AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

Volver al índice

 

 

5.8. Observaciones a la Primera Parte

Wrigley es malthusiano en lo demográfico, marginalista en las explicaciones de la formación de los precios y de la distribución de la renta, y en lo historiográfico se revela como un historiador económico, aunque sin caer en el extremo de la econometría.

Respecto a su abierta toma de partido por Malthus (en 1992: 310 sostiene enfáticamente que el británico en escena “...(fue) el más grande ... (en) temas de población...”), hay que apuntar que el inglés en liza no fue cuestionado, f. e., por Marx, a causa de no ser plenamente comprendido, sino en virtud de que sus observaciones acerca de los nexos entre producción de alimentos y demografía lo empujaban a un darwinismo social sin contrapeso (ese darvinismo también puede constatarse cuando iguala colectivos etnográficos con grupos de insectos, peces, aves, etc. –1992: 359/361). Los pobres eran tales por no saber controlar la natalidad (Wrigley asume semejante criterio sin percatarse de la ideología que actúa en esa postura –1992: 311, nota 30 de p. 311, 313, 324, 326, 360/361). En consecuencia, tenían que afrontar la muerte, propia o la de sus hijos, como un justo castigo y un “precio” que les cobraba el mercado o la naturaleza por la irresponsabilidad de traer más bocas al mundo de los que asientos hay en la “mesa” de la vida. Esta forma desembozada de enunciar que los pobres, indigentes, obreros, es decir, los grupos subalternos, deben resignarse a ser “seleccionados” para morir según el “dictum” del mercado o la naturaleza, es un parecer que Wrigley comparte (1992: 324, 326, 360-361). En efecto, de acuerdo a la biología de poblaciones se reveló que una de las funciones del ordenamiento jerárquico en las sociedades animales, es la determinación de los que habrán de fenecer primero en situaciones de escasez de alimentos, resguardando a los más aptos. El autor glosado cree que el mercado puede realizar un papel similar en una economía monetarizada (1992: 151). La ceguera ideológica es tan notable en este fragmento, que ni siquiera le produce un horror “recatado” el tono asombroso de lo dicho.

Pero esa perspectiva respecto a los más desfavorecidos no es casual; antes bien asoma bastante sintomática, dado que no se inquieta al formular que la fuerza de trabajo debe estar confinada al consumo de lo indispensable para vivir como tal animal de carga (1992: 142). Si en el lenguaje aceptamos que el humano es animal porque trabaja y es obligado a comer igual que uno, acaba por ser consecuente con ello que se visualice un destino de “matadero” para ambos (1992: 150).

En cuanto a su posición marginalista en Economía, es sabido que junto con el monetarismo del fallecido Milton Friedman, es la rama conservadora del liberalismo. Esta vertiente ideológica no sólo es reacia al pensamiento de Marx, al que considera completamente desacreditado y cuestionable cada dos palabras, sino que ha fabulado un Adam Smith adecuado a su liberalismo acrítico.

Chomsky, quien investigó el pensamiento de los economistas clásicos que se enlazan con una tradición libertaria o al menos reticente a un desarrollo capitalista sin barreras, indica que los economistas posteriores a Mill “construyeron” un Smith y un David Ricardo que nada tienen que ver con lo que escribieron. Nunca faltan quienes los elogian como los máximos exponentes del libre mercado, del juego incondicionado de la oferta y la demanda, de la expansión de la empresa sin limitaciones, del comercio irrestricto, etc. Sin embargo, aquéllos autores no presentan únicamente una versión del capitalismo; por el contrario, habría como mínimo dos capitalismos. El que los economistas posteriores dicen que Smith y Ricardo defienden, pero que en realidad no apoyan por implicar una distribución desigual de la riqueza, una violencia no regulada del mercado contra los menos favorecidos, un cuasi/autoritarismo en la dinámica de la empresa privada, el embrutecimiento que suscita la división del trabajo, etc. Y el que tales pensadores originales creen posible, si se impide que el capital opere como un dios en el mundo: un capitalismo con cierta armonía en los nexos entre las clases, que proteja a los más pobres, que eluda los inconvenientes de una división extrema del trabajo, etc. (Chomsky 1997: 28-31, 36/37, 132-133).

Por otra parte, Wrigley no reconoce en sí el accionar de lo no pensado que caracteriza a toda ideología y acusa a otros de enredarse en tentaciones ideologizantes: en la época de Tudor había quienes se quejaban de que las ovejas se comieran a los hombres; sentencia que éstos eran planfetistas (1992: 111), id est, “activistas” políticos.

Dadas la toma de partido de Wrigley por la teoría neoclásica, marginalista y ultraliberal, y la “reconstrucción” de un Smith sesgado, que no se compadece con una perspectiva menos desequilibrada por las interferencias ideológicas, son “naturales” las objeciones efectuadas contra Marx. Lo digno de mención es que a lo largo de todo el libro sólo son citados los vols. I y II de El capital, sin incluirse el III y otras obras que hubiesen amortiguado las aseveraciones (f. i., los tres tomos de los Grundrisse y de las Teorías sobre la plusvalía).

Aunque no podemos extendernos en la oportunidad, cabe advertir que Marx no consideraba que la ganancia del capitalista y el salario del obrero eran simplemente una forma de renta. Describir así la distribución de la riqueza equivale no sólo a creer que tanto el capitalista como el asalariado reciben distintas “clases” de paga, sino perder de vista el proceso de sometimiento y de extracción de plusvalía.

En lo que cabe al ascenso lento, sinuoso pero sostenido de la “renta” de las clases que constituyen la fuerza de trabajo en el capitalismo, es probable que ése haya sido el caso para los primeros siglos de vida del nuevo sistema de economía y sociedad (sin embargo, ver p. 93). No obstante, mucho antes de que la sociedad civil a través de cruentas revoluciones, haya logrado el voto masculino, las distintas formas de Estado intentaron constantemente deprimir los salarios, manteniéndolos en un nivel mucho menor del que podían haber crecido sin las políticas agresivas contra los habitantes (cf. p. 94): la exacción de impuestos, la depreciación crónica de la moneda, el confinamiento de hecho de la fuerza laboral en una localidad determinada, los precios en alza, una gran cantidad de mano de obra con una paga por debajo de lo necesario para reproducirse en tanto que tal, etc. En la actualidad, y al contrario de lo que piensa Wrigley y de lo que los mass/media nos inducen a considerar, esas viejas estrategias de violencia de mercado contra la sociedad civil no desaparecieron, sino que se sofisticaron.

Pero aparte de lo anterior, la cantidad de salario cobrada no tiene importancia sistémica dado que el obrero es pobre aun con una paga excelente, en virtud de no poder consumir toda la riqueza que genera. El salario reduce siempre el poder adquisitivo a una fracción mínima del tesoro disponible y en circulación, a pesar de que pueda ser tan elevado que permita cierto ahorro y el acceso a determinados beneficios (vacaciones, etc.) que el común de los proletarios no disfrutan.

En lo que hace a la afirmación de que Marx hacía depender el crecimiento de la población exclusivamente de condiciones económicas, sencillamente hay que negarla. Segundo, jamás postuló que el matrimonio era una “desventaja” para la clase obrera en razón de que pudiera empobrecerla. Objetó el matrimonio junto con Engels, en tanto se encuadraba en una forma de familia y de lazos de parentesco que no evaluaban libertarios.

Tercero, el desfasaje entre el incremento demográfico y el ritmo de expansión del capital muestra que el capitalismo es un modo de producción irracional que tiene necesidad de un ejército de parados y que por ende, no puede integrar un porcentaje elevado de la población desocupada, semiocupada o subocupada en el trabajo necesario -cf. Chomsky 1997: 135. Cuarto, el estudio de Inglaterra tiene el carácter de la descripción de una “media ideal” en la que se exponen los rasgos fundamentales del capitalismo como forma de generar riqueza, caracteres que no desaparecieron ni siquiera en la llamada sociedad opulenta o post/industrial (Galbraith 1995).

Respecto a que Marx no estudió el contexto de las invenciones técnicas, es dable puntuar que si bien señaló algunos hilos generales, no era su tema de investigación. Aunque sea trivial, tiene sentido enunciar que de igual modo se lo podría haber acusado de no desarrollar la teoría del inconsciente, la matemática fractal, la física del caos, etc.

A fin de concluir esta Primera Parte, es factible sugerir que a partir de algunos “cabos sueltos” que Wrigley deja en el curso del texto, existen fases históricas que se corresponden con el tipo de fuente dominante de energía. De lo que se infiere que desde el descubrimiento del fuego hasta el siglo XVIII, fue hegemónica, primero, la madera, y luego, el carbón vegetal. Después siguieron el carbón mineral, el gas, el petróleo, la electricidad y la fisión nuclear. Empero, todas las fuentes energéticas posteriores son descubiertas y explotadas en el capitalismo. Dadas así las cosas, tal vez una sociedad emancipatoria sea la que diversifique las energías “limpias” y renovables (solar, eólica, combustión de hidrógeno, etc.).