AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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7.4. Holanda y Francia

Aunque parezca sorprendente, la Inglaterra del ‘800 espectacularmente urbanizada era un país con menor cantidad de ciudades que Holanda (1992: 251). A comienzos del siglo XVI, muchos holandeses vivían en urbes. En el siglo XVII, los salarios reales alcanzaron su cumbre y la cantidad de habitantes citadinos pasó de 260.000 a 435.000 (un 39 % de la población total se radicaba en las urbes –1992: 252); en la isla, se produjo un movimiento inverso. En el siglo XVIII, los salarios holandeses se contraían y la urbanización se volvía lenta; en Inglaterra, se producía lo contrario (1992: 251).

En otro orden de cuestiones, puede suponerse que la población rural evolucionó de acuerdo a la escala de las rentas: cuando se estabilizaban o retrocedían, la proporción aumentaba a favor del campo. De la misma forma que el proceso de urbanización se dio con ritmos inversos en Holanda e Inglaterra, así también fue la evolución de la demografía rural (1992: 252). Grosso modo, conocemos que en 1849 el 66 por ciento de la población rural se orientaba a la agricultura, en un contexto en que el 44, 1 % de la población total se ocupaba en el campo. Es decir, de 100 individuos, 44 vivían en el campo y de ellos 26 personas se atareaban en el trabajo de la tierra (1992: nota de cuadro 7.8 de p. 254). El 33 por ciento de la población vivía en las ciudades (de 100 habitantes 33 eran urbanos). Con estos datos, pueden extrapolarse las apreciaciones hacia atrás y creer que en el siglo XVI había un 75 % de la población rural dedicada a la agricultura. Si adoptamos el índice para Gran Bretaña (cf. supra), de 100, 72 personas vivían en el campo y de ese conjunto, 50 laboraban la tierra. La cifra es más baja que en la isla porque Holanda estaba más urbanizada que Inglaterra.

Si bien para el caso de Holanda, no hay que enlazar el crecimiento urbano con la productividad agrícola, dado que era una importadora neta de granos, el desarrollo citadino estimuló la capacidad creadora del trabajo rural. Por lo tanto, Inglaterra y Holanda ilustran los nexos entre despliegue de las ciudades, niveles de vida en ascenso y mejora de la productividad en el sector primario (1992: 253). A fines del siglo XVIII los rendimientos por unidad de superficie eran mucho más elevados en la isla y en Holanda que en el resto de Europa (1992: 253/255).

La marea urbanizadora en Holanda se estancó en el siglo XVIII y lo que había logrado no la catapultó en dirección a la Revolución Industrial. Entró incluso a dicha era mucho más tarde que el resto de Europa (1992: 255).

Analicemos ahora el caso de Francia. En 1500 era un país más populoso y más urbanizado. Londres era menor que París y Lyon. Francia tenía un volumen urbano de casi el doble que Inglaterra, pero menor que Holanda. Sin embargo, en los tres siglos posteriores las ciudades galas apenas si se desarrollaron: el nivel insular de urbanización era el triple del francés hacia el 800 (1992: 258).

Hacia 1856, el total de la fuerza de trabajo invertida en la agricultura era del 51, 7 por ciento. De esa cantidad, el 63 % de la población rural laboraba en la tierra (de 100 habitantes, 51 vivían en el campo y de ese conjunto 36 individuos se ocupaban en el sector agrícola). Es probable que en 1800 la cifra sea del 66 por ciento (38 personas de 51) y, en virtud de que Francia era similar a Inglaterra en 1500, la proporción de la población rural que se atareaba en el campo era del 80 % (de 72 personas que habitaban las zonas campestres, 56 laboraban la tierra -1992: nota del cuadro 7.9 de p. 256). La productividad agrícola era más elevada en Albión que en la vieja Galia. Asimismo, el crecimiento del trabajo agrícola fue más lento en Inglaterra que en Francia.

Otro aspecto que acentúa el contraste entre Inglaterra y la antigua Galia es el consumo de alimentos: fue más elevado en la isla (1992: 259). Los salarios reales fueron mayores y una mayor proporción de la producción del campo se empleó en el ciclo industrial. En la segunda mitad del siglo XVIII, en Albión una fracción esencial de los caballos se utilizaban en el transporte de hombres y bienes (1992: 261).

En Francia, la presión latifundaria sobre la tierra era considerable. En una economía campesina esto tenderá a provocar dificultades notorias y a intensificar las subdivisiones de las parcelas. Por ende, la economía gala no se acercó al modelo británico de feedback positivo entre desarrollo urbano, incremento de la productividad y mejora de los salarios.

No obstante las especulaciones anteriores, es necesario efectuar una advertencia metodológica que matice los esbozos conseguidos. Los países pre/industriales no son unidades homogéneas: Holanda presentaba importantes diferencias por región; Francia, que era 15 veces mayor, detentaba una variedad regional más acusada. En consecuencia, las comparaciones tendrían que realizarse entre determinados conjuntos de las naciones citadas antes que en “bloques” tan generales (1992: 262).