HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

Maximiliano Korstanje

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Limitaciones de la noción de desarrollo

Inicialmente, el análisis cultural se cuestiona sobre la posibilidad de que exista una hegemonía cultural univoca la cual se ubica por fuera de todas las fronteras. Escribe Dumont “así, todo el mundo sabe que hay dos clases de países, los países desarrollados y los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, y no están tan lejanos los tiempos en que el desarrollo se concebía como algo perfectamente unívoco y uniforme, aunque las cosas se hayan medianamente matizado y complicado en los últimos treinta años” (Dumont, 1988: 160).

Para nuestro autor, el problema se centra en las diversas formas de interacción cultural entre “los pueblos” y la influencia de la civilización moderna como construcción global en todas ellas bajo formas específicas de dominación (aculturación). Dumont discute directamente la noción de “metacultura” como entidad por encima de las demás constituciones culturales; la modernidad y sobre todo la ideología entonces se perfilan como mecanismos generadores de etnocentrismo. En otras palabras, “cuando, bajo el impacto de la civilización moderna, una cultura dada se adapta a lo que para ella constituye la modernidad, construye representaciones que la justifiquen a sus propios ojos en comparación con la cultura dominante” (ibid: 170). Esta clase de aleación (alienación) de ideas y valores crea dos direcciones, una mira hacia el interior en forma auto-justificativa e individualista, la otra hacia el exterior en forma universalista.

De esta manera, según el autor ciertos grupos generan dependencia sobre otros; en tal caso, la imposición/adquisición de la palabra “desarrollo” dentro de la jerga económica de mediados del siglo 20 no parece ser la excepción. Mientras ciertas culturas exportan formas ideológicas hacia una cultura universal, otras importan esas ideas tomándolas como paradigmas validos de adaptación. El modelo del profesor Dumont, nos es ciertamente útil a la hora de explicar como una idea particular se auto justifica desde dentro para luego pasar a una cultura (exterior) dominada en forma universalista generando un doble juego de identidad global y reclamo local generando formas híbridas. En otras palabras, la difusión ideológica no es hegemónica para Dumont sino que permite a las culturas locales añadir elementos propios y singulares según por los cuales las ideas trascienden a través de los tiempos en similitud y diferencia.

Más específicamente, el carácter etnocéntrico de la palabra desarrollo ha sido ampliamente debatido y estudiado por Rist (1996). Es posible, que a su alrededor se haya despertado todo una serie de prejuicios y estereotipos ideológicos los cuales subyacen en marcar la diferencia entre los pueblos. Como ya observó Claude Leví-Strauss los hombres tienen una tendencia inexpugnable a diferenciarse entre sí en la vida cultural, si logran igualar sus diferentes círculos de pertenencia en la vida biológica. (Leví-Strauss, 2003)

Por otro lado, se torna interesante la idea de pensar al placer como una forma de desarrollo la cual a su vez coadyuve en reforzar ciertas diferencias pre-existentes. Como bien criticaron Esteva (2000) y Escobar (1997) el desarrollo supone el mejoramiento de ciertas pautas o situaciones dadas por medio de la intervención y/o ayuda económica. Esto supondría que un grupo puede mejorar su formación, su nivel económico, su forma de vida sólo si aceptara la ayuda de los países llamados “desarrollados”.

Así, esta “utopía” no sólo despertó muchos adeptos sino que pronto vio o (mejor dicho) demostró su lado oscuro (Esteva, 2000). Lo que se conoce como la etapa del “Estado de Bienestar” intenta quebrar un proceso de acumulación ininterrumpida para propugnar por una mayor redistribución del ingreso; y en ese sentido, no es nada extraño que el “termino bienestar” esté presente en la mayoría de los discursos políticos tanto en los países que buscan el desarrollo como aquellos que pretenden enseñarles como obtenerlo. Al respecto, Cardarelli y Rosenfeld (1998:70) advierten “en este marco, las tensiones que aparecen más fuertes y condicionantes de la participación social en los tiempos de la democracia son: eficiencia – equidad, crecimiento – empleo e inclusión-exclusión.”

No obstante, ni el desarrollo, ni la democracia, como así tampoco la participación, los préstamos financieros y los ajustes económicos pudieron paliar las graves crisis que han enfrentado los países periféricos en su constante peregrinación hacia “la meca del desarrollo”; ya no cuestionando la misma idea de “desarrollo” sino convirtiéndola en una forma ideológica de poder. (Escobar, 1997)

La planificación como institución racional debería (entonces) asegurar un correcto desenvolvimiento y concreción de las estrategias a seguir. De esta manera, según Esteva se extiende a todo el mundo (en forma de conquista ideológica en el mejor sentido marxiano) la noción de escasez. A tal efecto, la vida social se centraría exclusivamente en la “piedra angular de la escasez”. En resumidas cuentas y según el autor, se parte del supuesto de que los deseos del hombre son elevados en comparación a sus recursos; por tal motivo, la planificación estratégica lo ayuda a organizar racionalmente sus recursos para cumplimentar sus expectativas. Se parte, así de una visión mutilada de la naturaleza humana la cual lo subordina al orden económico vigente. El discurso de Truman marca un antes y un después no sólo en la cuestión del desarrollo sino la incursión de los Estados Unidos en la escena política mundial.

En efecto, el desarrollo se conforma como una forma de pensar la “evolución” y crecimiento de las naciones en forma lineal según el prisma nórdico occidental. Pero, no todos “crecieron” de la misma manera. Mientras la Europa (germánica) y los Estados Unidos configuraron sus sistemas productivos según sus propias lógicas, el resto de los países involucrados pusieron en tela de juicio los valores que propugnaban el desarrollo y la modernidad. En primer lugar, por una especie de comprobación empírica de las “falsas” promesas universalistas del paradigma; segundo, por las desilusiones que la racionalidad y el liberalismo trajeron consigo generando (a la vez) mayor inequidad, pobreza y dependencia de los sectores internos (Schnapper, 1988:175).

En esta misma línea, Corbalán (2004) marca el hito de la hegemonía estadounidense entre las décadas de 1980 y 1990. En ese lapso, los Estados Unidos cambiaron el eje discursivo de la “conquista”. La racionalidad como modelo de distinción dio origen, en su lugar, al concepto de “gobernabilidad”. Los especialistas, para ser más exactos los trilateralistas, propugnaron abolir la lógica intervencionista del Estado y sustituirla por la del “libre mercado”. La progresiva pérdida de hegemonía de los Estados Unidos luego de la irrupción cubana, la liberación de África, y los movimientos independentistas en el medio oriente, conllevó a un cambio de dirección en plan de control. El disciplinamiento, a diferencia del colonialismo, no se hacía sobre la población por medio de la coacción sino por medio de las fuerzas de trabajo.

En este sentido, tanto los organismos de préstamo internacional como el Banco Mundial, enviaban a sus asesores (expertos) a aquellos Estados que solicitaban (o no) una ayuda financiera y los “guiaban” en materia de “reformas estructurales”. Todos estos cursos de acción combinados lograron (temporalmente) aplacar los ánimos de ciertos regionalismos o movimientos nacionalistas locales. (Corbalán, 2004)

Sin embargo, aun cuando concordemos en cuanto a la naturaleza política del desarrollo y/o de la asistencia financiera como formas específicas de control político o dominación; esto no resuelve el vínculo de estos elementos con el turismo. ¿Es el turismo una forma de dominación moderna también?.