VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

Maximiliano Korstanje

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Las eras del hombre (Ser / Tener / Retener)

Todo viaje, comienza en una idea previamente conceptualizada de un escenario distinto al percibido. Esta percepción debe ser distinta pero a la vez conocida. Como ha definido Simmel, en toda aventura existen dos factores que le dan sustento, uno es lo desconocido como forma de atracción, la segunda es la posibilidad de que ese ambiente imaginado tenga un aire familiar el cual nos inspire cierta seguridad (Simmel, 2002).

En efecto, los espacios (imaginados) los cuales no pueden garantizar la segunda forma (la de mismidad) son temidos y no generan ningún tipo de atracción. Viajar en estas condiciones es un volver a nacer como se da en el caso de las migraciones (Santayana, 2001). En consecuencia, el viaje no sólo es devenir de una idea sino concreción última en una idea. El ejemplo más claro de ello, es la obsesión por escribir y plasmar en una hoja los relatos del viaje. Este comienza en la imaginación de la consciencia y finaliza en la pluma. Ahora bien, si con Heidegger (1951) sostenemos que la espera sólo se da por el olvido, el texto tiene la función inversa de rememorar lo urgente y por ello es parte inherente de aquellas sociedades que no saben esperar.

La palabra escrita al igual que la imagen virtual, nos recuerdan la presencia de la no existencia. Desde el momento en que nacemos, comenzamos una carrera hacia la muerte. Heidegger (1951), sostuvo que el “ser ahí” no nace en la vida sino en la muerte, como así tampoco cae sino que es ya caído. En este sentido, la imagen (tal como fue pensada originalmente) ha estado históricamente muy vinculada a la muerte; precisamente esa es su intención de ser, la trascendencia de la idea por la idea misma. Sin embargo, con Riccoeur (2004) sostenemos que paradójicamente en aquellas sociedades donde más se escribe más se olvida también; y agregaríamos, más se viaja.

Por otro lado, si dividimos el mundo histórico en los últimos 2000 años podemos hacerlo por medio de tres hitos o formas de sentido bien distintas. La primera se refiere a la antigüedad y la era medieval, en donde el individuo se diferenciaba de otros por medio de los roles adscriptos. En efecto, la distinción no sólo venía desde el nacimiento sino que además era intransigente en la vida. Nacer noble, o nacer esclavo era morir como tal; la lógica que regulaba las relaciones humanas era la del ser; en otros términos ser era o no se era.

Pero luego de la revolución francesa, ese viejo orden quedó atrás. El ethos del “ser” tuvo que dar lugar al “tener”; ya la diferencia entre los hombres no tenían razón en el ser sino en sus posesiones, y una persona con los recursos materiales suficientes podía adquirir o comprar un titulo de nobleza; como también un noble podía (si no administraba bien sus riquezas) quebrar económicamente. Durante estas dos eras, los viajes no eran considerados asuntos de placer, sino simples razones de Estado. De esta forma, en la antigüedad Augusto viajaba por todas sus provincias llevando el orden y la calma a las diferentes revoluciones; lo mismo hizo Adriano y Napoleón. El viaje implicaba una trascendencia del orden establecido, y por lo general su razón era parecida a la imagen en el culto a los muertos; la presencia del ausente como forma política de orden institucional (Belting, 2004). Los viajes de placer eran no sólo una cuestión de una elite privilegiada y signo de estatus, sino también de pertenencia. (Khatchakian, 2000)

Pero, a mediados del siglo XX, tras la irrupción de la revolución tecnológica y la puesta en marcha de medios de locomoción más rápidos y cómodos como el avión o el automóvil, vino la era del individualismo. Desde la perspectiva academicista, el conocimiento se volcó a intentar explicar los actos del hombre por los mismos hombres; las aulas de las Universidades se vieron infestadas de postulantes o estudiantes de psicología o sociología; surgieron nuevos “héroes” quienes como “los caballeros medievales” inspiraban admiración y respeto: los psicólogos, los sociólogos y los antropólogos (aunque estos últimos en menor medida). Surge, el papel de los expertos como exponentes del conocimiento, se multiplican los viajes de negocios y de placer, dando lugar a esto que hoy llamamos turismo (extraño vocablo del sajón medieval). Pero lejos de las incomodidades propias de un campesino galés, hoy los turistas gozan de los lujos más recalcitrantes.

La era del “tener” da lugar al tiempo del “retener”; los diversos avances de la medicina no sólo son puestos a favor de la cura de enfermedades sino al servicio de la estética por medio de las cirugías y prácticas de embellecimiento. La multiplicidad de bienes consumidos o por consumir, no son un producto del capitalismo per se, sino una necesidad por la necesidad misma de no morir; es decir, de retener la vida. La fotografía, el film, los videos, las cámaras, los televisores apuntan a retener la imagen ya no como una forma de institucionalidad política como lo era en la Europa Medieval; sino por el contrario, como forma patológica.

En el tiempo de la retención, la memoria oral se diluye para dar lugar a los soportes técnicos informativos; lo que también genera una multiplicación acelerada del manejo de información, ora por un noticiario, ora por Internet. La sobre-comunicación va interconectando universos o mundos que en otras épocas se encontraban distanciados. Hoy día, desde su casa un empleado de oficina tiene acceso a eventos sucedidos en el mismo día en regiones remotas como China o Afganistán. Los celulares, conectan a las personas minuto a minuto, y no es extraño observar como estas revisan sus mensajes en forma compulsiva cuando suben a un colectivo o a un tren (lugar de tránsito). La industria del entretenimiento ha sido saturada de mensajes, imágenes y contenidos que masifican el aburrimiento como forma creativa; la diversión y la emoción también ameritan ser retenidas y almacenadas en compartimientos temporales específicos.

Seguramente, si alguien decide irrumpir en llanto mientras viaja en colectivo (por emoción), un viajero del mismo coche se percate y llame a un médico o un policía pensando que “algo anda mal”. En este sentido, las emociones no pueden ser expresadas en cualquier lugar, existen espacios destinados para tal fin como los nacimientos y los velorios o los espectáculos deportivos; no llorar al muerto implica pues una sanción moral como lo es no sentir tristeza cuando pierde nuestro equipo favorito. Empero ¿como se configura todo ello con nuestra tema en discusión?