AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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7. Crecimiento urbano y cambio agrícola: Inglaterra y el continente a principios de la Edad Moderna

Hemos afirmado que, con rentas reales en ascenso, la demanda de productos de los sectores secundario y terciario crecieron más deprisa que la de bienes del sector primario, ocasionando que el número de obreros de aquellas esferas se incrementaran más que los dedicados al campo. Es probable que esto se haya visto en una forma acentuada en las ciudades: su desarrollo aumentó la inversión y la especialización agrícolas, conservando el nivel de las rentas reales (1992: 221, 222, 264-265).

Por otro lado, si muchos trabajadores podían insertarse en sectores no primarios ello significaba que la productividad agrícola se había incrementado sustancialmente. De otra manera, una baja productividad se corresponde con excedentes escasos que, luego de cubrir las necesidades del sector, apenas pueden sostener a poblaciones urbanas mínimas (1992: 222). Por ende, el desarrollo de una ciudad como Londres indica la magnitud de los cambios que se incubaban.

7.1. El ritmo del crecimiento urbano en Inglaterra

En rigor, puede sentenciarse que hasta 1851 no existen datos demográficos confiables en Gran Bretaña. Los cuadros que se refieren a las principales ciudades inglesas guardan importantes márgenes de incertidumbre (1992: 222, nota aclaratoria del cuadro 7.2 de p. 226): entre otros aspectos, las estimaciones pueden referirse a fechas alejadas una docena de años o más de la fecha indicada (1992: nota aclaratoria al cuadro 7.1 de p. 225). Por añadidura, el límite de 5.000 personas para aplicar el concepto de “urbano” a una localidad puede resultar arbitrario, puesto que estudios más puntuales quizá revelen que la cantidad de individuos deba ser bastante menor (1992: 223). Además, no sólo hay que tener en mente la cantidad de habitantes, sino también el porcentaje de los que se dedican a la agricultura: bien puede acontecer que una localidad supere incluso la base contemplada, pero que todavía conserve sus rasgos pre/industriales, id est, una participación marcada de sus trabajadores en el sector primario. Sin estos matices, corremos el riesgo de confundir crecimiento demográfico con proceso de urbanización.

Otro error puede consistir en evaluar que la población urbana se incrementó casi el doble en la mayoría de los centros, cuando lo único que sucedió fue que la población citadina se elevó porque aparecieron nuevas ciudades y no a causa de un crecimiento de las urbes ya existentes (1992: 227). O bien, que el crecimiento de Londres f. i., no se debió a un incremento inducido por las rentas elevadas, sino porque la pobreza rural impulsó una migración de subsistencia (1992: 233).

Según el índice de Phelps Brown y Hopkins (PBH), los salarios reales cayeron casi un 40 por ciento entre 1520 y 1600 (1992: 227). Aunque el cálculo PBH exagera el retroceso de las rentas (1992: nota 6 de p. 227), su constatación introduce un problema: un poder adquisitivo en caída tuvo que actuar como freno al crecimiento urbano y redujo el porcentaje de obreros ocupados en los sectores no primarios. No obstante, por los datos disponibles que apuntan a un abultamiento demográfico innegable, no logró desequilibrar el vacilante crecimiento en escena.

El índice Bowden es más prudente: abarca desde 1460 hasta 1649. A poco de 1460, la erosión de los salarios agrícolas es del 20 %, estabilizándose el deterioro hacia 1520-1530. En la década de 1590 la pérdida fue de entre el 35 y el 40 por ciento y no muestra un cambio decisivo hasta que la serie termina (1992: nota 7 de p. 228).

Por último, existen pruebas que localidades de apenas 2.000 personas podían considerarse ciudades, dado que la fracción de obreros orientados a la agricultura era ínfima. Si esto es así, puede darse el caso de que pequeñas ciudades acabaron por crecer más que los centros provinciales. En consecuencia, el empuje demográfico sería mayor y más universal con un límite de 2.000 que con uno de 5.000 (1992: nota 3 de p. 223).

De acuerdo a los datos que ponderamos confiables, el panorama en el siglo XVI parece haber sido el siguiente:

a- Londres fue sin duda, la ciudad que se destacó por su impresionante crecimiento;

b- aun cuando había alrededor de 22 (veintidós) ciudades que alcanzaron o superaron los 5.000 habitantes, todas crecieron de manera moderada;

c- la mayoría de las capitales se desarrollaron menos que el conjunto de la población nacional;

d- sin embargo, el crecimiento del conjunto de las ciudades con 5.000 o más individuos es elevado;

e- de la lista inicial de ciudades con 5.000 individuos, sólo Newcastle incrementó su participación nacional y es probable que ello se deba a que el comercio de carbón por la costa este, intensificado por el despegue de Londres, haya llevado prosperidad allí.

En el siglo XVII, el cuadro fue:

a- la población total creció menos y disminuyó un poco en las postrimerías;

b- el desarrollo urbano fue más acentuado;

c- según el índice PHB, los salarios reales llegaron a la sima hacia comienzos de siglo y se abultaron al final;

d- Londres continuó dominando puesto que se había convertido en la mayor urbe de Europa;

e- no obstante, ya no destacó tanto por su ritmo a causa de que otras ciudades se desarrollaron (1992: 228) (otras tres ciudades acompañaron a Londres: Manchester, Liverpool y Birmingham –1992: 229). Este fenómeno fue más acentuado en el siglo XVIII que en el siglo XVII;

f- la mayoría de las ciudades tuvieron un despegue considerable, en especial, los centros urbanos menores;

g- varias capitales sumaron entre el 50 y el 100 por ciento su propia población;

h- localidades que nunca antes se habían destacado, emergieron, lo cual revela la época que se avecinaba (1992: 229);

i- empero, el crecimiento estuvo mal distribuido.

En el siglo XVIII, la situación era:

a- muchas ciudades fueron sede de las nuevas industrias; otras reflejaban cambios en las costumbres y formas de consumo;

b- las urbes con muelles y puertos también despegaron (1992: 229/230);

c- el crecimiento de los salarios reales cesó antes de mediados del siglo XVIII, se detuvo hacia 1780 y retrocedió por tres décadas;

d- empero, esta situación afectó a las ciudades que todavía conservaban patrones pre/industriales, y no a las urbes que pudieron sortear los nexos deterministas entre rentas y crecimiento citadino;

e- los nuevos rasgos de la economía insular dieron impulso a las ciudades más consustanciadas con ella;

f- sin exagerar la importancia de los mercados internacionales, la demanda externa representaba una fracción sustancial de la demanda global de varias industrias;

g- las mejoras del transporte elevaron la magnitud del comercio interior (1992: 230).

En resumen, desde el siglo XVI y hasta mediados del siglo XVIII el modelo de desarrollo urbano fue el afincado en las relaciones entre renta y crecimiento (1992: 231). Sin embargo, en todo el período la proporción de las actividades modernas “típicas” (funciones de mercado, portuarios, industriales, de servicios administrativos y profesionales) se modificó y complejizó. En el extremo opuesto, las cuatro ciudades que eran los centros manufactureros importantes desplegaron sus potenciales más deprisa que otras urbes. Su ritmo fue tan agitado que en los 50 (cincuenta) últimos años la cantidad de habitantes de los centros aludidos, se cuadruplicó. Los puertos existentes despegaron con velocidad en aumento hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Aunque Londres fue la mayor ciudad, no alcanzó la media del país (1992: 233).

Una advertencia final: a pesar de que es una hipótesis útil, no hay que incurrir en el simplismo de creer que los vínculos entre renta y crecimiento sean suficientes para explicar el intrincado fenómeno citadino de la Edad Moderna.