VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

Maximiliano Korstanje

Volver al índice

 

 

 


 

El desplazamiento

Curiosamente, Freud no va a hacer referencia exacta a este tema pero nos da algunas pistas. El principio freudiano de equilibrio ante un acto traumático, es la represión y la derivación del hecho al mundo inconsciente. Luego del brote neurótico, el paciente precisamente repite una y otra vez, el trauma recibido. En este punto, Freud no se equivoca cuando asume que la resistencia al análisis por parte del ego viene de la necesidad de ahorrar el displacer (latente, por llamarlo así).

Seguramente, el displacer aumentaría en el mismo grado en que es liberado el recuerdo reprimido. La primera edad sexual genera cierta incompatibilidad de deseos con respecto a la realidad; la pérdida del “amor” y el miedo al abandono sugieren que las vivencias dolorosas sean puestas y repetidas en los procesos de transferencia entre análista y paciente. La proyección derivada sobre el primero, reafirma el lazo de apego con uno de los cuidadores (buena madre en Winnicott) que marcaron la vida psíquica en una edad temprana. En el sentido expuesto, podemos afirmar que el principio de placer y repetición (neurosis) se complementan; más aún es la misma repetición la que conserva el estadio de placer en la estructura psíquica.

Pero al respecto, Freud es sumamente cauto y advierte “en los juegos infantiles hemos hecho ya resaltar que otras interpretaciones permite su génesis. La obsesión de repetición y la satisfacción instintiva directa y acompañada de placer parecen confundirse aquí en una intima comunidad. Los fenómenos de la transferencia se hallan claramente al servicio de la resistencia por parte del yo, que obstinado en la represión y deseo de no quebrantar el deseo de placer, llama a su auxilio a la obsesión de repetición” (ibid: 2517)

Sin embargo, la misma obsesión debe ser única en su constitución; o por lo menos novedosa. Las manifestaciones repetitivas sólo son placenteras por vez primera, y ello no es casualidad ya que obedece al principio de posesión o dominación. Al respecto señala Freud “cada nueva repetición parece perfeccionar el deseado dominio. También en los sucesos placenteros muestra el niño su ansia de repetición, y permanecerá inflexible en lo que respecta a la identidad de la impresión. Este rasgo del carácter está destinado, más tarde, a desaparecer. Un chiste oído por segunda vez no producirá apenas efecto. Una obra teatral no alcanzará jamás por segunda vez la impresión que en el espectador dejó la vez primera. Rara vez comenzará el adulto la relectura de un libro que le ha gustado mucho inmediatamente después de concluido. La novedad será siempre la condición del goce.” (ibid: 2524)

La hostilidad del medio exterior, implica una posición re-activa y adaptativa por parte del sujeto. La novedad, en este sentido, es una manera de poseer o de desear hacerlo. Pero no por ello, se puede afirmar que el motivo del desplazamiento sea el instinto de posesión. Al respecto, Vera Schmitt y Wilhelm Reich aseguraban haber comprobado empíricamente que en las diferentes etapas de maduración del yo en los niños existe una tendencia bien marcada a la posesión, sea éste por aprehensión de objetos (en las etapas inferiores –orales), o por avidez en adquirir conocimiento; pero enseguida estos resultados fueron seriamente cuestionados. (Reich y Schmitt, 1998)

En el organismo se suceden y coexisten dos pulsiones gemelas de la misma intensidad, uno orientado a la vida (sexualidad) llamado eros y otro a la muerte denominado por Freud como thanatos. Dentro de este contexto, el autor en sus conclusiones se cuestiona “es también harto extraño que los instintos de vida sean los que con mayor intensidad registra nuestra percepción interna, dado que aparecen como perturbadores y traen incesantemente consigo tensiones cuya descarga es sentida como placer, mientras que los instintos de muerte parecen efectuar silenciosamente su labor. El principio del placer parece hallarse a los servicios de los instintos de muerte, aunque también vigile a las excitaciones exteriores, que son consideradas como un peligro para las dos especies de instintos, pero especialmente a las elevaciones de excitación procedentes del interior, que tienden a dificultar la labor vital”. (Freud, 1988: 2541)

En consecuencia, aún cuando la definición propia de placer en Freud quede inconclusa y difusa, analíticamente se la comprende como aquella descarga que nivela la perturbación sufrida por los instintos de vida (eros) y de muerte (thanatos) en conjunción con la excitación exógena.

En efecto, estas reflexiones son mejor conocidas como la teoría freudiana de las pulsiones, y consiste en el accionar de la líbido (Eros) como una tendencia hacia la vida, mientras que Thanatos representa el impuso destructor o auto-destructor. Ambas fuerzas, pujan durante la vida para “determinar” la evolución del organismo, dando lugar al surgimiento de tres actores en la personalidad, el “yo”, el “ello” y el “super yo”.

El placer y el principio de realidad operan también como dos elementos fundamentales en la personalidad. Por regla general, tendemos a sentirnos bien y a la búsqueda del placer tratando de disminuir el displacer. Pero por el contrario, el principio de realidad se antepone como el deber que subordina el placer al entorno; lo cual también se conoce como proceso de sublimación, en donde los deseos reprimidos se convierten en energía dentro del sujeto, más precisamente en su inconsciente. El juego, el deporte y el trabajo o más aún las vacaciones no son otra cosa que la sublimación de las propias pulsiones, los cuales en ocasiones pueden expresarse en los procesos oníricos las bromas, los actos fallidos o los sueños entre otros.

A nuestro modo de ver, uno de los autores que mejor resume el pensamiento freudiano es Erich Fromm, quien en su celebre trabajo el Miedo a la Libertad lo como sigue:

“Freud aceptaba la creencia tradicional en una dicotomía básica entre hombre y sociedad, así como la antigua doctrina de la maldad de la naturaleza humana. El hombre, según él, es un ser fundamentalmente antisocial. La sociedad debe domesticarlo, concederle unas cuantas satisfacciones directas de aquellos impulsos que, por ser biológicos, no pueden extirparse; pero, en general, la sociedad debe purificar y moderar hábilmente los impulsos básicos del hombre. Como consecuencia de tal represión de los impulsos naturales por parte de la sociedad, ocurre algo milagroso: los impulsos reprimidos se transforman en tendencias que poseen un valor cultural y que, por lo tanto, llegan a constituir la base humana de la cultura” (Fromm, 1987: 31)

En forma crítica podemos señalar (si se quiere), es que para Freud el aparato psíquico se podía comprender como un mercado, en donde diversas pulsiones se intercambian unas a otras obteniendo a su favor ciertas satisfacciones en detrimento de ciertas privaciones. Por el contrario, para Fromm las dinámicas acaecidas de los organismos humanos no obedecen a leyes o mecanismos intrapsiquícos o biológicos sino a procesos culturales más extensos y complejos a lo que llegó a mencionar su maestro; aun cuando comparte con éste ciertos postulados en cuanto a la neurosis. Para ser más exactos, al igual que Freud, Fromm está convencido que la dinámica de la adaptación neurótica, tema de cual ya nos hemos ocupado.