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LAS SOMBRAS DE MARX

Edgardo Adrián López



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SEGUNDA PARTE

El “recuento” de los componentes de “basis” y supraestructura, detallado en el capítulo anterior, implica lo que podríamos denominar “eidolas” de su dialéctica. Si la “infraestructura” y lo sobreestructural son segmentaciones de lo humano que encarcelan la iniciativa y la práctica comunitarias, la “imagen” que ahí espectrea es la de los planos superpuestos. Ni que decir tiene que la imagen del “edificio”, de tanto ser hegemónica, deslizó en ella un tópico y, en lugar de mostrarnos lo real en todo su horror, como quizá lo ansiaba el cofundador del Partido Comunista, pasó a ser un simple instrumento de expresión. Sin embargo, este “inocente médium” que surgió en aquellas escrituras animadas por la seriedad de sus “intenciones”, lleva consigo una dialéctica entre teoría y acción condensada en la “lógica de la explosión” de las estructuras: basta “dinamitar” los principales nodos y puntos de apoyo, es decir, la base, para que estalle lo que queda. Además del mecanicismo y del voluntarismo(1) que habitan en esa postura, existe una fundamental y grave incomprensión de las cualidades de la praxis(2) en Marx y de su necesario enriquecimiento sucesivo.

En una sociedad emancipada, cada esfera de acción debe afincarse en su propia capacidad de autoacrecentamiento; no podemos engastar las prácticas artísticas, amorosas, de trabajo, de teoría, etc., a una sola esfera que las determine o condicione. Cuando los entrañables camaradas (1984 a: 34) dicen que en el comunismo un individuo cualquiera podrá ser pastor y agricultor a la mañana, pescador a la tarde, y pintor, músico, literato, amante, etc., al anochecer no únicamente dan por terminada la fragmentación que introdujo la división de la tarea social, sino que están reafirmando el “valor intrínseco” de cada una de las actividades por sí y dependientes de sí mismas. Coincidimos entonces con Juanes (1982: 429-430), cuando sostiene que

“... (la) lucha del hombre por afirmarse en el mundo no puede ser librada en un solo frente, así sea éste el del proceso de producción y reproducción (de lo) social, sino en todos los que ... ha logrado construir ...: el (del) arte, el de la ciencia, el de lo urbano, ... el del deseo, ... etc., lo que nos obliga a establecer relaciones múltiples ... con el mundo y a desechar cualquier (vínculo unidimensional) al respecto ...”.

Quisiéramos mostrar que la eidola del edificio con los cimientos en tanto “grund”, puede ser leída como el “mapa cognitivo/político” que exhibe la unilateralidad en que son encerrados los diversos ámbitos de la práctica y del intelecto. Por añadidura, deseamos poner de relieve “simulacras” que a su vez, multiplicarían los enfoques sobre la interacción discutida, seduciendo la pulsión por el cambio con otras cartografías.

Derrida pues, de nuevo; esta vez del lado de lo que aporta la cara oscura/enigmática de un espejo que sólo devuelve trazas.

En (1994: 347 –página sin numerar) se deja constancia de que Santiago Elías participó como actor en el film Ghost Dance, del cual es rescatada una escena en la que un cristal “re/envía” las imágenes que circulan en su soledad. No obstante, por más que tengamos la sensación de que la exactitud de la Presencia no puede ser violada, hay que saber que el fotograma re-aparece desde el fondo nebuloso de un montaje y que, por ende, el “speculum” no permite más que la huella o marca quebrada de sí(3). Eso sin contar que la sesión insertada en el texto fue multiplicada y, por ello, borrada en su producción/actualización en serie. Con él mismo, en un gesto programado, Derrida, sus nombres, los espectrales y el imperial (Elías, el profeta; Jacques, el aceptado por el código colonial), pone a la luz (de los espejos/ ciegos de hacer ver –nada) que no es más que débil incisión en una cadena interminable de artefactualidades, de teatralizaciones. Esta cara o declive del “lexema” rápidamente convocado, nos es útil para asir en Marx la dialéctica base/superestructura, en razón de que la consistencia huidiza de la “basis” sólo puede injertarse como huella o alusión en la hiperestructura, si atendemos que su trabajo es negar, desplazar, ocultar, reprimir, acosar, etc., el modo de existencia de los individuos(4). En consecuencia, a la noción de que la sobreestructura “refleja” la base (abusivamente simplificada por Lenin) habría que matizarla apelando a la doble hipótesis de la “denegación” de la “basis” por la superestructura, reapareciendo, sin embargo, bajo el formato de un rasgo del que se habla como la semiosis supraestructural lo permite; y, por consiguiente, por el concepto de una “sobrecostura” de la base en los “intersticios” que se abren en lo superestructural.

De lo anterior se infiere una imagen que tal vez, contribuiría a desterritorializar los tópicos acerca de la interacción objeto de esta obra. La ubicamos en dos pasajes breves; uno de Marx, otro de Engels. En (Marx 1974: 44) es afirmado que

“... lo que interesa a los fisiócratas ... es el exceso de valores de uso producidos por encima de los consumidos ... (Pero estas) son contradicciones de la producción capitalista a medida que sale de la sociedad feudal, e interpreta a ésta ... en forma burguesa ...”. Los fisiócratas son los gestores de un sistema de interpretación, de lectura que entiende la época en la que viven con los ojos de una fase anterior y, por el contrario, observan a ese periodo con los lentes de la nueva etapa. La superestructura es entonces, un gran sistema de significación de lo histórico; un modo de semiotizar la “basis” (sobre la idea de semiosis, cf. Greimas 1971; 1973). Si aceptáramos lo que nos remiten Peirce (1974) o Lotman (1996), diríamos que la hiperestructura es un Interpretante de complejidad que no se ahorra estratificaciones o una Semiosfera que, además de superestructurar las conductas, proyectos, valores, etc., de los hombres, también guía lo que puede ser legible, visible, enunciable y poseer determinado régimen de luminosidad (respecto a estos últimos lexemas, ir a Carrique y López 1997).

Engels (1971 b: 34) por su parte, nos comenta que

“... las ilusiones que una época tiene sobre sí misma o que los ideólogos de una ... se hacen sobre ella ...” no pueden ser compartidos por un pensar deconstructor. La supraestructura es denunciada aquí no sólo como una forma de significar, sino a modo de un super/esquema de naturaleza recursiva. Por ello es que la base o lo real vivido por los agentes repercute en su seno; al englobarlo, lo invagina, a fin de restituirlo en tanto condicionante suya, porque lo concebido en cuanto horizontes indica carencias, las cuales involucran la “basis” como barrera que impide la plena satisfacción.

Otra “eidola” que puede también aportar su cuota de destopicalización de una dialéctica, a nuestros ojos, inapreciable es la que Engels (1975) inspira al enunciar que lo humano es pasible de ser comprendido en el marco de una interacción infinita de fuerzas (observar el parecer opuesto de Althusser en 1973: 97 y ss.). Precisamente, volvemos a descubrir cómo es que la base y la sobreestructura aquietan un movimiento más o menos rico y reducen “en un grado” el infinito social(5). Un entretejido de potencias que debiera fluir e incrementar sus escalas, termina por ser escindido en dos sistemas-cerrojos de la praxis y de la capacidad de aprendizaje colectivas. Pero aun cuando ese polígono de fuerzas es así mutilado, la dialéctica entre la “basis” y lo hiperestructural discurre según esa lógica de la retroinfluencia ilimitada. A pesar de que la complejidad es drásticamente contraída en las comunidades pertenecientes al “reino” de la Necesidad, su textura permanece en su seno. Por lo tanto, un pensar la dialéctica en cuestión no pierde que lo humano es laberíntico, incluso en el caso en que la infinitud es obligada a encauzar sus latidos, en los estrechos márgenes que estructura la base y superestructura lo superestructural. Sin embargo, allende la recuperación de lo intrincado en sociedades de causalidad mecanicista, cuasi/determinista y de un materialismo plus ou moins lineal, persiste el acontecimiento trágico de que lo terrenal mismo se le escape a los individuos como si se tratara de un mundo que no les compete; un mundo que estaría en abismal retraimiento y que, desde ese “allí”, haría sentir su violencia sistematizada en incoherencias(6).

NOTAS

(1) Este inconveniente parece haber acompañado a la “sociología” deconstructiva desde sus inicios “tabernarios”, dado que Wheen (2000: 153) nos anuncia que Marx y Engels tuvieron que distanciarse de la Liga Comunista (que mantenía relaciones con la Liga de los Justos –1836-, organización derivada de la Liga de los Justicieros, de los Proscritos o de los Forajidos –1834-), a causa de que sus miembros más impacientes consideraban un esfuerzo inútil analizar el curso de los hechos. Acogido por otras preocupaciones, explicitará su descontento en una carta a Joseph Weydemeyer:

“... ¿Por qué estos individuos, nacidos con la fortuna en la cara, van a llenarse la cabeza con cuestiones de economía y de historia? ...” (2000: 179). Liebknecht, un militante, apuntará que

“... mientras ... los otros ... planeaban diariamente una revolución mundial, ... nosotros ... intentábamos aprender y preparar armas ... para la lucha futura ...” (2000: 180; lo relevado es ajeno al texto). Sin embargo, se puede confrontar la opinión contraria de Johnson: el pensador alemán jamás se habría molestado de verdad, en confrontar sus teorías con la práctica (2000 b: 82), ya que el único “contacto” con el proletariado habría sido el que tuvo con su ama de llaves (2000 b: 103), Lenchen, a quien encima de no pagarle nunca un digno salario, terminó por embarazarla (2000 b: 102/103).

(2) En el vol. II de los “borradores” (1972 a: 272), el sepultado en Londres entenderá que, a pesar que sociedades como la capitalista cubren el trabajo (en tanto actividad humana) de determinaciones económicas (compra-venta, circulación de mercancías, fluctuaciones de precios, oferta y demanda, crisis, etc.), siempre se trata de sus avatares. En algún punto, la historia de los fenómenos económicos e incluso, de los modos de producción, no es más que el análisis de los poderes que coloca en funcionamiento la tarea social. El “objeto” de estudio es la permanente renovación y reproducción del trabajo por medio de sí.

La otra veta que es oportuno labrar es aquella en donde toda la sociedad (tipos de propiedad, clases de unidades productivas, relaciones de parentesco, lenguaje, regímenes de gobierno, etc.), resulta producto del automovimiento del hacer humano. Los elementos mencionados, que se clasifican en las grandes domesticaciones del fluir que son base y superestructura, resultan cristalizados en “nudos” o instantes de ese devenir (1972 a: 237, nota de p. 242). Como en el caso anterior, en la sociedad burguesa (que es la expansión inaudita no sólo de lo económico en general, sino de la sobreestructura –recordemos su diversidad), los componentes de lo social que particulariza la crítica no dejan de ser más que “puntos” de aquel movimiento que se auto/induce. De nuevo, la historia de la especie debe tener en perspectiva cómo los hombres son los que generan su proceso vital.

(3) Sobre una escena parecida, y acerca de los medios de comunicación como potencias de fantasmatización ver Derrida y Stiegler (1998).

(4) Podríamos elegir otros ejemplos (o reflexionar largamente sobre la ejemplaridad etnocentrista de este ejemplo), pero en él es palpable el “estado” de trazo no presente ni presentificable de la “infraestructura” (para la “idea” del rasgo como corte cf., entre otros, Derrida 1989 a). La Ilíada, el extraordinario relato homérico, creado en el “dictum” de un ciego, de alguien que no podría tener de sí marca alguna en una superficie pulida, menciona el carácter mercantil de trueque de los asaltantes de Troya, además de desfigurar una guerra comercial en un poema heroico (1995: 126). En el Canto VI, en que son confiadas la interpretación de la tragedia por Helena y la búsqueda de Paris por Héctor, se anuncia que Zeus hizo perder el juicio al troyano Glauco que,

“con ... (el aqueo) Diomedes intercambió armas, oro por bronce, unas que valían cien bueyes por otras de nueve ...”. En (1995: 77), se nos comunica que el hierro es escasamente empleado. Así, con probabilidad tenemos una sociedad perteneciente a la Edad del Bronce tardía, con economía agraria, comercio, con la costumbre de alzarse con botines de guerra y en la que no existe una mercancía particular que realice la función específica de dinero.

(5) Tal cual lo habría “martillado” Nietzsche (1967 b: 225, parág. 582, A, entre otros lugares), los hombres enfrentan la locura del devenir con temor e inventan, por eso, la moral o su “modo” racional (la ciencia), id est, superestructura. Si generalizamos el argumento en dirección de lo que destila el poema filosófico de Lucrecio (1984), sería factible afirmar que los individuos generan ciertos “nódulos” en el mundo, por medio de lo social, para “estabilizar” ese flujo que incomoda. Una vez aquietadas las pulsaciones de las cosas, la incertidumbre respecto a la muerte, la precariedad de nuestros logros y la idea enfermiza de que cuanto más poder mayor tiempo permaneceremos en un idéntico “estado”, empujaron a los colectivos a expandir por doquier las cárceles “apacibles” que son “basis” e hiperestructura (cf. infra).

(6) El emigrado destaca que las totalidades humanas en las que una parte de la base se “autoencierra” en un universo autónomo conocido como “economía”, y en donde surge el dilema de qué manera engarzar la infraestructura y lo económico con lo semiótico/institucional, existe una incoherencia; insiste lo irracional en cuanto fundamento. El valor de cambio absoluto, e. g., devela esa irracionalidad en tanto axioma:

“… El dinero ... es mercancía, y en cuanto tal ... se diferencia de los demás porque expresa más perfectamente el valor de cambio; pero ... por eso, como moneda ... se convierte en mero valor de uso para la fijación de los precios ... Las determinaciones ... coinciden ... pero, a la par, divergen ... (Se) llega a la incoherencia; a la incoherencia, ciertamente, en cuanto momento determinante de la economía y determinante de la vida práctica de los pueblos” (1971: 209). Lo ilógico consistiría en que los entes economicistas (mercancías, dinero) exudados en aquel caosmos son materialidades fantásticas, absurdas, enigmáticas y en consecuencia, es incomprensible que semejantes fantasmas tiranicen la vida.


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