LA VEJEZ: UNA DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE

LA VEJEZ: UNA DISCRIMINACIÓN MÚLTIPLE

Francisco Bijarro Hernandez
Susana Virginia Mendiola Infante

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¡A PESAR DE TODA UNA VIDA DE TRABAJO!

Anteriormente eran uno(a)s cuanto(a)s ahora son demasiado los adultos mayores día con día aumentan los índices poblacionales de este sector. Por un lado, el ocaso de la mortalidad origina un progresivo aumento de la esperanza de vida y, en consecuencia, un número cada vez mayor de personas llega con vida hasta edades avanzadas. Por el otro, la caída de la fecundidad se refleja a la larga tanto en una cantidad menor de nacimientos como en una reducción sistemática de la proporción de niños y jóvenes en la población total. La combinación de ambas tendencias conduce, de manera inevitable e irreversible, al envejecimiento demográfico, hecho que se expresa en el estrechamiento de la base y la ampliación de la cúspide de la pirámide poblacional.

EL ADULTO MAYOR MEXICANO

Se proyecta de acuerdo con la ONU( 2006) que el número de adultos mayores (es decir, personas de 65 años y más) en los países desarrollados aumentó alrededor de 2.7 veces en los últimos 50 años (de 64 a 171 millones de personas) y su proporción con respecto a la población total casi se duplicó (de 7.9 a 14.4 por ciento). La dinámica del envejecimiento en esos países seguramente se acelerará en las próximas décadas y provocará que, al llegar al año 2050, los adultos mayores constituyan poco más de la cuarta parte de los residentes de esos países.

Anteriormente solo preocupan por los países desarrollados por este fenómeno ahora es una suceso mundial se opone a las realidades y previsiones sobre la escala, características y heterogeneidad. Las sociedades envejecidas o en proceso de serlo están apareciendo gradualmente por todos los rincones del mundo. Si hoy residen alrededor de 248 millones de adultos mayores en las naciones en desarrollo, se prevé que en el año 2050 su número aumentará a 1,163 millones, lo que implica un tamaño 4.7 veces mayor al original y una proporción tres veces superior (de 5.1 a 15 por ciento de la población total). (Beauvoir, 44)

Durante el primer Encuentro Nacional para la Atención Integral del Adulto Mayor se ofreció un espacio magnifico oportunidad para explorar algunos de los complejos desafíos del rápido envejecimiento demográfico, para prever con antelación los problemas sociales que traerá consigo y para diseñar las medidas que permitan hacerles frente con oportunidad, equidad y eficiencia.

Argumenta Binstock (1997) que el punto central de estas líneas es la de creatividad para imaginar el porvenir de nuestra sociedad frente a los dilemas que nos plantea el ineludible proceso del envejecimiento demográfico y contribuir a generar condiciones que permitan desarrollar compromisos institucionales y respuestas sociales.

La postura y al realidad es clara y precisa la falta de previsión es sumamente nociva y puede causar severos perjuicios “(…) y daños sociales si no anticipamos las tendencias (…).” (Idem, 27). Si no planeamos y si no actuamos en consecuencia. Se trata, en suma, de reconocer que el envejecimiento toca a nuestra puerta y de evitar prácticas recurrentes como el de no querer entreabrirla, simplemente porque no sabemos qué hacer con este fenómeno.

México no se queda ajeno a este hecho social y necesario plasmar una serie de políticas para enfrentar tal suceso. Este proceso seguramente influirá de distintas maneras y formas en la sociedad, la economía, la política y la cultura. De acuerdo con los datos del CONAPO (2006), se estima que la edad media de la población de México se incrementará de 27 a 30 años en la primera década del presente siglo, y más tarde, entre 2030 y 2050, pasará de 38 a 45 años. A su vez, la población de 65 años y más aumentará de 4.8 a 17 millones entre 2000 y 2030, y alcanzará 32.5 millones al llegar al año 2050. Sin embargo, más de las tres cuartas partes del aumento previsto ocurrirá a partir de la tercera década del próximo siglo, lo que podría brindar a nuestro país el tiempo que requiere para preparar las respuestas institucionales orientadas a afrontar exitosamente el fenómeno del envejecimiento.

No duda alguna los reflejos y resultado demográficos los demuestran, México estará compuesta por adultos mayores: si hoy en día uno de cada veinte habitantes tiene 65 años de edad o más, en el 2030 representarán uno de cada ocho, y en el 2050 uno de cada cuatro.

Los padecimientos crónicos-degenerativos están en aumento, como el cáncer y las enfermedades del sistema circulatorio y del corazón. Este hecho determinará que el peso de la enfermedad y de la muerte siga desplazándose en las próximas décadas hacia los grupos de mayor edad. Las nuevas realidades demográficas y epidemiológicas impondrán fuertes presiones sobre la infraestructura de salud; provocarán una cuantiosa reasignación de recursos para atender las demandas de la población; y exigirán profundas reformas en las estrategias, alcance, funcionamiento y organización de este sector. En este proceso, las acciones de promoción de la salud y de la prevención de la vejez achacosa deberán desempeñar un papel cada vez más preponderante y emprenderse desde muy temprano en la vida de las personas. Es en esta etapa cuando hay que empezar la tarea preventiva, sin esperar a hacerlo cuando ya se ha instaurado la vejez. (Díaz, 201)

La discapacidad será el producto del acelerado avance del envejecimiento. Una proyección conservadora prevé que el número de adultos mayores con algún tipo de deterioro funcional crecerá de 2.0 millones en 2000 a 7.3 millones en 2030 y a 15.1 millones en 2050. El incremento en el número de mujeres impedidas en las edades más avanzadas será mayor y más rápido que el de los hombres, hecho que requiere especial atención por parte de las políticas sociales, de salud y de población.

El punto central para el desarrollo personal e integral es el trabajo del cual emana el prestigio social, los ingresos económicos y el nivel de vida, buena parte de las relaciones sociales y de los grupos de pertenencia, y otros referentes básicos para la vida y la identidad de las personas.

El retiro, las pensiones y otros procesos, son un evento que en el mejor de los casos vive un proceso de institucionalización “parcial” en México. “Para una minoría, el retiro del trabajo con la protección de una pensión es un evento posible, en tanto que la gran mayoría” (Gómez, 52). Ante la necesidad de obtener ingresos para costear la subsistencia, se ve obligada a seguir en la actividad económica hasta que sus fuerzas y capacidades se lo permiten.

Rango distintivo después de los 65 años y establece rasgos de un calendario tardío y con alta dispersión del retiro en México, con una edad mediana de 69.4 años y un rango intercuartil de aproximadamente 20 años. El proceso de joven a adulto mayor provocará un desbalance creciente entre la población trabajadora y la de edades avanzadas. Si en la actualidad existen en el país alrededor de once adultos mayores por cada cien personas económicamente activas, en el 2030 y en el 2050 la relación aumentará a 24 y 45 por cada cien, respectivamente. En un país marcado por las graves insuficiencias y las desigualdades de su desarrollo, la dinámica de crecimiento de la población de la tercera edad pondrá de manifiesto las múltiples dificultades que será necesario enfrentar tanto para superar la cobertura limitada o el carácter estratificado de los sistemas de retiro y pensiones, como para garantizar su viabilidad financiera. (Fargues, 1998: 193)

Se deben dar paso agigantado en atención médica de primer nivel, para prevenir el caos en materia de salud. Cada sociedad dispone de mecanismos de redistribución de recursos que ponen de manifiesto los escenarios de vida a los que se enfrentan los adultos mayores. Ellos pueden subsistir de contribuciones suministradas por el Estado, de recursos provenientes de sus hogares y redes sociales y familiares de apoyo, de sus ahorros e inversiones acumuladas o bien de la caridad pública. Tales opciones no son excluyentes, por lo que es muy frecuente la combinación de varias. Debido a las insuficiencias y desigualdades de nuestro desarrollo, la gran mayoría de los adultos mayores (alrededor de 8 de cada 10) no cuenta con pensiones y casi dos terceras partes de quienes tienen acceso a ellas no perciben lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas.

Reitera Gonzalez (1998) que por lógica este proceso demográfico repercutirá en del régimen de seguridad social prevaleciente, prevenir riesgos y proveer pensiones dignas y suficientes. Asimismo Guzmán (2002) sostiene que también queda claro que la ampliación de la cobertura es un requisito para avanzar hacia formas más sólidas de equidad social. Las redes familiares son una fuente de dependencia en cuanto a atención de seguridad social. Desde el enfoque de Mestre (1996) sostiene la misma versión pues, en ella se pondrá de manifiesto que los cambios socioeconómicos, institucionales y demográficos han alterado las bases sobre las que originalmente se asentaron y desarrollaron los valores culturales referidos a la solidaridad intergeneracional y el apoyo familiar en la vejez.

Así, por ejemplo, conforme los integrantes de las generaciones más reciente, que son menos numerosas por el descenso de la fecundidad, se adentren en sus propios procesos de formación familiar, se verán obligados a hacer frente a la atención simultánea de los hijos y los padres y por un tiempo cada vez más prolongado. Además, tendrán un menor número de hermanos con quienes compartir la responsabilidad de su cuidado. Se estima, por ejemplo, que la esperanza de vida de una mujer con la responsabilidad de velar por la atención de padres mayores o hijos menores aumentará en ese mismo periodo de 29 a 35 años.

Conjugando la óptica de Puerto (1995) y Del Popolo (2001) indican que Los persona actividad formal tendrá una doble egreso de manutención, pues recordemos que anteriormente las persona contraían nupcias a temprana provocando embarazo durante su adolescencia, esto es conlleva que en alguno hogares se localice una doble senilidad: abuelos y padres mayores de 60 años, para algunos significaría garantizar simultáneamente la subsistencia de menores y ancianos, mientras que para otros podría implicar el hacerse cargo de sus padres durante las edades cercanas a su propio retiro.

El rol familiar puede verse afectado como fuente exclusiva de apoyo a los adultos mayores y sugiere la necesidad de diseñar mecanismos y estrategias de atención de los hogares multigeneracionales en situación de pobreza.

El envejecimiento se agudiza como problemática social cuando a él se le une otros hechos social como pobreza, enfermedad, discapacidad y aislamiento social. “Las diferentes dimensiones de la desigualdad como son la clase social, la etnicidad y el género se entrecruzan y refuerzan mutuamente en la vejez, atrapando a las personas en una telaraña de desventajas múltiples respecto de la cual resulta hoy en día muy difícil escapar.”(Mariscal , 1995: 53). La transformación de la vejez en un problema social con múltiples connotaciones no sólo se origina en el número creciente de individuos que alcanzan esta etapa de la vida, sino principalmente en la propia rigidez institucional para dar respuesta a sus necesidades y demandas.

Cada espacio cultural construye un una imagen social del adulto mayor, ambivalente, nuestra cultura tiende a difundir imágenes contrapuestas de la vejez y de los viejos. “Les rinde tributo, alienta discursos piadosos, los compadece, se resigna a su existencia o simplemente los desprecia, con las evidentes secuelas individuales y sociales.” (Alba, 283). Frente a ello, se requiere que las políticas orientadas a la tercera edad propicien una profunda revolución cultural que toque las actitudes de las personas para erradicar valores peyorativos hacia la vejez, para propiciar que la “muerte social” no anteceda a la “muerte biológica”, para fortalecer la solidaridad intergeneracional e impulsar la revaloración social del adulto mayor, y para estimular su plena inserción en la vida familiar, social y comunitaria. La profundidad de este cambio cultural determinará si en el futuro seremos capaces de encarar los dilemas del envejecimiento.

Resaltando la contribución de Bize (1999) el envejecimiento provocara una serie de hechos sociales que alguna formar alteraran diversos sistemas, este proceso darán lugar a profundos cambios en nuestra manera de ser y de pensar: hombres y mujeres de todas las edades tendrán que adaptarse a los nuevos ritmos de la vida social, a las cambiantes percepciones del curso de vida, y a las normas y expectativas sociales emergentes relacionadas con la edad. “También trastocará los arreglos residenciales y domésticos, las relaciones sociales y familiares, así como las relaciones de género e intergeneracionales”. (Gallier, 20). De hecho, el aumento previsto en la esperanza de vida de la población mexicana (de 75 a 84 años entre 2000 y 2050) contribuirá a ampliar el “tiempo de vida familiar” y convertirá en un acontecimiento usual la interacción de personas emparentadas entre sí, pertenecientes a cuatro o hasta cinco generaciones sucesivas.

Argumenta Gonzalez (1999) que se alteraran devisas actividades de la vida cotidiana cambiarán los estilos de vida, los patrones de consumo y las pautas de alimentación; proliferarán las organizaciones y grupos dedicados a proteger y promover el ejercicio de los derechos de los adultos mayores; aumentará de manera significativa la demanda de muy diversos bienes y de algunos servicios especializados; se abrirán numerosas oportunidades laborales para los integrantes de la tercera edad; se alterará la conformación del espacio urbano y surgirán colonias o barrios con grandes concentraciones de ancianos; se modificarán los espacios internos de las viviendas para hacerlos más funcionales a las necesidades de los adultos mayores; se transformarán las características y modalidades del transporte urbano; abundarán las rampas en las esquinas de las calles y se pondrá mayor atención en el equipamiento de nuestras ciudades para facilitar la movilidad de este segmento de la población.

Que decir del mercado de pañales, de juguetes y de ropa para niños, y en cambio se requerirán muchas más unidades fabriles orientadas a atender las múltiples necesidades domésticas, nutricionales y de movilidad de los adultos mayores. En los servicios se requerirán menos guarderías, menos escuelas de educación básica y menos establecimientos obstétricos y pediátricos, y seguramente, más hospitales, más asilos y albergues y más servicios de recreación para ancianos, así como más geriatras y especialistas en la atención de la vejez.

Probablemente los adultos mayores se organizaran en grupos y posteriormente en redes sociales para hacer una serie de presiones institucionales reflejen más fielmente las nuevas pautas de demandas y necesidades. La propia recomposición del electorado lo propiciará: si en la actualidad los adultos mayores representan alrededor de 8 por ciento de la población en edad de votar, treinta años más tarde su peso relativo ascenderá a más de 17 por ciento; y en el año 2050 se elevará a 30 por ciento. En consecuencia, las agendas del poder ejecutivo y de las cámaras, así como las plataformas de las organizaciones sociales y los partidos, buscarán adaptarse a esta nueva realidad demográfica y, en consecuencia, la atención de la vejez adquirirá innegable importancia política. (Mestre, 36)

En sí el suceso del envejecimiento se convertirá en un desafío formidable que de manera conjunta tendrán que enfrentar sociedad y gobierno. En este nuevo siglo será necesario multiplicar los esfuerzos sociales con el fin de prever sus consecuencias y ramificaciones, reconocer los costos y beneficios que acompañan este proceso, diseñar ambiciosas propuestas legislativas, y poner en marcha programas institucionales imaginativos y eficientes. No hay duda que este complejo asunto merece y debe debatirse con profundidad y amplitud.

Indica Silva (2002) que se debe crear una cultura de respeto de los derechos humanos y ciudadanos de los adultos mayores y garantizar su pleno y cabal ejercicio, deben ponerse en marcha una amplia variedad de medidas que involucran cambios en las leyes, en las prioridades de las políticas públicas y en la naturaleza, características y alcance de los programas sociales. Debemos aspirar, como pueblo y como personas, a envejecer bien, para lo cual resulta indispensable no sólo seguir agregando años a la vida, sino también vida a los años.

Los anterior nos lleva hacer una reflexión no solo a los cuerpos académicos, institucionales, sino a todo nos invitan a todos -niños, jóvenes, adultos y ancianos- a transformarlo en un verbo activo, para lo cual se requiere formar una nueva ética y una nueva economía moral del ciclo de vida y del envejecimiento. De las decisiones que tomemos desde hoy dependerá afrontarlo con éxito en el futuro.