LA ECONOMÍA DEL FIN DEL MUNDO
CONFIGURACIÓN, EVOLUCIÓN Y PERSPECTIVAS ECONÓMICAS DE TIERRA DEL FUEGO


Miguel A. Mastroscello

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4.7. LOS BURGUESES CONQUISTADORES

En el sector norte de la isla, en cambio, la actividad privada (dedicada en forma casi exclusiva a la ganadería) se abriría paso sin el apoyo directo en la muleta estatal, instaurando una tradición en ese sentido que también, en buena medida, ha llegado hasta la actualidad. Los negocios se realizaron de modo predominante en moneda chilena o en libras hasta 1925, aunque el uso de efectivo era escaso; los peones rurales no cobraban con frecuencia mensual sino cuando se retiraban, y como la mayoría era originaria de Punta Arenas, recibían entonces órdenes de compra sobre casas de comercio de aquella ciudad. Del mismo modo, el frigorífico, que comenzó a operar en 1918, pagaba a sus trabajadores con vales extendidos sobre casas bancarias de Chile y comercios locales y de Punta Arenas, lo que continuó hasta 1934. Luego, las operaciones se canalizaron durante varios años a través de la sucursal del Banco de Londres situada en Río Gallegos, ya que sólo en 1943 el Banco Nación abrió una agencia en Río Grande .

No hubo un plan del gobierno argentino que se fijara como objetivo, al menos de un modo explícito, el desarrollo ganadero regional. En cambio, todo parece indicar —según ya lo ha apuntado De Imaz— que prevaleció en el gobierno central una actitud favorable a la creación de lo que en nuestros tiempos se suele denominar como un “ambiente propicio para los negocios”, apostando al espíritu emprendedor de unos agentes privados que Roca, con su reconocida perspicacia política, seguramente había captado en Punta Arenas durante su visita a la zona en 1899 —a poco de iniciar su segunda presidencia— y que con toda probabilidad decidió potenciar.

Así, a la ya mencionada conjunción previa de elementos favorables, tales como el desplazamiento del rodeo ovino desde la región pampeana, el dinamismo de la demanda de bienes primarios y los buenos precios internacionales de la lana, se agregó la que sería la única política estatal al respecto: la adjudicación de tierras fiscales en arriendo y propiedad, determinando la expansión de la ganadería ovina en la Patagonia y también en los campos fueguinos, aunque esto con cierto retraso respecto de Santa Cruz (que además gozó de exenciones aduaneras entre 1889 y 1918).

La ocupación de las tierras en la estepa magallánica no disfrutó de más apoyo que ese por parte del gobierno, siendo las condiciones para los pioneros fueguinos mucho más duras que las verificadas en la Pampa Húmeda: no se instrumentó en Tierra del Fuego un sistema de premios como el que benefició a los militares de la campaña del desierto; no se desarrollaron grandes (ni pequeños) planes de obras públicas, y tampoco se tendieron líneas férreas bajo la promoción del Estado. No hubo puertos sobre ríos navegables —por otra parte, inexistentes— que coadyuvaran al transporte; por el contrario, estaba el obstáculo del Estrecho de Magallanes, que debía atravesarse afrontando con alto riesgo los rigores del clima. Tampoco existieron empréstitos oficiales ni garantías de ganancias a costas del fisco.

Claro que, como hemos apuntado, la política oficial de adjudicaciones propició la creación de unidades productivas de gran tamaño, de modo de posibilitarles una rentabilidad suficiente como para afrontar las considerables inversiones requeridas, y esto debe ser considerado un estímulo. Pero sin duda, en esa época aquellas tierras no podían revestir siquiera el carácter de activos inmobiliarios, siendo desconocidos sus verdaderos valores; además las condiciones derivadas del clima, la distancia y el consecuente aislamiento, precalificaban a esas inversiones como de altísimo riesgo.

Por otra parte, el esquema se apoyó en las facilidades para la movilidad de trabajadores de uno a otro lado de la frontera, así como del rodeo, lo cual no podía explicitarse porque ya existían los límites políticos; y se valió de la infraestructura portuaria de la cercana Punta Arenas chilena para alcanzar los mercados externos.

El testimonio

“No había una frontera entre Porvenir y Río Grande, es como si fuera mi país. Yo llegué acá, me atendieron bien, no tuve ningún tropiezo para entrar ni nada. Vine sin pasaporte, en esos años no se exigía mucho. (...) Antiguamente, cuando llegué a trabajar acá, no nos pagaban. Nos daban una libreta (...) y en esa libreta se anotaba el sueldo, lo que nosotros comprábamos en el almacén, esa proveeduría que estaba, y nos hacían el descuento. Cuando queríamos irnos para Chile, nos daban un vale para cobrar en Punta Arenas en la oficina de Menéndez. Cuando queríamos venir para acá, la oficina de Menéndez nos daba pasajes para ir y venir, porque como no había personal, no lo querían perder.”

El crecimiento de la ganadería, a su vez, fue suscitando el desarrollo de actividades conexas, como el transporte naval y el comercio; sin embargo, el eje de este movimiento por muchos años estuvo ubicado en Punta Arenas, situada sobre la costa norte del Estrecho de Magallanes, la cual capitalizaba así el virtual vacío que —con la excepción de la región ocupada por los galeses en el Este del Chubut— constituía la Patagonia argentina al sur del río Negro, vacancia que era acrecentada por las deficientes o inexistentes comunicaciones.

Desde Punta Arenas se surtía a los barcos, tanto argentinos salidos de Buenos Aires como británicos que llegaban desde Montevideo, los cuales aprovisionaban luego de mercaderías a Ushuaia. Por allí circulaba la correspondencia con la capital argentina, desde donde llegaba también la línea telefónica. Asimismo, fueron empresarios de Punta Arenas los que paulatinamente expandieron sus actividades en el norte de la isla (y también en territorio santacruceño): Blanchard, Campos, Nogueira, Montes, Braun y, por supuesto, Menéndez. Por mucho tiempo, desde su puerto se embarcaron las exportaciones de las estancias fueguinas; también tenían su sede en ella los religiosos salesianos, que pronto extendieron su intensa actividad pastoral al otro lado del Estrecho. Y era reclutada en Punta Arenas la mano de obra golondrina que buscaba una oportunidad de empleo en nuevos territorios. De Imaz observa que hasta 1943 (al constituirse la Gobernación Marítima), Tierra del Fuego configuró —junto con el extremo sur santacruceño— la única zona del país donde el criterio de “integración regional” prevalecía sobre el de “integración nacional”: mujeres argentinas daban a luz en Punta Arenas, donde también se inscribían los matrimonios y nacimientos, en tanto que el “carnet” chileno servía para trabajar en la parte argentina de la isla.

El notable ímpetu de los empresarios ganaderos, que llevó a De Imaz a denominarlos los burgueses conquistadores, ejerció una influencia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos posteriores. En un lapso asombrosamente corto, menos de dos décadas, y partiendo de la nada más absoluta, adquirieron unas tierras desiertas, las poblaron con animales importados, introdujeron innovaciones, aplicaron tecnología y experiencia ajenas (como los tanques australianos), construyeron infraestructura, se capacitaron y alcanzaron altos niveles de producción; además, desarrollaron otras actividades que se eslabonaban con las de esos establecimientos. Es cierto que contaron para todo esto con algunas ventajas: no se toparon con especuladores o intermediarios ni debieron romper con tradiciones que podrían haber obrado como retardatarias, puesto que todo estaba por hacerse.

La opinión

“Menéndez envió a uno de sus hijos a perfeccionarse a Australia y Nueva Zelanda. Era comienzos de siglo. Ignoro que algún terrateniente de Buenos Aires hubiera hecho lo mismo.”

En 1894, poco después de la prematura muerte de Popper en Buenos Aires, el gobierno remató las tierras de su concesión, adquiriéndolas José N. Fernández, quien un año más tarde las vendió al español José Menéndez. Éste, que había llegado a Punta Arenas en 1875 como empleado de una firma de Buenos Aires, para cobrar “una cuenta difícil” nada menos que a Piedra Buena , para ese tiempo era uno de los más prósperos empresarios del sur chileno, junto con el también español José Montes, el portugués José Nogueira y el alemán Mauricio Braun, entre otros. Todos habían avizorado las posibilidades que brindaba la isla de Tierra del Fuego con sus despobladas extensiones; de hecho, Braun y Menéndez, cada uno por su lado, las habían recorrido con el propósito de solicitar concesiones, y Nogueira consiguió un arriendo por parte del gobierno chileno de un millón de hectáreas. Con el tiempo, las fortunas de estos tres grandes competidores quedarían vinculadas por lazos familiares.

Cuando Menéndez compró las tierras que habían sido de Popper, ya poseía una sucursal de su negocio de ramos generales en Río Gallegos, e importantes propiedades en el sector chileno de la isla. En 1897 fundó una estancia sobre la margen sur del río Grande, a la que llamó Primera Argentina, debido a que no existía otra explotación rural al norte de la región cordillerana; la misma llegó a tener su propia línea férrea, con una extensión de 14 kilómetros. En 1898 estableció la Segunda Argentina, en la orilla norte del mismo río, cuyas construcciones —iniciadas en 1902— conformaron un casco que podía albergar hasta 150 personas. La estancia Primera Argentina fue el origen del establecimiento que hoy se llama José Menéndez, mientras que del fraccionamiento de la Segunda Argentina surgió la estancia actualmente designada con el nombre de la esposa del fundador, María Behety, de nacionalidad uruguaya, quien falleció en 1908.

Unos años antes, en Chile, Menéndez había creado ya una empresa naviera, que llegó a disponer de medio centenar de vapores, cuyos nombres empezaban con la letra “A” en recuerdo de Asturias, la región de España de donde era originario su propietario. Con semejante espíritu emprendedor se comprende que el hombre no se haya limitado a la actividad ganadera exclusivamente, impulsando para sus empresas eslabonamientos ascendentes. Así, en 1908 se asoció con Blanchard y Braun para constituir la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia, conocida como La Anónima, dedicada al comercio mayorista y minorista en conexión naval con Punta Arenas y otros puertos; la empresa aún continúa en actividad, con la dirección de descendientes de Braun, dedicada al rubro del supermercadismo en muchas ciudades del país.

En 1912 se montaron muelles sobre el río Grande debido a su iniciativa y más tarde, en 1916, se asoció con otros estancieros para establecer la Compañía Frigorífica Argentina, que como ya apuntamos, empezó a faenar dos años después. Para esta inversión, los accionistas lograron que el gobierno nacional los eximiera del pago de aranceles a la importación de los equipos necesarios, siendo esta una de las pocas noticias sobre apoyo adicional del fisco a sus emprendimientos. También en 1918, el año del fallecimiento de Menéndez, la empresa frigorífica construyó un puente colgante sobre el río Grande, que fue cedido al Estado argentino diez años más tarde para seguir siendo usado por más de medio siglo, y que aún se encuentra en pie. Otra muestra de notable empuje empresario que merece ser señalada es que Alejandro Menéndez Behety (uno de los hijos del pionero) habilitó en sociedad con Mauricio Braun un frigorífico en Puerto Deseado (Santa Cruz), y que ambos junto a Blanchard crearon en 1930 la “Compañía Chilena de Navegación Interoceánica”, con sede en Valparaíso. Por entonces “La Anónima” manejaba en territorio patagónico argentino unos veinticinco almacenes de ramos generales y transportaba mercaderías en sus cuatro vapores.

Ya en la segunda década del siglo pasado, la decisión de aquellos ganaderos de redoblar la apuesta en la Isla Grande seguramente tuvo como una de sus motivaciones más importantes, si no la principal, a la paulatina declinación de Punta Arenas, hasta entonces exclusivo centro económico y social de la región. La ciudad chilena se vio fuertemente afectada por la habilitación, en 1914, del Canal de Panamá, con lo cual el hasta entonces obligado tráfico marítimo entre los océanos Atlántico y Pacífico a través del estrecho disminuyó de modo sensible.

En apenas veinte años la frontera ganadera fueguina se desplazó de norte a sur hasta encontrar la barrera natural de la cordillera, a partir de la buena adaptación a los campos que mostraron los primeros planteles, los cuales —como los de Harberton— fueron traídos desde las Islas Malvinas ; esta rapidez es aún más notable si se considera que superó el vertiginoso ritmo registrado en la pampa húmeda, pese a desenvolverse bajo condiciones que como ya se ha expresado, fueron sensiblemente menos ventajosas.

Los estancieros fueguinos invirtieron primero en hacienda y enseguida no dudaron en hacerlo en las diversas mejoras necesarias, tales como galpones, alambrados, molinos, aguadas, canales y puentes. Asimismo, llevaron a la isla un buen número de trabajadores, especialmente escoceses y malvinenses, para desempeñarse como administradores, encargados, capataces, puesteros, cadetes, etc., que aportaron su experiencia en las labores con los ovinos y se adaptaron rápidamente a un ámbito geográfico y climático similar al de sus tierras natales.

También, como apuntamos anteriormente, incorporaron personal proveniente de Chile, abriendo de ese modo el camino al importante aporte migratorio de nativos del país hermano de que se nutrió la región. La mayoría de aquellos trabajadores había nacido en la isla de Chiloé y por lo tanto eran “chilotes”. Con el tiempo esta denominación se extendió a todos los inmigrantes chilenos, independientemente de su lugar de nacimiento, generalización similar a la que se aplicó a otros grupos: los españoles, por ejemplo, suelen ser llamados “gallegos” en la Argentina, por más que sean andaluces o madrileños, ya que un importante caudal de los inmigrantes de ese país provenía de Galicia. Sin embargo, es necesario señalar, como un rasgo negativo, que el término “chilote” fue usado luego en un sentido peyorativo, lamentable costumbre de muchos argentinos que también ha afectado a inmigrantes de otros países.

Como testimonio de aquel esplendor, en la estancia María Behety todavía se levanta y funciona el que llegó a ser el galpón de esquila más grande del mundo, con espacio para la labor de cuarenta esquiladores en forma simultánea y capacidad para albergar a más de 5.000 ovinos, que además cuenta con equipamiento para el enfardado in situ de la lana. Del mismo modo, los primeros baños para ovinos construidos de hormigón en el país, en 1902, aún subsisten en la actual Estancia Los Flamencos, por entonces Sección Miranda de la María Behety .

La opinión

“Buenos Aires festejó el Centenario confiada en la solidez de su burguesía estanciera de la pampa húmeda. En el extremo sur había una tanto o más sólida que aquélla.”

Ese movimiento comercial se fue conjugando con la actividad de los misioneros salesianos para estimular en forma paulatina la radicación de pobladores en la zona, siempre con una mínima intervención estatal. El siguiente paso sería el establecimiento de pequeños empresarios dedicados al comercio; así fue que en 1898 se instaló el primer negocio, denominado El Cañón, del ex juez de paz Javier Soldani, al que seguirían luego varios más, que poco a poco fueron comenzando a satisfacer la demanda que no era cubierta por las despensas de las estancias. Esos boliches, al igual que los de Ushuaia, cumplían además una función social, ya que el minero, el carcelero, el pescador y el peón encontraban en ellos los ámbitos apropiados para atenuar las penurias de la soledad y las duras condiciones laborales.

El testimonio

“No se trataba de gente que viniera todos los días regularmente, sino de muchos que iban variando. Mucha gente que vivía en el monte llegaba con frecuencia. Había muchos oficiales que se ubicaban junto al bar. El sábado y domingo se hacía una mesa grande, con doce o catorce, que jugaban, quizá por un puchero, a las cartas o a los dados”.

En diciembre de 1916 se registra la primera huelga, con la que el personal rural consiguió mejorar las condiciones de trabajo. Por fin, en 1921, un decreto del presidente Hipólito Yrigoyen crea la Colonia Agrícola de Río Grande, que daría origen más tarde a la ciudad de ese mismo nombre; en ese momento existían allí una comisaría, un juzgado de paz, un registro civil, algunos comercios y una escuelita primaria. Recién siete años después se constituyó su primera Comisión de Fomento; este organismo, ratificando la significación del aporte de extranjeros en la región, estaba integrado por dos españoles, Francisco Bilbao (que había llegado a la zona traído por Menéndez) y Manuel Anllo; un belga, Eduardo Van Aken; un árabe, José Raful; y sólo un argentino, Federico Ibarra. Ninguno de ellos pertenecía al mundo de la burocracia estatal, puesto que todos venían desempeñándose como comerciantes.


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