LA ECONOMÍA DEL FIN DEL MUNDO
CONFIGURACIÓN, EVOLUCIÓN Y PERSPECTIVAS ECONÓMICAS DE TIERRA DEL FUEGO


Miguel A. Mastroscello

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7.2. CONTEXTO NACIONAL: DEL PACTO SOCIAL A LA APERTURA DE MARTÍNEZ DE HOZ

La segunda experiencia peronista en la presidencia, que tuvo lugar entre 1973 y 1976, estuvo signada por un escenario político sumamente convulsionado. En el plano económico, el ministro José B. Gelbard ocupó el cargo con los cuatro presidentes del período: Héctor Cámpora, que renunció a pocos meses de asumir, Juan D. Perón (fallecido en 1974), Raúl Lastiri y María E. Martínez de Perón. Sin embargo, sus esfuerzos por incentivar las exportaciones fueron tan infructuosos como los de contener la inflación, salvo en el primer año, apelando a una combinación de acuerdos con los empresarios y los sindicatos, con la fijación de precios máximos, lo cual se dio en llamar “Pacto Social”. El recurrente desequilibrio fiscal, financiado con emisión monetaria, agregaba combustible a la hoguera inflacionaria (los precios acumularon un 74% de aumento entre 1973 y 1975), cuyas llamas se propagaban voraces hacia las que ya ardían en los campos político y social. Gelbard finalmente renunció en 1975 y fue reemplazado por Alfredo Gómez Morales, que tampoco logró controlar la crisis. Su sucesor Celestino Rodrigo intentó aplicar un dramático plan de ajuste fiscal combinado con liberación de los precios, que quedó grabado en la memoria popular con la denominación de rodrigazo; la agitación política subsiguiente marcó no sólo su fracaso sino el comienzo del fin del gobierno de la viuda de Perón, por el que todavía pasarían, con escasos o nulos resultados, otros tres ministros: Pedro Bonanni, Antonio Cafiero y Emilio Mondelli. El número de seis ministros en tres años, sin duda, es un indicador de la incapacidad de aquel gobierno para enderezar la marcha de la economía en un contexto de vertiginosa aceleración de la inestabilidad política y la violencia extrema entre facciones.

Por esos años, además, el paradigma keynesiano comenzaba a ser objeto de graves cuestionamientos en los países desarrollados del “mundo occidental” (sustantivo con que se los llamaba para diferenciarlos de los que estaban bajo la influencia soviética), por no ofrecer una explicación para el novedoso fenómeno que en ellos se estaba experimentando: economías que no obstante encontrarse en receso soportaban sorprendentes aumentos en el nivel general de precios. Los economistas acuñaron un neologismo para denominar al nuevo escenario de estancamiento con inflación, llamándolo stagflation (“estanflación”, en castellano). Después de casi cuatro décadas, la estrella de Keynes comenzaba a perder su brillo, mientras los liberales —principalmente, los de la corriente monetarista de Milton Friedman, un profesor de la Universidad de Chicago— se preparaban para ir ocupando nuevamente el centro de la escena.

Del otro lado de la llamada “cortina de hierro” las cosas tampoco marchaban bien, aunque por entonces esto no era muy conocido debido al férreo control informativo ejercido por los regímenes comunistas. Según se sabría luego, mientras estuvo concentrada en producir una gama más o menos acotada de bienes de capital la economía soviética creció vigorosamente, pero cuando necesitó orientarse a producir bienes de consumo el sistema centralizado de planificación se reveló ineficaz para organizar la elaboración de un surtido amplio de tales artículos. La hipertrofiada burocracia fracasó en su propósito de reemplazar los mecanismos de mercado, por lo que el proceso de asignación de recursos degeneró en una sorda lucha entre los organismos planificadores y los gerentes de las empresas; en poco tiempo la economía en su conjunto comenzó a deslizarse por la pendiente de la ineficiencia, la caída de la producción y el endeudamiento. En cambio el otro gigante socialista, la China continental, comenzaba de la mano de Deng Xiao Ping un plan de profundas reformas que empezó suprimiendo la agricultura colectiva y terminó permitiendo el funcionamiento de empresas privadas.

Estos sucesos se vieron reflejados en el campo académico a través de lo acontecido con los Premios Nobel para esta disciplina: la Academia sueca, que había premiado a keynesianos como Jan Tinbergen (1969) y Paul Samuelson (1970), asignó la distinción en 1974 a Friedrich von Hayek, mentor de la ortodoxa escuela austríaca, y en 1976 al propio Friedman.

Ese mismo año asumió el poder en la Argentina una nueva dictadura militar, encabezada por Jorge R. Videla, con lo que no sólo estaba comenzando un trágico período de la historia institucional y política del país, el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”. Además de ello, el péndulo de la política económica volvía a cambiar de extremo, ahora en consonancia con las tendencias internacionales predominantes, aludidas en el párrafo anterior. El ministro que pretendió corporizar el nuevo lineamiento fue José A. Martínez de Hoz, quien se propuso contener la hiperinflación incipiente y resolver los recurrentes problemas de balanza de pagos, utilizando para eso instrumentos basados en la liberalización de precios y mercados.

Uno de ellos fue la “apertura” de la economía, es decir, una estrategia orientada a incrementar la participación del país en el comercio mundial, mediante el aumento tanto de las exportaciones como de las importaciones. De tal forma se perseguían, o al menos eso fue lo que se argumentó desde el gobierno, dos objetivos: detener la inflación y forzar la modernización del aparato productivo nacional, por medio de la exposición a la competencia extranjera.

Pero pese a su filiación doctrinaria liberal, Martínez de Hoz acudió a una herramienta en cierto modo heterodoxa, al establecer un mecanismo de prefijación de la tasa de devaluación periódica de la moneda (la denominada “tablita”), hacia la cual debería converger la tasa de inflación. Sin embargo, ello no ocurrió y el tipo de cambio quedó subvaluado; en un contexto recesivo y sin haberse revertido el desequilibrio fiscal, creció el endeudamiento público externo, así como el privado con el sistema financiero interno.

Los problemas con las cuentas públicas estaban motivados por los sustanciales recortes a las retenciones (impuestos) a las exportaciones y también, en importante medida, por los subsidios a las ventas externas con que se buscó compensar el atraso cambiario; esas asignaciones, según Schvarzer, alcanzaron los 3.000 millones de dólares en la década 1974-1984 . Cuando a Videla lo continuó Roberto Viola, en 1981, el ministro fue reemplazado, pero ni su sucesor Lorenzo Sigaut ni los tres que se desempeñaron luego hasta 1983 (Roberto Alemann, José María Dagnino Pastore y Jorge Wehbe), aún a pesar de algunas medidas drásticas —como la devaluación que decretó Sigaut el año en que asumió, y la licuación de los pasivos privados con los bancos establecida por el presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, al siguiente— lograron mejorar el pobre desempeño general.

Los estrepitosos indicadores de esa época certifican el fracaso en toda la línea de la política económica del tristemente célebre “Proceso”: una megainflación casi sin precedentes, con un pico de 343.8% para 1983 que hasta entonces sólo era superado por el 444.0% de 1974; un valor del PBI per cápita para el año en que finalizó el régimen militar que resultó inferior al del comienzo de ese mismo gobierno, y además fue menor que el de 1974; y una deuda pública que se había quintuplicado respecto del stock de 1976.


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