HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

Maximiliano Korstanje

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El patronatus versus el hospitium

Entre las tribus germánicas, la organización socio-política estaba orientada a tres estratos principales: los nobles, quienes heredaban bienes por linaje materno cuyo valor y destreza en el campo de batalla era aceptado por todos los miembros de su clan; los guerreros, hombres libres portadores de Macht (poder), por lo general cuando surgía algún problema se reunían en asambleas denominadas (thing) en donde decidían junto con el jefe de la tribu las estrategias a seguir. Si en estas discusiones aparecían diferencias irreconciliables, éstas eran solucionadas por medio de un duelo conocido como holmganga; y finalmente, los esclavos u hombres no habilitados para portar armas. Es notable, que las tribus nórdicas no tenían presente a la esclavitud como una forma de organización y estratificación social; en ocasiones ni siquiera hacían distinción alguna entre un guerrero y un esclavo.

En consecuencia, las tribus interactuaban recíprocamente por medio de una figura llamada hospitium. Desde una perspectiva política, aquellos pueblos que celebraban hospicio estaban “obligados” a ir a la guerra o acudir en ayuda de uno de los pueblos involucrados; mientras que a la vez, se comprometían en épocas de paz a recibir, albergar y ayudar a todos sus miembros cuando estuvieran en viaje.

Por otro lado, los germanos acostumbraban a ser muy respetuosos de la hospitalidad, y cuando se aceraba un foráneo lo desafiaban (invitaban) a una competencia de habilidad; cada uno se presentaba y demostraba al otro cual era su virtud. Luego, disfrutaban de banquetes, aguamiel, y regalos en espacios destinados para tal fines denominados hof. Al respecto, Julio César afirma “no consideran lícito deshonrar al huésped; los que vienen a ellos, sea por la causa que fuera, son protegidos contra la agresión y considerados sagrados y todos les abren sus casas y se comparte con ellos el alimento”. (César, VI)

En Roma por el contrario, los extranjeros no eran tan bien visto y por regla general eran taimados, y/o robados o asesinados si no se presentaban con alguna protección de un ciudadano ilustre. A medida que el imperio fue creciendo, por el contrario, estas reglas de recipoprocidad fueron albergando a miles de visitantes extranjeros. Roma era un centro “turístico” por excelencia, y miles de “peregrinos” se aprestaban a recorrer sus calles (Paoli, 2006:216). Sin embargo, a medida que las ciudades fueron convirtiéndose en grandes urbes, mayores fueron los problemas legales y las complejidades de las relaciones humanas (Robert, 1992). Para el siglo primero AC, el pretor peregrino era el funcionario encargado de velar por la seguridad y los derechos del extranjero dentro de Roma. (Mehesz, 1967)

Por la diversidad que supondría una conglomeración cosmopolita como lo era Roma, la figura de la gens (linaje) comenzó a desdibujarse, llegando en ocasiones un ciudadano a venderse o en el extremo contrario a comparar títulos y honores (Robert, 1992). Empero para los germanos, el linaje familiar tenía una significación especial y los títulos no podían ser transferidos si no eran garantizados por el honor y el coraje, demostrados en el campo de batalla. El jefe guerrero, en la paz, era así acompañado por un grupo de seguidos o séquito; escribe Cornelio Tácito “cuando llega el momento de la batalla, es vergonzoso para el caudillo ser vencido en valentía, vergonzoso para el cortejo no igualar la valentía del caudillo. Pero infamante para toda la vida y oprobioso es haber regresado de la batalla como sobreviviente del caudillo: el máximo juramento es defenderlo, protegerlo, incluso asignar su gloria a las hazañas propias; los caudillos combaten por la victoria, los compañeros por el caudillo” (Tácito, Germania, XVI, 1, p.47)

Entre los estratos sociales romanos más conocidos, observamos a los hombres de estado, patricios o nobles, plebeyos, esclavos, clientes, y libertos. Cada uno de ellos con rangos, intereses y poderes diferentes (algunos incluso carentes de él). Como puede observarse, a diferencia de los germanos, luego de cada batalla una cantidad importante de enemigos capturados pasaban a formar parte de una fuerza de trabajo especial como “esclavos”. El mismo era parte del patrimonio del amo, y en raras ocasiones era maltratado e injuriado. Asimismo, no cualquiera podía ser un esclavo, ya que había que cumplir con el requisito de haber sido vencido en el fragor del combate. (Paoli, 2006)

Si bien, Roma como civilización practicaba en sus comienzos el hospitium, para la era imperial esta figura fue reemplazada - en una cuestión operativa- por el patronatus. Éste último, consistía en darle a una ciudad el nombre de un “protector” romano (pater) para quedar finalmente bajo tutela militar y política del Imperio. Si una ciudad bajo patronatus era invadida por otra tribu, Roma legitimaba y justificaba su intervención militar directa.

En este sentido, José María Blázquez sostiene que una de las estrategias hegemónicas del Imperio fue establecerse en las zonas estratégicamente convenientes y mediante la imposición del Patronatus evitar que éstas celebren hospitium y se aliasen con otras tribus. Algo muy similar a lo que va a hacer muchos siglos más tarde España entre sus virreinatos durante la regencia de los Austria (Imaz, 1984). De esta manera, se aseguraban una justificación (racional) en caso de intervención (Blázquez, 1989:131) . En resumidas cuentas, las ideas de “asimilación cultural”, “humanidad”, “progreso” y “civilidad” iban unidas al grado de “aculturación o romanización” establecidas en cada región; y ésta a la vez, a los intereses políticos del Imperio para con los recursos económicos de esa zona. Quienes vistiéranse como romanos, practicasen las formas de recreación romanas y abrazasen sus costumbres, la “ciudadanía” y el estatus de “hombre” que ella significaba, era el mayor galardón. (Álvarez, 1963) (Balbín Chamorro, 2006)

Por último, cabe señalar que tanto la esclavitud (en Roma) como su ausencia (en Germania) tenían una estrecha relación no sólo con la forma de producción económica de cada una de estas civilizaciones, sino con su matriz religiosa. Basados en una mitología netamente vengativa, es extraño observar que los germanos tomaran prisioneros de guerra ya que suponían éstos en algún momento les causarían un daño mayor al recibido. Por ese motivo, eran ajusticiados teniendo en cuenta ciertos requisitos religiosos para evitar que el “espíritu del enemigo” retornara del Valhalla a vengar su muerte.

Consecuentemente con lo expuesto, la esclavitud (aun cuando escasa) en Germania adquiría una naturaleza diferente en comparación con la “ostentosa Roma”. No necesariamente, esclavo era aquel vencido en batalla, sino el individuo que empobrecido (por diversas razones) debe emigrar de una tribu a otra. Esta característica semi-nómada en las sociedades nórdicas ha sido una de las causas por las cuales se ha conformado un “miedo ancestral” por los muertos; en cambio por ser una sociedad sedentaria los romanos veneraban a sus difuntos y suplicaban su protección (Belting, 2007).

Por otro lado en Roma, no sólo la esclavitud sino también la escenificación del ocio en los combates de gladiadores (involucrando esclavos) recordaban su “magnificencia y poder” sobre el resto del mundo conocido (Korstanje, 2008a) (Korstanje, 2008b). A su vez, los reyes germánicos (a diferencia de los emperadores romanos) no poseían una jurisdicción divina, desde el momento en que no se proclamaban deidades vivientes; a tal efecto tampoco construían grandes monumentos en honor a la deidad que ellos representaban. Con respecto a Roma cuenta Suetonio, que Augusto se consideraba descendiente directo del Dios Febo (Suetonio, Augusto, XLIV-XLV).

Esta diferencia entre (y otras) una y otra civilización en cuanto a los lazos de solidaridad y organización socio-política van a estar presentes en España como en Inglaterra, y Francia. Por su lado, España va a reivindicar mitícamente “la gloria de Roma y de Augusto” en su campaña a América estableciendo diferentes estrategias (de control centralizado) para la dominación como la imposición de la religión; mientras que los anglosajones (Inglaterra) y los francos (Francia) harán lo propio reivindicando la posesión territorial mediante el trabajo y el cultivo de la tierra (desde una perspectiva descentralizada). (Pagden, 1997)