las estructuras familiares, fue perdiendo su fortaleza, los esquemas que en un momento se consideraron como “familias funcionales” donde el patriarcado brindaba ese aval (Papá, Mamá e hijos), se rompieron, dando paso a las “familias disfuncionales”, posicionándose, principalmente, las mujeres, al mando de nuevas distribuciones familiares que se adaptan a nuevos cambios y pasan a formar parte de la vida posmoderna. Una vida sexual relajada, proliferación de madres solteras, así como la visualización de nuevas orientaciones de género, fueron algunos de los resultados al respecto de los nuevos cambios presentados en las culturas y sociedades pertenecientes al primer mundo.

El caso específico de Hobsbawn, al respecto de la mención de las mujeres, resulta ser un buen ejemplo para discutir la herencia de aquellos viejos historiadores mencionados al principio de este ensayo. Ellas son presentadas como un elemento adherido a la familia, considerándola una extensión de la misma. Su disertación es basada a partir del cómo los cambios socioeconómicos a través de los espacios y tiempos occidentales (enfatizando la situación de la segunda mitad del siglo XX), afectan las relaciones familiares. Este apenas resulta ser un pequeño esfuerzo en el terreno de la Historia, sin todavía asomarse una historia de las mujeres (aunque tampoco resulta la intención del autor). Pero el ejemplo de él, puede ser interesante en el presente análisis, resaltando que, pese a que el autor forma parte de las propuestas historiográficas contemporáneas, la Historia, en el sentido tradicional, sigue haciendo la separación entre ella y la misma historia de las mujeres. Así como otras y otros tantos especialistas de la Historia, Hobsbawn se han encargado de presentarnos a la mujer con papeles de víctima o atípicos, desde luego que en muchas de las ocasiones, no persiguen otra cosa que mencionarlas como un mero caso, reflejo o producto de los cambios sociales en el mundo (la feminización de los datos cuantitativos).

La Fusión de la Historia, Antropología, Filosofía y Sociología; antesala para el surgimiento de la categoría de género como análisis de las dinámicas socioculturales.

La herencia que legan los movimientos feministas y los reacomodos de estructuras sociales tradicionales, impactan de manera diferente a cada espacio, difiriendo cada una en aspectos geográficos, cultura oriunda y circunstancias económicas que se experimentaban en su momento. Por ende, la Historia (social), resultó insuficiente para entender las nuevos roles y orientaciones que los hombres y las mujeres comenzaron a adquirir en sociedades donde se alentaba el individualismo y a su vez se luchaba por mantener una débil conformación de la familia tradicional, que se desgajaba a pasos apresurados. El abandono del análisis al respecto de la construcción de estructuras mentales como resultado de las transformaciones socioeconómicas, fue una pena grave por parte del ejercicio de la Historia social, que los franceses de la escuela de los annales, anexaron en su estilo de hacer historia. Las mentalidades, ideas, imaginarios y demás aspectos de la cultura no material (y en otras ocasiones materializada), resultaron ser aciertos que a la fecha son recurrentes en algunas investigaciones históricas con fusiones de otras disciplinas sociales. Por ende, implicó necesario entender la complejidad de los casos, así como de las revoluciones sociales y culturales de occidente, bajo la óptica de la filosofía, antropología y la sociología principalmente.

“No se nace mujer, una se convierte en mujer”, escribía Beauvoir (1999) en su libro publicado en 1949: El segundo sexo, es decir, apenas cuatro años después de que, en Francia, las mujeres obtuvieran el derecho a votar. La obra de la compañera de Jean Paul Sastre, resultó ser el libro de cabecera de la revolución feminista que no parece haber envejecido. Su postulado central según el cual “no existe destino biológico femenino” provocó en 1949 una polémica gigantesca cuyos ecos tienen ahora visos de medioevo. Michelle Perrot, historiadora y codirectora junto a Georges Duby de la publicación en cinco volúmenes de “La historia de las mujeres en occidente (2005)”, atribuye parte del impacto de la obra al hecho de que Simone de Beauvoir analizaba allí crudamente la sexualidad femenina: “osó describir sin eufemismos la sexualidad de las mujeres hablando de vagina, clítoris, reglas, del placer femenino… temas que, por aquellos años de la post guerra, seguían siendo tabú”. Su reflexión abrió todo un nuevo campo de indagación intelectual sobre la interpretación de la igualdad y la diferencia de los sexos, que hoy es tema de revistas, libros, debates políticos, políticas de diversidad empresarial, seminarios académicos y movimientos sociales en todo el mundo.

En ese sentido, la necesidad de entender los nuevos roles del sexo femenino, como algo más que un dato que adorne un texto o investigación, se agudizó, a partir de los trabajos de Margaret Mead en su libro Sex and Temperament in Three Primitive Societies, de 1935 (años antes a los aportes desde la filosofía de Beauvoir). La antropóloga estadounidense inició la idea revolucionaria (para ese entonces) de que los conceptos sobre el género eran culturales y no biológicos. En las investigaciones realizadas por Mead en los años treinta del siglo pasado, en tres sociedades de Nueva Guinea, se constató que no todas las sociedades estaban organizadas de forma patriarcal y en ese sentido la distribución de los roles entre mujeres y hombres era diferente a las de las sociedades occidentales, con lo cual hace un primer cuestionamiento al carácter “natural” de las diferencias entre ellos, incluyendo las físicas (Mead, 1950).

Considero necesario, en este breve recorrido de enfoques, referencias y discusiones, citar los aportes de Michel Foucault (1982), quien desde el análisis del lenguaje, nos invita a pensar las relaciones de poder, como construcciones por medio de un discurso, concibiendo al mismo como una tecnología de la organización e ideología asociada a la formulación de ideas, enfatizando la cuestión, a al ejercicio de la sexualidad, entendida esta, como la manera de relacionarse entre hombres y mujeres en un espacio y tiempo determinado. A su vez y coincidiendo con ella, Elsa Muñiz (2004) apunta que el discurso histórico que niega visibilidad a las mujeres, perpetúa su subordinación y su imágenes de receptoras pasivas de las acción de las demás. La historia, basándonos en esta interpretación la podríamos concebir como parte de una política del sistema de género. El poder y el ejercicio del mismo en un campo sexuado, que tiende a diferir al respecto de la cultura, historia y espacio geográfico en turno, ha sido el interés primario de muchos estudios con temáticas perfiladas al análisis del género.

Historia y antropología de la cultura de género

El escenario social y económico que ofrecían las sociedades occidentales en los años sesentas y setentas estaba montado. Lo que guió principalmente a los primeros estudios sobre la mujer en el ámbito social, fue la búsqueda de los orígenes de la opresión y la subordinación masculina para con ellas, en ésta búsqueda epistemológica se fueron examinando varios conceptos que trataron de describirla, definirla y analizarla. Tales conceptos se construyeron desde un pensamiento dicotómico, donde lo femenino significaba lo opuesto a lo masculino, la mujer pertenecía en el mundo de lo privado y el hombre en el mundo de lo público, la mujer estaba inserta en el ámbito de la reproducción y el hombre en el de la producción, la mujer representaba a la naturaleza y el hombre la cultura (la razón). Lo común en esa ideología era simbolizar a la mujer en el ámbito de lo irrazonable, inmaterial, emotivo y biológico. Al posicionar a la mujer en estas estructuras materiales y simbólicas, la intención que se perseguía era reconocer a la misma en términos discriminatorios, situación que dio como resultado definir a la mujer como víctima por su diferencia sexual.

En el caso de la historia, al igual que otras disciplinas sociales, al incluir la categoría género, dio como resultado un acercamiento para iniciar la compresión del enramado que se construye en medio de las redes imaginarias identificando los cambios, tipologías, magnitudes y transformaciones en procesos de larga duración al respecto de la construcción de roles sexuales y de género. La finalidad de hacer énfasis sobre la historia con perspectiva de género es que nos permitiría entender a las mujeres como protagonistas (un ser elemental en la vida social) pero también como parte de un entramado de las relaciones que las define en su especificidad como sujetos subordinados porque están bajo el mandato de un sujeto, cediendo así de un nuevo sentido al contenido de la historia. Resulta también importante hacer referencia a la categoría de género, considerándolo como una herramienta de mediano alcance y proponer entonces la omnipresencia de la cultura de género (Pérez et al. 2004) que es más explícito, ya que en cada sociedad parte de una división sexual del trabajo originada en las diferencias biológicas de los individuos.

Un reto actual que se propone a partir del estudio de la Historia, es partir de la idea que existe una cultura de género, la misma, se encuentra apoyada por enfoques antropológicos, filosóficos y sociológicos. Este concepto, el de cultura de género, pretende rendir cuentas sobres las acciones de los hombres y las mujeres en sociedades complejas, estatales y posparentales. Al respecto Muñiz (2004, 52), nos dice que la cultura de género es el producto de los diversos discursos, portadora de significaciones, dirigente de actividades y custodia de comportamientos sexuales y actitudes sociales; así como definitoria de la normalidad y la anormalidad en cuanto al ser hombre o mujer en determinada sociedad y momento histórico. Esta forma de acercamiento, nos faculta para establecer la diferencia entre los parámetros hegemónicos de dicha cultura de género y las variantes que se presentan en los múltiples sectores de la misma sociedad o en sociedades contemporáneas aunque distintas.

Por otra parte, en el terreno de la antropología actual con respecto al género, uno de sus objetivos primarios es “demostrar que las relaciones de género son una dimensión fundamental, junto con la clase y la adscripción étnica, de las relaciones sociales (González, 1993)”. Para cumplir esta labor es necesario analizar “con enfoque de género” todos los ámbitos: cultural, psicológico, económico, social y político, así como la forma en que se construyen y operan las diferencias entre los sexos, que tienden a colocar sistemáticamente a las mujeres en posiciones de desventaja y subordinación.

Reflexiones finales

No basta, entonces, con hablar de hombres y de mujeres y señalar sus diferencias biológicas, sociales o culturales. Un enfoque feminista, que utiliza la categoría de género como herramienta analítica, tiene que hacer visible la desigualdad y problematizar y debatir la discriminación contra las mujeres. Algo que puede advertirse en estudios postulados como “con enfoque de género” es la confusión en los términos por las diversas acepciones de la palabra “género” derivadas de su propia evolución conceptual. Estos serán aspectos que se expondrán más adelante en este escrito.

El estudio sobre la perspectiva de género se ha planteado bajo diferentes ámbitos que van desde la división sexual del trabajo en sociedades simples hasta las esclavitudes de las mujeres, Muerte materna, identidades de género, Poder de las mujeres, Normas jurídicas tradiciones y modernas en las relaciones de género etc. (Escobar y Alcázar, 2005)

La perspectiva de género es una nueva manera de interpretar los fenómenos sociales que se refieren a las relaciones sociales entre hombres y mujeres, es decir, un nuevo modo de ver al ser humano. Esta idea nos permitirá romper con la invisibilidad de las mujeres en todos los ámbitos, en la historia, en la economía, en la política y en todas las organizaciones, etc. (Invankovic, 2004).

El Género, en el sentido sociocultural lo podemos pensar como una construcción social, histórica, y cultural de la diferencia sexual, aludiendo con ello al conjunto de símbolos, representaciones, reglas, valores, normas y prácticas que cada sociedad y cultura elabora colectivamente a partir de las diferencias corporales de hombres y mujeres (Lamas; 2003). En otras palabras, y citando al Instituto Nacional de las Mujeres (2004, 9) “es un conjunto de ideas, creencias y atribuciones sociales, construidas en cada cultura y momento histórico; a partir de ello se construyen los conceptos de masculinidad y feminidad, los cuáles determinan el comportamiento, las funciones, oportunidades, valoración y las relaciones entre hombres y mujeres”.

Como podemos darnos cuenta los roles del hombre y de la mujer no están dentro de la naturaleza, sino que son el resultado de la historia y de la cultura éstas no tienen un origen natural, en cambio el sexo viene determinado por la naturaleza, una persona nace con un sexo masculino o femenino, sus características son inmodificables. Por el contrario el género, varón o mujer, se aprende, puede ser educado, cambiado y manipulado, dado que han sido aprendida (Instituto Nacional de las Mujeres; 2004)

Fuentes de investigación

Beauvoir, S. de, (1999) El segundo sexo. La experiencia vivida. México: Alianza Editorial Siglo XX.

Duby, G. Perrot M. (2005). Historia de las mujeres. Tomos I, II, III, IV y V. México: Taurus.

Escobar, V. A. M., Alcázar, G. R. A. (2005). Disimulo, conservadurismo, y muerte femenina. La Construcción Social del Cáncer Cérvico Uterino en las Instituciones de Salud Pública en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México: Universidad Autónoma de Chiapas.

Fontana, J. (1999). Historia: análisis del pasado y proyecto social. Barcelona: Crítica.

Foucault, M. (1982). El orden del discurso, México: Ediciones Populares.

González Montes, S. (1993) Hacia una antropología de las relaciones de género en América Latina, en Soledad González Montes (coord.), Mujeres y relaciones de género en la antropología latinoamericana, México, El Colegio de México-PIEM, pp. 17-52, p. 18.

Hobsbawm, E. (2006). Historia del Siglo XX 1914-1991. Barcelona: Crítica.

Instituto Nacional de las Mujeres (2004). El ABC del Género en la Administración Pública, México.

Ivancovic, M. (2004). De Mujer a Género, ¿para qué? Obtenida el 12 de Agosto, de 2007, de http://www.suatea.org/secremujer/8MARZO07/070308UD_LDep_InfPrim.pdf

Lamas, M. (compiladora). (2003). El género. La construcción cultural de la diferencia sexual. México: Edit. Porrúa/UNAM/PUEG.

Mead, M. (1950). Sex and temperament in three primitive societies. New York: The new american library.

Muñiz, E. (2004). Historia y género. Hacia la construcción de una historia cultural del género. En Sara Elena Pérez Gil Romo y Patricia Ravelo Blancas (coordinadoras) Voces disidentes, debates contemporáneos en los estudios de género en México. (pp. 31-55). México: Ciesas-Edit. Miguel Ángel Porrúa.

Pérez, S. E., Romo, G., Rávelo, B. P. (Coord.). (2004). Voces Disidentes. Debates contemporáneos en los estudios de género en México. México: Porrúa, CIESAS.

Tilly, Louise y Joan W. Scott (1987). Les femmes, le travail et la famille. París: Edit. Rivages/Histoire.


 

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