INDUSTRIALIZACIÓN POR SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES (1940-1982) Y MODELO ¿SECUNDARIO-EXPORTADOR¿ (1983-2006) EN PERSPECTIVA COMPARADA

INDUSTRIALIZACIÓN POR SUSTITUCIÓN DE IMPORTACIONES (1940-1982) Y MODELO ¿SECUNDARIO-EXPORTADOR¿ (1983-2006) EN PERSPECTIVA COMPARADA

Martín Carlos Ramales Osorio

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3.1.2. Entrada en vigor del TLCAN e impacto económico, 1994-2006

Al fustigar el modelo proteccionista-dirigista existente en México por décadas, Salinas de Gortari actuó en consecuencia profundizando el proceso privatizador (durante los dos primeros años de su mandato se privatizaron Telmex, Compañía Minera Cananea, Aeroméxico, Mexicana de Aviación, Fomento Azucarero, Planta Tultitlán de Conasupo, Grupo DINA, Ingenios Azucareros y Mexinox), saneando las finanzas públicas y, como parte del proceso de apertura comercial, anunciando, desde el primer año de su gobierno, “su intención de negociar acuerdos bilaterales de libre comercio que proporcionaran a México una adecuada reciprocidad a la apertura unilateral que México había venido haciendo de su comercio exterior”. De esa manera, “el primer tratado que se firmó fue con Chile en septiembre de 1991 y posteriormente se negoció otro con Colombia y Venezuela que entró en vigor en 1994. Las negociaciones del tratado con Estados Unidos y Canadá, por razón de su misma importancia, fueron mucho más largas y complicadas”.

Con respecto a Estados Unidos, en un primer momento el gobierno salinista buscaba un mayor acercamiento mediante acuerdos sectoriales sin contemplar la posibilidad de un acuerdo más completo e integral, posición que cambió radicalmente como consecuencia de la gira presidencial europea de principios de 1990. En palabras de Jaime Zabludovsky, que por aquel entonces se desempeñaba como subjefe del equipo mexicano para la negociación del TLCAN:

“… Con EE UU, en especial, el fin era buscar un mayor acercamiento, mediante acuerdos sectoriales y no a través de una negociación integral. Esta renuencia a buscar una integración más profunda con EE UU fue abandonada como resultado de la gira presidencial europea de principios de 1990. En ese viaje, el presidente Salinas percibió el impacto que la caída del muro de Berlín estaba teniendo en la comunidad inversionista internacional, y el reto para México que las nuevas condiciones internacionales representarían. La conclusión alcanzada al inicio de la gira fue que, si México quería ser un destino atractivo para el ahorro externo, tendría que acelerar su proceso de reforma económica, aprovechar su vecindad con la economía más grande del mundo y pertenecer a un bloque comercial. El acercamiento de México a EE UU, realizado en la última etapa del viaje, en Davos, Suiza, proponiéndole negociar un tratado de libre comercio fue la respuesta concreta a este diagnóstico”.

Al respecto, el Cuadro 3.12 resume de manera breve el proceso de negociación del TLC México-EUA-Canadá.

Obviamente, el objetivo explícito e implícito de la firma de tal acuerdo, así como de otros tantos que ha firmado México con otros países y regiones del resto del mundo, es exportar más al mercado más grande del mundo (el de Estados Unidos) a fin de imprimirle mayor dinamismo a nuestra economía:

“La enorme importancia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte no puede ser minimizada. Para México significa la apertura del mercado más grande del mundo a sus exportaciones, principalmente de manufacturas, así como un factor fundamental para la atracción de inversiones y la creación de empleos…”.

El presidente Salinas anuncia su intención de negociar acuerdos bilaterales de libre comercio.

A raíz de una filtración periodística, se supo que algunos funcionarios mexicanos se habían entrevistado con sus contrapartes en los Estados Unidos para explorar la posibilidad de negociar un acuerdo bilateral de libre comercio.

El Senado de la República organiza un Foro Nacional de Consulta para determinar si había consenso sobre la conveniencia del TLC.

Se moviliza el sector empresarial para presentar a los negociadores del gobierno cuales eran las posiciones de cada sector y subsector de la industria mexicana.

El presidente Salinas presenta la solicitud formal, y en septiembre el presidente Bush responde notificando al Congreso de su interés de iniciar las negociaciones.

Se habían formado ya 18 grupos de trabajo integrados por representantes del gobierno y del empresariado a fin de presentar un frente común ante los negociadores norteamericanos y canadienses.

Canadá se une a las negociaciones.

El Congreso de Estados Unidos aprueba ampliar el periodo de vigencia del procedimiento llamado fast track por dos años más a contarse a partir del 1 de junio de 1991.

Se publica en el Diario Oficial de la Federación la aprobación, por parte de los tres países, del TLC.

Entrada en vigor del TLC.

FUENTE: Elaboración propia con información de Lustig, Nora: op. cit., p. 168; Calderón, Francisco R.: op. cit., http://frcalderon.info/salinas.html, consultado el 27 de junio de 2008, y “Fechas de Publicación y Entrada en Vigor de los TLC´s Suscritos por México”, Secretaría de Economía, http://www.economia.gob.mx/?P=2113#, consultado el 27 de junio de 2008

Antes del TLC, Estados Unidos y Canadá captaban casi el 85 por ciento de las exportaciones mexicanas (83 por ciento Estados Unidos y 2 por ciento Canadá), en tanto que para 2003 captaban aproximadamente el 91 por ciento de las exportaciones del país (89 por ciento Estados Unidos y 2 por ciento Canadá). Con las importaciones ha sucedido un poco lo contrario: en 1993 el 71 por ciento de las importaciones del país provenían de ambos países (69 por ciento de Estados Unidos y 2 por ciento de Canadá), y para 2003 la cifra había disminuido al 64.4 por ciento (62 por ciento de Estados Unidos y 2.4 por ciento de Canadá) (Ver Cuadro 3.13).

En términos de flujos comerciales, “El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha sido un instrumento clave para incrementar los flujos de comercio e inversión entre México, Estados Unidos y Canadá. Hoy, Norteamérica es una de las regiones comerciales más dinámicas e integradas del mundo; aproximadamente una cuarta parte del comercio total de la región se realiza entre los países socios del TLCAN”.

El comercio exterior (exportaciones e importaciones) entre los tres países ha aumentado de manera notable a partir de la entrada en vigor del TLCAN: de poco más de 288 mil millones de dólares en 1993 a 626 mil millones de dólares para 2003, un incremento del 117 por ciento. El comercio exterior entre México y Canadá ha sido el más dinámico, aun cuando los montos involucrados son poco significativos, al haber pasado de 4 mil millones de dólares en 1993 a 12 mil 800 millones para 2003, o sea, un incremento del 220 por ciento; en tanto que los intercambios comerciales entre México y Estados Unidos se han incrementado en un 186 por ciento al haber pasado de poco más de 85 mil millones de dólares en 1993 a 244 mil millones para 2003 (Ver Cuadro 3.14).

¿Cuánto exporta México hoy en día a Canadá y, por el otro lado, cuánto importa? Según datos de la Secretaría de Economía, para 2003 “las ventas de productos de México a Canadá sumaron 8 mil 700 millones de dólares, 202.5 por ciento más que en 1993 y 7.4 por ciento a las registradas el año anterior (2002)”; adicionalmente, la Secretaría de Economía abunda diciendo que “como resultado de este crecimiento, México ha incrementado su participación en el total de las importaciones canadienses de 2.1 por ciento en 1993 a 3.6 por ciento en 2003”. (Ver Figura 3.2) ¿Cuánto importa el país de Canadá? “En 2003, las importaciones mexicanas provenientes de Canadá sumaron 4 mil 100 millones de dólares, 3.5 veces la cantidad registrada en 1993”.

Sin embargo, y como ya se mencionó más arriba, la mayor parte del intercambio trilateral se da entre México y Estados Unidos. La mayor parte de las exportaciones de México van a Estados Unidos, y la mayor parte de sus importaciones provienen de ese país:

“En 2003, las ventas de productos mexicanos a EUA sumaron 138 mil 100 millones de dólares (…) El ritmo de crecimiento de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos ha sido superior al promedio de las procedentes del resto del mundo. Sin embargo, durante 2003, China superó a México en participación en las importaciones estadounidenses, con lo cuál México pasó de ser el tercer proveedor de EUA, a ser el cuarto. Como resultado de este crecimiento, México ha incrementado su participación en el total de las importaciones estadounidenses de 6.9% en 1993 a 11% en 2003. Así, más de uno de cada diez dólares que EUA gasta en el exterior, lo hace comprando productos mexicanos”. (Ver Figura 3.3).

En cuanto a las importaciones provenientes de Estados Unidos, la Secretaría de Economía registra lo siguiente:

“En 2003, las importaciones mexicanas procedentes de Estados Unidos superaron los 105 mil 600 millones de dólares, 2.3 veces la cantidad registrada en 1993…”.

Así como las exportaciones mexicanas se han incrementado de manera significativa hacia Estados Unidos y Canadá como consecuencia del TLCAN, los flujos de inversión extranjera directa (IED) procedentes de los dos países socios también se han incrementado de manera notable. Según datos de la Secretaría de Economía, los flujos promedio de IED provenientes de América del Norte (o sea, de Estados Unidos y Canadá) pasaron de 2 mil 151 millones de dólares durante 1986-1993 a 8 mil 556 millones de dólares durante 1994-2003, significando un incremento del 297 por ciento. En ese tenor, Sergio García de Alba, Secretario de Economía hacia los últimos años del gobierno de Vicente Fox (2000-2006), destacaba, en entrevista con la prensa, que México había recibido 108 mil millones de dólares en los primeros 12 años de vigencia del TLCAN por parte de sus socios comerciales, lo que equivale a decir que durante 1994-2005 ingresaron al país un promedio anual de 9 mil millones de dólares de IED provenientes de Estados Unidos y Canadá, significando un incremento del 318 por ciento con respecto a 1986-1993 (Ver Figura 3.4).

Pero si bien el comercio y la inversión entre los socios del TLCAN han sido bastante dinámicos, ¿cuál ha sido el impacto de los mismos sobre la productividad del trabajo y, por tanto, sobre el crecimiento económico y sobre la inflación? En una nota periodística publicada el domingo 13 de febrero de 2005 se leía, entre otras cosas importantes y trascendentes acerca del TLCAN, lo siguiente:

“… El análisis del FMI, contenido en el estudio Estabilización y reforma en América Latina, indicó que el auge de los primeros años del acuerdo ha ido perdiendo impulso. Añadió que el crecimiento del comercio perdió impulso a partir de 2000. Así, el valor del comercio exterior de México – que incluye importaciones y exportaciones – dejó de representar 50 por ciento del producto interno bruto, como ocurrió en 2000, para caer a un monto equivalente a 40 por ciento del PIB, además de que la tendencia es que siga a la baja, de acuerdo con el estudio del FMI. A la par del comercio exterior, el flujo de inversión extranjera directa (IED) impulsada por el TLCAN, asegura el estudio, pasó de 12 mil millones de dólares durante 1991 y 1993 a 54 mil millones de dólares en el periodo comprendido entre 2000 y 2002, con una participación de los socios del acuerdo como generadores de inversión directa a México que aumentó de 50 por ciento en 1994 a 80 por ciento en 2002. El organismo destaca en el documento las aportaciones en el crecimiento económico que generó la entrada en vigor del acuerdo (…) Establece que la contribución de las exportaciones y de la IED derivada del TLCAN al crecimiento del producto interno bruto de México se incrementó sustancialmente a partir de la entrada en vigor del acuerdo. En particular, dice, la contribución de la inversión al crecimiento del PIB alcanzó tres puntos porcentuales en el periodo de 1996 a 2002. “Recientes estudios sugieren que el TLCAN indujo un importante incremento en la productividad total de México, ayudando a duplicar el crecimiento del PIB de una tasa promedio de 2 por ciento durante 1980-1993 a 4 por ciento durante 1996-2002”. En la gestión del presidente Ernesto Zedillo (1994-2000), la principal fuente de crecimiento de la economía fue la actividad externa, en especial el comercio con Estados Unidos al amparo del TLCAN. Esa estrategia se ha mantenido en la actual administración, que no ha modificado esa política económica. El propio estudio del FMI sugiere que con el modelo actual de exportaciones llegando a su límite, las posibilidades de crecimiento futuro lucen limitadas…”.

En efecto, los datos disponibles parecen constatar las conclusiones del mencionado estudio del FMI. Después de la fuerte caída que experimentó la actividad económica en 1995, consecuencia de la drástica devaluación de diciembre de 1994, el crecimiento económico se recuperó junto con una leve mejoría que empezó a experimentar la productividad laboral manufacturera a partir de 1996. En consecuencia, durante los últimos cinco años de la administración de Ernesto Zedillo; o sea, de 1996 a 2000, la productividad laboral manufacturera creció a una tasa promedio interanual del 4.81 por ciento, en tanto que la economía creció a una tasa media anual del 5.4 por ciento. Una vez que el crecimiento del comercio entre los tres países integrantes del TLCAN perdió impulso a partir del año 2000, la productividad laboral y el crecimiento económico se ralentizaron. Así, entre 2001 y 2006 la productividad laboral creció a una tasa media anual del 3.24 por ciento y la economía en su conjunto lo hizo a un promedio interanual del 2.3 por ciento (Ver Cuadros 3.15 y 3.16).

Los efectos positivos del TLCAN sobre México, vía exportaciones e inversiones directas, sólo duraron cinco años: de 1996 al año 2000. La economía mexicana empezó a experimentar su peor desempeño, después de la gris administración de Miguel de la Madrid (1982-1988), a partir del primer año de gobierno de Vicente Fox. En 2001 la actividad económica disminuyó en 0.3 por ciento y para los dos años siguientes, 2002 y 2003, apenas creció escasamente al 0.9 y al 1.3 por ciento, respectivamente. Por tanto, la economía durante el sexenio foxista (2001-2006) creció apenas a una tasa promedio interanual del 2.3 por ciento, muy por debajo del 3.5 por ciento del sexenio zedillista (1995-2000) y todavía más del 7 por ciento prometido en campaña por Vicente Fox y que tantos votos le hizo ganar (Ver Cuadro 3.16).

Asimismo, el PIB manufacturero creció más durante el sexenio de Ernesto Zedillo (tasa de crecimiento promedio interanual del 5.7 por ciento) que durante el sexenio de Vicente Fox (tasa de crecimiento promedio interanual del 0.73 por ciento) (Ver Cuadro 3.16). En dicho contexto, y como bien lo asienta el mencionado estudio del FMI, mientras la posibilidad de crecimiento se sustentó en el TLCAN, la fuente interna de dinamismo, la inversión en infraestructura agropecuaria e industrial, fue totalmente descuidada, determinando un crecimiento económico demasiado escaso y conduciendo a la economía hacia el estancamiento y la recesión con el consecuente aumento del desempleo.

En términos generales, el INEGI reporta que la productividad de la mano de obra creció en 4.48 por ciento entre 1994 y 2006, por debajo del crecimiento de la productividad laboral en Estados Unidos (5.17 por ciento en promedio anual) pero por arriba del incremento de la productividad del trabajo en Canadá (tasa media anual del 2.56 por ciento) (Ver Cuadro 3.15). Sin embargo, la evolución observada de la productividad laboral en la industria manufacturera no guarda relación alguna con la tendencia mostrada de los precios, a excepción de 1995 (en que la productividad del trabajo disminuye al 4.9 por ciento y la inflación se dispara al 51.97 por ciento) y 1996 (en que la productividad del trabajo se recupera respecto al año anterior y la inflación cae el 27.7 por ciento) (Ver Figura 3.5). Y es que durante el sexenio de Ernesto Zedillo (1995-2000) la productividad laboral creció al 4.83 por ciento y la inflación al 22.55 por ciento en promedio anual; por el contrario, durante el sexenio de Vicente Fox (2001-2006) la productividad laboral creció al 3.24 por ciento y la inflación al 4.44 por ciento en promedio anual (Ver Cuadros 3.15 y 3.16). Cuando más creció la productividad del trabajo más rápido aumentaron los precios (sexenio de Ernesto Zedillo); por el contrario, cuando menos creció la productividad laboral más despacio aumentó la inflación (sexenio de Vicente Fox), contradiciendo el sentido común y la lógica económica más elemental.

Consecuentemente, si la inflación se ha desacelerado en los últimos años se debe más a los “cortos” del Banco de México que a la productividad laboral observada en la industria manufacturera. Como se puede observar claramente en la Figura 3.5, a una productividad laboral declinante no le puede corresponder una inflación que va a la baja.

¿El impacto del TLC México-EUA-Canadá, vía productividad laboral, en el crecimiento económico y en la inflación? Escaso, el PIB industrial creció a una tasa promedio interanual del 3.1 por ciento, en tanto que el PIB manufacturero y el total de la economía lo hicieron al 3.3 por ciento y al 3.0 por ciento en promedio anual durante 1994-2006, respectivamente (Ver Cuadro 3.16); con lo que el desempleo aumentó todavía más. A los 7.8 millones de desempleados de 1983-1994 se sumaron otros 9.4 millones entre 1995 y 2005, con lo que a la fecha 17.2 millones de mexicanos no tienen empleo, son los damnificados del neoliberalismo aperturista y privatizador.

El PIB per cápita, mientras tanto, pasó de 12 mil 415 pesos en 1995 a 16 mil 106 pesos en 2006, significando una tasa de crecimiento compuesta anual del 2.4 por ciento. En tanto que la inflación aumentó a una tasa promedio interanual del 12.99 por ciento durante los primeros 13 años de vigencia del TLCAN.

Por lo tanto, el aumento del desempleo, junto con la continuación de la caída del salario real, agudizó la pobreza y la desigualdad. Al respecto, el 5 de julio de 2007 se leía en la prensa lo siguiente:

“Es “vergonzoso” el nivel de desigualdad que hay en México, donde un solo empresario (Carlos Slim, dueño del monopolio privado Teléfonos de México) ya llegó a ser el hombre más rico del mundo, mientras que más de 18 millones 790 mil mexicanos, es decir, 18.2 por ciento de los habitantes del país sufren de “pobreza alimentaria”, que es una de las peores formas de marginación, porque quienes la padecen no alcanzan a cubrir los mínimos para comer y nutrirse. Además, 25 millones 950 mil mexicanos padecen pobreza de capacidades – es decir, insuficiencia del ingreso para adquirir la canasta alimentaria y pagar los gastos en salud y educación - , y 49.7 millones sufren pobreza de patrimonio, lo que significa que uno de cada dos connacionales se encuentra en esta situación…”.

Y es que si bien durante la primera década de aplicación de políticas neoliberales la distribución familiar del ingreso empeoró (el coeficiente de Gini pasó de 0.43 en 1984, a 0.47 en 1989 y 1992 y, finalmente, a 0.51 en 1994), entre 1994 y 2006 mejoró muy levemente, no sin antes experimentar algunos avances y retrocesos. La evolución del coeficiente de Gini así lo revela, ya que pasó de 0.51 en 1994, a 0.46 en 2000, a 0.44 en 2002, para subir a 0.47 en 2004 y, finalmente, para disminuir a 0.45 en 2006 (Ver Cuadro 3.17). Cabe señalar, sin embargo, que esa mejoría fue sumamente insuficiente como para alcanzar siquiera los niveles de distribución de 1984, cuando el país atravesaba por la aplicación de severos programas de ajuste y estabilización macroeconómica. El coeficiente de Gini de 2006 (0.45) es ligeramente superior al de 1984 (0.43), lo que quiere decir que la distribución actual del ingreso es muy similar a la de aquel entonces, por lo que cabe preguntarse: ¿Entonces cuál mejoramiento del bienestar? ¿Cuál elevación de los niveles de vida que supuestamente haría posible el TLCAN? ¿No que el TLCAN haría posible un mayor crecimiento económico vía mayores exportaciones hacia el mercado más grande del mundo, el de Estados Unidos, y vía mayores influjos de inversión extranjera provenientes de Estados Unidos y Canadá? ¿No que el TLCAN coadyuvaría a generar más y mejores empleos y, por tanto, a reducir los niveles de pobreza y desigualdad?

Si en 1984 las familias del décil X (los más ricos de los ricos) concentraban el 32.77 por ciento del ingreso nacional total, mientras que las familias del décil I (los más pobres de entre los pobres) únicamente el 1.72 por ciento; la situación para el año antepasado (2006) era todavía más desigual: el décil X acaparaba poco más del 35 por ciento del ingreso corriente total, mientras que en el otro extremo el décil I concentraba poco más del 1.60 por ciento (Ver Cuadro 3.17).

Actualmente, el ingreso corriente total de una familia del décil X es 21 veces superior al de una familia del décil I, lo que quiere decir que “… el ingreso de una familia ubicada en el décimo décil sería suficiente para solventar las necesidades de 21 familias ubicadas en el primer décil (al nivel económico correspondiente). En este sentido la noción de disparidad es notoria, pues el esfuerzo económico que requiere un hogar para alcanzar niveles de bienestar similares implicaría hipotéticamente que tendrían que transcurrir 21 veces más días, horas o años para alcanzar un mismo objetivo material”.

Retomando, en torno a la política monetaria del Banco de México se pueden plantear dos escenarios explicativos:

Primero: por un lado, los “cortos” del Banco de México han ayudado en el abatimiento de la inflación pero, por el otro, han inhibido, junto con la desaceleración de la productividad del trabajo observada en los últimos 8 años (Ver Figura 3.5), el desenvolvimiento de la economía; es decir, han frenado el crecimiento económico.

Segundo: suponiendo ausencia de “cortos” del Banco de México, el escaso impacto del TLCAN en el crecimiento económico se debe a que casi un 50 por ciento de las exportaciones totales son de maquiladoras (que importan la mayor parte de sus materias primas, y que, por tanto, contribuyen poco a la generación de valor agregado) (Ver Cuadro 3.18) y, por otra parte, al alto componente importado del producto del sector manufacturero no maquilador.

Al respecto, conviene manejar un indicador muy importante y revelador: el coeficiente de importaciones de la industria manufacturera (= importaciones manufactureras/PIB manufacturero por 100), que se ha venido elevando de manera persistente bajo el actual modelo de desarrollo, indicando un fuerte proceso de desindustrialización del país:

“En efecto, el coeficiente de importaciones de la industria manufacturera (…), que en 1981 fue de 41.2%, pasó a 75.8% en 1994 y a 105.7% en 2004, sin incluir maquiladoras”.

Es decir, que para 2004 por cada 100 pesos producidos la industria manufacturera importaba, aproximadamente, 106 pesos, con lo que más que contribuir al crecimiento económico interno estaba contribuyendo más bien al crecimiento económico del exterior.

Incluyendo la maquila, el coeficiente de importaciones de la industria manufacturera se dispara todavía más, indicando no solamente un fuerte proceso de desindustrialización sino que también un fuerte proceso de desnacionalización de la planta productiva. Con maquila, el coeficiente de importaciones se eleva del 87.1% en 1993, al 119.2% para 1997, al 161.9% para 2000, al 167.4% para 2003 y, finalmente, al 213.9% para 2006 (Ver Cuadro 3.19). Es decir, que actualmente por cada 100 pesos que produce la industria manufacturera importa, aproximadamente, 214 pesos.

De esa manera, y como bien lo señala José Luis Calva, “… Se han roto eslabones completos de las cadenas productivas; y las exportaciones manufactureras han reducido progresivamente su efecto de arrastre sobre la industria nacional, aumentando en cambio sus efectos multiplicadores sobre la producción, la inversión y el empleo fuera del país”.

De ahí, pues, el escaso impacto del actual modelo de desarrollo sobre el crecimiento económico y la generación de empleos.

Adicionalmente, y por si fuera poco, el déficit acumulado de la balanza comercial manufacturera alcanzó los 342 505.2 millones de dólares entre 1994 y 2006 (Ver Cuadro 3.20). Cuando paradójicamente los tecnócratas neoliberales pretendían con sus reformas elevar la eficiencia competitiva de la industria nacional e impulsar las exportaciones manufactureras, con la finalidad de generar las divisas suficientes para cubrir el valor de las importaciones correspondientes. Al respecto, para María Luisa González Marín:

“Las transformaciones acontecidas en la industria manufacturera de 1982 al 2000 confirman que la política neoliberal aplicada por los diversos gobiernos mexicanos, estuvo muy lejos de fortalecer la industrialización. Si quisiéramos caracterizar la industria con unas breves palabras, éstas serían: una actividad incapaz de surtir el mercado interno con productos buenos y baratos, imposibilidad para generar sus propias divisas, con alta dependencia tecnológica, especializada en la maquila, fuertemente integrada a la economía de Estados Unidos, sin logros en el aspecto social, pues el desempleo, subempleo y la informalidad crecen, el poder adquisitivo de la población disminuye, los sindicatos pierden su poder de negociación y la polarización social se profundiza. En síntesis, una industria que cada vez se convierte más en maquiladora y menos en transformadora. Después de más de 20 años de neoliberalismo, el resultado es aún más pobre que el obtenido con el modelo de sustitución de importaciones, al que tanto se criticó”.

De la actividad agropecuaria ni que decir, pues durante 1994-2006 creció a una tasa promedio interanual del 1.9 por ciento, apenas ligeramente por encima del crecimiento de la población que entre 1994 y 2006 creció a una tasa compuesta anual del 1.4 por ciento. Sin embargo, las importaciones de granos básicos en la dieta de los mexicanos como el maíz, el trigo y el fríjol siguieron aumentando de manera exponencial.

Según datos dados a conocer por el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la H. Cámara de Diputados (CEFP) en Información Estadística de los Principales Cultivos de Granos y Oleaginosas, 1995-2007, las importaciones de trigo pasaron de un millón 243 mil 444 toneladas en 1995 a poco más de 3 millones 900 mil en 2007, significando un incremento del 217 por ciento, cifra algo superior al 117 por ciento registrado entre 1982 y 1994; las importaciones de fríjol, por su parte, aumentaron 283 por ciento al haber pasado de 25 mil 684 toneladas en 1995 a poco más de 98 mil en 2007, incremento que contrasta con la disminución del 7.55 por ciento observada entre 1982 y 1994; en tanto que las importaciones de maíz, el grano fundamental en la dieta de los mexicanos junto con el fríjol, pasaron de poco más de 2 millones 600 mil toneladas en 1995 a poco más de 7 millones 500 mil en 2007, representando un incremento del 185 por ciento, muy por debajo del 881 por ciento observado entre 1982 y 1994; y, finalmente, las importaciones de arroz aumentaron 120 por ciento ya que pasaron de poco más de 377 mil toneladas en 1995 a casi 830 mil en 2007 (Ver Cuadro 3.21).

Adicionalmente, la mencionada Información Estadística del CEFP revela lo siguiente: entre 1995 y 2007 la superficie sembrada del país sufrió un decremento de 12.57 por ciento (en 1995 se sembraron 14 millones 927 mil 500 hectáreas, y se estima que para 2007 la superficie sembrada se redujo a 13 millones 50 mil 892); la superficie cosechada cayó 9.43 por ciento (en 1995 la superficie cosechada fue de 13 millones 229 mil 856 hectáreas, en tanto que para 2006 se redujo a poco más de 11 millones 900 mil) mientras que el rendimiento por hectárea aumentó 28 por ciento al haber pasado de 2.18 toneladas en 1995 a 2.79 en 2006; la producción de los principales cultivos de granos y oleaginosas creció 25.3 por ciento (28 millones 783 mil 548 toneladas en 1995, 36 millones 70 mil 800 en 2007) y las importaciones 114 por ciento (en 1995 se importaron 8 millones 903 mil 34 toneladas, y para 2007 poco más de 19 millones), mientras las exportaciones disminuyeron 31 por ciento (en 1995 se exportaron 735 mil 349 toneladas, y para 2007 poco más de 506 mil).

Todo lo anterior explica el abultado déficit comercial agrícola que padece el país tanto en volumen como en valor. El país es deficitario no sólo en la producción de granos básicos como el maíz, el fríjol, el trigo y el arroz; sino que también lo es en la producción de algunas oleaginosas como el ajonjolí, la semilla de algodón, la soya, la cebada y el sorgo, con la sola excepción del cártamo en donde el país es ligeramente superavitario.

Y es que simple y sencillamente el campo mexicano no puede competir con sus similares de Estados Unidos y Canadá por los cuantiosos subsidios que los gobiernos de ambos países destinan a sus productores agrícolas. Al respecto, el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la H. Cámara de Diputados (CEFP) revela lo siguiente en un estudio titulado Los Subsidios Agrícolas en los Países del TLCAN:

“(…) No obstante las limitaciones que ha venido imponiendo la OMC a algunos países para que reduzcan el monto de los subsidios que otorgan a sus productores, entre 2000 y 2005 la asistencia oficial del Gobierno estadounidense a su sector agropecuario alcanzó montos sin precedentes. Se estima que en dicho periodo Estados Unidos otorgó subsidios agropecuarios por un monto total de 611.3 mil millones de dólares, mientras que en el mismo periodo los subsidios totales otorgados por México a su sector agropecuario ascendieron a 46.3 mil millones de dólares y en Canadá a 51.4 mil millones de dólares en igual periodo. Es decir, los subsidios agropecuarios totales que el Gobierno de Estados Unidos otorgó en 2005 fueron casi 20 veces superiores a los que en el mismo año otorgó el Gobierno de México. Para el periodo 2004-2008 se estima que el gobierno estadounidense subsidie, de acuerdo con la Ley Agrícola de 2002, con más de 150 mil millones de dólares a sus productores agrícolas, mientras que en México se estima que, en el mismo periodo, los subsidios a los productores no excederán los 27 mil millones de dólares”.

De manera muy particular y concreta, la situación en materia de subvenciones al subsector agrícola es bastante similar a la del sector agropecuario en su conjunto. Según datos arrojados por el mencionado estudio del CEFP, entre 1998 y 2005 el gobierno estadounidense otorgo subsidios a sus productores agrícolas por un monto total de 372 mil 696 millones de dólares; es decir, casi ocho veces superiores a los otorgados por el gobierno mexicano durante el mismo periodo, que ascendieron a 49 mil 222 millones de dólares, y casi 10 veces mayores a los subsidios otorgados por el gobierno canadiense a sus respectivos productores agrícolas, que durante el periodo en cuestión apenas superaron los 38 mil millones de dólares (Ver Figura 3.6 y Cuadro infra). Ante tal situación, los agricultores mexicanos simple y sencillamente no pueden competir con sus similares de Estados Unidos, ya que estos últimos pueden vender más barato tanto en su propio mercado como en los mercados de México y Canadá. Lo anterior deja entrever muy claramente la doble moral de Washington que, por un lado y en el discurso, exalta las supuestas bondades del libre comercio internacional pero, por el otro y en los hechos, recurre a un descarado proteccionismo que perjudica sobremanera a campesinos, obreros e industriales de sus respectivos socios del TLCAN.

Por tanto, muchos pequeños productores agrícolas mexicanos han quebrado, viéndose obligados a abandonar sus tierras para emigrar hacia las grandes ciudades o a los Estados Unidos en busca del sustento que en México se los arrebata el TLCAN, cuando teóricamente se los debería proporcionar. De esa manera, el TLCAN un rotundo fracaso tanto en materia agropecuaria como en materia industrial.

¿El crecimiento económico y la inflación durante la implementación del modelo “secundario-exportador” inaugurado en 1983? Crecimiento del PIB total del 3.1 por ciento, crecimiento de la inflación del 32.40 por ciento y crecimiento del PIB por habitante del 0.81 por ciento entre 1980 y 2006; cuando se esperaba, porque así lo vendió el gobierno, un impacto mayor ya que se suponía promovería la eficiencia económica y, por tanto, una baja de la inflación y una aceleración del crecimiento económico. La realidad ha resultado ser otra muy distinta. En breve, ni crecimiento económico ni baja inflación, sino todo lo contrario. Cuasi ausencia de crecimiento económico (cuando de 1940 a 1982 la economía creció a una tasa media anual del 6 por ciento y el PIB por habitante creció a una tasa compuesta anual del 3.3 por ciento entre 1940 y 1980) e inflación claramente mayor a la del modelo prevaleciente de 1940 a 1982 (cuando bajo el modelo ISI los precios aumentaron a una tasa promedio interanual del 11.3 por ciento), el peor de los mundos posibles. La política neoliberal, un rotundo fracaso.