AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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5. Algunas reflexiones sobre la producción y los precios del grano en las economías pre-industriales

5.1. Gregory King y C. Davenant

Los economistas citados, más los aportes de Jevons, procuraron explicar el nexo entre precio y cantidad de granos producidos.

La fórmula de Davenant implica que si la oferta en el mercado se reduce a la mitad del nivel normal, era probable que el precio se quintuplicara; por consiguiente, se podría llegar a gastar hasta tres veces más de lo usual en granos (1992: 148). Sin embargo, esta última parte de la interpretación de la fórmula supone que los habitantes de la época pre/industrial contaban con ciertos “ahorros” para afrontar el precio acrecido, lo que es inexacto. Las familias tenían poca o escasa reserva de numerario y no lo podían conseguir en préstamo.

Por otra parte, también supone que los consumidores no eran capaces de optar por otros granos u otros alimentos, ya que frecuentemente se da por sentado que los precios de los alimentos tienden a evolucionar al unísono con el del trigo (1992: nota 22 de p. 148). Pero según las investigaciones recientes, habría que demostrar que los precios del trigo son un buen representante de los precios de los alimentos (loc. cit.).

En la práctica, la tendencia al alza en los precios en épocas de malas cosechas no lleva los valores tan altos como haya sido la baja de la producción; el dinero disponible es una barrera que impide que los precios alcancen picos inflacionarios (1992: 149-152). Por ejemplo, el economista clásico Tooke opinaba que la cantidad de dinero gastada en un año de mala cosecha, no excedía demasiado la que se había invertido en uno normal, a menos que hubiera una fuente externa para ayudar al indigente (f. i., como las leyes inglesas de pobres –1992: 152). Pero sin duda, los que sufrían la suba de precios eran vg., los jornaleros textiles: en situaciones de poder adquisitivo menguado, se prefiere la alimentación a la vestimenta (ibíd.).

Jevons estipuló que:

a- las variaciones de los precios son mucho más agudos en los bienes de primera necesidad que en los productos de lujo;

b- el precio sufre un incremento mayor cuando la cantidad cosechada desciende por debajo de la media que estaba vigente momentos antes del descenso;

c- el precio se reduce cuando una cosecha excede el promedio;

d- el precio sufre un incremento más sustancial en el caso a) que lo que desciende en la situación b) (nota 3 de p. 135);

e- el precio varía de forma inversa al cuadrado de la oferta, id est, se hace menor cuando se satura el mercado (1992: 135);

f- si lo anterior se mantiene constante (a mayor stock, menor precio de venta), podría suscitarse una circunstancia en la que no habría ni pérdida ni beneficio (1992: 135).

Empero, Jevons no parece haber tenido en cuenta que sus apreciaciones no son exactas para describir los mercados reales: siempre hay que diferenciar entre lo que se produjo globalmente para el caso de los granos (en especial, el trigo) y entre lo que efectivamente se llega a comercializar (1992: 137). F. e., no todo el grano va al consumo necesario dado que una parte de él se utiliza como simiente y forraje (lo que constituye el consumo productivo o que se utiliza en la génesis de más riqueza).

Por otro lado, la fórmula de Jevons supone que:

a- el precio en un año de cosecha media se establece en 1, 0;

b- el precio en un año de mala cosecha es estipulado como un porcentaje del precio del año medio. Por ejemplo, si la producción sólo rindió el 68 % de la normal, el precio tendría que ser 1, 68.

c- Sin embargo, por no tener en cuenta la diferencia especificada anteriormente (producción bruta / producción neta), el precio de la mala cosecha incluye el volumen que no se usa para el consumo general, es decir, lo que entra en el consumo productivo. En consecuencia, la cosecha deficiente parece no ser tan desastrosa y en lugar de ser un 68 por ciento de una normal, en los cálculos se perfila como del 78 %. El índice resulta ser de 1, 78 (1992: 137).

Otro economista, llamado Bouniatian, apuntó que aparte de tener en perspectiva que una parte de la producción global del grano se reutilizaba para generar más grano, no había que:

a- olvidar que otros cultivos, por ejemplo, la papa, entraban en el consumo y reducían la demanda de grano (nota 9 de p. 138);

b- siempre se formaba un stock de granos que servía a fin de limitar los efectos de las malas cosechas o para conservar moderados los precios (loc. cit.);

c- la diversificación de los granos (el maíz de EEUU o el centeno prusiano de mediados del siglo XIX) amortiguaba el papel regulador del trigo (loc. cit.).

La fórmula aconsejada por Bouniatian implica que una cosecha un 20 por ciento por encima de lo normal reduce los ingresos a un 79 %, si se entiende que la producción total se comercializa a pleno. La reducción de las ganancias es mayor (alrededor del 84 por ciento) si sólo tenemos en mente que se puede introducir en el mercado la producción neta, esto es, una fracción de los granos (1992: 142).

Según la fórmula glosada, para los años de hambre que hubo en la Inglaterra de 1315/1316, una cosecha al 68 por ciento de lo normal daba para el trigo un precio de 2, 63 veces el precio medio (el precio real fue 2, 50); mientras, para la cebada, si la producción era del 71 % de un año común, el precio era 2, 37 veces el precio medio (el precio real fue 2, 25; cf. 1992: cuadro 5.3. de p. 153).

Otra aplicación de los cálculos de Bouniatian consiste en inferir la cantidad de granos a partir del precio (no obstante, ver los matices en los apartados subsiguientes). Dos años fueron los peores para la agricultura en la Edad Moderna: 1556 y 1596. Sin embargo, de los dos 1596 es más crítico. La serie de precios de Exeter (ver infra) consigna que el trigo valía 2, 21 veces su precio normal; en consecuencia, es factible que la producción llegase a un 72 por ciento de lo comúnmente alcanzado (1992: 155).

Con base en los razonamientos expuestos, Wrigley construye dos series. En la primera, parte de la idea de que en un año normal se pueden generar 10 bushels de trigo por acre, de los cuales 2, 5 se vuelven a reutilizar (una ha. equivale a 2, 47 acres; un acre es igual a 4.047 m2). En la segunda, se re-invierten 3, 5, siendo el bushel adicional destinado al forraje de animales (1992: 138 –un bushel equivale a 60 libras; una libra es igual a 460 gr.; es decir, un bushel equivale a 276 kg.). Diversos testimonios señalan que desde la Edad Media hasta el siglo XIX, 2, 5 bushels ó 690 kg. de cada 10 bushels eran suficientes para garantizar la producción en la escala precedente y que para los otros tipos de granos, se requerían volúmenes ligeramente superiores. En cuanto a la cantidad de la cosecha destinada al forraje, ella dependía del tipo de animal empleado, de las regiones, del stock, etc. Pero no se podía escatimar en su sustento porque esa conducta afectaba de forma dramática el volumen de la cosecha subsiguiente (1992: 140).

Ahora bien, para España, Grecia y Rusia los rendimientos óptimos eran de 7 bushels, mientras que en Francia e Italia fluctuaban entre 7 y 10 (nota 13 de p. 141). En algunos lugares de Inglaterra, lo común era de 8 a 13 ó 15 bushels entre 1580 y 1730. Sin embargo, la media entre todos estos casos típicos da 9, 6 bushels ó 10 en términos prácticos (los que equivalen a 2.760 kg.).

Matizaciones aparte, el propósito de las series construidas es demostrar que la evolución de los precios es diferente si se incluye en el cálculo lo que se reinvierte para conservar la escala de la producción, que si las tablas se elaboran como si la producción global fuera a la venta (1992: 141). De acuerdo a la fórmula de Bouniatian, el valor aumenta mucho con cosechas cada vez peores hasta el extremo de incrementarse al triple con respecto al precio de un año normal, cuando se llega a una eficiencia del 50 % (en nuestro caso, 5 bushels ó 1.380 kg.). La cuestión se altera si suponemos que sólo la producción neta puede comercializarse. En efecto, el precio del cultivo no varía de modo tan drástico, se mantiene moderado y el agricultor prefiere un año bueno a una mala cosecha (1992: 141/142).

En lugar de casos globales, imaginemos ahora un ejemplo más concreto. Consideremos un agricultor que se dedique a 50 acres (20, 25 ha.) capaces de suscitar 500 bushels ó 1.380.000 kg., id est, 1.380 tn. (1992: 142). Debe apartar 175 bushels para simiente y forraje, y 75 bushels para su hogar, lo que supone 250 bushels menos deducidos de la producción total o bruta. Un descenso del 20 por ciento, de 500 a 400 bushels, conllevaría un deterioro del 40 % en la producción disponible para la venta, es decir, de 250 a 150. Según los beneficios medios para un año común (cuyo índice es 100 para 6, 5 bushels por acre), el cultivador ganaría igual en el año de déficit que en el período normal. Por ende, para que se generen situaciones graves el descenso tiene que ser muy agudo.

Sin embargo, la fórmula de Bouniatian conduce a postular que la cantidad absoluta que se deja para la venta siempre es invariable. Al mismo tiempo, imagina que las semillas son de calidad uniforme, lo que está lejos de ser cierto para las economías pre-industriales (1992: 144). Por lo demás, tampoco considera que la cantidad de grano utilizada en tanto que simiente, forraje y alimento familiar cambia de una cosecha a otra (1992: 143). Igualmente, no evalúa que una mala cosecha hace necesario incrementar lo orientado a conservar la escala de la producción (1992: 144).