AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA
 La transformación de la sociedad tradicional, del neomalthusiano Edward Arthur Wrigley

AGUAFUERTES II. RESUMEN Y CRÍTICA DE GENTES, CIUDADES Y RIQUEZA LA TRANSFORMACIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL, DEL NEOMALTHUSIANO EDWARD ARTHUR WRIGLEY

Edgardo Adrián López

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3. El proceso de modernización y la Revolución Industrial en Inglaterra

Debido a que una “lista” de los elementos que acompañaron la Revolución discutida es objeto de debate intenso, se optó por resaltar un componente que tiene unánime apoyo: el crecimiento de la renta per cápita (1992: 73). Pero el detalle de las variables (tasa de mortalidad, oscilación de precios, relación capital/producción, etc.) que miden los procesos que se entrecruzan con la Revolución es uno de los aspectos conflictivos. El otro consiste en determinar si la modernización es más amplia o no que el movimiento industrializador (loc. cit.). Como es sabido, muchos historiadores los tratan en carácter de sinónimos.

Definir la modernización es más difícil que en el caso de la industrialización ya que no existe un equivalente de la renta que sirva para calibrar su “tasa de progreso” (1992: 74). Procuraremos apelar al concepto de “conducta económica racional” a los fines de definir una fase de modernización: ésta comienza cuando los criterios poco beneficiosos de las sociedades tradicionales (familia extensa, escasa tecnificación de la agricultura, etc.) son reemplazados por pautas que tienden a maximizar los ingresos (familia nuclear, incremento de la tecnificación en el campo, etc. –1992: 75). El comportamiento racional en la esfera económica supone a su vez que el dinero, en tanto medida de lo que hay que abonar por bienes y servicios, está muy extendido. Por añadidura, implica que el mercado se convierte en un “juez” que sanciona si el valor expresado en dinero es el precio que la demanda aceptará (1992: 75/76).

Asimismo, el “núcleo” de la conducta en juego es el interés. Cierto que en las sociedades tradicionales es igual de correcto hablar del interés que mueve a los agentes en sus relaciones colectivas. Por ejemplo, en la Ginebra del siglo XVII la burguesía comercial, en pos de su propio interés, practicaba efectivos métodos de control de la natalidad que luego se expandieron a Francia o Alemania (1992: 104, nota 13 de p. 343, nota 35 de p. 363, 363-364, 427). Pero la diferencia está en la naturaleza de las recompensas que se buscan: en las sociedades modernas, los individuos procuran alcanzar beneficios monetarios (1992: 78/79). La consecuencia del interés por lograr rentas es que se exacerba el individualismo y los lazos de parentesco son reemplazados por grupos especiales que se vinculan por acuerdo. Todo lo cual ocasiona que los jóvenes no asimilen los antiguos valores y que los espacios de solidaridad de las comunidades tradicionales acaben disueltos (1992: 80).

La acción racional económica se corresponde también con pares o binomios que miden cuánto avanza la modernización. El primer par alude a la manera en que se integran los individuos para desempeñar ciertos papeles sociales: el método “lógico” implica que sea designada la persona que es idónea, con independencia de criterios “exteriores” (familia, “contactos”, fortuna, edad, etc.). En el otro extremo, el elegido resulta seleccionado de un grupo reducido que se “aísla” con base en valores (si pertenece o no a tal o cual familia, si cuenta o no con tales y cuales “contactos”, etc. –1992: 76/77). La distinción afincada en el mérito estimula la modernización; la que se apoya en la adscripción, la entorpece. En efecto, las movilidades social, profesional y geográfica se elevarán con el opacamiento de la eliminación por adscripción (1992: 80). Habrá una migración del campo a la ciudad, en tanto es el centro por excelencia en que se alcanza el éxito por el despliegue de las capacidades.

Otro par se refiere a la especialización de funciones o la “multifuncionalidad” de los individuos. En las sociedades tradicionales, en las que el mercado es limitado y en la que los costos de transporte son enormes, un campesino tiene que ser su propio comerciante, esto es, no hay lugar para una división del trabajo que conduzca a la especialización. Sencillo resulta adivinar que la carencia de tal división de las tareas actúa a modo de una barrera para la modernización (1992: 77-78). Al contrario, su existencia la acicatea. Por ejemplo, en algunas ciudades holandesas de más de 400 (cuatrocientos) habitantes se encontraba una tienda de comercio, un sastre, un zapatero, un tejedor y un panadero (1992: 100).

Por último, el tercer par tiene en cuenta la existencia o no de una igualdad formal jurídica que deje al mercado en calidad de supremo “juez” de la vida social y económica. Si ese formalismo jurídico existe, el mercado podrá regular los precios de acuerdo a la competencia (1992: 78, 85).

Quedan todavía dos aspectos de la modernización que son esenciales: el rol del Estado y los cambios en la vida psíquica.

La tendencia a la burocratización afirma el papel de árbitro del Estado en el cumplimiento de las obligaciones contractuales y la conservación del orden (1992: 80, 86), prosigue Wrigley en un tono por demás conservador. A partir de esa estructura, el comercio, el capital, la propiedad privada, el trabajo, el mercado se desenvuelven en un contexto sin desmanes, sin guerra civil, etc. (1992: 81).

Los impuestos estimulan el uso del dinero y la existencia de fuerzas armadas amplía el mercado de alimentos y tejidos. Por otro lado, el Estado socava estructuras institucionales antiguas: por ejemplo, cuando las leyes de pobres de Inglaterra sostienen que el sustento de los individuos que se encuentren en la miseria depende de la parroquia, se rompe con la dinámica tradicional que trasladaba el peso de esa función a la familia extensa (1992: 81).

En cuanto a las modificaciones en el plano subjetivo, apuntamos que la erosión de los antiguos valores lleva a que las personas tampoco acepten las formas en curso para legitimar la autoridad y el poder (1992: 82, 196).