AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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Observaciones a la Tercera Parte

La crítica materialista de las ideologías se encuadró durante largo tiempo en los linderos de la “falsa conciencia”. Anhelamos demostrar que detenta al menos, otros cuatro objetivos deconstructores que acaso sean más ricos en consecuencias. Por ejemplo, la historia de la historiografía no es sólo y simplemente el relato de las distintas posiciones a la hora de enfrentar los acontecimientos; también es la explicitación de cómo las ideologías ocasionan que la historia sea narrada de una forma en vez de otra. En ese sentido, la historiografía de cómo se escribe la historia es un devenir en que resulta manifiesto que dicha escritura no es inocente. Y en la narración de lo acaecido se injertan toda clase de imperativos morales. Tampoco una deconstrucción de una línea historiográfica necesariamente “debe” implementar un lento y fastidioso “perfil” exhaustivo o plus ou moins detallado acerca de la obra o del conjunto de textos que somete a desmadejamiento, junto a una indicación de la época en la que el autor cuestionado. Hasta cierto punto, es suficiente una lectura “sintomal”, no perezosa de la producción que se deconstruirá.

En segundo término y en la proporción en que una ideología es aquello no pensado en lo pensado y lo no racional (incluso, irracional) en el núcleo mismo de lo argumentado, la crítica materialista adopta en tanto que finalidad el diagnóstico de un conocido epistemólogo: Gaston Bachelard afirmó que aun en los propósitos más exigentes para deslindar lo que es científico de lo que no lo es, puede habitar lo irracional (1973 b: 22). Una de las barreras para adoptar una perspectiva enteramente racionalista proviene del sutil dominio de lo ideológico y del goce que provoca en los que se adscriben a sus mitemas (Zizek 2002: 214/215).

En tercera instancia, la tentación etnocentrista, considerando los valores culturales propios como universales o en calidad de los únicos posibles, no es algo ajeno a los determinismos ideológicos. En las disímiles escuelas históricas todavía se ve actuar ese mecanismo de prolongado e indisoluble vigor. Por último, asociada a esa estructuración no controlada de lo subjetivo se encuentra la Filosofía de la Historia cuyo corazón se encuentra en el lexema “Progreso”.

Ahora bien, la operatoria deconstructiva, si es materialista, no es más que un procedimiento científico por el cual lo que se mantiene en las sombras de lo no-dicho y activándose a manera de una causa inmanejable en nuestro propio enunciar, acaba por ser acotado, advertido y explícito: nunca supone un ataque. Se ubica dentro del principio metodológico y epistemológico de “curvar” la razón para que te/matice sus “zonas de olvido” y a ella misma. De ahí que revelar que en Wrigley observamos multiplicarse recomendaciones axiológicas personales, no conduce a desestimar lo que permanece de su propuesta historiográfica.

Ya en el terreno, es factible llamar la atención hacia los supuestos morales y éticos que acaso se detectan en algunos pasajes de esta Tercera Parte (en especial, el capítulo 11) ardua, difícil.

Cuando procura hablar de los mecanismos demográficos que equilibran población y entorno, deja traslucir el discurso patriarcalista y androcéntrico según el cual la mujer es sujeta a nexos de género “naturales” y por el que es objeto de la historia antes que partícipe activa. Sostiene que en las diferentes especies animales y por extensión, en la sociedad humana, quienes regulan el coito para evitar alumbramiento son los machos (1992: nota 37 de p. 364).

Pero no se interroga acerca de por qué, si es que se aceptara como mera estrategia dialógica lo anterior, las mujeres fueron empujadas a adoptar un rol pasivo en una cuestión vital para su desempeño en tanto que adultos. Otro momento en el cual aflora con cierta nitidez lo apuntado, es cuando alude a un nodo tan sensible como el aborto (1992: 359). Sitúa su práctica en el mismo campo que el de las sociedades no occidentales o etnográficas y de los colectivos no industrializados, con lo que implícitamente concibe que es algo no civilizado, atrasado, primitivo (1992: 358-359). Sin embargo, uno de los tópicos del patriarcalismo y del androcentrismo es su oposición al aborto a modo de un derecho de la mujer sobre su cuerpo, que ha sido sistemáticamente expropiado por multitud de estrategias en pos de valores anexados a la reproducción y en beneficio de los varones.

La perspectiva de la mujer/objeto de la historia es un relieve palpable cuando, al referirse a las novias de los campesinos, las trata de “plebeyas” en claro contraste con las esposas de la alta nobleza (1992: nota 47 en p. 329). La presión que motiva a Wrigley a asumir la óptica masculina tradicional puede constatarse también cuando puntúa, con un detenimiento que no pasa desapercibido, que es más “normal” y “habitual” que los esposos sean mayores que las novias (1992: 338-339).

Las recomendaciones morales y éticas emergen en los instantes en que se ve obligado a expedirse acerca de ciertas relaciones sexuales en cuanto estrategias naturales que previenen los nacimientos (empleando el latín a los fines de tomar “distancia” -1992: 363, nota 35 de p. 363), y cuando convierte los hijos “ilegítimos” (sin entrecomillado) en un índice (1992: 308, nota 24 de p. 308, 336, nota 5 de p. 336, 366, nota 9 de p. 380, nota del cuadro 11.4 de p. 381, 387, nota del cuadro 11.8 de p. 388, 389, nota 19 en pp. 389/390, nota de cuadro 11.9 de p. 390, nota 22 de p. 392, 392, 422 –obsérvese la recurrencia). Respecto a esto último, y sin las reservas que adoptó en otras circunstancias, profiere el lexema “bastardo” (1992: nota 5 de 336, 366). En cuanto a lo mencionado en la primera parte al inicio del párrafo, sostenemos que en lo abultado de una extensa obra, Wrigley no es afecto a entrecomillar las palabras, de manera que es llamativo que lo realice cuando se refiere a los contactos sexuales (1992: 359).

Continuando con el primer objetivo de la crítica deconstructiva (tornar visibles los lugares de enunciación desde los que es escrita la Historia), el demógrafo británico piensa “natural”, “obvio” que el mercado es un fenómeno social encomiable. En efecto, en 1992: 272 postula que, de igual forma que sociedades africanas “primitivas” apelaron a estrategias para reducir o anular las consecuencias de los desastres (en especial, evitando que asomen las hambrunas), el mercado también provoca una distribución óptima de los recursos. De una manera más indirecta, internaliza los valores asociados a una economía capitalista y no previene a los lectores y estudiosos de sus presupuestos, cuando en 1992: 318 habla de “empresa del matrimonio” y de “mercado del matrimonio” (1992: 322).

Por añadidura, cree con firmeza que en las elecciones individuales rigen cálculos “racionales” de costo/beneficio: la mayoría de los hijos en edad de casarse prefieren esperar y asegurar primero su éxito económico (1992: 313, 328). El autor no agrega el lexema “económico”, homologando el éxito sin más con el “status”; tampoco cuestiona que, para ser “racional” en el capitalismo, haya que enredarse en toda clase de “cuentas imaginarias” penosas respecto a hechos esenciales en la vida.

Desde otra perspectiva pero dentro de isotopías similares, intenta convencernos de que en una demografía estacionaria puede no resultar óptimo limitar los nacimientos, dado que los hijos ausentes dejarían “nichos” libres que los descendientes de otras familias acabarían por ocupar. El autor no cuestiona las palabras en juego, ni la lógica de la competencia que introyecta válida (1992: 287).

En lo que cabe a la supervivencia de lo no racional o irracional en el interior mismo de lo que procura ser lo más científico posible, comprobamos nuevamente que Wrigley no atempera las ideologías más fuertes de Malthus y del darvinismo social en el que incurren los que se hallan atrapados en ese no-dicho.

Sentencia que lo que es verdad en las sociedades animales, lo es también para el hombre. Quiere apoyar su impresión de que hay comportamientos inconscientes, involuntarios que benefician a la especie, remitiendo a Darwin y a autores darvinistas (1992: 271/272). Arriba al punto de evaluar que en la sociedad humana actúan las leyes de la selección de las especies, y que las comunidades “primitivas” tienen una “racionalidad inconsciente” o “sistémica” a los fines de regular el tríptico población-recursos-entorno parecida a la que insiste en insectos, peces, aves, etc. –1992: 360, 366. De manera significativa, en 1992: 360 vincula la presión sobre los recursos y en el ecosistema con la metáfora de la dilapidación del capital: la natalidad excesiva conducirá a los imprudentes a sanciones (1992: 287). Sin embargo, lo que prevaleció en calidad de estrategia óptima fue asegurar un gran número de nacimientos, en lugar de elevar los beneficios a quienes restringieran su fecundidad (1992: 289). No obstante, aun este “error” puede tener su lado “bueno”: los hijos sobrantes podrían sobrevivir trabajando de sirvientes en casas ajenas, o bien una familia numerosa resulta ser un beneficio para la sociedad necesitada de mano de obra (1992: 287 -Wrigley no pregunta por qué algunos “deben” trabajar y “asumir” el “rol” de individuos alienados en pos del sustento). Para concluir con el tema, sostiene que la “racionalidad” en juego en los colectivos etnográficos y pre/modernos, es aprendida con casi el mismo grado de conciencia que las aves (1992: 362).

En lo que hace al narcisismo cultural que de cuando en cuando irrumpe en una investigación con el tono de un síntoma, ya en 1992: 358 se captaba que, al mencionar a las sociedades llamadas “etnográficas”, afloraba cierto etnocentrismo. Igualmente, ello se constata en 1992: 360, 362, 366.

Para desplazar los argumentos hacia otras tópicas, afirmaremos que en la evaluación respecto a que la pobreza, indigencia y miseria que pulsaron las economías no capitalistas, serían disueltas con la Revolución Industrial, Wrigley se deja ilusionar con las versiones liberales de la historia, incurriendo en una Filosofía del Progreso indefinido (1992: 330). Este no percibir sus propios lugares de pensamiento, lo conduce a pasar por alto lo que impugnaría un razonar como el descrito: en las zonas mineras y textiles de la Francia del ‘800, la mortalidad era considerable (1992: 419).

Una observación de carácter metodológico: aunque en capítulos precedentes Wrigley había perfilado las categorías que ahora se aludirán, en 1992: 272 era necesario recordarlos de nuevo. No ofrece una definición explícita y en el plano de lo conceptual, acerca de lo que entiende por “racionalidad”; por el contrario, apela a ejemplos descriptivos y concretos.

Por último, cita el trabajo del sociólogo galo Pierre-Felix Bourdieu sobre quienes contraen matrimonio en una sociedad campesina y cuáles son los que se ven empujados a un celibato forzoso (1992: nota 5 de p. 274). Con ello, se adscribe a la tradición weberiana en sociología y así, nos resulta más entendible su rechazo a Marx y a determinado marxismo no dogmático.