VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

Maximiliano Korstanje

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El problema de la drogadicción

La pregunta principal que da inicio a esta discusión es ¿es lo mismo desvío que adicción?, ¿todo adicto es un desviado o delincuente?.

Para uno de los padres de la sociología francesa, Emile Durkheim la desviación y el crimen tenían un carácter si bien normal, ya que estaban inextricablemente unido a la sociedad como un todo orgánico, también patológico por sus efectos disgregadores. El crimen se debía comprender como parte del mismo grupo, el cual a su vez por medio del castigo al delincuente (o desviado), reforzaba su cohesión moral.

En este mismo sentido, podríamos sostener (temporalmente) que la adicción como acción de desvío, también es un fenómeno propio (normal) de ciertas sociedades (Durkheim, 1995) (Durkheim, 2004a) (Cambiasso; Grieco y Bavio, 2000). Por el contrario, para el psiquiatra Erving Goffman, el desviado se constituye en cuanto a tal no sólo por sus acciones sino por la imposición social de un rol determinado (Goffman, 2006). Según estas premisas, entonces el adicto se valora como tal debido a la auto-percepción e internalización impuesta por su propio grupo, ora por medio de un estigma o través de un estereotipo.

Sin embargo, habrá que considerar en primera instancia o repensar si es realmente la adicción a cierta sustancia un hecho propio del desvío?. ¿Qué se entiende por drogadicción?.

Las drogas (farmacológicas) y los estupefacientes ilegales han estado presentes (a lo largo de la historia) y se encuentran a disposición de consumo de la población en general. La mayoría de las civilizaciones, han hecho uso de estas sustancias en rituales religiosos o para generar algún tipo de estímulo; por lo tanto la droga en sí no es sustancialmente un problema actual; por el contrario, la tendencia compulsiva (obsesiva) a consumir estupefacientes (sean legales o ilegales) si parece ser un fenómeno del mundo urbano moderno. (Rodríguez-Cabello, 1986) (Romaní, 1992) (Saiz Galdós, 2007)

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud define a las drogas como una sustancia (natural o química) que introducida en un organismo vivo es capaz de actuar sobre el sistema nervioso central produciendo ciertos cambios en la percepción o estado psíquico.

Sin embargo, la dependencia a una de estas sustancias es puramente humana e intra-psíquica. La drogodependencia se vincularía más bien a un estado psíquico de dependencia con respecto a una droga determinada (natural o artificial). La dependencia, se conforma en ese sentido como vínculo de subordinación entre el ego y la sustancia que por medio del hábito y el consumo se traduce en una alteración (neurosis) de la realidad. Una clase de efecto sustitutivo y compensatorio de lo que Freud (1988) llamó principio de realidad y neurosis. Por ese motivo, el pensamiento colectivo vincula al problema específico con el desvío social; pero lo cierto, es que no necesariamente tienen relación.

Ciertos estereotipos o prejuicios tienden a señalar que cuando disminuye la solidaridad familiar por razones económicas (falta de trabajo) o sociales (costumbre a no trabajar), aumenta la posibilidad de consumo. Estas afirmaciones corren vigentes para ciertos grupos llamados así “marginales”; como pueden ser los “villeros o los delincuentes”. Según esta posición ideológica, la cultura de estos actores “determina” sus actitudes y prácticas con respecto a la violencia y la drogadicción (Puex, 2003) (Rossini, 2003).

Un grupo de delincuentes puede utilizar parte de su botín en el consumo de drogas como en la compra de “otros tipos de diversión” bajo una forma “recreativa”; o robarle a sus propios vecinos y auto-justificarse aduciendo haber estado “pasado” (modalidad eufórica) (Kessler, 2002) (Rossini, 2003). En el segundo caso, el sujeto ha roto una regla básica de su grupo de pertenencia: no robar en el barrio.

Por tal motivo, en cuanto al uso de drogas, establecemos existen dos modalidades teóricas posibles: 1) una “recreativa”, “estimulante” o “placentera”, cuyo objetivo es buscar nuevas sensaciones de descanso y placer; bajo esta modalidad, las drogas se consumen en forma privada/pública y moderada; y 2) una “eufórica y alocada”, cuya manifestación se da en las etapas de adicción severa, y responde a la necesidad de romper con toda normativa y justificar dichas prácticas por medio del consumo. (Uso, 1996) (Saiz Galdós, 2007) (Kessler, 2002) (Rossini, 2003)

Es posible, que en una etapa avanzada de la adicción se recurra al delito como forma de conseguir dinero para el consumo; como advierte el investigador Gerardo Rossini: “paralelamente a la crisis del empleo y a la persistencia de la baja escolarización, sucede la introducción de la droga que se superpone a la fuerte presencia del alcohol en estos barrios. La droga, a su vez, trae aparejada una mayor necesidad de dinero para acceder a ella, e influye en la conflictividad de la convivencia con los vecinos, en cuanto que no es tolerada por los mayores y en cuanto facilita comportamientos disruptivos” (Rossini, 2003:82). No obstante, suponer a la drogadicción como hecho vinculado al desvío (in facto esse) parece una idea sin mucho fundamento (aunque en algún punto se vinculen); o por lo menos, encontraría muchos obstáculos para explicar las causas por las cuales ciertas sustancias se convierten de ilegales e legales y viceversa, como por ejemplo el tabaco, los psicofármacos o el alcohol.

Otro aspecto que el binomio legal/ilegal no puede explicar, es la convivencia (aún en la clandestinidad) de subsistemas legales de reciprocidad junto a los no legales, como por ejemplo el uso dinero de circulación corriente (el billete). La ley de estupefacientes provee sanciones severas para quienes incurran en el tráfico de ciertas sustancias (acción ilegal), aunque los motivos por los cuales éstas se trafican sean legales (acumulación de dinero).

Al momento, dentro de la Ciencias Humanísticas existe una división entre quienes consideran a todo el consumo de drogas vinculados a las mismas causas psico-sociales y aquellos que por el contrario, advierten en la modalidad de consumo como variable distintiva del problema que lo genera. (Secades Villa et al, 2007)

Algunos estudios realizados apuntan a que el consumo de drogas disminuye cuando los factores externos no son favorables para dicha acción. Utilizando ciertas nociones de la economía clásica, esta corriente supone que existen tres elementos capaces de regular al consumo de sustancias: los esfuerzos puestos en conseguir la droga (demanda), el precio de la misma (precio) y los reforzadores internos (costo de oportunidad). (Nader y Wolverton, 1992) (Secades Villa et al, 2007). Según mencionara, Sahlins el oportunismo del adicto en buscar el mayor placer al menor costo, puede sugerir una “reciprocidad negativa”. (Sahlins, 1972) (Puex, 2003) (Saiz Galdós, 2007)

Por otro lado, según la posición de Secades Villa et al (2007), la actitud adictiva prefiere los reforzadores inmediatos en detrimento de los demorados. En clase de casos, el individuo manifiesta una tendencia al consumo en el presente y abstenerse de experimentar a largo plazo sensaciones positivas.

Algunos estudios en animales y humanos sugieren que en momentos de “situación inescapable”, de “presión” o “estrés”, el sujeto aumenta sus posibilidades de buscar sensaciones placenteras y evasivas. Nuevos espacios y lugares se buscan como modos alternos de exploración, asociados en una etapa posterior al consumo. (García y Armario, 2001) (Leyton et al, 2002) (Nadal- Alemany, 2008). Otros apuntan a la impulsividad no sólo como una de las causas principales de consumo, sino de sustentabilidad del mismo en un lapso de tiempo determinado. (Forcada Chapa et al, 2006)

El problema que sugiere esta hipótesis de trabajo es atribuir al fenómeno una característica exclusivamente personal. En otras palabras, gran parte de la psicología si bien admite a la drogadicción como inserto en una trama social, fundamenta su génesis en procesos intra-psíquicos de compensación y refuerzo; en otros términos, más allá de la drogodependencia se debe analizar la personalidad adictiva (a diferentes sustancias). En los adictos, existe una evidente falta de habilidad en afrontar determinadas situaciones (carencia de asertividad). Esta postura considera que existen ciertos desequilibrios cognitivos (internos) los cuales ameritan ser re-ordenados (por medio de la terapia y el ordenamiento racional del mundo). (Monti et al, 1995)

Dentro de los grupos humanos, los rituales de situación se configuran contrarios a una autoridad estatal simbólica, inserta en la tradición y el conocimiento. Son la inmediatez de la experiencia y la vivencia entre los integrantes del grupo, los que dan propia identidad y solidaridad. A diferencia de otros rituales (vitales o de aflicción) donde predominan el linaje o el parentesco, en los rituales de situación se rompe la línea temporal entre pasado y presente, dando origen a un nuevo presente cargado de una fidelidad temporal (Duschatzky y Corea, 2002).

Los diferentes consumos, modernos y postmodernos, se inscriben dentro de ésta lógica; incluyendo el uso de drogas. Estas últimas pueden estar presentes, como formas complementarias simbólicas o ser parte referente del ritual. En efecto, fumar un cigarrillo de marihuana en determinados contextos frente al grupo de pares, se ha transformado en un rito de situación característico de algunos jóvenes y adolescentes. A partir de ese momento, el individuo pasa a formar parte de una red específica con sus propios manejos ideológicos, territoriales, represivos y filiales con arreglo a ciertos valores, mitos y héroes.

Generalmente, como observa Duschtazky y Corea (2002:37) “el rito del bautismo se constituye en una forma de afirmación del yo. El pasaje (haber superado las pruebas) implica alcanzar un estatuto de respetabilidad dentro del grupo. Atravesar estas prácticas significa pasar a un nuevo estatuto…”.

En este punto, los aportes de la etnografía nos ayudan a comprender que dentro de las dinámicas colectivas, los individuos o consumidores articulan una serie de jerarquías y roles culturales los cuales exacerban el propio consumo. En este caso, a mayor consumo y auto-control de los efectos, mayor es el respeto de los integrantes del grupo por el líder. Esta dinámica, que se observa claramente en diferentes situaciones legitima una práctica sistémica y adictiva en lo que respecta a varias sustancias. Particularmente, se puede ir consumiendo una de menor impacto mientras se es un “principiante” y aumentar las dosis o incurrir en drogas más pesadas “a medida que se va haciendo carrera”. (Rossini, 2003)

Esto sugiere otra cuestión de mayor envergadura. ¿Qué problemas encuentra el tratamiento cognitivo clásico en adicciones cuando el paciente se inserta en el mundo social?.

En concordancia con la pregunta planteada podemos afirmar que existe todavía una gran laguna a la hora de explicar porque ciertas personas se hacen adictas a las drogas y otras no. Más específicamente, “la mayoría de las personas han consumido alguna vez en su vida drogas legales. Otras muchas, incluso, se han expuesto a los efectos psicoactivos de las ilegales. Afortunadamente, aún después de un tiempo considerable de exposición a estas sustancias, el porcentaje de individuos que llegan a ser adictos es pequeño. Al preguntarnos porque unos sujetos se hacen dependientes y otros no, la respuesta es que aún no lo sabemos”. (Flores, 2003:187).

A esto se le suma que, gran parte de los adictos en recuperación no terminan correctamente su tratamiento o recaen en ciertos períodos de inserción o exposición ambiental. Aun cuando la técnica economicista del refuerzo provea al sujeto de ciertos métodos para regular su ansiedad y frustración ante el principio de realidad; éstos no parecen ser mecanismos preventivos suficientes (Rodríguez-Cabello, 1986). En primera instancia, el principal problema que esta corriente teórica omite es la relación entre las normas, las instituciones como formas reguladoras de la conducta humana y la capacidad del sujeto de aceptarlas o rechazarlas según sus propios intereses (Perrow, 1984) (Malinowski, 1985) (Turner, 1999).

Segundo, se subestima el poder y la influencia mítica que los grupos de referencia tienen sobre el sujeto, invocando y trayendo a su recuerdo “los buenos tiempos”. Como sugieren algunos autores, la urbanidad presupone fenómenos específicos a su estructura organizativa como las adicciones, no por el hecho de que sólo su consumo se encuentre en la ciudad (aunque así parezca) sino por las condiciones de anonimato y falta de coacción que la misma ciudad provee (Bahrdt, 1970) (Clarke et al, 1997).

Los grupos humanos insertos en las grandes ciudades no tienen un conocimiento certero del otro sino parcial; esta posición le permite a un sujeto estar condicionado a un pluralidad de normas institucionales (a veces contradictorias entre ellas) y establecer estrategias de adaptación diversas o ambiguas. La sanción moral sobre un individuo en un grupo (esfera laboral), no implica un gran impacto en otro. En la ciudad, ante cualquier desviación la exposición social es siempre menor que en un medio rural. En este contexto, aún las instituciones terapéuticas que recuperan adictos tienen muchos obstáculos para aplicar sus métodos de refuerzo y castigo; por cuanto deben competir con otras instituciones.

Por último, existe una gran contradicción en la misma tesis cognitiva. Si partimos de la base (axioma), que la “personalidad adictiva” dirige su atención al refuerzo presente, el “recuperado” actual va a recaer (en un futuro) si se encuentra expuesto a condiciones que exacerben el consumo de estupefacientes u otras sustancias. Suponer que el adicto es tal por su personalidad, es como creer que un individuo es “pobre” por características propias de su cultura. (Lomnitz, 1999) (Castells, 1999) (Korstanje, 2008)

Esto, explicaría, en parte teórica el porque de las recaídas de los adictos en recuperación (aún finalizado su tratamiento). Pero es realmente la adicción un hecho social propio del mundo urbano?, ¿qué datos comprueban esa afirmación?.