VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

Maximiliano Korstanje

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¿Es la adicción un fenómeno urbano?

La manera concreta de responder a la pregunta anteriormente planteada, es cuantificar el consumo de estupefacientes o drogas legales por cuidad. Sin embargo, al ser la adicción una actitud condenatoria y estigmatizable en el sentido de Goffman, las estadísticas no reflejan la realidad en cuanto a cantidad de consumidores. (Goffman, 2006) (Saiz Galdós, 2007).

Por otro lado, los datos manejados (para esta ocasión) han sido agrupados por Provincia y no por ciudad. De todos modos, como propusieron Durkheim (1995) y Malinowski (1985) en análisis de las normas legales (en este caso la ley de estupefacientes) responde, aunque indirectamente, la cuestión. El desvío y la norma moral que se encuentra detrás de él, ofrece un abordaje indirecto que permite conocer ciertas realidades ocultas en forma holística. Claro que este tipo de herramientas, a diferencia de lo que sostenía Durkheim y el monismo metodológico, debe ser complementado con técnicas etnográficas de mayor precisión. (Rodríguez-Cabello, 1986)

En este contexto, el cuadro número 1 presenta a modo general por provincia la densidad de población según los datos censales de 2001. En lo que respecta a números, la provincia de Buenos Aires es la más poblada con 13.827.203 personas, seguida de Córdoba con 3.066.801, Santa Fe con 3.000.701, Ciudad de Buenos Aires con 2.776.138, Mendoza con 1.579.651, y Tucumán con 1.338.523 entre otras. Aquellas de menor población son Tierra del fuego con 101.079 personas, seguida de Santa Cruz con 196.958, y la Rioja con 289.983 entre otras.

La hipótesis primera a comprobar, es que las zonas (provincias) de mayor densidad poblacional y urbanidad tienen mayor cantidad general de delitos.

En este sentido y si se observa el cuadro número 2, encontramos cierta relación superficial entre delito y densidad poblacional. En cuanto a cantidad de delitos, la principal provincia es Buenos Aires con 328.027, seguido de Ciudad de Buenos Aires con 192.458, Córdoba con 136.892, y Santa fe con 104.564. Sin embargo, en cuanto a tasa de criminalidad por densidad, los datos apuntan en primera posición a Neuquén (701.9), seguido de ciudad de Buenos Aires (693.3), Santa Cruz (599.9), y Mendoza (587) entre otras. Paradójicamente, la provincia de Buenos Aires es una de las que menos tasa de delincuencia por densidad poblacional registra con 237.2. Estos datos sugieren que si bien la cantidad de delitos se relacionan directamente con la densidad poblacional, los vínculos entre éstos últimos y la densidad son casi inversos. En este punto, la hipótesis se cumple.

Siempre suponiendo con Durkheim (2004a), que a mayor densidad poblacional mayor complejidad de relaciones y mayor ejercicio del derecho civil en detrimento del penal, entonces los delitos contra las personas deberían ser mayores en los grupos de menor población (segunda hipótesis). En este sentido, dentro de un grupo la solidaridad estaría indicada en los delitos contra la persona en detrimento de los materiales. Entiéndase delito culposo como indirectamente derivado, mientras que doloso con intención de causar daño.

El cuadro número 3, nos permite establecer que Buenos Aires es la zona que mayor cantidad de delitos contra la persona registra con 57.375, seguido de la Ciudad de Buenos Aires con 23.979, Córdoba con 23.657, Santa Fe con 22.992 y Mendoza con 22.010. Por otro lado, se observa que los delitos dolosos son de mayor cuantía en comparación con los homicidios. Asimismo, la tendencia para estas provincias mencionadas se mantiene tanto para la clasificación de delito culposo como de doloso u homicidio. La tesis durkheimiana, se presenta inversa a los datos suministrados. A mayor densidad de población mayor delito contra la persona (derecho penal).

Sin embargo, a diferencia de la tendencia general que apunta a la Provincia de Buenos Aires en cuanto a la zona de mayor cantidad de delitos, cuando hablamos de infracciones a la ley de estupefacientes los números parecen apuntar a la ciudad de Buenos Aires como el lugar de mayor registro de estos desvíos. En algunos casos, notando diferencias abismales entre la misma ciudad de Buenos Aires y Córdoba o Mendoza.

A tal punto, si planteamos la hipótesis de que a mayor urbanidad mayor es de delitos relacionados al consumo de drogas ilegales, ésta se cumple en forma evidente. La ciudad de Buenos Aires supera (en tres veces) la cantidad de delitos relacionados a los estupefacientes, para ser más exactos se registran 9.496 delitos, seguido de la provincia de Buenos Aires con 2.396, Santa Fe con 679, Misiones con 345, Salta con 390, Jujuy con 320.

Las últimas tres provincias mencionadas, se comprenden por ser limítrofes con algunos centros de contrabando. Empero, existe un claro liderazgo en la ciudad de Buenos Aires (capital de la República Argentina) como centro principal de delitos generados contra la ley de drogas ilegales. Es posible, que varias personas consuman estupefacientes de manera ocasional y esporádica (esto no los transforma en consumidores necesariamente); por otro lado, los delitos contra la ley de drogas (en sí) inducen a pensar que existe un mercado de oferentes y demandantes (en donde la compra es sistemática y repetitiva) que finalmente conllevan a un consumo de tipo dependiente como bien sugieren algunos autores (Rodríguez-Cabello, 1986) (Romaní, 1992).

Más allá del tráfico, surge la idea que el consumo de drogas se encuentra ligado a la producción económica. Entonces, a mayor actividad laboral mayor consumo. Según datos del Sedronar, demuestran que existe una predominancia del Alcohol como la de mayor consumo en pacientes ingresados a hospitales (por relevamiento de COFEDRO). De un total de 11892 pacientes internados por varias causas (ajenas al consumo), 986 (8.3%) lo hicieron por consumo de sustancia, 9767 (82.1%) sin relación al consumo, y sin datos 1139 casos (9.6%). Del grupo de consumidores de sustancias atendidos, podemos decir que 1314 ingresaron por ingesta de alcohol (11%), seguidos de otras drogas 461 (3.9%), tranquilizantes 238 (2%), sedantes 159 (1.3%), marihuana 123 (1%), antidepresivos 66 (0.6%) y cocaína 44 (0.4%).

Ahora bien, según información de la misma fuente, el registro de pacientes en tratamiento en 2004 demuestra un mayor porcentaje de consumo en edades de entre 15 a 25 años, lo cual refuta en parte la hipótesis planteada. No existe evidencia, de que exclusivamente sean los sectores de mayor independencia laboral y actividad aquellos de mayor consumo.

En concordancia con lo expuesto, en el cuadro número 5 se observa como grupo de riesgo a los pacientes entre 15 y 19 años (24.4%), seguido de 20 a 24 años (20.6%), y de 25 a 30 años (14.3%). El porcentaje comparativo con la franja adulta de 30 a 35 años es apenas de 9.6%, y baja aun más para 35 a 39 años (7.8%) para luego duplicarse en el grupo mayor a 40 con 19.1%. Los datos confirman que las franjas con una inserción laboral estabilizada tienen menor tendencia al consumo en comparación con aquellos de entre 19 a 25 años, los cuales aún no se encuentran consolidados.

Por lo que de establecer una hipótesis tentativa, se confirma que el consumo de drogas es un fenómeno urbano cuyos grupos en mayor riesgo son los socio-económicamente en transición. Es decir, los jóvenes que están ingresando al mundo laboral por vez primera o adultos de más de 40 años que se están retirando de esa esfera. El trabajo ejercería, así, una acción profiláctica contra el consumo.

Otro relevamiento del mismo año 2005 en 11.892 casos en 22 centros hospitalarios, demuestra que de 986 ingresados con relación al consumo de sustancias (8.3%), la mayor cantidad de casos no tenían instrucción o esta era elemental.

Como se observa, en el cuadro número 6 a mayor instrucción menor es el porcentaje de aquellos que fueron atendidos por causas vinculadas al consumo de drogas. En sentido análogo al trabajo, en la instrucción exista una acción preventiva al consumo. En su trabajo sobre el suicidio, Durkheim (2004b) propuso una tesis interesante: las normas e instituciones del grupo funcionan como barreras contra los procesos de desintegración: el consumo de drogas no sería la excepción. El trabajo y la ecuación como instituciones sociales orientadas a preparar al individuo para la producción lo alejan del mundo de las adicciones.

Sin embargo, esto es parcialmente correcto, ya que la tendencia al consumo se encuentra presente (precisamente) en aquellos ubicados en zonas de transición entre el trabajo y el ocio. Específicamente, estos estadios intermedios (o canales de pasajes) implican una gran incertidumbre y ansiedad para el sujeto. Estos sentimientos son equilibrados y sustituidos por el consumo de ciertas sustancias. En realidad, no es la norma (in facto esse) como pensaba el profesor Durkheim o su carencia la que provoca el consumo, sino la posición y situación del sujeto en cuanto a ésta en el sentido de Turner (1999) o Malinowski (1985).

En consecuencia, la tesis que perseguimos en este trabajo es que la tendencia al consumo es universal, aunque la drogodependencia se configura como un tema urbano asociado al bienestar económico o formas reproductivas vinculadas al ocio post-moderno. (Rodríguez-Cabello, 1986) (Romaní, 1992) (Uso, 1996) (Saiz Galdós, 2007)

Pero no es la urbanidad, la que genera o predispone el sujeto al consumo de drogas sino por el contrario en estadios de pasaje normativo de un grupo (adolescente) a otro (adulto) existe una tensión la cual puede (en ocasiones) ser niveladas por medio de varios mecanismos, entre ellos el consumo. No obstante, cuando el individuo comienza a alejarse de su grupo adulto hacia otros estados como la madurez (mayor a 40 años), la angustia nuevamente aparece en escena y en consecuencia la necesidad de inhibirla.

Adicionalmente, consideramos pertinentes los aportes de la antropología y su estudio situacional de las normas. Para esta corriente, las adicciones serían conductas específicas (desviadas o no) de agentes envueltos en contextos temporales y no una consecuencia de la norma. No se nace ni se socializa adicto, sino que se recurre al consumo y posterior adicción dependiendo de cada situación. ¿Cuáles son los alcances y limitaciones que podría tener la antropología (urbana) en este tema?