HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

Maximiliano Korstanje

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Impresiones y prejuicios

Cuando nos referimos a valores culturales, hablamos precisamente de aquellos aspectos culturales que tienen o adquieren un extensivo valor social. En este sentido, tanto para romanos como para los germanos, existían diferentes atributos los cuales eran valorados en mayor cuantía e intensidad que otros. Cuenta Livio que los hombres y mujeres romanos (sobre todos los patricios) tenían un exquisito gusto por el oro y la plata. (Tito Livio, XXI, 60 y XXXIV, 43). Esto conllevó toda una estrategia política en donde Roma (tras la excusa de pacificar o civilizar un pueblo) tomaba presencia militar extrayendo sus metales preciosos y retornando productos elaborados o hábitos y costumbres de consumo conspicuo. (Blázquez, 1989)

La dominación de las “clases patricias romanas” ha sido extendida en tiempo y espacio, según Coulanges por dos motivos principales: la usurpación y administración de las tierras y los pueblos vencidos; y segundo, por un valor cultural propio del romano en admirar la riqueza y el prestigio que esta inspiraba. Escribe el autor, “estas familias, enriqueciéndose más en cada generación, lograron una desmesurada opulencia, y cada una era una potencia ante el pueblo…el segundo motivo fue que el romano, aún el más pobre, tenía un respeto innato a la riqueza, y aun cuando hacía tiempo que había desaparecido la verdadera clientela, ésta resucitó bajo la forma de homenaje que se rendía a las grandes fortunas, estableciéndose el uso de que los proletarios fuesen todas las mañanas a saludar a sus ricos señores”. (Coulanges, 2005:350)

En sí cabe comprender que tanto los metales preciosos como las construcciones arquitectónicas daban al ciudadano romano cierto prestigio y estatus social. Por ese motivo, muchos ciudadanos se predisponían a imitar las pautas de consumo de las clases más privilegiadas. Los valores culturales centrales en la sociedad romana eran el poder, la racionalidad y la riqueza. La ostentación y los espectáculos o eventos públicos se convertían en los espacios rituales por excelencia para reforzar aún más las diferencias entre los hombres. Al respecto, Jerome Carcopino advierte “Among the ingenui, again, there existed a profound distinction between the Roman citizen whom the law protected and the non-citizen who was merely subject to the law. Finally, roman citizens themselves were classified and their position on this ladder of rank determined by their fortunes” (Carcopino, 1956:60).

El oro y la plata formaban parte no sólo de la ornamentación personal, sino de vajillas, platos y copas. En la vida cotidiana, los hombres acostumbraban a usar como distintivo anillos, mientras la mujeres joyas, y aros confeccionados con metales y piedras preciosas. Al respecto, el profesor Paoli sostiene “eran variadísimos los ornamentos femeninos: además de las sortijas, diferentes de la de los hombres, por estar más finamente trabajadas y hasta por la costumbre de grabar en la piedra preciosa una fórmula de buen augurio, las señoras llevaban evillas (fibulae), horquillas (acus crinales), cintas ornadas de oro y de piedras preciosas hábilmente insertas en el peinado (mitrae), pendientes (unaures), brazaletes (armillae)”. (Paoli, 2007:167). Otro ejemplo de ostentación romana, fue la promulgación de la lex Oppia en el 215 AC, cuya finalidad era prohibir y recatar el uso de joyas y alajas que den ostentación de riqueza; sin embargo, para la era julia esta ordenanza había caído en desuso.

En esta misma línea, Tácito se encontraba realmente asombrado del desconocimiento de las tribus germanas para con los metales preciosos; incluso en uno de sus pasajes cuenta como una copa de oro era usada por una familia dándole el mismo valor que a una construida con madera o barro. “Los dioses les negaron la plata y el oro; no se si por benignidad o por ira. Y, sin embargo, no afirmaría que en Germania no hace ningún filón de oro y plata … no se interesan tanto por su posesión y uso: entre ellos, se pueden ver vasos de plata, dados como regalo a sus embajadores y caudillos, no son considerados menos viles que los fabricados en barro. Sin embargo, los que están cerca de nosotros aprecian el oro y la plata para fines comerciales y conocen y prefieren ciertos tipos de nuestra moneda”. (Tácito, Germania, V, p.29)

Ahora bien, a diferencia de los romanos, éstos le asignaban a sus armas, sus buques y/o manantiales de agua una carga simbólica muy intensa. Era propio de la cultura germánica creer que tanto los hombres como algunos de sus objetos (más preciados) poseían Macht (poder). Al igual que los celtas, los germanos al ser derrotados en batalla se rehusaban a entregar sus armas (Blázquez, 1989) (Meunier, 2006) (Korstanje, 2008a).

Narran los biógrafos clásicos como Tácito, entre otros, la furia germánica al ver sus armas apiladas como trofeos tras haber sido, los bátavos, vencidos en el campo de batalla. Precisamente, era costumbre de las legiones agrupar todas las armas con cierta vistosidad en honor a su emperador: “grande e incruenta fue para nosotros aquella victoria. Los enemigos muertos desde la hora quinta del día hasta la noche cubrían diez millas con sus cadáveres y sus armas; y se encontraron entre sus despojos las cadenas que habían llevado contra los romanos, como quien no dudaba del desenlace. En el lugar del combate los soldados saludaron a Tiberio como imperator, levantaron un terraplén y colocaron encima las armas a la manera de trofeos, escribiendo debajo los nombres de los pueblos vencidos. Las heridas, los lutos y las desgracias no llenaron de tanto dolor e ira a los germanos como ese espectáculo. Los que hacía poco se disponían a salir de sus tierras para dirigirse al otro lado del Elba, ahora quieren la lucha y empuñan las armas”. (Tácito, Anales, II, v. 18-19, p.120-121)