LA ECONOMÍA DEL FIN DEL MUNDO
CONFIGURACIÓN, EVOLUCIÓN Y PERSPECTIVAS ECONÓMICAS DE TIERRA DEL FUEGO


Miguel A. Mastroscello

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CAPÍTULO 6 – LA ERA DEL PETRÓLEO Y LA IMPORTACIÓN (1958 – 1980)

6.1. CONTEXTO NACIONAL: DEL PRIMER PERONISMO AL DESARROLLISMO

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la Argentina profundizó su característica de economía cerrada que había sido determinada por los cambios en la coyuntura internacional producidos hacia 1930. Se califica a una economía de tal forma cuando su participación en el comercio internacional es baja; esta es medida a través de un indicador, conocido como “grado (o coeficiente) de apertura al exterior” [GAE] que relaciona al valor de exportaciones e importaciones con el PBI; se lo calcula mediante la siguiente fórmula:

GAE = { [(X+M)/2] / PBI } . 100

donde X simboliza a las exportaciones y M a las importaciones.

En el caso argentino, el cierre se acentuó mediante la instrumentación de medidas de corte proteccionista, que consistieron en la elevación de los aranceles (impuestos a las compras externas) e incluso en prohibiciones lisas y llanas a la importación de ciertos productos. Las consecuencias de ello se verifican en el siguiente cuadro:

Este sesgo fue el que caracterizó la política económica del gobierno de Juan Domingo Perón, que tras acceder al poder en las elecciones de 1946 fue reelecto en 1952. En dicho marco, el primer equipo económico del peronismo encabezado por Miguel Miranda encaró un programa destinado a mejorar el salario real, con lo que generó el incremento en el consumo doméstico y el desarrollo de industrias locales para atenderlo. El esquema se complementó con una política crediticia muy favorable para el sector industrial, ejecutada por la banca oficial mediante préstamos a largo plazo y con tasas reales negativas , junto con la modificación del esquema tributario buscando una mayor carga para las empresas y los sectores de la población de ingresos más altos. El resultado inmediato de esta política fue un crecimiento del PBI y una mejora en la distribución del ingreso para el sector asalariado. De hecho, el período 1946-1949 fue el mejor de los nueve años que duró la primera experiencia peronista en el poder.

Los objetivos de la “ISI fácil”, como quedó apuntado, fueron alcanzados con cierta comodidad, pero para encarar los de la “ISI difícil” se tropezaba con una restricción objetiva, ya que el país carecía de los capitales que ella requería. En consecuencia se optó por un camino en el que confiaban las ideas en boga para la época, que fue el de propiciar una fuerte participación del Estado en la actividad económica: era el sendero del keynesianismo, corriente de pensamiento que estaba en su momento de esplendor. Por esa época, los gobiernos de los principales países de Europa occidental encaraban programas de nacionalizaciones de empresas de servicios públicos, y en algunos de ellos el Estado también se hizo cargo de empresas industriales. Por si eso fuera poco, la URSS asumía un papel cada vez más destacado en el internacional, sosteniendo un proceso de vigoroso crecimiento de su industria pesada basado en un estatismo extremo. De hecho, Stalin había anunciado que el estado soviético detentaba la propiedad de todos los recursos productivos del gigantesco país, y que se encargaría además de asignar a sus habitantes los puestos de trabajo y los medios necesarios para vivir.

Fue así que en la Argentina se crearon numerosas empresas estatales destinadas a desempeñarse en diversas áreas críticas, como la energética, la química, el transporte, la telefonía y otras, aunque ello tuvo su costo: el gasto público, en términos reales, creció entre 1941 y 1948 casi 185%. Esto se sostuvo durante un tiempo con los excedentes generados por el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), organismo oficial que monopolizaba el comercio de granos, que aprovechó en ese período una mejora en los términos de intercambio externos. Simultáneamente, en el plano político y social el país comenzaba a experimentar profundas transformaciones, entre las cuales destacaban el derecho al voto femenino y el aumento en la influencia ejercida por los trabajadores sobre la vida institucional, determinado por el desarrollo y la consolidación de su estructura sindical.

Pero tras el auge que tuvo su pico en 1948, reapareció el problema del sector externo. En efecto, la coyuntura del intercambio internacional había vuelto a ser desfavorable, por lo que el recurrente déficit de la balanza comercial había desembocado en una extrema insuficiencia de divisas, necesarias para pagar las importaciones de los insumos y los bienes de capital que todavía no se producían internamente y que la industria necesitaba para evolucionar. Perón reemplazó a Ramón Cereijo, sucesor a su vez de Miranda, por Alfredo Gómez Morales, quien en 1952 instrumentó un plan de estabilización destinado a detener la inflación, que ya alcanzaba valores preocupantes. La política monetaria y crediticia se moderó, mientras se atenuaba la presión fiscal sobre el sector rural. Por otra parte, la necesidad de atraer inversiones modificó la retórica estatista e impulsó al gobierno a un acercamiento con empresas petroleras estadounidenses. Una muy buena cosecha en la temporada 1952/53 resultó un alivio adicional para la situación económica, pero los problemas estaban en el plano político. El escenario de turbulentos enfrentamientos entre el gobierno, la oposición y distintos sectores sociales terminó con una nueva y lamentable interrupción de la normalidad constitucional, cuando un golpe militar derrocó a Perón en 1955.

El período subsiguiente, hasta 1958, durante los gobiernos de facto de Lonardi y Aramburu, puede caracterizarse como de transición, aunque signado por una política económica de predominante signo liberal. En el plano de la demanda interna, disminuyó el consumo al tiempo que aumentó la inversión, mientras que el componente externo registró un aumento de las exportaciones superior al de las importaciones. Las estadísticas muestran, no obstante, un estancamiento del sector primario y un resultado negativo para la balanza comercial, lo que derivó hacia el final del período en un valor dramáticamente bajo de la existencia de divisas .

Este “estrangulamiento” externo formó parte del diagnóstico efectuado por la CEPAL, que afirmaba también que el país no había crecido por no haber hecho las inversiones necesarias. Este era una apreciación con la que coincidía el gobierno desarrollista presidido por Arturo Frondizi que accedió al poder en 1958, en un convulsionado entorno político.

La propuesta del nuevo elenco gubernamental, asumiendo un claro pesimismo respecto de las posibilidades del agro, se basaba en expandir el sector industrial incorporando ramas dedicadas a elaborar bienes intermedios y equipo de producción. Esto sería posible mediante un shock de inversiones, para lo cual había que conseguir el aporte de capitales extranjeros, lo que sin duda marcaba un drástico cambio respecto de la visión estratégica anterior.

Rogelio Frigerio, inspirador de la política económica frondizista en esa primera etapa, muy probablemente compartía el enfoque del “abanico” de Bunge comentado en el capítulo precedente. Ello puede inferirse si se recuerda que la revista “Qué”, bajo su dirección, señalaba que en un radio de 300 kilómetros alrededor de Buenos Aires se concentraban el 50% de la población, el 70% de los transportes y el 80% de las actividades industriales del país. Para corregir esa malformación, era necesario crear nuevos centros de producción y de consumo en el interior del país . Por primera vez desde el ámbito oficial se marcaba de manera explícita una cuestión cuya falta de resolución afectaba directamente a la Patagonia y, por lo tanto, a la Tierra del Fuego.

Además, el gobierno se dispuso a librar la llamada “batalla del petróleo”, firmando contratos de explotación con empresas extranjeras. Debe aceptarse que ello implicó una modificación tajante del discurso del Presidente, que en su momento y desde la oposición había sido un duro crítico de los contratos suscriptos en la última etapa del gobierno peronista con la petrolera estadounidense Standard Oil de California. Como era de esperar, el asunto generó enardecidas polémicas; y aunque era evidente que se trataba de sustituir la importación de petróleo por producción local, los “sustituistas” de antes se sumaron con fervor a las críticas. El debate alcanzó tal intensidad que terminó costándole el cargo a Frigerio, aunque el gobierno se mantuvo en sus trece y en poco años la realidad pareció darle la razón, ya que el país alcanzó el autoabastecimiento.

De todos modos el episodio, además de demostrar que el carácter pendular de las opiniones de los dirigentes políticos tampoco constituye una novedad del presente, era sin dudas una buena noticia para los patagónicos.


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