LA ECONOMÍA DEL FIN DEL MUNDO
CONFIGURACIÓN, EVOLUCIÓN Y PERSPECTIVAS ECONÓMICAS DE TIERRA DEL FUEGO


Miguel A. Mastroscello

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4.5. EL CHOQUE DE CULTURAS

El avance de balleneros y loberos, en primera instancia, y luego de buscadores de oro y estancieros, entró en brusca colisión con las comunidades aborígenes preexistentes, sobre cuya situación al momento del encuentro con el hombre blanco hay versiones diferentes.

La visión más difundida, proveniente de las observaciones de los primeros visitantes europeos, los presenta como pueblos muy primitivos y atrasados. Por ejemplo, Thomas R. Malthus, en su famosa obra de 1798 "Ensayo sobre el Principio de la Población", y aparentemente basándose en informes del primer viaje del Capitán James Cook de 1768, afirma: "Los infelices habitantes de la Tierra del Fuego, según el consenso general de los viajeros, han sido colocados en el escalón más bajo entre los seres humanos" . Por su parte, y aún reconociendo que no conocían el cultivo ni fabricaban instrumentos de cerámica o metal, otros autores relativizan este planteo; sostienen, en cambio, que los indígenas fueguinos habían alcanzado un razonable grado de adaptación al ámbito en el que vivían y que dadas la dotación de recursos naturales y la falta de presiones externas, no tuvieron incentivos para progresar más .

Cuatro eran los principales grupos indígenas que habitaban a fines del siglo XIX el archipiélago fueguino:

• los yaganes o yámanas, nómades canoeros que habitaban las costas del canal de Beagle y de las islas cercanas al cabo de Hornos. Usaban arpones para cazar lobos marinos, aves y nutrias, pescaban poco y prácticamente a mano, y recolectaban bivalvos. Eran individuos de baja estatura que vivían semidesnudos en chozas hechas con palos, ramas y pasto, siempre cerca de la costa: rara vez incursionaban tierra adentro. Navegaban en unas frágiles canoas construidas con varillas y corteza de árboles, en las que siempre mantenían encendido un fuego sobre tierra o piedras. El nombre de “yaganes” con que se los conoce les fue dado por el Rvdo. Bridges en alusión al de un canal de la región (hoy designado como Murray), pero ellos se llamaban a sí mismos “yámana”, que en su lengua significaba “hombre”.

• los onas o shelk’nams, que constituían la tribu más numerosa y estaban distribuidos en la mayor parte de la isla Grande, predominantemente en el área nordeste. Estos aborígenes de porte robusto eran cazadores muy expertos en el empleo del arco y la flecha, y vagaban a pie en grupos familiares, siguiendo al guanaco, con cuya piel se cubrían y confeccionaban sus toldos. “Ona” es una voz yámana, pero ellos se denominaban “shelk’nam”.

• los alacalufes, también canoeros, que vivían en las costas de la zona oeste del archipiélago. Tenían costumbres parecidas a las de los yámanas, aunque conocían la vela para navegar y también empleaban el arco y la flecha.

• los haush o manek’enk, que conformaban la tribu más antigua, estaban confinados al extremo este de la isla por la presión de shelk’nams y yámanas. También cazadores de guanacos, utilizaban tanto el arpón como el arco y la flecha, y recolectaban moluscos. No eran navegantes.

Las modificaciones que la presencia del hombre blanco determinó sobre los recursos alimenticios, las enfermedades traídas por aquél y los conflictos derivados de la ocupación del territorio, actuando en conjunto, resultaron demasiado para ellos. Fueron vanos los esfuerzos de los misioneros anglicanos en el sur y de los curas salesianos en el norte de la isla por integrarlos a la corriente de inmigrantes. A tal punto fue duro el choque, que las poblaciones indígenas disminuyeron en forma vertiginosa en pocos años, hasta su desaparición casi total. En 1884, un censo levantado por Bridges sólo entre los naturales yámanas de las costas del canal Beagle, contó un total de 1.000 personas; apenas once años más tarde, un relevamiento nacional determinó que en Ushuaia había 323 habitantes, mientras que en el resto de la isla Grande y en isla de los Estados residían 154 personas, totalizando 477 pobladores .

Desde cierta perspectiva, esto se puede atribuir a la enorme distancia —en términos de evolución histórica— que separaba a dos formas de vida. Por un lado, la de uno de los pocos grupos indígenas del continente americano que todavía no habían sido alcanzados por la primera gran ola de cambio que afectó a la especie humana, la revolución agrícola, desplegada en el mundo desde hacía varios miles de años, ya que se considera que empezó hacia el 8000 a. de J.C. con la invención de la agricultura, extendiendo su influencia hasta comienzos del Siglo XVIII. En su organización social ni siquiera había una división entre productores y consumidores, y la subsistencia dependía exclusivamente —como hemos señalado— de las posibilidades que daban la caza, la pesca y la recolección.

Por el otro, la de los representantes de la segunda ola determinada por la revolución industrial —cuyo inicio se suele ubicar en torno a las invenciones de la máquina de vapor y del telar mecánico, entre fines del siglo XVIII y comienzos del siguiente— actores de un capitalismo en plena expansión cuya impronta se extendía con vehemencia, dispuestos a producir, intercambiar y consumir bienes a partir de la manipulación y transformación de los recursos naturales. Lejos de resolverse, como sin duda hubiera sido deseable, mediante una asimilación de la civilización menos avanzada —desde el punto de vista tecnológico— por parte de la otra, el triste saldo del encuentro entre ambas fue, como tantas veces ha ocurrido en el mundo a lo largo de la historia, un abismo que se abrió ante los nativos fueguinos y terminó devorándolos de manera impiadosa.

La opinión

“Abatidos por una civilización a la que no podían comprender —y que implacablemente les hacía ver por todos los medios posibles que no necesitaba de ellos— la muerte étnica de los Yámana se produjo mucho antes de que desaparecieran físicamente sus últimos descendientes.”

Resulta notable que poco más de un siglo después, aquella orgullosa civilización industrial que aparentaba ser omnipotente e inmutable, haya comenzado a sufrir, sin haber cumplido trescientos años, los embates de una vigorosa tercera ola de cambios signados por el avance tecnológico.


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