FRONTERAS, IDENTIDAD, CONFLICTO E INTERACCIÓN. LOS PRESIDIOS ESPAÑOLES EN EL NORTE AFRICANO

FRONTERAS, IDENTIDAD, CONFLICTO E INTERACCIÓN. LOS PRESIDIOS ESPAÑOLES EN EL NORTE AFRICANO

Francisco José Calderón Vázquez

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II.3.2.- Los Presidios Menores

Por lo que se refiere a los “presidios menores” descritos, bastante acertadamente por Gil Ruiz y Gómez Bernardi (1996) como “Centinela avanzado frente a costas tradicionalmente hostiles y en los periodos bélicos plaza sitiada y llena de penalidades” cabría destacar al Peñón de Vélez de la Gomera , a la isla de Alhucemas y a la fortaleza de Melilla .

Dichos emplazamientos comparten la consideración de “menor”, derivada tanto por su reducida demarcación física como por sus mínimas dotaciones de guarnición. Se trataba de fortalezas y baluartes esencialmente militares, situados en localizaciones poco propicias para el desarrollo de actividades humanas y económicas, al tratarse de promontorios rocosos como en el caso melillense o de islotes rocosos. Lugares que carentes de recursos hídricos y de hinterland propiamente dicho solo van a poder albergar, con muchas dificultades, guarniciones no muy numerosas y pequeños grupos de civiles, por lo general familiares, religiosos y confinados que en el periodo XVI, XVII y XVIII nunca sobrepasaran algunos centenares tanto en los casos de Alhucemas y Vélez de la Gomera como en el de Melilla .

En el caso del Peñón de Vélez, se trataba de uno de los nodos neurálgicos de la piratería berberisca en el Mediterráneo Occidental, por ello el énfasis en su conquista. Incorporaba además de la zona insular, la zona terrestre adyacente con la ciudad de Bades y las fortalezas que las guarnecían, denominadas por los españoles las “Cuatro Torres de Alcalá”. La zona insular, el Peñón en términos estrictos, dependía vitalmente de la costa cercana para su suministro de agua, leña, verduras y productos frescos. De ahí, la importancia critica para la supervivencia del enclave del denominado “Fuerte de Tierra”, posición situada ya en tierra firme. Dicho baluarte, construido por los españoles tras la reconquista del Peñón, garantizaba el control de dichos recursos estratégicos. Su perdida en 1702 va a hacer muy difícil la presencia española en el enclave, privando al islote de Vélez y a sus guarniciones de tan vitales suministros, haciéndolo aún si cabe más dependiente de los abastecimientos marítimos que desde Málaga se enviaban periódicamente al enclave. Envíos caracterizados por su frecuencia errática, dada las dificultades del trafico marítimo que discurría a la sazón en ese tiempo entre corsarios y tempestades y el evidente desinterés de la Corona por sus minúsculas posesiones norteafricanas.

Lo insuficiente de tales abastecimientos y lo azaroso de las aguadas (Sanz Sampelayo, 1997) convirtió la vida cotidiana en el Peñón durante los siglos XVII y XVIII en sinónimo de vicisitudes, carencias, calamidades y absurdos , poniendo en evidencia muy a las claras las contradicciones táctico-logísticas y de la estrategia de ocupación territorial selectiva puesta en práctica por los monarcas españoles.

Sometido desde el exterior a ataques constantes y hostilidades (ya por los berberiscos, ya por los sultanes de Marruecos ya por las regencias turcas de Argel) y sometido a su vez a fuertes implosiones internas (rebeliones de los penados ya políticos , ya comunes, rebeliones de los guardias que custodiaban a los penados) lo que hizo que la situación en ocasiones llegara a los limites de lo épico. No son de extrañar en este contexto, los intentos “abandonistas” del Peñón (Saruel, 2008)

En el caso melillense se trataba de una fortaleza asentada sobre un promontorio rocoso que se adentra en el Mediterráneo, unido a tierra firme por un istmo. A partir de esta mínima base, el enclave desde el siglo XV se fue expandiendo, metro a metro, hasta llegar a comprender cuatro recintos fortificados, separados por fosos y un perímetro defensivo anexo a las murallas, el denominado “campo del moro”, que durante todo el siglo XVI y primer tercio del XVII va ser controlado por las sucesivas guarniciones, destinándose el terreno a usos agrarios y ganaderos (pastos, huertas, leña) defendiéndolo con pequeñas fortificaciones. Esta “ampliación” posibilitará un mayor autoabastecimiento del presidio melillense y una notable mejora de sus condiciones de vida. Esta normalización trajo la concesión del título de Ciudad en 1613 (Bravo Nieto, 2003) .

Pero esta situación sufrirá un drástico vuelco a partir de la segunda mitad del XVII, entrando el enclave en un periodo de contracción, con fases de sitio, ataques y hostigamientos constantes (Cámara) . Por ello, el presidio melillense dependerá para su continuidad de los suministros y avituallamientos que por vía marítima llegan desde la Península, esencialmente desde Málaga, cordón umbilical de la antigua Rusadir con Europa. y única salida de sus habitantes hacia el mundo exterior.

No es de extrañar, que el paso del tiempo haya tejido una densa malla de relaciones entre una y otra ciudad .

En el caso de la isla de Alhucemas , ésta fue cedida por el Sultán de Marruecos a la Corona en 1560 pero no fue ocupada de facto por los españoles hasta 1673, momento en el que se instala la guarnición y posteriormente el penal, de clara referencia política. Se da el caso de ser el único de los presidios menores que contó con abundante población civil orientada a la actividad mercantil con el entorno.