HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

HERENCIA Y CIVILIZACIÓN: UN ENFOQUE CRÍTICO A LAS HEGEMONÍAS IMPERIALES

Maximiliano Korstanje

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El otium como mecanismo de identidad romana

Desde el punto de vista administrativo, la organización territorial de Roma se llevó a cabo por provincias. Estas a su vez, se dividían en senatoriales e imperiales. Cada gobernador, dependiendo del tipo de provincia tenía funciones especiales que iban desde la recaudación impositiva hasta el cuidado de los intereses financieros del senado en la región. Para el año 177 DC el Imperio se componía de 53 provincias entre ellas: Aegyptus, Baetica, Lusitania, Narbonensis, Aquitania, Bélgica, Britania, Germania (inferior/superior), Corsica, Dacia, Tracia, Armenia, Rhaetia, Pomphylia, Africa, Macedonia, Asia, Arabia Petraca, Dalmatia, Pannonia, Pontus, Judaea, Lycia, Alpes y Lugdundensis entre otras. Algunas provincias formaban regiones tal es el caso de Hispania, Britania, Germania y Galia todas ubicadas en la actual Europa.

Sin embargo, como sostiene Tácito existían diversas rebeliones y focos en todas ellas, que los romanos debían sofocar constantemente. Recuerda el biógrafo romano que para la asunción de Tiberio una revuelta se generó en Panonia como forma de protesta dentro de las mismas legiones romanas, “este era el estado de las cosas en la Ciudad, cuando surgió un motín en las legiones de Panonia; no hubo ninguna causa nueva excepto que el cambio de príncipe daba pie a los desmanes de la tropa y a su esperanza en algunas recompensas como las que suelen seguir a una guerra civil. En el campamento de verano estaban juntas tres legiones a las órdenes de Junio Bleso, quien, al enterarse del final de Augusto y de los comienzos de Tiberio, en señal de luto o tal vez de alegría, había suspendido las tareas habituales. A partir de entonces, comenzaron los soldados a relajarse, a estar divididos, a prestar oídos a las palabras de los peores y, en fin, a buscar el desorden y la inactividad despreciando la disciplina y el esfuerzo. Había en el campamento un tal Percennio, antiguo director de obras teatrales y luego soldado raso, procaz en la expresión y experto en alborotar las reuniones con sus dotes histriónicas” (Tácito, I, 16)

A grandes rasgos, todo parecía indicar que a pesar de los esfuerzos ideológicos del Imperio por tildar a los pueblos “dominados” de bárbaros, incivilizados e inducirlos a las prácticas del comercio, no era suficiente para mantener la estabilidad institucional; ya que siquiera podían garantizar la estabilidad emocional de sus propias tropas. Fue así, que paulatinamente el otium comenzó a ser exportado a las provincias como una forma social de otorgar identidad al romano y al bárbaro. El profesor José María Blázquez, ha identificado en Hispania una alta “romanización” en aquellas provincias ricas en minerales y metales como Bética, mientras en Lusitania o Germania el poder político y administrativo parecía ausente. A la vez, que se mejoraban los caminos para lograr rápida comunicación entre Roma y sus metrópolis, se iba incrementando el comercio entre los pueblos “pacificados” y el Imperio. Este proceso fue en parte tan exitoso, que muchos españoles engrosaron los batallones romanos para pelear en lugares remotos como Germania o Britannia. A cambio se otorgaban, títulos, tierras y la codiciada “ciudadanía romana” (Blázquez, 1989) (Korstanje, 2008c).

Específicamente podemos afirmar que Hispania poseía más de una veintena de teatros destinados a espectáculos como el de Emerita (Lusitania) con capacidad para 5.500 espectadores y unos 86.63 metros de diámetro, con 13 puertas de ingreso, y dos para la orquesta. En Bética se observan teatros en Belo, Casas de la Regina, Antequera, Córdoba, Sevilla, Astigi e Itálica. En Tarraconense, se construyó un teatro en la ladera de la montaña alcanzando los 85.99 metros de diámetro; otros ejemplares, se observan también en Barcelona. (Blázquez, 1989:393)

Al igual que en las ciudades itálicas, el lujo y la ostentación como formas alternativas de crear identidad, también estaban presentes en las ciudades romanizadas en Hispania. Esto era un signo inequívoco para los “bárbaros” de los beneficios y aspectos positivos que implicaba ser aliado de Roma. En este sentido, la mejor propaganda para mantener “la pax institucional” era el consumo y la ostentación como formas de “progreso”.

En concordancia con lo expuesto, José María Blázquez señala “el lujo de las casas era grande, como se desprende de la narración de los diversos historiadores, referente al paseo triunfal, a través de la Bética, efectuado por Metelo durante la guerra sertoriana; attalicis aulaeis, escribirá Valerio Máximo, y aludirá a la existencia de estatuas y de representaciones escénicas en un pasaje que recuerda muy de cerca un párrafo de Petronio: exomatis aedibus per aulaza et insignia scenisque … Salustio también ofrece una nota verdaderamente importante sobre el grado de refinamiento alcanzado por los romanos en la Bética.” (Blázquez, 1989:21)

En aquellos contextos, como en algunas zonas de Germania y Lusitania, donde la romanización fallaba, se creaban una serie de “estereotipos” sociales relacionados con el salvajismo y la inhumanidad como formas de exclusión y conformación de la propia identidad. Estas “marcaciones” justificaban las políticas militares seguidas por Roma en las regiones rebeldes y/o las apropiaciones (abusos) que debían justificar frente a los senadores o pretores. Por ejemplo, las derrotas en Varo o el saqueo de Roma por una tribu de galos senones fueron dos eventos (aunque en distintas épocas) marcaron la historia de Roma y su forma de concebir la alteridad; y a la vez legitimaron la identidad romana como forma opuesta a estas tribus.

Esta hipótesis es respaldada por la exposición pública hecha por César a Vercingetorix tras haber sido derrotado en Galia. Este caudillo galo, fue encadenado, llevado a Roma y expuesto públicamente para luego ser asesinado como forma aleccionadora; además de “vengado el honor de Roma” tras el saqueo cometido por los galos entre el 390 y 387 AC; claro que entre éste último y la rebelión de Vercingetorix había algunos siglos de diferencia (59 AC). (Grimal, 2002)

Era costumbre que luego de una campaña militar exitosa, el caudillo involucrado hacía una entrada triunfante con los botines de guerra, con los prisioneros y su ejército. El pomerium era una línea sagrada que separaba el mundo bárbaro de la civilización romana. Al pasar por la puerta de triunfo, el ejército atravesaba inexorablemente esta línea. Encolumnados directo hacia El Capitolio marchaban las tropas romanas, y una vez llegados al lugar, se llevaban a cabo diversos rituales y sacrificios para liberar de culpa a los sobrevivientes del combate. (Solá, 2004:255)

Según las ideas romanas, los demonios acechaban activamente a aquellos que tenían éxito, por ese motivo no era difícil observar diversos ritos de purificación en las fiestas del Triunfo. Por detrás del caudillo se ubicaba un esclavo que recordaba todo el tiempo al triunfador “recuerda que eres un hombre”. En este sentido, no sólo los soldados sino también el pueblo reunido para este evento podían y de hecho estaban autorizados a satirizar y burlarse del triunfador. (ibid: 256)

En el 46 AC, Caius Julius César llevó a cabo una celebración con motivo de sus victorias en Galia, Egipto y África durante el lapso de diez días. Predominaron los obsequios de cereales, denarios y aceites. También se llevó a cabo un banquete para 22.000 mesas. Para cuidar a César de las envidias de ciertos demonios, los reunidos lo burlaron llamándolo “amante de un rey de Asia Menor de nombre Nicomedes”. El líder militar no sólo que estaba preparado para tal broma sino que no tuvo otra opción más que aceptarla. (ibid: 256)

La tensión existente entre poder y la humildad era evidente en la antigua Roma. Particularmente, si bien por un lado este tipo de fiestas eran llevadas a cabo con un fin específico resaltar la “soberbia” militar de Roma, por el otro servían (además) para recordar los límites de ese poder. De esta forma, ambos elementos se conjugaban para lograr una exitosa “romanización” las estructuras políticas, las fuerzas militares, la economía y determinados procesos ideológicos.

En conjunción, a la práctica del otium como forma marcativa entre el mundo civilizado y el resto. A tal efecto, según hemos el otium poseía tres características principales: a) reforzaba el orden jerárquico de la sociedad romana y garantizaba su institucionalidad, b) expresaban onírica y dramáticamente la superioridad de Roma sobre el mundo conocido, y c) creaba verdaderos lazos de identidad en los pueblos que conformaban “imperium”.

En esta misma línea, la comprensión de las dinámicas que subyacen tras el otium en la antigüedad clásica, ayudan a comprender la función del turismo moderno creando cierta hegemonía; marcando y demarcando (también) las diferencias (limes) entre las normas de civilidad (como mecanismos de expresión de la razón y la planificación), el desarrollo como proceso evolutivo y mecanismo de hegemonía, y el placer de los considerados “socialmente iguales”. El miedo que sentía un romano tras cruzar (en sus viajes) los límites conocidos e impuestos por el Imperio, no es muy diferente de aquel que siente un turista estadounidense cuando debe ingresar al “mundo islámico”.

Esta última hipótesis explicaría, en parte, los motivos por los cuales los turistólogos (o investigadores) parecen olvidar que cada pueblo conserva una forma de “ocio” propia a su cultura, la cual además invita a ser estudiada y analizada. En contraposición a ello, los académicos se esmeran por demostrar como el turismo puede convertirse en un instrumento capaz de mejorar el estado y estilo de vida de los llamados “pueblos indígenas”. A esta rama del estudio del turismo, se lo ha denominado “etno-turismo”.

La idea de pensar que hay un “etno-turismo o un turismo cultural” tiene dos problemas básicos: el primero radica en olvidar que ni la hospitalidad, ni el desarrollo, mucho menos la “etnia” son principios universales (in facto esse) aplicables al común de la humanidad; sino en su defecto exclusivos de occidente (Briones, 1989) (Pagden, 1997) (Korstanje, 2007b) (Korstanje, 2008d). El segundo problema, es presuponer (al igual que la teoría del desarrollo) que mediante el uso planificado y racional de los recursos las poblaciones mejoran y suben (paralelamente) a un estadio de mayor civilidad. Si los planes de financiamiento e inversión para el turismo no prosperan, ello aduce diferencias estructurales en la cultura de los pueblos anfitriones. Por tanto, al igual que la cultura de la pobreza, la del desarrollismo considera que existen elementos aptos y no aptos para ella. Obviamente, como bien han señalado Escobar (1997) y Esteva (2000), hablar de sociedades desarrolladas (o en este caso turísticamente desarrolladas) implica referirse al resto del mundo como excluido de esa realidad.