AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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7.6. Observaciones a la Segunda Parte

El principal objetivo que nos impone Wrigley en el despliegue de estos largos capítulos es el de una deconstrucción ideológica que haga visibles, explícitos, los lugares desde los cuales habla y torne palpable cómo imagina a los distintos sectores del campo popular. Of course, ello no significa desmerecer las pacientes reconstrucciones concretadas en torno a la evolución demográfica de las ciudades, los porcentajes de habitantes que se atareaban en el campo, entre otros aspectos. Previo a explanar lo anticipado, es conveniente aclarar que los conglomerados que integran dicho segmento de lo colectivo son:

a- las clases que ocupan el rol de fuerza de trabajo que incrementa capital a través de la succión de plusvalía (es decir, las clases expropiadas de su plusproducto);

b- los sectores “intermedios no privilegiados” (campesinos medios y pobres, personal no jerárquico de las fuerzas armadas, etc.).

c- también hay que incluir a mendigos, reclusos y excluidos en general (internados por diferentes motivos en los espacios de encierro disciplinarios –los que Foucault denomina “anormales”; cf. 2000);

d- los obreros activos que trabajando, sólo ofrecen un servicio y no valorizan capital dado que no existe acaparamiento de plusvalor (carreteros, sastres, etc.). Los obreros desocupados que abultan las filas del ejército industrial de reserva.

En 1992: 197, Wrigley manifiesta el ideal de educación que parece tener respecto a los distintos sectores que componen el campo popular, dado que considera “suficiente” u honroso que sus individuos apenas sepan firmar el acta de matrimonio. En la misma página, califica a las clases explotadoras (grandes y medianos comerciantes, terratenientes, grandes y medianos exportadores/importadores, banqueros, especuladores de bolsa, etc.) y a los obreros improductivos con “status” (funcionarios del Estado, etc.), que integran las élites o el bloque dominante, de “superiores”. Junto con ello, en 1992: 199 acepta sin cuestionar el epíteto de “baja” para las clases subordinadas a los imperativos del capital, por lo que el autor glosado coloca en lo “alto” o “imprescindible” a los que integran el bloque dominante y en lo “inferior” o “insignificante”, a los que son parte del campo popular. Más adelante (1992: 229), amplía el espectro de nuestro análisis al sostener que hay personas adineradas de “buena cuna”, introduciendo un prejuicio y una noción de sentido común en un estudio de carácter académico.

Las relaciones de explotación, jerarquía, dominio, poder, en suma, los nexos sociales de desigualdad son encubiertos con una teoría en la que se entiende que las clases enriquecidas persuaden a los grupos que deben atarearse para sobrevivir en tanto que fuerza de trabajo, que tienen que ocuparse de ese “rol” (1992: 198).

Igual acontece en el ámbito de lo intercontinental, dado que evita utilizar el lexema “imperio” para referirse a Gran Bretaña, y adopta la palabra “Commonwealth” que tuvo fines diplomáticos para no tematizar el hecho de que un país pueda obligar a otros a ser considerada, por medios intimidatorios, “nación más favorecida” (1992: 212). Consecuente con una perspectiva que parece neutral, pero que desplaza de la conciencia de los lectores y estudiosos las desigualdades, elogia el papel dinamizador de los bancos (1992: 214) sin tener en mente la posibilidad de concebirlos de otro modo (por ejemplo, como centros de actividades ilegales de usura, pero investidos de legitimidad por el orden jurídico).

Por otro lado, existen dos ejes semánticos que situamos en la transición hacia las observaciones teóricas, conceptuales en la presentación de Wrigley que, más allá de las objeciones, es un análisis de envergadura.

El demógrafo inglés alude a la polémica que entabla Smith respecto a lo que es, en un contexto capitalista, “trabajo productivo” y “tarea improductiva” (1992: 243; ir también a nota 40 de p. 365). Haciendo evidente su toma de distancia frente a tales categorías, entrecomilla la expresión “improductivo”. El voluminoso estudio de Marx en el primer tomo del cuarto de El capital (conocido como la historia crítica de las Teorías sobre la plusvalía), señala que la resistencia a diferenciar entre obreros incluidos en la esfera del capital, y “trabajadores” que no son subyugados por él y que sólo ofrecen servicios, implica desconocer que los sectores que casi siempre se engloban en el lexema “clase media” son simples consumidores de la riqueza que crea, en los disímiles circuitos de la producción, la fuerza laboral generadora de excedente. Para graficar lo que en términos técnicos se anhela enunciar, bastarían unas palabras del lenguaje cotidiano, a pesar de extraviar el rigor: tales grupos, que a su vez se diferencian en “privilegiados” y “no privilegiados”, son “parásitos” que medran en los “intersticios” de la sociedad capitalista al igual que los dioses de Epicuro lo hacían en el mundo antiguo.

Esta tópica nos conduce a discutir el “concepto” de “clase media” (1992: 198) ya mencionado. Si aceptamos la hipótesis del materialismo histórico, gran parte de los conjuntos de personas incluidos en esa noción (que de nuevo, proviene más del sentido cotidiano que nos somete, que de un lenguaje académico) son diferentes tipos de individuos:

a- los que ocupan los planos “medios” y “altos” son trabajadores improductivos privilegiados;

b- los integrados en los sectores “altos” conforman, junto a las clases dominantes y a los grupos “intermedios” llamados “privilegiados” (vg., el personal de mando de las fuerzas armadas), los grupos dirigentes o las elites;

c- los que fueron calificados como “clase media baja” son obreros improductivos no privilegiados (empleados del Estado de escaso salario, dependientes del comercio, profesionales sin “status”, etc.);

d- el otro grupo, el de la pequeña burguesía, compone, tal cual lo indica su propio nombre, la clase burguesa y es el primer “escalón” de ella.

De esta suerte y tal cual lo anticipamos, resulta palpable que con esa categoría se subordinan a un mismo campo grupos sociales que son disímiles. El efecto inmediato es borrar los antagonismos de las clases nucleares, e incluir en el campo popular a sectores que no pertenecen de suyo a él (f. e., el de la pequeña burguesía, el de los obreros improductivos privilegiados, y los sectores “intermedios comunes” –el personal de bajo rango de las fuerzas armadas- y de “status”).

En cuanto a las contrapropuestas de índole estrictamente teórica, podemos apuntar, en primer lugar, que Wrigley evita emplear el lexema “mercancía” (1992: 214, 221), reemplazándolo por otros tales como “bienes”, etc. A causa de ese desplazamiento, no queda claro en los lectores y en los estudiosos que en el capitalismo los productos son convertidos, por la economía y por los rasgos peculiares que adopta el proceso de producción, en “entes” que de ser cosas materiales aptas para el consumo, adoptan la extraña propiedad de ser tasados en dinero y de tener precio. Precisamente, una de las líneas conductoras del análisis de Marx es que la transformación de objetos concretos, materiales, físicos, en “entidades” metafísicas, inmateriales, abstractas y económicas no es algo en absoluto “natural”.

De idéntica manera, las nociones canonizadas de “sector primario”, “secundario” y “terciario” (1992: 221) oscurecen la dinámica de intercambio entre las desiguales esferas de producción. Por lo demás, incluyen grupos industriales que están ubicados en el circuito de la producción, del consumo, de la distribución y de la circulación sin efectuar las aclaraciones ineludibles. F. i., la construcción (que se ubica en el sector secundario) se emparenta junto con el comercio. Sin embargo, mientras la primera rama se encuentra en el ámbito de la producción, la otra se halla en el plano de la circulación de mercancías. A los fines de esquivar tales imprecisiones, el pensador germano sostiene que existen dos grandes sectores:

a- el de la génesis de bienes de consumo o Sector II (que lo podemos subdividir el ocupado de los productos destinados a garantizar la reproducción de la fuerza laboral en cuanto tal –ai-, y en el de los valores de uso de lujo orientados a los grupos dirigentes o élites –aii-) (diferenciación que se mostrará atinada infra);

b- el de la creación de insumos y máquinas o Sector I. Dicho estrato se compone de tres esferas: bi, una crea las materias primas, materiales auxiliares, los elementos para los espacios en los que funcionan las unidades de producción, etc.; bii, otra hace circular las máquinas realizadas en la tercer rama; biii, la última es el dominio de las industrias de máquinas fabricantes de máquinas (1983 b: 362/363).

En cuanto a la permanente insistencia de Wrigley, respecto a que uno de los factores de la Revolución Industrial fue el elevado nivel de salarios de las clases dominadas (comentarios a los que nos referimos en pp. 54, 55), que les permitía un consumo allende lo imprescindible para vivir, sostenemos que tal hipótesis no es exacta (1992: nota 65 de p. 216). Quizá y habría que estudiarlo más en detalle de lo que lo hizo ya Thompson, los conjuntos de individuos que obtenían “rentas” de esa jerarquía eran los obreros improductivos privilegiados, y los sectores “intermedios” de “status”. Por principio, y de acuerdo a las categorías antes expuestas, los trabajadores productivos y los obreros improductivos no privilegiados, sólo conseguían “rentas” que alcanzaban a cubrir sus necesidades sin lujo. Aunque carentes de monografías puntuales no pueda sostenerse lo que a continuación sigue en carácter de tesis, es viable afirmar que únicamente en el contexto del Estado de bienestar del siglo XX, y en una etapa fordiana y keynesiana del capitalismo interesado en efectos ideológico-culturales contra el llamado “socialismo real”, los nombrados grupos pudieron obtener cierto nivel de ingresos que les posibilitaba un consumo menos atado a la subsistencia (Chomsky 1997: 137). No obstante, esto debe embragarse a su vez, dado que enfoques recientes indican que lo que la mayoría de la población abonó en impuestos y otras exacciones al Estado de “bienestar”, en países como EEUU, Francia e Inglaterra, fue más abultado que lo que recibió en “contraprestación” de ese mismo Estado. Sea como fuere, el alucinado “bienestar” conseguido en tales situaciones, es algo atípico en la tortuosa y violenta historia del capitalismo en tanto que forma de distribuir la riqueza y de extraer excedente. En el fondo, los distintos tipos de organizaciones estatales que emergieron a lo largo de la lógica vigente para gestar tesoro, se propusieron reducir todo lo que fuera factible los niveles de ingreso de gran parte de sus habitantes (cf. Chomsky 1997: 14, 25/26, 49, 53, 77, 91, 128, 151). Sin adoptar por ello una posición nihilista o pesimista, quizá es viable enunciar que los universos sociales más destacados (la economía “libre”, el orden jurídico, las democracias presidencial, parlamentaria o mixta –monarquía, Primer Ministro y cámaras-, el juego político, el Estado) fueron astutas invenciones de las élites dirigentes para conseguir que las mayorías tuvieran que:

a- someterse a la dictadura del mercado (Chomsky 1997: 27, 49, 59, 132, 137), sin a su vez ellas mismas aceptar los dictados irrecusables de su “mano invisible”, socializando casi siempre las pérdidas y privatizando, cada vez más, la riqueza (1997: 27, 44/45, 52, 88, 90-91, 114, 131, 140/142, 157-158, 160/161, 178);

b- obedecer la estructura jurídica a los fines de mantener la protesta colectiva en los estrechos márgenes de la legalidad (1997: 164), mientras no sólo las elites sino el mismo Estado cometían las más variadas clases de ilegalismos (1997: 58/59, 77, 137-138);

c- aceptar las ficciones de la democracia formal por las que la población se deja gobernar (Chomsky 1997: 14, 48, 50, 52, 56, 114, 127/128, 131) por aquellos que, al integrar el bloque dominante, sólo utilizan el voto para adquirir aparente legitimidad, y violar las conquistas sociales realizando un traslado de ingresos hacia los grupos hegemónicos (1997: 52, 59, 90, 114, 128, 151, 155);

d- resignarse al despotismo de la propiedad privada con incidencia en los destinos de las mayorías, sin impugnar el fenómeno de que la comunidad, a pesar de existir en una supuesta democracia, no tiene derecho a controlar lo que ocurre dentro de las principales unidades de producción (por ejemplo, respecto a los efectos en el medio ambiente, etc.). En realidad, la empresa privada se comporta a manera de una autocracia (1997: 126/129, 131-133, 151, 154/155, 160-161).

Id est, acaso la comunidad burguesa “inventó” el Estado, el parlamento y la democracia para que la población sienta medianamente “canalizados” sus deseos de participar en las instancias de decisión que determina el curso del acaecer, pero sustrayendo de esa influencia al capital. Todo parece advenir como si la intervención de la mayoría de los que no integran las élites dirigentes, hubiera sido “encerrada”, obligada a conformarse con el juego electoral y político, a fin de conservar fuera de su alcance la empresa capitalista. Por su parte, ésta se mantiene en calidad de factor de poder en la esfera pública, en la privada y en la economía.

Empero, lo que antecede no es anacronismo; las astucias enumeradas, si simplificamos la complejidad con la que cada uno de dichos ambientes fue articulándose (a veces de forma acompasada, otras de manera desincronizada) vienen, por lo menos, desde el siglo XVI.

Por último, el autor apela de manera involuntaria a uno de los temas centrales en el pensamiento de Marx, aunque con un derrotero que originó dogmas, cual es el de la dialéctica base/superestructura. En 1992: 210, Wrigley presenta sus afirmaciones de modo que lo que denomina “fundamento”, “principio” no es más que la base material que interactúa con la superestructura de sistemas simbólicos e instituciones.

Alguien podría sentenciar que las puntuaciones llevadas adelante, no afectan el centro de las inferencias del demógrafo británico. En parte, la apreciación es atinada ya que lo que se procura es explicitar que las formas en que se narra la historia están cercados por lugares de enunciación asumidos de manera inconsciente. En esas “presunciones” se detectan las ideologías. Sin embargo, la perspectiva, que en el texto es uno de sus perfiles menos secundarios, respecto a que los ingresos de las clases sometidas al capital eran abultados es una hipótesis impugnable y que amerita matices, tal cual lo efectuara Thompson en su conocido análisis weberiano en redor de la formación de la clase obrera inglesa. Otro de los cabos que por igual se vuelve pasible de amortiguaciones, es la idea de que la productividad de la agricultura por sí misma fue uno de los esenciales factores que elevaron la renta en los años previos y posteriores a la Revolución Industrial, sin contar los procesos traumáticos del cerramiento, la explotación de la periferia, semiperiferia y de los “mundos ‘extraeuropeos’” que llevada a cabo Albión, etc.