LA VEJEZ: UNA DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE

LA VEJEZ: UNA DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE

Francisco Bijarro Hernandez
Susana Virginia Mendiola Infante

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MISERIA, HAMBRE Y VEJEZ, ¿… Y EL DERECHO A LA IGUALDAD?

El plasma social y real ha estimulado la intrusión de una situación novedosa, con bretes y instabilidades respectivas, que exhortaron y exhortan de imperecederas conciliaciones prácticas, tanto por parte de los Estados como de los diferentes sectores de la sociedad. En los orígenes de la gerontología, a investigar la vejez desde las categorías de la psicología evolutiva, enfatizando la búsqueda de generalizaciones a partir de ciertas características que, se suponen, son propias de todos los individuos que pasan por determinados estadíos de su ciclo vital.

HAMBRE Y VEJEZ

Por otra parte, en el caso de la Sociología, en especial de la sociología del envejecimiento se constituyó, desde sus recientes orígenes, como un campo de aplicación. Una sociología aplicada no se caracteriza sólo por su orientación hacia los problemas prácticos de su campo, sino también por establecer una relación unilateral con el cuerpo teórico general.

Para Binstock (1997) la débil construcción conceptual problemática planteada por el aumento de la proporción de ancianos en el seno de las sociedades se evidencia aún en temas centrales de la teoría sociológica, como lo es, por ejemplo, el de las clases sociales. Surge entonces el interrogante respecto a cómo definir la situación de clase de las personas que han dejado el sistema productivo.

La practica solutiva con mayor frecuencia, es asignar continuidad hasta después de la jubilación, a la posición de clase prevaleciente durante el transcurso de la vida laboral. Tal continuidad no existe, por lo menos, en la esfera económica (nivel de ingresos), ni en el plano de las relaciones sociales. Tampoco parece satisfactoria la alternativa opuesta de considerar a todas las personas mayores como una categoría social única caracterizada por la desinserción del sistema productivo y la tributación de la seguridad social. Para abordar la problemática social de la vejez debe considerarse el curso de vida como una dimensión general de la estructura social. (Andrade, 1992: 43)

Es importante reiterar la praxis profesional diferenciadas y aún contradictorias, en ancianos de un mismo grupo etario. La explicación causal de dichas prácticas no podía ser atribuida a características generales, determinadas para cada edad, sino más bien a la historia de vida que cada anciano atesora. Los aspectos materiales de la vida cotidiana, las formas de organización familiar, el desarraigo de la migración, los hábitos, la “cosmovisión” forjada, condicionan y dan significado a la conducta social del sujeto envejecido. Debe realizarse la remisión al pasado que condiciona el presente. La relación pasado - presente debe hacerse a los hechos de la historia social, económica y política del país.

La participación Canal (1998) indica que el en enfoque del curso de vida, al rescatar el estudio de la relación entre fenómenos macrosociales y microsociales, entre el nivel individual y el proceso de cambio macrosocial, combinando el tiempo histórico del desarrollo de la sociedad con el tiempo biográfico del ciclo vital de las personas, resulta sumamente apto para encarar estudios sobre la vejez.

Bajo nuestro modesto enfoque la ancianidad es una de las grandes transiciones del curso de vida individual, la última, la antecesora de la muerte, y se halla impactada por el conjunto de dimensiones que afectan a la biografía personal.

Debe señalarse que la vejez se caracteriza por la pérdida creciente de las capacidades físicas y psíquicas. El proceso de envejecimiento corporal comienza tempranamente en el transcurso de la existencia y se extiende en forma gradual e inexorable hasta el final de la misma, siendo difícil establecer un punto de corte cronológico. La vejez, como las otras etapas del ciclo de vida, es también una construcción social e histórica y posee el significado que el modelo cultural vigente da a los procesos biológicos que la caracterizan.

Construir un marco histórico sobre noción de ancianidad implica preguntarse inmediatamente qué significa ser anciano en las sociedades modernas, con sus poblaciones altamente envejecidas, y cómo se redefine la identidad en esta etapa de la vida, de acuerdo a las pautas que proporciona la normatividad social. (Rodríguez, 101)

En efecto, en las actuales sociedades industrializadas un hecho decisivo que marca uno de los puntos de inflexión entre la adultez y la vejez es el cese de la inserción laboral, materializado a través de la jubilación. La entrada y la salida del mundo laboral plantean importantes cambios en el ciclo de vida contribuyendo a establecer las grandes transiciones en la biografía personal.

Sostienen Serra y Leal (1998) que la evolución corporal podrían hacerse que a una persona le resulte más difícil seguir trabajando a medida que envejece, pero la respuesta individual a estos procesos es tan diversa, que parecería muy improbable que sea correcto establecer una edad fija para la jubilación. “El mundo público impone, de este modo, una modificación abrupta y más o menos uniforme en la práctica social de los adultos, prescribiendo el momento del cambio hacia la última gran transición en el ciclo de vida individual.” (Tilly, 130)

En la unidad doméstica, por su parte, el casamiento de los hijos, el reencuentro en soledad de la pareja conyugal - “el nido vacío” - marca otro momento decisivo de cambio.

La conformaciones de los hogares y por ende su separación del lecho paterno y materno y generalmente, con la conclusión de la etapa de reproducción biológica. La disminución de las obligaciones, el estrechamiento en el rango de las decisiones, la alteración de la estructura jerárquica, son los aspectos más salientes.

Pérdidas de las obligaciones laborales, disminución de las obligaciones domésticas, signan, pues, la última gran transición de la biografía personal; ponen a disposición del sujeto una enorme masa de tiempo libre cuya ocupación (o no ocupación) constituirá el eje de su nueva práctica social. La declinación de las responsabilidades y el usufructo del tiempo ocioso entran en contradicción con la normatividad implícita en las “sociedades de trabajo”. (Bervauvoir, 2005: 28)

El meollo del asunto ¿podría centrarse en los cambios demográficos que acompañaron al crecimiento económico occidental fundamentado en esta ética?, ¿han generado un fenómeno sin precedentes?: el envejecimiento de las poblaciones, que implica la existencia de una amplia proporción de personas mayores desvinculadas definitivamente del trabajo organizado. ¿En qué condiciones se redefine la identidad de esta última etapa de la vida tomando en cuenta que el desarrollo de la nueva práctica social resulta contradictoria con los valores vigentes?. La integridad versus la desesperanza. La integridad permite la emergencia de la sabiduría.

Sostiene Díaz (2004) que contrario al punto central del conocimiento aparece el desdén “una reacción ante el sentimiento de un creciente estado de acabamiento, confusión, desamparo”.

Las innovaciones tecnológicas y la creatividad no sólo son el eje de la competitividad económica, sino que se trasladan a las distintas esferas del cuerpo social, determinando la conocida ecuación de saber - poder, en la que el saber se revoluciona permanentemente. Se quiebra de este modo la recuperación social del valor social de todo anciano: su sabiduría. Tras el discurso del “merecido descanso” parecería que las sociedades modernas esconden un espacio subordinado destinado a sus ancianos, dentro de una jerarquía de edades que coloca a la adulta (productiva) en su cúspide. La redefinición de la identidad en esta etapa del ciclo de vida implicaría, pues, incorporar este rol subalterno dentro de un orden social homogeneizado a partir de la ética del trabajo y del altísimo valor conferido a la permanente transformación del conocimiento.

Seguridad Social y familia constituyen las dos instituciones centrales para la vejez contemporánea, siendo necesario detenerse en las articulaciones entre una y otra.

De acuerdo a la tradición los ancianos y jóvenes eran mantenidos al interior del hogar. En la fase capitalista, la participación familiar en el sostén económico de los ancianos tiende a desaparecer. La población inactiva consiste por definición en consumidores no productivos. Ellos viven de los bienes puestos a su disposición por los miembros trabajadores de la población. La carga sigue sostenida por los adultos productivos - no podía ser de otra forma - pero mientras la de los jóvenes permanece acotada dentro del ámbito familiar, la de los ancianos se ha socializado. La dependencia es, como se ve, un rasgo fundamental a incorporar en el análisis de la problemática social de la vejez. La salud es otra gran determinante y la invalidez, la amenaza más seria. (Idem, 183)

La atención médica de un paciente crónico-degenerativo requiere, tanto monetarios como de servicios especializados. La ecuación sintetiza la tensión entre seguridad social y familia: en la medida que se amplían las políticas de bienestar por parte del sistema, disminuye la presión sobre el esfuerzo familiar y viceversa.

La dependencia - económica o de cuidados - constituye, desde la óptica de este trabajo uno de los aspectos fundamentales en el análisis de la subordinación social de la vejez.

Es importante la participación de Giddens (1990) al referir grupo social de los adultos mayores constituyen uno de los sectores más pobres de sus respectivas sociedades. Un pequeño capital, la vivienda propia, la inversión realizada en educación de los hijos que se traduce luego como ayuda familiar, atemperan las carencias de la vejez. No todos los ancianos han tenido durante su vida adulta la opción de guardar. Por otra parte Gonzalez (19999 indica que las estrategias individuales se ven acotadas dentro del margen impuesto por la estructura de opciones que se abren según un estadio en el ciclo vital, su posición social y el momento histórico que le toca vivir.

Se considera pobre a quien no obtiene o no puede procurarse recursos suficientes parta llevar una vida mínimamente decorosa, de acuerdo con los estándares implícitos en el estilo de vida predominante en la sociedad a la que pertenece.

Las necesidades consideradas básicas incluyen: alimentación, vestimenta, alojamiento y equipamiento doméstico para el funcionamiento del hogar, disponibilidad de agua potable y sistema de eliminación de excrementos, condiciones ambientales sanas, acceso a medios de transporte apropiados, a servicios de salud, educación y cultura.

Ni las generaciones anteriores gozaron de tal extensión de los beneficios de la Seguridad Social, ni lo harían las posteriores a menos que se opere una modificación del actual sistema contributivo.

A pesar una plataforma previsional en los ancianos de los sectores marginales, el sistema de nuestro país se encuentra en un proceso lento y los ingresos que el mismo proporciona son exiguos. Se deben incorporar entonces las otras fuentes posibles de recursos: la búsqueda de reinserción en el mercado de trabajo - si la salud lo permite -, prestaciones suplementarias de instituciones públicas e intermedias y, finalmente, las transferencias informales que se materializan a través de la ayuda familiar y las relaciones de amistad y vecinales. (Forciea, et al., 2002, 293)

Dejando de lado una productividad operativa para la necesidades empresariales y suponiendo una historia de vida laboral que no permitió una acumulación importante de excedentes monetarios para su ahorro e inversión, el sostén de estos mayores dependería del Estado, a través de la Seguridad Social y de las relaciones de ayuda - que no siempre pueden ser mutuas - entre familiares y vecinos.