FRONTERAS, IDENTIDAD, CONFLICTO E INTERACCIÓN. LOS PRESIDIOS ESPAÑOLES EN EL NORTE AFRICANO

FRONTERAS, IDENTIDAD, CONFLICTO E INTERACCIÓN. LOS PRESIDIOS ESPAÑOLES EN EL NORTE AFRICANO

Francisco José Calderón Vázquez

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II.5.- Relaciones e interacciones hispano-magrebíes en el marco de los presidios norteafricanos (S. XVI-XVIII)

Junto a las interacciones conflictivas, se encuentran las cooperativas y pacificas centradas en torno al intercambio y al comercio, puesto que la dificultad de las relaciones con la Península o con los restantes enclaves hispánicos hacia errático el flujo de aprovisionamientos desde la metrópoli, éste se limitaba a manufacturas de imposible localización en la zona y a productos no perecederos . Por lo que el avituallamiento cotidiano de alimentos frescos (carne, verdura, frutos, granos, leña, agua, etc.) y recursos hídricos dependía, en gran medida (o casi exclusivamente) del hinterland físico y humano que circundaba a los presidios.

Dada la relación de dependencia con el hinterland, fundamental para la subsistencia de los diversos enclaves, los gobernadores, alcaides y guarniciones de los presidios norteafricanos tuvieron, necesariamente, que buscar la colaboración de las poblaciones magrebíes , situadas en las inmediaciones de los recintos, prácticamente desde el día de su llegada, generándose desde los primeros tiempos de la presencia española en los enclaves, interacciones entre los españoles y las kábilas situadas en las inmediaciones de los recintos y más proclives al contacto y a la relación con los europeos, que van a ser denominados por los españoles como “moros de paz” en Oran-Mazalquivir (Alonso Acero, 2003) y “moros de alafia” en Melilla (Ferrer Machuca, 1928).

En pos de tal entendimiento, se van estableciendo paulatinamente una serie de alianzas y acuerdos tanto militares como comerciales con dichas tribus, pactos que tenían por lo general un carácter de alianzas de fortuna o conveniencia, y por tanto bastante tornadizas o volátiles, ligadas a la necesidad de obtener algún tipo de contraprestación, por lo que una vez conseguida o no conseguida ésta, o el pacto moría de muerte natural, retornándose a la situación de facto. Pudiendo los moros de paz volverse moros de guerra, o los “amigos españoles” tornarse súbitamente en enemigos. En este contexto fronterizo era moneda común, de todos aceptada, establecer o romper alianzas en función de la coyuntura existente, o dicho de otra manera: pasarse, pura y simplemente al enemigo, lo que en más de una ocasión trajo en jaque y de cabeza a los españoles.

La interacción primaria hispano-magrebí va a resultar decisiva, con todas sus cortapisas, tanto para los presidios menores , como para los mayores . Esta realidad de facto forzó a los gobernadores, alcaides y sargentos mayores, a las sucesivas guarniciones y, en definitiva al conjunto de residentes a buscar el entendimiento, o vías de conexión con los magrebíes de las áreas adyacentes . Con el discurrir del tiempo, esta relación produjo una curiosa simbiosis entre las fortalezas y su entorno vital, hasta tal punto importante que de no haberse producido, hubiera resultado casi imposible mantener la continuidad española en dichos enclaves a lo largo de los siglos.

Las relaciones básicamente mercantiles de compra o trueque, solían tener lugar en espacios delimitados y prefijados para ello, normalmente en las inmediaciones de las murallas o en las puertas de los recintos .

En las transacciones comerciales, los naturales ofrecían alimentos frescos, verduras, frutas, carnes, pescado o granos, animales, etc., obteniendo a cambio de los españoles, dinero , manufacturas, telas, tintes, medicinas, útiles diversos, armas y municiones, herramientas, etc. Por ello, los presidios constituían para las poblaciones magrebíes adyacentes un mercado de demanda muy importante, donde sus productos, obtenían una remuneración mas alta e importante que en los locales, produciéndose una suerte de “exportación” de los mismos.

Destaca por la notoria actividad mercantil con la población magrebí de la zona colindante la isla de Alhucemas, intercambiándose según Mariñas Otero productos como tejidos, salazones, aceite y arroz, entre otros, provenientes de la Península con productos de la zona como curdimbres, cera, pasas y almendras. En el caso del Peñón de Vélez, los intercambios comerciales también se darán, si bien las operaciones comerciales estarán en todo momento bajo la supervisión del alcaide.

Las interacciones van a generar figuras esenciales como los citados "moro de paz" (Alonso Acero, 2003) se trata de aliados o vasallos de los españoles, a los que pagaba tributo en especie, normalmente expresado en cereal (trigo o cebada) y de los que esperaba protección frente al acoso de turcos, rifeños o de las kábilas de “moros de guerra” de la zona, enemigos de los españoles del presidio.

La funcionalidad era la nota distintiva y característica de ésta figura para los españoles, puesto que el moro de paz era normalmente empleado como interprete (junto con los hebreos) traductor, intermediario para lograr la paz, la liberación de cautivos, establecer alianzas de conveniencia con determinadas kábilas, etc. Sus actividades como explorador, espía, portavoz de los españoles en las relaciones con los otros berberiscos, vigilante de las actividades de los renegados y policía de los posibles desertores españoles que pretendiesen pasarse al enemigo. También se empleaba asiduamente en las acciones de guerra como guía, auxiliar o colaborador, o incluso soldado alistado en las unidades de los presidios, como soldado mogataz o almogataz (Maillo Salgado, 1991) .

Los moros de paz residían habitualmente en los núcleos musulmanes situados allende las murallas de los presidios , acudiendo a realizar sus transacciones mercantiles al presidio en cuestión, pudiendo entrar en el recinto por el día, y, en caso de no haber terminado sus operaciones se les alojaba en espacios determinados para ello. Durante su estancia intramuros debían disponer del “seguro” o permiso de estancia.

Por lo que se refiere a los mogataces, se trataba de soldados magrebíes de religión musulmana, bien enrolados de forma “regular” o permanente en las compañías de los presidios, luchando a favor de España en sus conflictos africanos, o bien como colaboradores “irregulares” o puntuales para determinadas acciones, normalmente “cabalgadas” o ataques de castigo a los aduares de los moros de guerra que, o bien atacaban a las kábilas de “moros de paz” u obstaculizaban o impedían las labores agrícolas de éstos, fundamentales para la obtención de las cosechas cerealísticas, preciosas para la vida del enclave de Oran (Acero Alonso, 2003).

Diversos autores (Alonso Acero, Ferrer Machuca, Maillo Salgado) consideran que los almogataces desarrollaron una serie de funciones vitales para la supervivencia de los presidios , tanto para su defensa activa como para su defensa pasiva. En el primer apartado, por su conocimiento del terreno y capacidad de interacción con sus habitantes al dominar lengua, cultura y formas de vida del mismo, tan alejadas de las coordenadas occidentales. En la defensa pasiva del enclave, la capacidad de enmascaramiento del mogataz con el medio, por su vestimenta y aspecto físico que no les delataba (como a los españoles) ante los restantes magrebíes. De ahí su gran valor como “escuchas” y supervisores de los movimientos del enemigo y del control de los “amigos”, al acecho de posibles traiciones o delaciones de los moros de paz o del incumplimiento de sus obligaciones agrícolas y tributarias.

De ahí, el aprecio de los españoles, aún con todo siempre renuentes a la presencia de éstos sujetos “ambiguos” en los emplazamientos norteafricanos. Los recelos en torno a estas figuras por parte de los mandos españoles de las plazas provenían tanto de su condición de no cristianos como del riesgo que suponía para la defensa e integridad de los presidios, las posibles traiciones o cambios de bando de estos almogataces. Transfuguismo siempre común en situaciones fronterizas pero especialmente peligrosas en sujetos con tantos conocimientos estratégicos sobre los enclaves.

Posiblemente, a esta dualidad obedezca el escaso numero de mogataces, enrolados como soldados regulares (con plaza y paga) de los que se tiene noticia en los presidios. Se ha constatado la presencia de los almogataces en casi todos los presidios españoles, aunque la mayor documentación disponible se refiera a los enclaves de Orán y, en menor medida de Melilla , enclave donde al parecer se tiene noticia de la presencia de éstas figuras desde años siguientes a la conquista castellana.

El soldado mogataz a partir de 1734, se encuadra en una unidad especifica del ejercito español creada ad hoc, la denominada “Compañía Fija de Mogataces de Oran” unidad de caballería, evacuada cuando se abandona dicha plaza, y trasladada a Ceuta en 1792. Siguiendo a Antioc (1988) quien citando a García de la Huerta, plantea que dicha compañía alcanzará los 200 componentes, constituyendo una unidad de choque fundamental en la defensa de la plaza, ya sea por la índole de sus funciones , por lo esforzado de su labor o por la extrema dificultad en la que se ven envueltos los defensores en los últimos años de dominación española del doble presidio .

Dicha compañía que constituye el antecedente histórico de las unidades indígenas que en los siglos XIX y XX servían en el Norte de África y en el Sahara bajo bandera y mando español, como los Tabores de Regulares del Protectorado, los Tiradores de Ifni o la policía indígena del Sahara español.