LA VEJEZ: UNA DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE

LA VEJEZ: UNA DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE

Francisco Bijarro Hernandez
Susana Virginia Mendiola Infante

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UNA REFLEXIÓN FINAL: LA REALIDAD

De cara al envejecimiento de la población como un problema social o asistencial, estamos cediendo ante los criterios burocráticos y renunciando a nuestros conocimientos sobre la sociedad y al concepto fundamental de la unidad cultural como estructura y sistema.

Al igual que América Latina, como el resto del mundo, el industrialismo y la globalización del comercio han mejorado los niveles de vida y consecuentemente la prolongación de esta. A pesar de los dramas que subsisten en los sectores marginales de nuestra sociedad (pobladores urbanos sin trabajo, campesinos sin tierra, cesantía juvenil, etc.), hay un enriquecimiento general y un conjunto de instituciones asistenciales que llenarían de admiración a nuestros padres. Es de esperar que la sociedad continúe su desarrollo y que los servicios y técnicas de salud prosigan su mejoría.

Para aumentar la producción y la riqueza ha sido necesario aceptar los criterios de una extrema división del trabajo, banalizando los antiguos oficios, una burocratización de las relaciones y el abandono de la primacía de la residencia del individuo por la impuesta por la actividad laboral.

Los movimientos poblacionales en búsqueda de mejores condiciones de vida, acabaron poco a poco con la familia extensa y las comunidades aldeanas y urbanas. La antigua estructura social se fue esfumando lentamente, convirtiéndonos en agregados humanos sin relaciones primarias. Los vínculos de parentesco se perdieron y las formas de estratificación social pasaron de hereditarias a méritos adquiridos en dura competencia.

El mundo de ensueño desapareció y sólo subsiste su romántico recuerdo o su simulación. Al desaparecer de nuestro horizonte las antiguas referencias sociales que ordenaban las obligaciones y los derechos fundamentales en la afectividad, fueron los criterios burocráticos expresados en numerales estadísticos, la guía para ordenar este mundo cambiante de individuos ubicuos e inclasificables por los antiguos criterios.

La construcción de identidad barrial se deja de lado; de ser personas lugareñas, vecinos de barrio, con amplias relaciones parenterales, fidelidades y amistades y nos convertimos en anónimos trabajadores, que se identifican por su labor o su rendimiento económico. Son las condiciones del trabajo las que nos prestan una identidad, es en el entorno de nuestras actividades donde se pone en evidencia nuestra individualidad y nuestra relación con la sociedad.

Nuestra suerte depende exclusivamente de la relación laboral y económica con la sociedad, las relaciones asistenciales que deben protegernos cuando no trabajamos, tienen una importancia desmedida. Son el reemplazo de nuestras familias. Y aquellos que no están protegidos o son marginales al sistema, quedan en el olvido o pasan a ser un “problema social'. Ciertos individuos conflictivos son entregados a los antiguos remanentes de las instituciones periclitadas, sombras de las viejas estructuras como son la comunidad, la religión y el parentesco, que tratan de revivir sentimientos de fidelidad o de solidaridad casi olvidados.

Conforme la lucha contra la pobreza tenga éxito, se creen nuevas relaciones de trabajo y se cambien los conceptos de uso del tiempo de acuerdo a las nuevas tecnologías, se espera que los sistemas de salud y de asistencia lleguen a cubrir la totalidad de la población. Pero aún así, nuestro problema no se resuelve.

La diferenciación la población en grupos etarios, con objeto de medir y prever la amplitud de los conflictos consecuencia de la evolución demográfica, ha derivado en la creación de un criterio que trata los grupos de edad como una condición segmentaria. Por comodidad económica los grupos etarios de transformaron en clases sociales. La mitología comercial en parte importante de su propaganda, manipula la masa consumidora, presentando las generaciones como grupos antagónicos, confundiendo los elementos del cambio social y de la adopción tecnológica con los conflictos propios de la pubertad. Son los mayores, aquéllos que poseen el poder económico y tecnológico, los creadores de la modernidad y los deformadores de la realidad.

La construcción del rol de jóvenes rebeldes enfrentados a la anterior generación, es una imagen publicitaria, que induce a la juventud al consumo de los símbolos de su rebeldía, enriqueciendo a personas mayores. (vestimenta especial, implementos, uso del tiempo, etc.). Estos falsos enfrentamientos: jóvenes/adultos, adultos/viejos, mujeres/hombres, son sólo posibles por el debilitamiento de las relaciones primarias.

Debido al disfuncionalidad de la familia y de las comunidades primarias que anteriormente eran parenterales, la continuidad del grupo humano mínimo quedó rota y pasamos a constituir agregados sociales. Surgen los individuos solitarios e incomunicados rodeados de una muchedumbre, con un comportamiento similar al ocupante de un inmenso ascensor. No importa si son protegidos por los más ideales sistemas de salud y asistencia. Están solos.

El adulto mayor, eufemismo para disimular la realidad de la vejez que es considerada como un estigma, pasa a ser un conjunto segregado económicamente y socialmente, definido por la jubilación y la supuesta improductividad. Es tratado como un estamento costoso e inútil, de cuyos miembros se espera que hayan tenido la prudencia de ahorrar y no constituyan un gasto al sistema productivo o por lo menos que este sea el mínimo. Es visto como uno de los peligros mayores de la sociedad contemporánea por el aumento desmedido en la pirámide de edad, disimulando u olvidando que estos ahorros constituyen una fuente de capitalización muy interesante de administrar.

El problema reside en el conjunto social y en la tendencia a atomizarlo. La admirable tecnología moderna permite que el individuo pueda interactuar, sin necesidad de establecer vínculos. El monetarismo imperante, permite reducir los intercambios de personas, de bienes, de servicios a operaciones económicas, expresadas en dinero y sin las consecuencias afectivas que implicaban en las sociedades tradicionales. El precio que pagamos es la pobreza de nuestras relaciones.

Se desvanece el simbolismo de los intercambios; el regalo ya no significa compromiso, el pan compartido ya no es amistad, el matrimonio alianza de linajes y la amistad, cuando existe, no es solidaridad sin fin. Somos fichas estadísticas, individualidades numeradas, sin vínculos, pero con ingresos, egresos, créditos. No importan oficios ni habilidades interesando sólo nuestra rentabilidad.

No culpemos a la tecnología ni al dinero, pero si a nuestro miedo de vivir. Tememos al vecino, a los jóvenes, a los niños y por sobre todo, tememos la vejez y la muerte. Buscamos desesperadamente la seguridad. No queremos aceptar que en una sociedad multitudinaria suceden todo tipo de experiencias y que vivir ha sido siempre un riesgo, que nuestra técnica no nos protege de la enfermedad ni del curso de los años y que la muerte está implícita en la vida.

Los ancianos deben volver al seno de la familia o a la compañía de los adultos, de los jóvenes y de los niños. Es en la diversidad de los contactos, en la relación entre generaciones que se forjan las individualidades, se prolongan los tradiciones, se construyen las identidades, reinterpretando y enriqueciendo la realidad presente.

La dialéctica del envejecimiento y la soledad de la 'tercera edad' no es el número creciente de ancianos o lo insuficiente de los servicios asistenciales, que siempre serán escasos, sino la orientación de los individuos hacia la vida. Al negarse a aceptar la realidad de la sociedad humana, el niño se convierte en amenaza, el joven en peligro, el viejo en el espejo del futuro, y los difuntos en fantasmas olvidados del término de la vida. El ciclo vital es concebido de manera lineal y utilitaria, que podemos resumir en tres grandes períodos: aprendizaje, reproducción y trabajo, jubilación y muerte. Esta fragmentación del continuo de la vida es artificial y niega la riqueza de la existencia, su utilidad es descriptiva y no tiene relación con la vida misma.

La técnica ha borrado las diferencias entre los sexos y las edades. Las comunicaciones acaban con los imperativos del lugar y las limitaciones del horario laboral. Las fronteras enemigas y las divergencias religiosas e ideológicas se van desdibujando. Los nuevos vecindarios o conjuntos comunitarios, son más heterogéneos. Va ganando la diversidad sobre la homogeneidad. Es la aceptación de la variabilidad individual, en su lucha contra el temor al extraño, a lo diferente, a lo culturalmente foráneo, la gran alternativa que se nos ofrece como humanidad. Es el ancestral camino señalado por las grandes religiones, los humanistas, los filósofos y últimamente por los biólogos y los etólogos, que nos consideran como miembros de una sola especie infinitamente diversa.

Es necesario dejar de lado el temor, como condición para un mejor futuro, es absurdo que continuemos segmentando nuestra sociedad en base al temor: hombres, mujeres, niños, ancianos, obreros, gerentes, peones, y jóvenes, etc. como si fueran clases sociales o grupos autónomos simultáneamente a la masificación de las comunicaciones y a la disolución de los límites grupales. Cierto es que hay violencia intrafamiliar, abuso sexual, explotación del trabajador, niños terribles, jóvenes peligrosos, asesinos y ladrones. Pero es mucho más peligroso el miedo y el aislamiento.

Estamos seguros que aun existen, ancianos bondadosos e hijos generosos en mayor número que los criminales que surgen en las películas y en las noticias de la prensa. Revitalicemos los sistemas de parentesco, fortifiquemos la familia, no como institución moralizante y represiva, sino como refugio de los afectos defendidos por las fidelidades olvidadas, dejemos las criticas al lado y reemplacémoslas por las solidaridades. Ampliemos el círculo de nuestras amistades, recreemos las hermandades de sangre, cultivemos las asociaciones.

Anteriormente la fidelidad se expresaba en el apoyo incondicional; era una obligación de sangre. Los ancianos, el más viejo en el linaje, estaba destinado a ser el más entrañable de los antepasados, se rendía culto en vida por su proximidad al fin. A su muerte, la comida fúnebre era el culto a la vida. Se lloraba al muerto y se festejaba al niño. Hombres y mujeres eran sacerdotes de sus padres.

La experiencia y la historia de la familia, las vicisitudes del pequeño grupo son las bases de las identidades de los jóvenes. La construcción de la individualidad juvenil se hace posible ante el contraste con los mayores. El pasado es el futuro.

No es de extrañar que las relaciones internacionales dependan del comercio. Las mercancías deben ir y volver en equivalentes. Y más aún, el comercio obliga a las partes a un conocimiento mutuo, a acuerdos que muchas veces conllevan la paz no sólo entre grupos, sino también entre naciones. En el mundillo familiar los regalos son la materialización de los afectos, la expresión de los compromisos que siguen la ley fundamental de todo lo social: se debe dar para poder recibir. Ninguno ente social puede vivir en aislamiento. Por esta razón, la endogamia es inconveniente, ya que tiende a la disminución del número de individuos y sus posibilidades reproductivas. Los individuos deben buscar su pareja fuera del grupo. “La universal prohibición del incesto, más que a causas biológicas o morales, se debe al riesgo de que el grupo se agote por falta de hombres o de mujeres fértiles” (Canal, 131). El objeto del parentesco es obligar a la 'alianza' con los otros, como garantía de prolongación posible.

Los hombres del pasado basaron su vida en la colaboración. Una mujer embarazada, es probablemente una mala cazadora, sin la colaboración de un hombre la criatura por nacer no era viable. Compartir es posibilitar la vida. Emile Durkheim, nos enseñó que es la división del trabajo; la colaboración indispensable entre diversas actividades, es el soporte de la estructura social. Sólo la diversidad de sexo, edad y habilidad hacen posible nuestra vida.

Para Castelles (1998) la humanidad tuvo un gran paso fue la creación de la Urbe, reuniendo en un mismo lugar familias y tribus diversas. Estas inmensas concentraciones de población aparecen hace unos cinco mil años. “En los restos de las primeras siempre se ha encontrado un lugar específico de refugio para los extranjeros, ya que las ciudades no pueden vivir sin el comercio de productos exóticos.” (Beauvior, 101). Este fue el primer paso que el hombre dio para romper la endogamia y la etnicidad del pequeño grupo, disminuyendo el temor ante el extraño y facilitando su proximidad. La ciudad no puede vivir sin otras ciudades, pero el pequeño grupo tampoco puede sobrevivir en el aislamiento.

Es necesario recuperar el lugar social que nos corresponde en el corazón de la juventud, restituyendo el orden natural que implica el vivir en conjuntos que no marginen por criterios de edad, de sexo, de oficio, de origen o de cualquier otro, nosotros los viejos de ahora y los por venir. Testigos de injustas exclusiones en el transcurso de nuestras vidas.

La persona de edad debe negarse a abandonar su espacio laboral y social. La jubilación es una trampa, que nos quita la mitad de nuestros ingresos y nos niega un lugar en la sociedad del trabajo, se pierde la respetabilidad cuando esta está asociada a la rentabilidad, se pierde a los compañeros del trabajo y la posibilidad de reconstruir una nueva red de relaciones. La pérdida del prestigio cierra la posibilidad de comunicar e influir, abriendo el camino al aislamiento. (Alba, 193)

Es necesario estar conscientes de estos fenómenos y neguémonos a sufrir sus consecuencias. Siempre se puede reiniciar una nueva vida, en la etapa que sea, como jóvenes, como adultos o como ancianos. Lo más probable es que perdamos nuestro trabajo al llegar a determinada edad, o que algún cambio en la economía nos deje en la cuneta. Estamos obligados a inventar un nuevo oficio o sacar a relucir una habilidad olvidada, comenzar otra aventura vital. Volver a la escuela, creando esa escuela, inexistente a nuestra propia medida, diferente a la anterior, con intereses apropiados a cada cual, centrada en la diversidad de ámbitos que se desarrollan en el curso de la vida, creando las esperanzas perdidas y recuperadas en el esfuerzo de volver a empezar.

La reto grande de la población es la de recuperar la alegría de vivir como jóvenes o viejos. No es problema de la tercera edad, es el problema de nuestra especie. Cuarenta mil años, es demasiado poco para sentirnos ancianos tristes. Los hombres en su evolución hacia la espiritualidad, saben que esta se encuentra en la felicidad.

Manifiesta Hooker (1990) que es necesario precisar que existe una íntima relación entre la conservación de la autonomía en la vejez y el ejercicio real de los derechos humanos por parte de los adultos mayores. Indicando que la autonomía es la condición por la cual el sujeto goza de autosuficiencia, no solamente en el gobierno del propio cuerpo, sino también de libertad en el ámbito del pensamiento, del deseo, de la palabra y de la acción.

Ahora bien,n Bize (1999) precisa que la necesidad de valerse por sí mismo, de expresarse y de actuar en función de los propios pensamientos y deseos es una facultad inherente al ser humano. Y su realización implica la efectivización de los derechos humanos fundamentales. Cuando su realización es obstaculizada mediante factores humanos externos y contrarios a la voluntad del sujeto estamos en presencia de una violación a los derechos humanos. Conviene aclarar que la violación a los derechos humanos no se presenta solamente como una acción concreta y puntual que se traduce en una prohibición o privación, sino que también se expresa como omisión y como discriminación. Como omisión implica la no-acción o indiferencia en lugar de la garantía que debe ofrecer el Estado y las instituciones para el ejercicio de los derechos. Y como discriminación se manifiesta cuando individuos o grupos sociales se ven excluidos de la concreción de ciertos derechos por razones de edad, sexo, religión, raza, etc.

Se entiende por el envejecimiento es un proceso dinámico, gradual, natural e inevitable, que se desarrolla en los aspectos biológicos, psíquicos y sociales de los sujetos y que está estructurado en torno al tiempo. El envejecimiento es una etapa más del ciclo vital. No es un estado patológico. La vejez, por su parte, es una construcción social. Cada sociedad atribuye un significado diferente a la vejez, a partir del cual se designarán status, roles y mandatos, se definirán los posibles problemas de las personas mayores y se elaborarán las respuestas a los mismos. Construcciones culturales de cada sociedad indican qué es el viejo y qué se espera de él. Los viejos, moldeados por el imaginario social, asumen el mandato y lo reproducen reforzando las representaciones sociales sobre la vejez. Veremos que en edad avanzada, las personas sufren limitaciones en su autonomía por consecuencias derivadas del proceso natural del envejecimiento; pero también como consecuencia de impedimentos culturales.

La visión Puerto (1995) de sostiene que en el patrón económico, encontramos que el primer causante de reducción de la autonomía de las personas está ligado a la reducción de ingresos que se produce como consecuencia de la jubilación. El término "jubilación" viene de "júbilo", y fue denominado así porque se consideraba que después de una gran parte de la vida dedicada al esfuerzo y al trabajo, las personas merecían vivir el resto de sus vidas descansando y gozando de su tiempo libre. Pero hoy, el jubilarse es motivo de angustia y preocupación; no solamente porque los montos de los haberes jubilatorios son insuficientes para cubrir las necesidades básicas, sino también porque ahora está en riesgo su salud.

La situación económica profundiza el estado de vulnerabilidad de las personas mayores, afectando su independencia, ya que deben apelar a los recursos de la red familiar para la subsistencia. Además, y en el peor de los casos, muchos haberes jubilatorios se convierten en el único ingreso del grupo familiar ampliado, en los miles de hogares donde los hijos o hijas con familia han perdido el empleo.

Argumenta Tilly (2000) que en el escenario cultural los adultos mayores sufren limitaciones a su independencia, como resultado de diversos prejuicios que están instalados en el imaginario social. Prejuicios tales como "Los viejos son como niños" , o "Qué le vas a preguntar a ellos", o " No pueden", o "No se dan cuenta", o "No lo van a entender", o "Son caprichosos, son tercos, no razonan"; todas estas afirmaciones llevan a una consecuencia ineludible: no podemos esperar que las decisiones que ellos tomen sean las más acertadas, por lo tanto por su bien, las decisiones sobre su vida, las tomamos los adultos y/o las instituciones. “(…) y los adultos mayores terminan convenciéndose de que lo mejor es poner en manos de sus hijos o sus sobrinos las decisiones más y menos importante; (…) fortaleciéndose así una relación de dependencia personal que se acrecienta a medida que pasa el tiempo, (…)” (Idem, 198). Los que se resisten a las recomendaciones, sugerencias y consejos de los familiares adultos, en general, deben enfrentar las amenazas a veces explícitas, a veces muy sutiles, de que si optan por su propia elección, en oposición a la del resto de la familia, deberán atenerse a las consecuencias, ya que no contarán con el apoyo familiar del que gozaban hasta ahora. Hay innumerables ejemplos de personas mayores que cuando quisieron reiniciar su vida sentimental junto a una pareja, sufrieron el rechazo de la familia y debieron optar por concretar su sueño personal o mantener relaciones con el resto de la familia. Hemos entrado al siglo XXI asistiendo a profundos cambios, entre otros a una nueva forma de pensar la sexualidad humana, caracterizada sobre todo por la cada vez más creciente libertad sexual, en cuanto a libertad de disponer del propio cuerpo y a la demanda de no discriminación hacia los grupos homosexuales. Sin embargo, pareciera que los viejos quedaron atrapados en los siglos anteriores y hoy, el hombre mayor que se involucra en una experiencia sexual es un "viejo verde" y la mujer mayor que intenta iniciar una relación amorosa es una "vieja pervertida".

La limitación de la autonomía se pone de manifiesto cuando los hijos deciden, sin consultarlo con sus padres, que éstos deben vivir en un geriátrico por que a pesar de no sufrir ninguna enfermedad, ni incapacidad, están muy "viejitos y solos", sin tener en cuenta otras alternativas a la internación, como el cuidado domiciliario, los centros de día, etc. “El ingreso a la institución marca el inicio de un proceso creciente de pérdida de independencia personal. Los residentes deben someterse a normas institucionales y de convivencia como horarios de comida, de descanso, de recreación, etc”. (Gallier, 199). Compartir lugares comunes, hasta los dormitorios, con personas desconocidas. Resignar la pérdida, no solamente de su hogar, sino de todos los objetos que lo conformaban: muebles, plantas, animales, etc. Separarse de sus amigos, vecinos, familiares. Muchos son despojados de sus bienes por sus apoderados que se apropian de sus ingresos mensuales o de sus propiedades. Dentro de la institución es muy reducido el margen de opciones y son escasos los estímulos para fortalecer la independencia: no se cocinan, no se lavan la ropa, no limpian, ni reparan, ni mantienen el lugar de residencia. Otros, lo hacen por ellos. Hay personal capacitado para realizar todas las tareas, incluido su propia higiene y aseo. Es tan significativa la relación de dependencia que genera la institucionalización, que los residentes, en muchos casos y una vez que se adaptaron, son resistentes a las salidas a la casa de familiares, o a los paseos programados por la institución; y recién cuando regresan, vuelven a sentirse seguros.

Como hombres y mujeres nos representamos lo que somos a través de la visión que los otros tienen de nosotros. La forma en que se caracteriza a los adultos mayores, contribuye en gran medida a crear la situación y condiciones sociales en las cuales éstos viven. Cada sociedad crea un cristal, a través del cual tiene una determinada visión de la realidad. “En nuestra sociedad capitalista, donde la productividad es la medida del valor de la persona, los viejos como no producen ni consumen, pierden valor y como consecuencia pierden poder”.(Ferrigla, 289). En nuestra cultura posmoderna que exalta la juventud, la belleza exterior y la vertiginosidad, los viejos ocupan en la escala social, el último lugar.

En definitiva, es el medio social el que crea la imagen de la gente de la tercera edad a partir de sus normas y de los ideales y valores que persisten en cada época. Y los viejos asumen el papel que se les asigna desde los medios de comunicación, desde las instituciones, desde los profesionales que trabajan por su bienestar y desde la opinión general; y cumplen este mandato, porque es lo que se espera de ellos. Si la creencia es que ellos no pueden, no deben, no saben hacer, pensar, decir y sentir determinadas cuestiones, ellos terminan convencidos de que es así y que es más conveniente delegar

Las limitaciones de ejercer el derecho de decidir sobre la propia vida significa no poder decidir, dónde vivir, con quién vivir, cómo vestirse, qué comer, a dónde salir, cómo administrar el dinero, planificar el futuro, hablar sobre lo que se desea y llevarlo a cabo. Es decir, que no decidir sobre la propia vida implica no ejercer los derechos humanos fundamentales: el derecho a la vida, a la libertad, el derecho a la libertad de expresión y de pensamiento, el derecho a la privacidad, a la sexualidad, a la educación. Pero, desafortunadamente, las barreras que se imponen a los adultos mayores para ejercer estos derechos no son vistas como violaciones a los derechos humanos. Se despoja a los viejos de ciertas necesidades y capacidades humanas, como por ejemplo la sexualidad, la creatividad, el aprendizaje, la capacidad de discernir favorablemente a su bienestar como si esto fuera algo correcto. Esta actitud con los viejos está instalada y naturalizada en casi toda la sociedad. Y desnaturalizarla es uno de los objetivos de la educación para el envejecimiento. Todos los miembros de la sociedad debemos reconocer esta situación porque todos somos responsables de su reproducción y los adultos mayores deben ser concientes de que son objeto de esta discriminación y adoptar una posición de crítica y cuestionamiento a esta actitud; porque son ellos los que mejor pueden asumir una defensa activa de sus derechos. Esta es una realidad, es el pago del la vida, por peso de los años.