LIBERTAD DE CONSUMO¿ EL BIENESTAR PERCIBIDO 
¿Con más dinero compramos más bienestar?

LIBERTAD DE CONSUMO¿ EL BIENESTAR PERCIBIDO ¿CON MÁS DINERO COMPRAMOS MÁS BIENESTAR?

Camilo Herrera Mora

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A MANERA DE PRÓLOGO, LIBERTAD DE CONSUMO: EL BIENESTAR PERCIBIDO

La idea de escribir este libro nació de un sin número de reflexiones sobre la inflación de bienes básicos en el mundo que comenzó en 2.005, bajo la premisa lógica de la ley de demanda, donde a mayor precio menor consumo.

Esto me llevo a reflexionar sobre la libertad efectiva que tiene un agente económico en el mercado, sin importar la civilización o bloque geográfico donde viva. El consumidor o el comprador se ve limitado por un presupuesto finito en un mercado de bienes casi infinito, y en este escenario debe tomar decisiones fundamentadas en su necesidad y no en su libertad.

Mientras recordaba la eterna metáfora sobre el precio de un vaso de agua en el desierto, recordaba también que la tradición de echar una moneda a un pozo para pedir un deseo o buena suerte se fundamenta en la tradición celta de poner tesoros en los nacimientos de agua para agradecer a los dioses la buena suerte de tener agua, y no ante estas enfrentadas relaciones del dinero y el agua, me di cuenta que hoy la vida está más relacionada al dinero de lo que nos hemos dado cuenta.

El bienestar, o mejor la sensación de bienestar de una persona está completamente limitada a su percepción de vida y los deseos o sueños que tenga, por esto estudios como el del termómetro de la felicidad y el estudio mundial de valores se limitan a cuantificar las sensaciones sin definición de los ciudadanos, ya que se les pregunta por su felicidad o satisfacción sin que ellos en alguna instancia las definan.

Sin duda alguna en los últimos años y quizá desde la publicación de Joyless Economy por Tibor Scitovsky en 1.976 (aunque prefiero pensar que fue con la fórmula seudo – científica de Lin Yutang en “La Importancia de Vivir”), la economía comenzó a medir indicadores de desarrollo “suaves” desde el ingreso per cápita hasta el purchasing power parity, y desde el Coeficiente de Gini hasta el índice de desarrollo humano, lo cual es un ligero “mea culpa” de esta ciencia al aceptar tangencialmente que las mediciones tradicionales de la economía, no son más que reflejos abstractos de las relaciones de mercado de los agentes, pero no de la satisfacción de los mismos. Por esto es que los economistas nos llenamos de términos complejos para eludir preguntas tan sencillas como ¿por qué un niño sin dinero es feliz?, ¿son más felices en occidente que en una tribu de África?, ó, ¿Por qué los países más desarrollados no son más felices que los pobres?

Las respuestas a estas preguntas tienen un origen común: el dinero es un medio de intercambio, no es la felicidad en sí misma. La verdad es que la felicidad radica en la libertad misma, porque la satisfacción radica en el cumplimiento de nuestras metas; por esto algunas personas, sobretodo en occidente, trabajan mucho para tener más riqueza, para poder hacer lo que quiera; pero la racionalidad que yace bajo este fenómeno es la necesidad de cubrir lo necesario antes de satisfacer las metas.

Por esto en países latinoamericanos, y sin lugar a dudas en otras latitudes, parece que la felicidad se logra por cuotas. Pensamos que seremos felices cuando compremos un carro, que seremos felices cuando compremos casas, cuando acabemos un posgrado, cuando nos casemos, cuando lleguen los hijos, cuando se gradúen, cuando estemos solos o cuando llegue la muerte. Este esquema de “cuotas” de felicidad es lo que causa que el bienestar sea completamente relativo y que cada día logremos satisfacción, pero inmediatamente creemos una nueva meta a cumplir. Como muchos lo dicen, los seres humanos somos insaciables.

Revisé mis escritos y recordé un viejo texto que escribí hace más de 10 años sobre la rentabilidad social, donde dibujaba mis primeros pensamientos sobre la calidad de vida (hoy el texto sigue inédito en la memoria de mi computador), y me di cuenta que era el momento de organizar mis ideas al respecto y llevarlas al debate público.

¿Cuándo comencé a pensar en mi bienestar?, creo que aún no lo he hecho, pero la llegada de Valentina a mi vida, una bella bebé que decidí aceptar en mi vida, me ha hecho pensar sobre esto y como es parte de mi forma de ser, intentar medir este fenómeno para poder entenderlo.

Espero poder aportar una visión más al debate, intentando un lenguaje más común que técnico y cayendo en el inevitable sesgo de hablar de mi país ya que es lo que más conozco, buscando que usted lector, reflexione sobre su día a día en el limitado espacio de encuentro de la insatisfacción y escases.

Bogotá D.C., Octubre de 2.008