VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

Maximiliano Korstanje

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Los Ritos de Pasaje

La idea de interpretar a los rituales como formas de pasaje (temporales) no es propia de Turner sino de Van Gennep. Para este autor, en todo rito existen tres procesos (diferenciados y articulados) que se vinculan a una separación, transición y reincoporación del ego. Así, el sujeto es separado de su grupo, acondicionado en un estado liminar y reconducido a su nuevo estado (status) en donde deberá trabar nuevas estrategias, relaciones y vínculos (Van Gennep, 1986).

Los aportes de Van Gennep tuvieron muchas influencias en la antropología social y cultural, pero (efectivamente) es Víctor Turner quien va a reformular esta tesis adaptándola al mundo de la producción económica. Particularmente para éste último, el mundo social debe ser analizado por medio de los símbolos. Estos signos o códigos, son organizados a través de factores específicos los cuales dan sentido y significación a la acción humana. En este sentido, un símbolo dominante está inserto en una cultura en forma externa, y trasciende el paso del tiempo.

Para la perspectiva turneriana, los signos dominantes determinan estructuralmente la performance y las acciones dentro de los propios rituales otorgándole valor y significado a las cosas. Sin embargo, su contralor, un símbolo instrumental debe ser contemplado en un contexto de mayor amplitud y eficacia; para ser más exactos estos signos son medios para un objetivo dado. Por ejemplo, una cruz cristiana (medio) en un ritual de exorcismo es considerado un signo instrumental, mientras que el rol del “demonio” es parte inherente al “dominante” (fin).

En su trabajo, precisamente, titulado la Selva de los símbolos, el autor analiza la relación entre los rituales y las prácticas sociales de una tribu africana: los ndembu (en Zambia). Acorde a su desarrollo posterior, en Turner el ritual va a ser comprendido como un símbolo, sujeto a la producción humana. Al respecto, el autor señala “entiendo por ritual una conducta formal prescrita en ocasiones no dominadas por la rutina tecnológica, y relacionada con la creencia en seres o fuerzas místicas. (Turner, 1999:22). Cabe aclarar que aun cuando sus trabajos no pertenezcan específicamente a la antropología urbana, pueden ser validados y aplicados en tales contextos.

En el uso de símbolos rituales se encuentran presentes tres características: la condensación de acciones, la unificación de significados incongruentes y la polarización del sentido. Explicado lo mismo en otros términos, un rito condensa acciones en formas coherentes y unificadas las cuales a su vez tienden a darle un sentido único a temas o asuntos que son antagónicos en la vida social; ora la igualdad y jerarquía entre los hombres; ora la presencia de la vida y la muerte como fenómenos contradictorios.

Según la tesis del autor, los rituales se clasifican en dos tipos principales: de las crisis vitales y de aflicción.

Los ritos de las crisis vitales están vinculados a cualquier cambio físico, psíquico o social del individuo como ser un nacimiento, un pasaje a otro clan, la llegada de la pubertad, o la muerte de un familiar. Esta clase de ceremonias, también son observables en las sociedades occidentales. En estos procesos, el individuo cambia su estatus y es reconducido a un nuevo estado en donde debe relacionarse con otros actores -hasta ese entonces lejanos para él. Por otro lado en los rituales de iniciación, los individuos son en primer lugar separados de su grupo de pertenencia habitual, y recluidos durante un tiempo sin contacto alguno con otros o sólo entre los “iniciados”. Luego de un tiempo, que el grupo considera “prudencial” y en donde se los re-socializa con nuevas enseñanzas, son re-ubicados e insertos en su nuevo grupo.

Para el caso de los Ndembu, tanto mukanda (ceremonia masculina de circuncisión) como nkang`a (ceremonia femenina) establece determinados valores con respecto a la producción y al trabajo (división). Los hombres estarán a cargo de la búsqueda de alimento por medio de la caza, mientras que las mujeres se ocuparán de la fertilidad y la reproducción del linaje (materno).

Con respecto a los ritos de aflicción, Turner sostiene “por alguna razón, los ndembu han asociado, la mala suerte en la caza, los trastornos reproductivos de la mujer y varias formas de enfermedad, con la acción de los espíritus de los muertos… ¿Por qué razón las sombras salen de sus tumbas … para importunar a sus parientes? ... la más importante es la que esos parientes las han olvidado, o que han actuado de una manera que las sombras han desaprobado” (Turner, 1999:11)

En estos casos, la tribu apela a un conjunto de rituales destinados a alejar la acción de los muertos de la vida de los vivos y a re-encauzar la memoria a los antepasados. También, es una forma de sanción moral (normativa) ante las conductas desviadas. Esta reunión simbólica versa sobre la figura del “castigado”, alrededor de quien todos los asistentes desean una mejora. Si su tratamiento espiritual tiene éxito, cuenta el antropólogo, el sujeto puede convertirse en un chimbuki o doctor espiritual. De esta manera, para ser un maestro, los ndembu entienden que se debe pasar por el dolor y la aflicción la cual es expiada por acción del orden social y colectivo. Dice, Turner, al respecto “ser capturado por una sombra, tiene, pues, un doble valor. Es el castigo por el descuido de su memoria, pero al mismo tiempo es la elección para actuar como intermediario en futuros rituales que ponen a los vivos en comunicación con los muertos” (ibid: 12).

Los tres tipos de aflicción principales se relacionan con: a) los cultos de la caza, la fertilidad y los curativos. En el primer caso, sus participantes son hombres exclusivamente, mientras que para el segundo son mujeres. Para los rituales curativos, hay una intervención mixta. Si bien, Turner hace una descripción y explicación pormenorizada de ellos, a nuestro trabajo sobre adicciones y por un tema de espacio, sólo nos interesa el vínculo y/o aplicación entre los siguientes elementos: los ritos de las crisis vitales, como formas de reubicación social y los ritos de aflicción como formas de control normativo.

El sujeto inmerso en la drogadependencia elabora diferentes estrategias en su vida social, tejiendo una red de vínculos y relaciones específico acorde a sus intereses (a veces legales, otras no). Cuando por motivos externos (obligación) o voluntarios, el adicto decide dejar de consumir debe recurrir a un centro especializado en adicciones e iniciar un tratamiento de “desintoxicación”. Su conducta es percibida por sí mismo como errante y “sin rumbo” en lo que se denominaría el intento de realizar un ritual de aflicción. Una vez, llevada a cabo la entrevista principal con algún representante de la institución, el sujeto es ingresado al grupo de terapia en donde va a transitar un camino de aproximadamente dos años hasta su recuperación (aunque el lapso de tratamiento depende del caso de adicción). En la mayoría de los casos, el individuo es aislado de la red de relaciones que mantenía con sus pares en cuanto al consumo de estupefacientes. Su nueva red de vínculos se encuentra re-orientada hacia su familia y el grupo de terapia.

Más específicamente, el sujeto es titulado con un nuevo estatus “adicto en recuperación”, aislado y reconducido a un nuevo ambiente con nuevas normas y reglas, para luego una vez terminado el proceso, reconducido a la vida social en otro estado, “recuperado” (ritual de ciclo vital). No obstante, estos pasajes se hacen no sin pocas complicaciones y obstáculos y la “recaída” (no) es sino un intento de retornar a su antiguo grupo de pertenencia. En este sentido, un ritual de aflicción cuya figura es el deseo por parte del paciente de no consumir, se complementa con uno de pasaje (o crisis vital) en donde el protagonista es resocializado para ser (en última instancia) insertado en la vida económica.

De todos modos, desde una perspectiva individual los pasos que debe cumplimentar un droga-dependiente para pasar de un grupo a otro, se dan con un grado elevado de incertidumbre, ansiedad, angustia y soledad. En parte debido, a la confrontación que implica una terapia de tipo cognitiva asociada al síndrome de abstinencia, pero también a la falta de un grupo de referencia en su vida de todos los días. Es decir, el individuo ha dejado de consumir, y a su antigua red de “amigos”, pero por el sólo hecho de dar este paso, no se inserta inmediatamente a otro grupo; sino que permanece en una zona liminar, de pasaje o intermedia en donde se encuentra sólo con su grupo terapéutico. Este hecho, es experimentado como traumático y “doloroso” generando la mayor posibilidad de nuevos consumos o “recaídas” como forma de retorno al antiguo grupo.

Este aspecto, algo trivial en apariencia, es importante para comprender los motivos los cuales subyacen tras diversos fracasos que la terapia cognitiva enfrenta a la hora de emprender un tratamiento de “curación”. Si bien, algunas instituciones intentan complementar el proceso con una terapia psicoanalítica individual, el proceso de “transferencia” parece no ser suficiente como sustitutivo de las relaciones inter-pares. En parte por estoica, y en parte por sistémica, la psicología cognitiva tiene varios problemas para explicar o prevenir las recaídas, deserciones o abandonos en los tratamientos.

La organización y dinámica interna de cada grupo es variada; pero en todas ellas el tiempo de no consumo se transforma como un criterio que distingue la jerarquía de sus integrantes. Este hecho, aunque funciona como un elemento cohesionante en caso de un retorno al consumo implica una sanción por parte de todo el grupo. Si bien, en la práctica incursionar en una recaída, ya avanzado el proceso de curación, no implica per se una expulsión del grupo, la angustia que supone haber perdido el liderazgo del mismo se torna “insoportable”. En este contexto, algunos niegan o ocultan su consumo mientras que otros abandonan la terapia.

Por otro lado, la proximidad geográfica a la zona de riesgo (consumo) es totalmente desaconsejada, y se recomienda al paciente no transitar por los lugares y/o espacios habituales en épocas de consumo. Si el tratamiento se desarrolla exitosamente, el individuo puede transformarse (voluntariamente) en un “coordinador terapéutico” y coordinar o dar su experiencia en otros grupos; en otros casos, los “ex adictos” estudian carreras relacionadas con la psicología para luego insertarse en nuevos grupos de autoayuda (rito de aflicción). Se convierten, de esta forma de “víctimas” en “maestros espirituales” que guían o ayudan a “nuevas víctimas”. En este tipo de procesos, en consecuencia, el apego normativo cumple una función primordial.