INDUSTRIALIZACIÓN POR SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES (1940-1982) Y MODELO ¿SECUNDARIO-EXPORTADOR¿ (1983-2006) EN PERSPECTIVA COMPARADA

INDUSTRIALIZACIÓN POR SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES (1940-1982) Y MODELO ¿SECUNDARIO-EXPORTADOR¿ (1983-2006) EN PERSPECTIVA COMPARADA

Martín Carlos Ramales Osorio

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3.1.1. Liberalización comercial y desempeño económico, 1983-1993

La liberalización comercial en México ha consistido en la eliminación, gradual primero y acelerada después, de los permisos previos de importación, de los aranceles y de los precios de referencia oficiales (PRO) para las importaciones. Nora Lustig registra tres etapas, y nosotros agregaríamos una cuarta, dentro del calendario del proceso de liberalización de las importaciones; y esa cuarta etapa comprendería las negociaciones para la firma y entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), o sea, del TLC México-EUA-Canadá.

Gracias a diversas medidas y decretos en materia de política comercial, la producción nacional sujeta a permisos previos de importación pasó del 100 por ciento en 1982, al 37.5 por ciento en 1985 y al 10.7 por ciento en 1992; y el arancel promedio que en 1982 era del 27.0 por ciento, disminuyó al 13.1 por ciento para 1992 (Ver Cuadro 3.2). Una liberalización comercial importante.

La mencionada liberalización comercial inició con Miguel de la Madrid (1982-1988) y fue continuada y profundizada por su sucesor, Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).

¿El impacto de la liberalización comercial sobre la estructura de las exportaciones, sobre la inflación y sobre la eficiencia económica? Tal impacto no resulta muy claro ni muy contundente.

Las exportaciones no petroleras, uno de los objetivos explícitos de la liberalización comercial, aumentaron su participación en el total de las exportaciones de 22.4 por ciento en 1982, al 61.0 por ciento en 1986, al 80.9 por ciento en 1991 y al 85.7 por ciento en 1993 (Ver Cuadro 3.4).

Sin embargo, todo parece indicar que tal dinamismo de las exportaciones no petroleras obedece más a los constantes incrementos en el tipo de cambio que a la liberalización comercial, sobre todo después de 1985 en que se notan incrementos importantes en el tipo de cambio (Ver Cuadro 3.5).

Ante el choque petrolero de 1986, “… La estrategia de encarecer el dólar contribuyó también al objetivo de mediano plazo de reducir la dependencia de México de las exportaciones petroleras. La estructura de las exportaciones experimentó un cambio notable. La proporción de las exportaciones petroleras respecto del total de las exportaciones bajó de 68.2% en 1985 a 39.3% en 1986”.

O si algún efecto positivo ha tenido la liberalización comercial sobre las exportaciones no petroleras éste ha sido mínimo. Y Nora Lustig reconoce que el dinamismo de las exportaciones no petroleras obedece en parte al tipo de cambio competitivo (devaluación del peso) como al proceso de liberalización comercial, aunque sin precisar la contribución específica de cada uno de los dos:

“Las exportaciones no petroleras crecieron muy rápido y su monto se triplicó pasando de 5 500 millones de dólares en 1981 a 16 000 millones en 1990. Un estudio econométrico demostró que el tipo de cambio competitivo y la liberalización comercial explican el incremento observado de las exportaciones”.

Faltaría correr algún modelo econométrico para evaluar la contribución específica tanto del tipo de cambio competitivo (política cambiaria) como de la liberalización comercial sobre la dinámica y sobre la estructura observada de las exportaciones; sin embargo, nos atrevemos a adelantar que la mayor contribución parece provenir de la política cambiaria más que de la política comercial.

Lo anteriormente dicho, parece avalarlo el hecho de que la política antiinflacionaria del presidente Miguel de la Madrid fracasó por la estrategia de encarecer el dólar para corregir el déficit de la cuenta corriente, primero, como para enfrentar la crisis de balanza de pagos de mediados de 1985 y el choque petrolero de 1986, después. La acelerada tasa de depreciación del peso explica el fracaso de la política antiinflacionaria del gobierno delamadridista, en tanto que una menor tasa de depreciación explica la desaceleración de la inflación durante el sexenio de Salinas de Gortari.

Por otro lado, por ahí se aduce que como resultado de la liberalización comercial aumentó la productividad del trabajo: “… Uno de ellos (estudio) encontró que la productividad laboral creció 1.2% entre 1980 y 1985, y 1.8% entre 1985 y 1989. Otro demostró también un aumento en la tasa de crecimiento de la productividad, de una tasa anual de 1.1% entre 1981 y 1985 a casi 4% entre 1986 y 1989”. De lo anterior resulta claro que la productividad del trabajo aumentó después de la profundización de la liberalización comercial, profundización que ocurrió a mediados de 1985, es decir, poco después de la segunda crisis de balanza de pagos de los años ochenta.

Sin embargo, todo parece indicar que tal incremento de la productividad laboral fue sumamente escaso como para contrarrestar adecuadamente los efectos grandemente estanflacionarios de las sucesivas y constantes devaluaciones del peso. En efecto, durante 1983-1988 la productividad laboral, definida como la razón entre el índice de volumen físico del PIB y el índice de personal ocupado en la industria manufacturera, creció apenas escasamente a una tasa promedio interanual del 1.1 por ciento, en tanto que durante los primeros cinco años de la administración de Salinas de Gortari (1989-1993) lo hizo a una tasa mucho mayor: 2.5 por ciento en promedio anual (Ver Figura 3.1).

O visto desde otra perspectiva, las políticas de desviación del gasto (devaluación) y las políticas de reducción del gasto (contracción fiscal y monetaria), más que la política de apertura comercial, explican en buena medida el superávit comercial y en cuenta corriente observado entre 1982 y 1988 (Ver Cuadro 3.6). La ausencia de crecimiento económico durante el gobierno de Miguel de la Madrid, resultado de la contracción fiscal y monetaria y de las sucesivas devaluaciones del peso, explican el saldo de las balanzas comercial y en cuenta corriente observado durante el periodo en cuestión (Ver Cuadro 3.6).

Como resultado de tales medidas se observa que en 1982 y 1983 la producción cayó en 0.6 y 4.2 por ciento, respectivamente. En consecuencia, las exportaciones aumentaron en un 5.1 por ciento al haber pasado de 21 mil 230 millones de dólares en 1982 a 22 mil 312 millones en 1983; en tanto que las importaciones cayeron en un 41 por ciento, al haber pasado de 14 mil 437 millones de dólares en 1982 a 8 mil 551 millones en 1983. Similar comportamiento experimentaron las exportaciones y las importaciones ante las sendas devaluaciones del peso de 1985-1986 (Ver Cuadro 3.6).

En tanto que una menor tasa de depreciación del peso durante el gobierno de Salinas de Gortari (1988-1994) explica el comportamiento de las exportaciones y de las importaciones y, por tanto, el saldo deficitario tanto de la balanza comercial como de la cuenta corriente de la balanza de pagos, así como del comportamiento del producto interno bruto que creció al 3.9 por ciento en promedio al no haberse encarecido artificialmente los bienes intermedios y de capital necesarios para el crecimiento económico (Ver Cuadro 3.6). La menor tasa de depreciación (o de deslizamiento) del peso frente al dólar permitió la desaceleración de la inflación pero la pérdida de control sobre la cuenta corriente de la balanza de pagos que desembocó en el “error de diciembre” de 1994.

O si algún efecto positivo ha tenido la liberalización comercial sobre la estructura de las exportaciones, sobre los precios y sobre la eficiencia económica, se nota en todo caso como muy escaso o como muy difuso.

La profundización de la liberalización comercial y de la menor participación del Estado en la economía ocurrió con Salinas de Gortari, quien desde un primero momento “… fustigó el modelo mercantilista-dirigista existente en México por décadas, atacando en especial al proteccionismo, al intervencionismo gubernamental en la vida económica y a la política expansionista basada en los déficit públicos y en la inflación”.

La posición ideológica de Salinas era muy clara al atacar el intervencionismo y exaltar las virtudes de un Estado reducido:

“… El estatismo surgió por el fracaso del individualismo de los años 20 y de la gran recesión de 1929-1934 y fue válido en los dos decenios siguientes, pero en la actualidad sólo defiende privilegios”; “el proteccionismo y la sobreregulación crean monopolios, abusos y subsidios indiscriminados, así como proteger a unos pocos productores contra la población consumidora”; “es necesaria la desregulación para bajar los costos y ser más competitivos”, “que el gobierno no gaste lo que no tiene; las finanzas públicas deficitarias producen inflación y ésta lástima más a los que menos tienen”; “un desarrollo permanente y justo requiere de la estabilidad de precios”; “un Estado más grande no es necesariamente más capaz, ni uno más propietario es más justo”; “un gobierno que no atiende a las necesidades del pueblo por estar ocupado administrando empresas no es justo ni revolucionario”; “no se trata de determinar si el sector privado es mejor administrador que el gobierno, sino que el dilema es entre propiedad que atender y justicia que dispensar”.

Y lo más importante es que actuó en consecuencia, avocándose a la tarea de sanear las finanzas públicas mediante la ampliación de la base gravable (entre 1987 y 1994 el número de contribuyentes no asalariados aumentó de 1 760 000 a 5 660 000, es decir, un 222 por ciento y la recaudación del gobierno federal creció un 32 por ciento en términos reales), del incremento de precios y tarifas de bienes y servicios públicos (a partir de los acuerdos del Pacto del 10 de noviembre de 1991 y de octubre de 1993) y de la disminución de los gastos públicos (que durante el periodo 1989-1994 disminuyeron en un 25 por ciento en términos reales, a excepción del gasto social que representó el 54 por ciento del gasto programable).

Como consecuencia de tales medidas el déficit público como porcentaje del PIB disminuyó, ayudando, en consecuencia, al proceso de desinflación de la economía (Ver Cuadro 3.7).

¿El crecimiento económico y la inflación durante 1983-1993, bajo la salvedad de que el proceso de liberalización se profundizó a partir de 1985? Crecimiento económico de apenas el 1.8 por ciento e inflación, medida por el Índice Nacional de Precios al Consumidor, del 55.33 por ciento en promedio anual, un rotundo fracaso:

“Si se analiza la evolución económica del país en los doce años que van de 1982 a 1994, tenemos que los objetivos explícitos de las políticas neoliberales no sólo no se han cumplido, por el contrario, lo que se ha vivido es el efecto desestructurador de estas políticas en el aparato productivo y en el nivel de vida de la población (…) La tasa de inflación alcanzó las tasas más altas de la etapa posrevolucionaria en el segundo lustro de los ochenta y sólo a partir de los noventa empieza a descender; el crecimiento ha sido errático y en promedio ha permanecido estancado tomando en cuenta el crecimiento natural de la población”.

En efecto, entre 1980 y 1995 el PIB por habitante decreció a una tasa compuesta anual del 0.33 por ciento al haber pasado de 13 mil 49 pesos en 1980 a 12 mil 415 en 1995, mientras que el salario mínimo real acumuló una pérdida de 49,2 por ciento de poder adquisitivo (30.7 por ciento durante la gestión de Miguel de la Madrid y 18.5 por ciento durante la administración de Carlos Salinas de Gortari) (Ver Cuadro 3.8). Asimismo, el comportamiento escaso y errático de la actividad económica observado entre 1983 y 1994 se tradujo en fuertes incrementos del desempleo: durante el sexenio de crecimiento cero (1983-1988), la Población Económicamente Activa (PEA) creció en 5.6 millones de personas y sólo se generaron 2.4 millones de empleos, por lo que el desempleo acumulado para todo el sexenio ascendió a 3.2 millones de mexicanos que pasaron a engrosar los cinturones de miseria que tanto laceran el cuerpo social del país. Y durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1989-1994) se sumaron otros 4.6 millones de mexicanos a la larga fila de desempleados, arrojando un total de 7.8 millones de “parados” para todo el periodo 1983-1994, dejando en entredicho la supuesta superioridad del mercado como generador de bienestar social.

En consecuencia, el aumento del desempleo y el importante proceso inflacionario observado durante el periodo en cuestión, que mermó considerablemente el poder adquisitivo de sueldos y de salarios, empeoró la distribución del ingreso. Entre 1984 y 1994 tuvo lugar una redistribución del ingreso desde los déciles I al IX hacia el décil X, décil este último que comprende al 10 por ciento de los hogares más ricos del país. En 1984 el décil X concentraba el 32.77 por ciento del ingreso corriente total (suma del ingreso corriente monetario y del ingreso corriente no monetario), para 1989 el 37.93 por ciento, para 1992 el 38.16 por ciento y, finalmente, para 1994 el 41.24 por ciento. En una década, el décil X ganó poco más de 8 puntos porcentuales de participación (8.44 para ser exactos) en el ingreso nacional total. Mientras que los déciles restantes, I al IX, perdían participación. Que la distribución del ingreso empeoró durante la primera década de aplicación de políticas neoliberales, lo constata la tendencia observada del índice de Gini que pasó de 0.43 en 1984, a 0.47 en 1989 y 1992 y, finalmente, a 0.51 en 1994 (Ver Cuadro 3.9). Al respecto, para Julio Boltvinik, especialista en pobreza de El Colegio de México:

“En 1984, 10% de los hogares más ricos (el llamado decil X) percibió 34.26% del ingreso corriente monetario. Para 1989 esta proporción aumentó a 38.97% y para 1994 había subido adicionalmente a 41.24%. Este grupo, el más rico de todos, se constituyó así en el único beneficiario del neoliberalismo, el de los ganadores. ¡En total este ganó 6.98 puntos porcentuales en su participación en el ingreso monetario! ¡En sólo diez años! Los perdedores fueron todos los demás, 90% de los hogares”.

De la actividad agropecuaria e industrial ni que decir. Bajo la perspectiva neoliberal de que los instrumentos de fomento sectorial (tales como subsidios y exenciones fiscales a industrias nuevas y necesarias, precios de garantía a productos agropecuarios, otorgamiento de créditos preferenciales a actividades prioritarias, inversión y gasto público en infraestructura agrícola e industrial, entre otros) generan distorsiones en los precios relativos que provocan ineficiencias en la asignación de recursos e impiden alcanzar los niveles óptimos de crecimiento y bienestar, se procedió a la eliminación o reducción de muchos de esos instrumentos con la finalidad de que la mano invisible de Adam Smith se encargara de establecer los precios correctos, el ajuste automático y eficiente de la planta productiva a través del sistema de precios (libre de interferencias gubernamentales distorsionantes) y la mayor tasa de crecimiento de la economía y el bienestar.

Sin embargo, los resultados han sido francamente decepcionantes, exactamente contrarios a los esperados. La crisis del agro mexicano, iniciada en 1965 y generalizada y profundizada en 1980, simple y sencillamente tendió a agudizarse. Durante 1982-1993 el conjunto del sector agropecuario creció a una tasa promedio interanual del 0.86 por ciento como resultado de la fuerte reducción del gasto y de la inversión pública en fomento agropecuario y forestal observada durante el periodo en cuestión (Ver Cuadro 3.10).

En efecto, entre 1980 y 1993 el gasto público en fomento agropecuario disminuyó 68.47 por ciento al haber pasado de 34 952 millones de pesos en 1980 (3.12 por ciento como proporción del PIB) a 11 019 millones de pesos en 1993 (0.82 por ciento como proporción del PIB), en tanto que la caída de la inversión pública fue más pronunciada: entre 1980 y 1993 la inversión pública en fomento agropecuario disminuyó 86.32 por ciento al haber pasado de 20 252 millones de pesos en 1980 (1.81 por ciento como proporción del PIB) a 2 771 millones de pesos en 1993 (0.21 por ciento como proporción del PIB).

En consecuencia, el desempeño del sector agropecuario empeoró dramáticamente. El 0.86 por ciento de crecimiento promedio anual de 1982-1993 contrasta dramáticamente con el comportamiento que el sector había observado en los tres períodos anteriores: 2.6 por ciento durante 1970-1982, 3.5 por ciento durante 1956-1970 y 5.5 por ciento durante 1941-1956 (Ver Cuadro 3.10); y que resultó menor al crecimiento observado de la población, que entre 1980 y 1990 creció a una tasa compuesta anual del 1.9 por ciento. La autosuficiencia alimentaria se había perdido por completo, de ahí que para colmar el total de la demanda interna se empezó a recurrir de manera creciente a las importaciones de alimentos del exterior.

Al respecto, y según cifras proporcionadas por José Luis Calva, las importaciones agroalimentarias del país pasaron de 1 790 millones de dólares (mdd) en 1982 a 7 274 mdd en 1994 (¡un incremento del 306 por ciento!). Y de manera específica, las importaciones de alimentos que más aumentaron fueron las siguientes: las de frutas frescas o secas, que pasaron de 11 mdd en 1982 a 327 mdd en 1994 (o sea, ¡un incremento del 2 873 por ciento!); las de carnes frescas o refrigeradas, que pasaron de 47 mdd en 1982 a 773 mdd en 1994 (¡significando un aumento del 1 545 por ciento!); las de maíz, que pasaron de 37.6 mdd en 1982 a 369 mdd en 1994 (¡un incremento del 881 por ciento!); las de alimentos y bebidas manufacturadas, que pasaron de 691 mdd en 1982 a 3 929 mdd en 1994 (¡un incremento del 468 por ciento!); las de ganado vacuno, que pasaron de 41 mdd en 1982 a 141 mdd en 1994 (un incremento del 244 por ciento); las de leche en polvo, que pasaron de 81 mdd en 1982 a 265 mdd en 1994 (un incremento del 227 por ciento); y, finalmente, las de trigo, que pasaron de 87 mdd en 1982 a 189 mdd en 1994 (significando un aumento del 117 por ciento).

El sector industrial, por su parte, empezó a experimentar una situación similar. Si durante 1941-1956 creció al 6.0 por ciento, durante 1956-1970 al 8.5 por ciento y durante 1970-1982 al 6.8 por ciento en promedio anual, durante 1982-1993 creció apenas escasamente a una tasa promedio interanual del 1.6 por ciento (Ver Cuadro 3.11). En tanto que la industria manufacturera, que había crecido al 7.2 por ciento durante 1941-1956, al 8.8 por ciento durante 1956-1970 y al 5.7 por ciento durante 1970-1982, durante 1982-1993 creció a una tasa mucho menor: 1.9 por ciento en promedio anual (Ver Cuadro 3.11).

Esta fuerte desaceleración de la actividad manufacturera se ha traducido en importaciones crecientes que explican el creciente déficit de la balanza comercial manufacturera que de 1981 a 1988 tendió a disminuir, para volverse a incrementar a partir de 1989 alcanzando los 25 061 millones de dólares en 1993.

Tenemos, entonces, que la desinflación de la economía durante el sexenio de Salinas de Gortari (Ver Figura 3.1) fue resultado tanto de la disminución del déficit público (cuyo costo fue el aumento del desempleo vía recortes del gasto público que inhibieron sobremanera el crecimiento económico) y de una menor tasa de deslizamiento del peso frente al dólar, como de la liberalización comercial que ciertamente ha incidido favorablemente sobre la productividad del trabajo explicando en parte la desinflación y el crecimiento económico moderado observado durante el periodo en cuestión.

Por otra parte, y en adición a nuestros argumentos presentados más arriba, Teresa Aguirre señala que entre los aspectos de fondo que condujeron a la crisis de balanza de pagos de diciembre de 1994, “… destaca la acelerada e indiscriminada apertura de la economía, que llevó a la firma del TLC con Estados Unidos y Canadá, así como al incremento de las importaciones del sureste asiático y Europa, proceso que rápidamente se tradujo en un incremento del déficit comercial que llegó, en noviembre de 1994, a cerca de 17 mil millones de dólares”. Apertura comercial indiscriminada que llevó a la quiebra, como bien lo documenta Teresa Aguirre, a muchas empresas pertenecientes a ramas tradicionales de la industria que erosionó el incremento de la productividad del trabajo (producto de la liberalización comercial) sobre el crecimiento económico.

La sobrevaluación del peso restó competitividad a las exportaciones y la apertura comercial indiscriminada disparó las importaciones agudizando el déficit comercial y en cuenta corriente que desembocó en la devaluación de 1994 como mecanismo corrector. O como bien lo expresa José Luis Calva:

“Los resultados del experimento neoliberal, sin embargo, han sido muy diferentes de los esperados. En primer lugar, la precipitada apertura comercial (que la política estabilizadora ha hecho acompañar cíclicamente de una política cambiaria que utiliza la paridad peso/dólar como instrumento antiinflacionario y desemboca en sobrevaluaciones de nuestra moneda), en vez de reducir el déficit comercial manufacturero (que durante el año previo al colapso financiero de 1982 había alcanzado la cifra record de 17 mil 939 millones de dólares, sin incluir maquiladoras), lo hizo crecer dramáticamente hasta alcanzar los 30 mil 034.7 mdd en 1994”.

En suma, los incrementos en la productividad del trabajo no explican por sí solos ni la desinflación ni la recuperación del crecimiento económico observados durante el sexenio salinista. La desaceleración de la inflación la explican por lo menos tres factores: 1) La menor tasa de depreciación del peso frente al dólar, 2) la importante disminución del déficit fiscal, y 3) los incrementos en la productividad del trabajo asociados a la apertura comercial.

Y la recuperación del crecimiento económico se explica tanto a partir de la menor tasa de depreciación del peso frente al dólar (que mantuvo artificialmente baratas las importaciones de bienes intermedios y de capital necesarios e importantes para el crecimiento económico), como de la mayor productividad del trabajo asociada a la liberalización comercial.

Sin embargo, tanto la menor tasa de depreciación del peso frente al dólar como la profundización de la apertura comercial generaron sus propias contradicciones al interior de la economía mexicana que desembocaron en la devaluación de diciembre de 1994 con sus enromes efectos estanflacionarios observados para el año siguiente.

Cabe destacar, por último, que la inversión extranjera en vez de coadyuvar al crecimiento económico, a cerrar el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, a estimular la competencia y a aumentar el acceso a nuevas tecnologías, fue otro de los factores objetivos que precipitaron la crisis de balanza de pagos de diciembre de 1994. Para compensar las cuentas externas del país, se alentó la entrada masiva de capitales especulativos, invertidos en el mercado de valores. El sentido común aconsejaba devaluar el peso para cerrar la brecha entre importaciones y exportaciones, pero Salinas, celoso de su imagen, se rehusó a hacerlo. El financiamiento de la cuenta corriente del país con capitales especulativos (Inversión Extranjera de Cartera, IEC) colocó al país en una situación muy vulnerable que reventó toda vez que las “variables” políticas (asesinatos de Colosio, de Ruiz Massieu y del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo) y sociales (surgimiento del EZLN en Chiapas) aumentaron el “riesgo-país” y, por tanto, propiciaron la salida de esos capitales que precipitaron la devaluación de diciembre de 1994. Al respecto, para Eduardo Loría Díaz, experto en macroeconomía de economías abiertas:

“… A consecuencia de la crisis de deuda externa, desde 1983 la economía mexicana ya no podía financiar su desequilibrio externo con la intensificación del endeudamiento externo. Debía generar mecanismos distintos (…) Esto, en sí mismo, determinó toda una reforma financiera caracterizada, entre otras cosas, por un cambio en la forma de regulación del mercado y una rápida e intensa apertura de los servicios financieros (...) En consecuencia, toda esta reforma financiera fue la base para cambiar las fuentes del financiamiento del crecimiento económico a partir de 1987. Así, hasta antes de 1988 la IEC tenía un peso muy reducido en el saldo de la cuenta de capitales (SCK) ... Si tomamos como base el año 1989, observamos que la composición de la cuenta de capitales cambió notablemente, al grado que los flujos de IEC pasaron de representar el 16.2 por ciento del saldo de esa cuenta a 92.1 por ciento en 1993 y, en consecuencia, cayó notablemente la contribución de la inversión extranjera directa (IED) al pasar de 99.9 por ciento a sólo 15.9 por ciento en ese mismo lapso. Así, entre 1989 y 1993, particularmente en los últimos dos, el financiamiento del desequilibrio de la cuenta corriente dependió en forma creciente de las divisas que ingresaban a través de la IEC, la cual, por su propia naturaleza, estaba determinando una situación de alta vulnerabilidad para el conjunto de la economía, ya que se trata de capital que se interna al país por los diferenciales de rendimiento de corto plazo. Esto hace que sea altamente sensible (volátil) a cualquier alteración de las variables financieras internas y externas y de todos los componentes de la variable “riesgo-país (...)”.

Es hora de evaluar los efectos del TLCAN en el desenvolvimiento económico del país de 1994 a la fecha.