AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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3.1. Las ideas de los contemporáneos

La racionalización/modernización arriba descrita induce los cambios requeridos para que el crecimiento previo al despegue se inicie: a medida que los niveles de vida mejoran, la tasa de mortalidad decrece. Cuando este tipo de acontecimientos se profundizan, se pone en marcha el despegue propiamente tal. Sin embargo, aunque la modernización es una condición necesaria para la Revolución en juego no basta con ella, dado que no es nada extraño que pueda haber racionalización sin industrialización (1992: 84). Ello puede ocasionar que, tal cual lo revela la historia económica de la Europa moderna, existan diversas áreas en varios estadios de modernización (1992: 101, 132, 289-291).

Ahora bien, de los clásicos son Smith y Marx los que interesan en la polémica de la modernización como principio de un proceso industrializador; sus obras contienen observaciones acertadas. Por ejemplo, Adam Smith detalla lo que podemos llamar el “espíritu capitalista”: el beneficio general, el bienestar de todos se consigue a partir de que cada capitalista (industrial, agricultor o comerciante) busca satisfacer su propio interés egoísta de ganancias (1992: 85, 132).

Fue también partidario de las racionalizaciones inducidas por el mercado, la división del trabajo y la igualdad jurídica formal. Incluso, esbozó los nexos que podían existir entre la expansión del comercio, de la industria y la constitución de un Estado moderno (1992: 86). A pesar de todo, encontramos pasajes críticos sobre las inequidades entre los ricos y poderosos, y los pobres que acaso parecerían citas de Marx (loc. cit.). Smith se muestra bastante escéptico respecto a que el salario de los obreros mejore su situación (1992: 89, 99, nota 46 de p. 327). Ricardo, una generación posterior, y Marx, medio siglo después, tendrán perspectivas análogas (loc. cit.). Empero, aun cuando Smith describió a grandes rasgos los “cabos” de la modernización no aceptó la posibilidad de una revolución industrial, a raíz de las limitaciones al crecimiento que concebía y que hemos mencionado (ver supra –1992: 87, 124, 255, nota 37 de p. 255, 328, 330). Y es que cuando Smith, Ricardo y Marx escribieron el crecimiento de todas las formas de renta, incluidos los salarios, había comenzado una lenta etapa de incremento sostenido y consistente (1992: 90, 330). Al no detectar esa elevación pausada, concluyeron que era probable que la situación de la clase obrera no mejorase (loc. cit.). Vg., Marx suponía que el alza de los salarios sólo podía ser excepcional dados los defectos inherentes al sistema capitalista (1992: 91, 103). Hoy resulta comprobable que hubo una tendencia secular al abultamiento en los salarios (1992: 92, 103, 208, 212, 214, nota 65 de p. 216, 330). Sin embargo, en este punto los pormenorizados estudios de un weberiano y simpatizante de la políticamente timorata Escuela de los Annales, al estilo de Edward Palmer Thompson, que es confundido con marxista, estableció que la alucinada mejora no fue igual para todos los segmentos de los amplios sectores que integran los grupos subalternos. Wallerstein es incluso más radical, y estipula desde el “ala izquierda” de esa misma línea de indagaciones, que la Revolución Industrial echó a andar un proceso de empobrecimiento absoluto de la mayoría de la población de las regiones que padecían la lenta, compleja y sinuosa constitución del capitalismo.

Respecto al crecimiento de la población, Marx creía que éste dependía de las condiciones económicas (1992: 101/102). Sostenía que la población obrera siempre se incrementa más rápido que las condiciones en las que el capital puede usar ese incremento en su propia expansión, por lo que los salarios se mantienen bajos (1992: 103). De esto puede inferirse que para Marx el matrimonio era intolerable y que debía disolverse si los beneficios de la industrialización habrían de repartirse de forma provechosa (1992: 107 –como es sabido, el matrimonio resultó duradero). En cierto sentido, El capital fue un comentario acerca de la severidad de las tensiones que se producían por la confluencia de la modernización y proceso industrializador. Sin embargo, de las condiciones concretas de la Gran Bretaña de principios del siglo XIX el judío/alemán quiso extraer lecciones para el futuro (loc. cit.).

Pero a pesar de los yerros de Marx respecto al crecimiento de la renta, pudo matizar con justeza la relevancia que tenía la diferencia entre fuentes de energía vivas y no vivas (1992: 93). Esto lo condujo a que distinguiera entre herramientas, propias de los talleres medievales y de las primeras manufacturas, y máquinas movidas con el vapor, asociadas con industrias (1992: 92-93). Sin embargo, Marx simplemente supone la necesidad de la introducción de máquinas y no explica ni describe cómo fue que emergieron (1992: 93), salvo en pocas ocasiones. F. e., sugiere que Holanda fue la responsable de inventar la bomba de drenaje Haarlemmermeer en virtud de que tenía que solucionar el problema de la falta de cursos de agua. Con ese criterio, Inglaterra podría haber inventado también dicha bomba ya que ella sufría dificultades similares; no obstante, patentó la bomba para la extracción de agua de las minas de carbón (1992: 94/95). Por lo que lo que tenemos que explicar, no es sólo a causa de qué la Revolución Industrial aconteció en Inglaterra antes que en otros lugares, sino por qué ocurrió (1992: 95, 98).