BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


LAS SOMBRAS DE MARX

Edgardo Adrián López



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CAPÍTULO IV

PRIMERA PARTE

En apretados signos, la pareja de la hermosa Jenny enuncia: los hombres se encuentran presos en la base e hiperestructura, entre “basis” y superestructura. Las palabras de Goethe, por lo que puede constatarse en Los sufrimientos del joven Werther, sostienen que la revolución de las acciones chocan, como el mar en las rocas ásperas de una orilla quebrada, con las limitaciones de lo real (cf. supra). Un primer nivel en la hipótesis parece decir que los individuos, al no controlar la praxis y sus poderes antitéticos, encorsetan sus esfuerzos en la estructura y su capacidad de aprehensión semiótica en la superestructura. Tales elementos de lo social operan entonces, a manera de topicalizaciones de la vida.

Un segundo registro inaugura sus luces: dada esa “pérdida de retorno”, los ambientes mencionados refuerzan el materialismo cuasi determinista/mecanicista de las colectividades anteriores a su reconstrucción libertaria. Una mayoría está empujada a un condicionamiento angustiante en la solución de los problemas de continuidad en el mundo; la complejidad de lo humano es reducida a las estrecheces de lo constituido en esferas opuestas y tensionadas. Pero si insiste un empobrecimiento de la sociedad, es porque los hombres objetivan sus potencias “internas” (imaginación, deseos, sueños, etc.), sus vínculos con el otro y con lo otro, y sus energías externas (medios de producción, tipos de organización institucional, formas de propiedad, etc.), de modos un tanto distorsionados. Surgen las condiciones para que esos poderes se momifiquen, espectralicen en fantasmas opresivos, se objetiven, econosolidifiquen, fetichicen, ontoligicen y econosifiquen en base y supraestructura. Con este giro, clausura su tercer plano el eje de las investigaciones presentadas.

No obstante, si recurrimos a la original lectura de Serres (1994) respecto a la física epicúrea y lucreciana, es viable generar un “pequeño ángulo” de alejamiento-acercamiento a lo expresado. En el magnífico texto aludido se muestra que para Lucrecio los individuos, puesto que resisten el clinamen del mundo, erigen “gránulos de conservación” de la estabilidad que, durante cierto tiempo, evitan una inclinación hacia el anonimato de la entropía. Bien podría indicarse en Marx, que “basis” y superestructura son recursos para frenar el desgaste de lo real, invistiéndolo de economía y sentido, pero que esas mismas estrategias acaban por gestar una entropía peor: la del poder de unos contra otros, la de la lucha generalizada; la peste. La inmovilización del mundo en un estado preciso, guarda tanto “éxito” que los ambientes citados se convierten en una repetición de lo Mismo y en un crepúsculo de la Diferencia. Hemos regresado una y otra vez, sobre idénticas miserias, sobre iguales heridas, sin aprender a crear un desvío que no nos conduzca hacia la necesidad de dosificarlo, de estructurarlo en dialécticas pre/formadas. Por el contrario, nos apegamos a esos esquemas de estabilidad-inestabilidad que nos subyugan bajo las pesadas cadenas de la estructura, de lo semiótico/institucional y de su mutua interacción. Tal como el horror frente a la muerte habría suscitado el anhelo de eternidad y trascendencia (de ahí la búsqueda de ornamentos, la erección de castillos, etc.), los axiomas de reproducción de la vida habrían dispuesto un anquilosamiento del tiempo en tiempo de labor, y de éste en norma ciega para su “mejor” efectividad. Sin embargo, una vez atraídos por esa “pendiente” el desvío sugerido irá cristalizando, en escala cada vez más ampliada, los acontecimientos: la riqueza se hará mercancía(1); el valor de cambio, dinero; las fuerzas sociales se endurecerán en propiedad, instituciones, relaciones intersubjetivas “molares” (vínculos de parentesco, etc.). El desvío terminará en “basis” e hiperestructura(2).

Por ello, el aprisionado en dogmatismos nos invitaría a reemprender otros “ángulos de alejamiento”, otros bucles que no se resuman en la pena de aniquilar, con una pasión inaudita, la potencia de todas las fuerzas, el tesoro de cualquier gracia: los individuos mismos. Habrá que ser ex-hombres para asumirlo y poder re/comenzar la creación -su instante. Todavía queda margen para inventar -la Historia. Sería necesario a los fines de esquivar el escepticismo lacerante del Stephen Dedalus de Joyce, cuando dice en Ulises: “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar” (1972: 65).

NOTAS

(1) El proceso mediante el cual el valor de uso se transforma en mercancía, es un movimiento metempsicótico (es decir, de conversión ilógica e ilusoria de lo real en algo abstracto), y una “mórfosis” teratogenética endurecida.

Lo anterior permite tratar a la mercancía, a modo de una cobertura semiótica rígida que empobrece la riqueza. Este hecho ocurre porque lo útil (recolectado de la naturaleza -como en las sociedades paleolíticas- o que resultan de un proceso de producción netamente humano -como el caso de la agricultura en la revolución neolítica), es en todo momento, cristalización de tiempo de trabajo o valor. Dicha coagulación acontece, debido a que los hombres no controlan de manera consensuada y libre de dominio las condiciones de su vida; lo temporal se convierte así en un patrón/medida despótico (sabemos que la interpretación de la teoría del valor que ofrecemos, puede asomar “bizarra” pero nos resulta estimulante por sus consecuencias múltiples).

El valor de cambio, tal como se presenta en su desarrollo histórico, implica que distintos valores de uso pueden ser cambiados el uno por el otro. Si tenemos en cuenta que la materialidad del valor de uso, introduce una différance que no puede ser suprimida por ninguna comparación real, sólo un proceso abstracto y de abstracción puede tornar iguales, objetos disímiles.

(2) Si la “infraestructura” y la supraestructura son “malformaciones”, es porque son un clinamen cuya “curvatura” juega contra los hombres. Pero si ello es de esa suerte, la dialéctica constituida entre ambos universos devela la anémica pulsación de una “declinatio” que, si los individuos resultan emancipados de tales encorchetamientos, puede ser recuperada: el paso de la historia de la Necesidad a la de la Libertad, es el tránsito hacia un desvío que no deba pugnar con potencias cristalizadas. Entonces quizá, mueran Fausto (Goethe 1994 b) o Nietzsche. Acaso el cofundador del Partido Comunista, frente a la insistente pregunta de un periodista (Wheen 2000: 351) en torno a la esencia de la vida, descanse y no exclame que, a raíz de la memoria de sus dolores y lágrimas vertidas por días que idénticos transcurren, su motor es la... lucha.


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