HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

Maximiliano Korstanje

Volver al índice

 

 

 

 

La dramatización

Desde una perspectiva escénica, los ludi o juegos públicos adquirían sentido y una simbolización específica formando verdaderos procesos de control social. Por lo general, aquellos que peleaban en la arena eran considerados “enemigos” de Roma; la mayoría participaban acusados por crímenes contra la vida de algún ciudadano o en su defecto contra la moral colectiva.

No ha sido extraño que Nerón César tras el incendio del 64 DC culpara a una secta semi-desconocida como los “cristianos” y los dejara morir devorados por las bestias en esta clase de eventos. Rápidamente, esta idea fue promovida a todos los sectores de la sociedad quienes no tardaron en dirigir (de alguna u otra manera) su despreció hacia este grupo de baja reputación. En ocasiones, los cristianos eran sacrificados por los gladiadores, los pretorianos o comidos vivos por las fieras. Las persecuciones hacia este grupo fueron de tal envergadura que se extendieron por todo el imperio incluyendo las provincias o colonias. (Gibbon, 1776-88)

Para una mejor comprensión del fenómeno, es necesario mencionar que las autoridades romanas tenían la facultad de nombrar a cierto grupo o individuo bajo el mote de “enemigos del pueblo”. A tal suerte, los “estigmatizados” eran perseguidos, capturados y ajusticiados en forma histriónica; lo cual explica la pasión que sentían los ciudadanos por las ejecuciones masivas. Este tipo de entretenimiento o forma de ocio servía además como mecanismo de disuasión para todos aquellos que atentaran (de alguna u otra manera) contra los intereses del poder político (imperial). Los actores (gladiadores) involucrados en las contiendas tenían un rol o papel, cuyo nombre evocaba y ostentaba “la gloria de Roma”; ora por algún triunfo o derrota militar como también por algún acto heroico o rememorable. Asimismo, había ocasiones que los juegos conmemoraban la muerte de algún personaje célebre. (Robert, 1992) (Paoli, 2007)

Las batallas, los triunfos militares y las derrotas eran recordados y dramatizados por medio de los juegos y/o los desfiles públicos. Cayo Suetonio nos recuerda la popularidad ganada para sí de Julio César que siendo edil organizó juegos, cacerías y combate de gladiadores. Los organizadores de esta clase de espectáculos adquirían cierto respeto y prestigio dentro de la sociedad romana. Este tipo de actos, despertaban el apoyo popular y en ocasiones eran fomentados y mantenidos por razones políticas y/o económicas. Una análoga medida tomó César tras la muerte de su hija Julia organizando luchas y festines en su honor cuyo costo ascendía a la suma de cien mil sestersios. (Suetonio, César, X)

Tras las graves derrotas de las tropas de Augusto en territorio de Germania, para ser más precisos en las batallas de Lolio y Varo en donde se pasaron a cuchillo a tres “legiones” de soldados incluyendo generales y legados, el emperador organizó grandes juegos en tributo a Júpiter para que velara por el futuro y la seguridad de Roma. Habría de ser tal la desazón de Augusto, confirma Suetonio “que se dejó crecer la barba y los cabellos durante muchos meses, golpeándose a veces la cabeza contra las paredes, y exclamando Quintillo Varo, devuélveme mis legiones. Los aniversarios de este desastre fueron siempre para él tristes y lúgubres jornadas” (Suetonio, Augusto, XXIII). El hecho de organizar un evento público a un dios, para rememorar una “desgracia” o dolor garantizaba que ésta deidad hiciera todo lo que a su alcance estuviera, para que no volviera a ocurrir.

Con respecto a la función de los ludi o juegos en la vida política de la Roma Imperial y sobre todo en la figura del emperador en una de las tesis doctorales más brillantes sobre el tema, Jiménez Sánchez concluye:

“Es significativo observar cómo el incremento en el número de días de juegos en el calendario lúdico coincidió con el aumento del poder imperial. Esto no puede ser algo casual. Los nuevos juegos correspondían mayormente a las celebraciones imperiales; es decir, a fiestas destinadas a exaltar los éxitos del soberano así como sus aniversarios y otros acontecimientos relacionados con su familia. Tal cosa convertía a los juegos en algo más que un mero instrumento de entretenimiento popular. En efecto, los ludi no fueron únicamente un arma de control político sino también un garantizado medio de propaganda. Para ellos se elaboró una compleja teología de la victoria imperial según la cual el emperador era el triunfador perpetuo. Esto se expresaba en el motivo de la fiesta que había reunido al pueblo en el circo – una celebración imperial o de una divinidad asociada en algún modo a la figura del soberano -, a través de una compleja simbología – en la que el emperador era asimilado con el sol que regía el cosmos-, y de las aclamaciones que exaltaban al monarca como el vencedor eterno. Los juegos, por tanto, no sólo evidenciaban la generosidad del emperador sino también su poder y lo imprescindible de su figura dentro de la maquinaria del Estado” (Jiménez Sánchez, 1998:615)

El punto central que caracterizaba al otium como forma de dramatización, se encuentra en la manipulación de la imagen que buscaban los propios Cesares. Octavio-Augusto por ejemplo, propugnaba una rígida moral mientras paradójicamente participaba en fiestas prohibidas. Mientras fomentaba costumbres vinculadas al recato, Octavio practicaba en su intimidad el exceso. En forma elocuente, Suetonio nos cuenta que muchas familias de notables entre ellos Octavio Augusto festejaban en forma secreta “el banquete de las doce divinidades”, en el cual los invitados se disfrazaban de dioses y diosas dando lugar de esta forma a verdaderas orgías en donde circulaban los alimentos, vino y excesos de todo tipo. En épocas de escasez esta clase de fiestas se llevaban a cabo en forma encubierta y solapada ya que eran muy mal vistas por los sectores populares. (Suetonio, Augusto, LXX)

Las “atrocidades” cometidas por Tiberio, también correspondían a prácticas ocultas mientras en la publicidad se presentaban como personalidades mesuradas. Las torturas y los suplicios a sus enemigos fueron llevadas a cabo (casi con placer) según la perspectiva de Suetonio señala; “existen muchas pruebas de que en medio de tantos horrores fue odiado y execrado universalmente, y también de que le persiguieron los terrores del crimen y los ultrajes de algunos hombres”. (Suetonio, Tiberio, LXIII)

En una de sus cartas dirigidas al Senado, Tiberio comenzaba su defensa de la siguiente manera “¿Qué os escribiré, padres conscriptos, o cómo debo escribiros, o qué no os escribiré en la situación en que me encuentro?. Si lo sé, que los dioses o diosas me hayan perecer con muerte más miserable de la que me siento morir todos los días” (Suetonio, Tiberio, LXVI)

Asimismo, el ocio también se constituía como una forma identitaria para los romanos. La posibilidad de ejercerlo, marcaba una pertenencia y/o la posesión de una ciudadanía y el uso de la razón como mecanismo distintivo del extranjero. Como bien sostiene Grimal, el estereotipo de “bárbaro” era otorgado a todos los extranjeros, aunque no sobre todos caía el mote de “incivilizado” (Grimal, 2002). El profesor Jean Marie Robert nos explica que para el apogeo del Imperio, los ciudadanos empobrecidos preferían seguir habitando en las suntuosas ciudades y disfrutar de los juegos que retornar a las provincias conquistadas o a sus pueblos de origen. (Robert, 1992)

En este sentido, la civilidad comprendía la posibilidad de ejercer razón por medio de diferentes manifestaciones como ser el comercio. Los pueblos o tribus que se iniciaban en el comercio con Roma perdían lentamente su “incivilidad”; claro que esta ideología pronto permitió a los romanos tomar una rápida presencia militar en los lugares donde había metales preciosos o cobre, extraerlos y comercializarlos en sus grandes urbes, mientras que a la vez importaban de ellas sus “estilos de vida”, sedas, vestimentas, formas de juego, ocio y otros bienes previamente elaborados. (Blázquez, 1989) (Korstanje, 2008c)