HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

Maximiliano Korstanje

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La división sexual del trabajo

Quien viviera en Roma para el siglo I AC y declarara abiertamente “su amor por una mujer”, sería tildado de “afeminado” y excluido de la vida social de los hombres. Sin embargo, la elección sexual no estaba condicionada por moral alguna, un hombre podía escoger a una mujer como a un hombre sin recibir ese estigma. En este sentido, el rol de la mujer en la sociedad romana estaba subordinado al rol masculino y la figura del Pater familae; esto no significa que la mujer no tenía ingerencia en la vida de los hombres, sino solamente que “el amor romántico” para los antiguos romanos era algo repudiable; como así también el accionar de la mujer en la vida pública. Esta hipótesis es corroborada por la exclusión de las mujeres en la vida política de Roma, no existe evidencia alguna de emperatrices, pretores, ediles o cuestores correspondientes a éste género. (Veyne, 1985) (Robert, 1992) (Coulanges, 2005) (Paoli, 2007)

En relación a los primeros años de roma como pueblo, el profesor Fustel de Coulanges sostiene “la regla para el culto es que se transmite de varón a varón, y la de la herencia sigue la misma línea. La hija no tiene aptitud para continuar la tradición paterna porque se casa, y al hacerlo renuncia al culto de su padre para adoptar el de su esposo; no tiene por consiguiente ningún título para heredar.“ (Coulanges, 2005: 80)

En adición a lo expuesto, Enrico Paoli nos explica que “a diferencia de los griegos, que tenían a sus mujeres encerradas en casa y, si quedaban libres de sus negocios, no pasaban el tiempo en familia, sino que siempre estaban charlando por las tiendas, los romanos sintieron profundamente el atractivo de la vida doméstica. Este es uno de los aspectos más característicos de su civilización, y tanto, que aproxima a los romanos a la costumbre y a todos los sentimientos de nuestra época”. (Paoli, 2007: 175)

Para el caso germánico, la costumbre le daba a la mujer amplias facultades para celebrar los matrimonios de sus hijos, para trabajar o establecer prácticas de adivinación antes o después de la guerra (Meunier, 2006) (Korstanje, 2008a). Por otro lado, a diferencia del romano (varón) que trabajaba la tierra en forma sistemática por medio del cultivo intensivo, los nórdicos no parecen muy adeptos a estas prácticas. Al respecto Julio César observa: “no tienen interés en la agricultura y la mayor parte de ellos se alimenta de leche, queso, carne. Y nadie tiene extensión determinada de tierra o campos propios, sino que los magistrados y jefes atribuyen cada año a los clanes y linajes…la extensión de terreno y ubicación que les parece, y al año siguiente los obligan a trasladarse a otro lugar. Aducen muchos motivos para esto: que no cambien adoptada la costumbre, el afán en la guerra por el trabajo en el campo; que no haya interés en adquirir grandes tierras y los más poderosos expulsen de sus posesiones a los más débiles… que no surja ningún deseo de dinero…La mayor gloria para las tribus es, después de haber devastado los territorios vecinos, tener a su alrededor la mayor cantidad de tierra desiertas. Por eso consideran propio de su valentía que los vecinos, expulsados, abandonen sus campos, y que nadie ose establecerse cerca de ellos”. (César, I)

En este sentido, los testimonios de Tácito también corroboran el papel de la mujer y el trabajo en el mundo germánico: “mientras los germanos no hacen la guerra, cazan un poco y sobre todo viven en la ociosidad dedicados al sueño y a la comida. Los más fuertes y belicosos no hacen nada; delegan los trabajos domésticos y el cuidado de los penates y del agro a las mujeres, los ancianos y los más débiles de la familia, languidecen en el ocio; admirable contradicción de la naturaleza, que hace que los mismos hombres hasta tal punto amen la inercia y aborrezcan la quietud.” (Tácito, Germania, XV)

Si por otro lado, descomponemos y analizamos lingüísticamente el sustantivo trabajo y su artículo obtenemos un hallazgo formidable. La palabra trabajo en las lenguas romances (latinas) está acompañada de un artículo masculino: el trabajo (español), il lavoro (italiano) o le travail (francés) mientras que en lenguas germánicas se encuentra acompañado de un forma femenina, tal que: die arbeit (alemán), det arbejde (danés) y det arbete (sueco). (Korstanje, 2008c)

No obstante, la figura del trabajo como forma social de organización en la antigua Roma, fue lentamente desdibujándose. La cantidad de esclavos y de clientes que empobrecidos o vencidos, pasaban a formar parte de las grandes urbes, las diferentes conquistas militares y extracción minera, fueron generando dos tendencias: una desapego por las elites patricias al trabajo en los campos junto con una paulatina imitación de los sectores medios; y por el otro la inserción del placer (en el otium) como forma hegemónica de dominio político (Robert, 1992) (Paoli, 2007) (Korstanje, 2008d). Esta tendencia a considerar al trabajo como algo “indigno” del estatus y el prestigio será en la España y la Europa medieval un valor adquirido con excepción de Inglaterra y Francia en donde, el trabajo se configura (en 180 grados) como una forma de posesión y humanidad; la creencia de que “el hombre podía poseer la tierra exclusivamente cuando hiciera de ella su trabajo, es una característica ineluctable de los primeros colonos británicos y francos”.