VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

VIAJANDO: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA

Maximiliano Korstanje

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Conclusiones parciales

Los viajes como formas de movimiento están sujetos a dos principios: el de contigüidad y de proximidad. El principio de contigüidad se observa en la relación del “yo” con un “alter”. Sus criterios constitutivos no son espaciales, sino temporales. Soy en cuanto a un “otro” el cual me constituye como ”otro” en mí, como bien notó Mead (1999). Al pedir a mi hijo que me alcance el martillo, yo supongo ya debo tener internalizado en mí ese acto para poder expresarlo y esperar que se cumpla; según la contigüidad los eventos se suceden en una esfera subjetiva e ideal; un matrimonio puede estar espacialmente cerca aunque contiguamente lejos. En este sentido, la contigüidad adquiere una dinámica vinculante.

El segundo principio, el de proximidad (por el contrario) se refiere en aspectos físicos y espaciales definidos (o no) en un tiempo. En cuanto a que no obedece necesariamente a marcos temporales determinados, la proximidad funciona paradójicamente distanciando en lo contiguo. La proximidad geográfica de lo físico o visible se distingue en lo contiguo o ideal. Esta relación que podría ser pasada por alto, explica las contradicciones y tensiones entre lo local y lo global. A diferencia del principio anterior, su dinámica es política e indagante.

En realidad, no es una localización como respuesta reaccionaria lo que genera el fenómeno sino un simple devenir de la naturaleza ontólogica del hombre. Dicho en otras palabras, si como “personas” en lo contiguo y físico nos constituimos en oposición y diálogo con otro; en consecuencia establecemos una proximidad espacial con ese alter. Si esta última brecha se reduce, y la proximidad se achica desdibujamos la figura del alter en nosotros. Sin esa figura del alter bien señalizada en nosotros, como advirtió Mead, se corta la comunicación como forma socializante y vinculante de sentido. Por otro lado, es precisamente interesante, como Occidente ha malinterpretado u omitido el papel de la ignorancia como forma profiláctica y instauradora de orden. En el conocimiento, hay conflicto y trasgresión pero lo que es peor aún soledad e incertidumbre (Berlin, 1988). El temor de Dios que tan difundido estuvo durante la Edad Media, podría convertirse en temor a ser Dios. No es un miedo a ser libre como pensaba Fromm (1984), sino la posibilidad de conocerlo todo como la pérdida del espíritu y el perdón.

En este sentido, la ignorancia juega un papel protagónico en nuestra relación con el mundo; nos previene del miedo. En este sentido, los medios masivos de comunicación hacen en lo contiguo, continuo lo próximo, al presentar una y otra vez en forma sistemática ciertos eventos que suceden en tiempos y espacios diferentes. Pero como también, señaló Mead (1999) sentimos placer al verlos una y otra vez. Así, el “no conocimiento” nos aísla del mundo en una forma sana, distanciándolos idealmente de los hechos que no nos involucran. Respetando los momentos (temporales) entre los eventos y lo que es más importante, dándoles una coherencia mental e interpretativa. En los films, las novelas y los noticiarios, los protagonistas padecen y experimentan dentro de sí una concatenación de hechos que una persona normal tardaría diez vidas en experimentar; todo eso en menos de una hora. Por otro lado, la desconexión entre los hechos en el mundo y nosotros, permite un correcto desenvolver del acontecimiento. Precisamente, ayuda a que el impacto de la imagen y el contenido de lo sucedido en el receptor sean menos repentinos y agudos. Esta espontaneidad azarosa debe ser comprendida y ritualizada por el hombre, con el fin de no ser disgregado. Como afirmaba B. Malinowski (1993), la tendencia a generar cultos rituales de trascendencia nos ayuda a comprender la irremediable e intempestiva presencia de la muerte en la vida social. Todo acto repentino nos produce temor, disgregación y sentimientos negativos; no en sí por el dolor que genera, sino por la posibilidad de volver a generarlo.

Comúnmente, nos quejamos que los medios distribuyen e insertan temas negativos o problemas los cuales nos aquejan, pero a la vez nos alegramos que los involucrados no seamos nosotros. Por ese motivo, sugiere Mead iniciamos constantemente el ritual de contención al prendernos de esta realidad fabricada; lo que subyace, es el miedo a que nos suceda a nosotros y en la repetición ritual del hecho trágico, nos regocijamos en la desdicha ajena. Pero ¿que sucede cuando nuestra comunicación con los otros se ve truncada (por alguna u otra causa)?, ¿cuando el celular se corta, o nuestro ser querido no responde nuestra llamada?: surge el miedo, potenciado por el (des)conocimiento en el otro.

Retomando nuestro tema, el viaje desde una perspectiva proxémica, es decir bajo el principio de la proximidad nos aleja aún más de nuestros semejantes y nos obliga a interpretarlos desde un estigma político y codificado: el viaje turístico. Desde una forma contigua, el viaje nos libera: la escritura. Esto explicaría porque los viajeros de los siglos anteriores tomaban nota de sus hallazgos aún bajo intereses de conquista, mientras los turistas actuales lo hacen en raras ocasiones. En analogía al viaje, la vida como una forma de consecución contigua y próxima también nos obliga a entablar una relación con un “otro divino”. En la era del “retener” esta relación se ha dado negada en su origen, no por una cuestión transaccional entre la divinidad y el hombre, sino por una cuestión de estatismo y curiosidad espiritual. El viaje de la vida ya no conecta desde la contigüidad, sino desde la proximidad. Por ese motivo, los diferentes esfuerzos del hombre por retener la vida y el paso de los años se ve traducido en una innegable tendencia a viajar hacia ningún lado. Estancado en una relación fracturada con su entorno, el hombre moderno occidental se ha refugiado en sus urbes y metrópolis dejando grandes zonas de territorio sin poblar (aunque bajo tutela del contrato).

Tanto la psiquiatría como la Psicología, nos hablan de los fóbicos a los viajes como personas con ciertos “trastornos o patologías” a las cuales se les debe conceder un tratamiento; en el mejor de los casos, también la Ciencia positiva habla de la filosofía como una rama “no científica”; como si lo verdadero y lo comprobable (científicamente) fueran y significaran lo mismo. La “patología” fóbica ha sido, según estas ciencias, causada por traumas en alguno de los procesos interactuantes en la vida biológica del individuo. Como sostiene Alicia Entel, “el miedo conmueve, provoca a veces llanto, anuda la garganta, imposibilita el relato. Crispa, paraliza, convoca al silencio. Quien investiga a su vez debe conjugar comprensión, el clima favorable para el diálogo, sin que ello implique un uso seductor de las capacidades de indagación”. (Entel, 2007:25). Sin embargo, al liberamos de las categorías previamente adquiridas (deber y misión de la filosofía de todos los tiempos) vemos en la fobia al viaje un intento del individuo por recuperar su contigüidad y esencia a la espera del viaje final. En estos casos, la proximidad ha superado a la contigüidad y la fobia es una forma de equilibrio o por lo menos una angustiosa búsqueda de estabilidad.

Pero también es común el caso contrario, a saber cuando la contigüidad supera a la proximidad; bajo esta perspectiva (última) se observan los casos anversos a la agorafobia, la claustrofobia o temor paralizante a quedar encerrados, desamparados, abandonados, etc. Es precisamente, ese temor al encierro lo que nos impulsa a viajar, y es el temor a viajar lo que nos impulsa a encerrarnos. Es paradójico, o por lo menos extraño (pensar) como en la era de la sobre-información y la comunicación, cada vez son más los que temen a los espacios abiertos o a los viajes. Nuestro modelo filosófico de proximidad y contigüidad, si bien puede ser mejorado explica en forma satisfactoria el problema planteado.

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