SISTEMAS LOCALES DE INNOVACIÓN:
LAS EMPRESAS PYMES METALMECÁNICAS DE TANDIL (1995 ¿ 2005)

SISTEMAS LOCALES DE INNOVACIÓN: LAS EMPRESAS PYMES METALMECÁNICAS DE TANDIL (1995 ¿ 2005)

Sergio Farinelli

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3.1 La construcción de competencias tecnológicas en el período de la convertibilidad

Es interesante comprender las estrategias y el desempeño de las empresas argentinas en los noventa, a fin de determinar los factores claves en el desarrollo de sus ventajas competitivas. Las coincidencias en este campo se encuentran en torno a la idea de que las empresas que realizan actividades de innovación logran forjar una posición competitiva sustentable en el marco de un mejor desempeño relativo. En general, se señalan como factores que facilitan o dificultan la realización de actividades de innovación al tamaño, al origen del capital y a la rama industrial.

En relación con el impacto de las estrategias adoptadas durante la década de los noventa, particularmente en cuanto a las posibilidades de lograr mejoras competitivas genuinas, sustentables y acumulativas, en un primer momento predominaron las acciones dirigidas a garantizar la supervivencia empresaria por sobre las que incluían un componente de dinamismo inversor o tecnológico importante. (Kampel, D., Katz, S, 1995)

En efecto, la respuesta más generalizada y rápida de las firmas frente a las nuevas reglas de juego fue la reducción de personal, el cierre de líneas de producción y aún de plantas completas y la racionalización de estructuras administrativas y comerciales. A su vez, este movimiento se combinó con la creciente adopción de modernas técnicas de organización y manejo del proceso productivo y de nuevas estrategias de comercialización y distribución, que incluían un creciente peso de bienes importados en la oferta de las firmas locales.

En este sentido, como expresan Kosacoff y Ramos (2005):

“… para muchas empresas el contexto de apertura y tipo de cambio apreciado, en un país donde la memoria histórica jugaba en contra de las expectativas de sostenibilidad del esquema macro, llevó a preferir aprovechar la expansión del mercado doméstico a través del establecimiento y consolidación de canales de importación antes que hacerlo vía ampliación de la capacidad instalada, si bien establecer dichos canales implica experimentación y el desembolso de ciertos costos, en todo caso son mucho menores que los asociados a inversiones en activos fijos que, además, tienen carácter irreversible”.

En tanto, a lo largo de la década un buen número de empresas locales quebró o cerró sus puertas, ya que, sea por el modo en que se hicieron las reformas, por dificultades propias de los empresarios para adaptarse a las nuevas reglas de juego y/o por obstáculos surgidos desde el entorno institucional (por ejemplo, falta de acceso al financiamiento), no pudieron modernizar, o no lo hicieron suficientemente, las capacidades organizacionales, productivas, comerciales y tecnológicas acumuladas previamente. Otras tantas firmas fueron vendidas predominantemente a capitales extranjeros a la vez que muchas pasaron de la producción a la comercialización (importación).

Esto no debería sorprendernos si consideramos a la empresa como una entidad que evoluciona en el tiempo pero de forma gradual, desarrollando rutinas que sólo lentamente se ajustan a las nuevas condiciones del ambiente. Así, contra lo usualmente supuesto en la tradición neoclásica, las firmas no se adaptan instantáneamente a los cambios del entorno en el cual se mueven. Por un lado, las estrategias empresariales tienen un fuerte componente de camino a la dependencia es decir, la inercia puede demorar la adaptación al nuevo contexto. Por otro, aún si las firmas perciben la necesidad de reestructurar sus actividades, las fallas de mercado (por ejemplo, las relacionadas con el acceso al crédito, la información, el cambio tecnológico, etc.) pueden impedirles que lo logren mucho más si, como en el caso argentino, no se ponen en marcha iniciativas tendientes a facilitar la transición de un contexto a otro y reducir el impacto de esas fallas de mercado.

Más aún, la adopción de las reformas no necesariamente disminuyó el nivel de incertidumbre para las empresas, sino más bien cambió la fuente y naturaleza de dicha incertidumbre.

Como lo expresan Dal Bó y Kosacoff (1998)

“en los noventa se pasa de la incertidumbre “macro” a la de carácter “estratégico” hacia el final de la década, retornará, lamentablemente, la incertidumbre macro”. En otras palabras, se pasa de una situación en la cual, como lo señalan los autores, el problema era saber que iba a pasar la semana próxima, a otra donde había que “saber leer” la evolución mundial y regional de la rama de actividad, o la sostenibilidad de la posición de riqueza relativa de la firma en el mediano y largo plazo. Naturalmente, las estrategias y capacidades útiles para lidiar con el primer tipo de incertidumbre eran poco aptas para moverse en un contexto signado por la incertidumbre “estratégica”.

De todos modos, a medida que avanzó la década, con la consolidación del nuevo régimen de política económica, comenzaron a hacerse más nítidas las estrategias de las firmas industriales, así como los lineamientos básicos del proceso de reestructuración. A su vez, la inversión en el sector manufacturero tomó mayor fuerza con el paso del tiempo, lo cual se reflejó en el aumento de las importaciones de bienes de capital industriales y en la aparición de algunos nuevos proyectos de inversión o que involucraban significativas ampliaciones de capacidad en diversos sectores. (Yoguel, 1997)

El cambio las reglas de juego, y en particular la mayor competencia en el mercado doméstico producto de la apertura importadora, forzaron a las firmas a modernizarse. Así, en función de la liberalización comercial se abarató el acceso a partes, piezas, subconjuntos y materias primas importadas, lo cual permitió avanzar notablemente en el área de tecnología de producto, a la vez que las tecnologías de proceso se mejoraron, entre otras vías, por la incorporación de bienes de capital de origen extranjero. Para Yoguel y Rabetino, (2000), “la contracara de estos procesos fue el debilitamiento de los encadenamientos con proveedores y subcontratistas locales”.

La reestructuración también incluyó una tendencia al establecimiento de nuevas formas de organización del trabajo basadas en la movilidad funcional y la polivalencia, la valoración de la capacitación del personal y la búsqueda de mecanismos de participación directa por parte de los trabajadores.

Finalmente, en el nuevo escenario, la necesidad de esfuerzos tecnológicos adaptativos es mucho menor que en el pasado, en tanto aumenta el peso de los insumos importados en los procesos de producción y se facilita la renovación del equipamiento, lo cual hace innecesarios los esfuerzos locales de ingeniería de planta que antes se realizaban para prolongar la vida útil del parque de maquinarias instalado. Asimismo, en el caso de las filiales de ET (Empresas Transnacionales), se transita hacia la cada vez más completa homologación del mix de productos fabricados localmente con el de la casa matriz, se “globalizan” los modelos de organización industrial y se hace cada vez más fácil operar “online” con el resto de la corporación. Así, los departamentos de I&D y de ingeniería de procesos pueden ser eliminados cuando las subsidiarias se vuelven parte de sistemas de producción integrados mundialmente y los esfuerzos de I&D y de ingeniería son transferidos a las casas matrices. (Espert, 1997)

En suma, hay un cierre parcial de la brecha en tecnologías de producto y proceso, con una menor importancia relativa de los esfuerzos innovativos locales (Katz, 1999; Cimoli y Katz, 2003).

A continuación se presentan una serie de transformaciones que como consecuencia del cambio en las reglas de juego en los noventa se pudieron observar en el sector industrial, las mismas se basan en una investigación que B. Kosacoff, et al (1998) realizaron para la CEPAL.

1) un sesgo hacia "funciones de producción" menos trabajo–intensivas; 2) una fuerte disminución de la "verticalidad" de la producción interna originada, centralmente, en la sustitución de valor agregado doméstico por mayores contenidos de origen externo; 3) una especialización mayor de las firmas locales, vía reducción del mix de productos y complementación con oferta importada; 4) una creciente externalización de actividades de servicios auxiliares; 5) la introducción de innovaciones organizacionales; 6) un peso creciente de las actividades de marketing y publicidad (Bisang y Malet, 1998); 7) una mayor atención a las cuestiones de calidad y medio ambientales (Chudnovsky et al, 1998). Todo esto, sin embargo, procesado con ritmos, magnitudes, características e impactos altamente heterogéneos al interior del sector PyMEs en función de las capacidades y estrategias de las distintas firmas.

En efecto, y tal como es esperable desde el enfoque evolucionista de la firma, hay distintas conductas, estrategias y desempeños empresarios en el nuevo ambiente de los años noventa . Las reacciones de las firmas, a su vez, están influenciadas tanto por su historia previa, como por sus posibilidades de reconvertirse, las cuales dependen tanto de los activos y capacidades acumuladas internamente como de su habilidad para insertarse en entornos o redes que les pueden proveer de recursos y asistencia en el plano financiero, tecnológico, etc., en un contexto de racionalidad limitada y fuertes fallas de mercado. Así, resulta previsible encontrar una vinculación entre el desempeño de las firmas y su tamaño, tipo de propiedad del capital y sector de actividad, pero también un peso de factores más específicos de cada empresa, en función de su historia pasada, sus capacidades internas y su percepción del futuro.

Al respecto Kosacoff (1998) señala que:

“...durante los noventa aquellas firmas industriales que adoptaron “reestructuraciones ofensivas”. Es decir, que realizaron fuertes inversiones y llevaron adelante profundos cambios organizacionales, obtuvieron significativas mejoras de productividad que las acercaron a las “mejores prácticas” internacionales. Se trata de un número muy reducido de firmas si se lo compara con el conjunto del universo industrial.”

Las firmas que protagonizaron estos procesos fueron, en todos los casos, de gran tamaño y, la mayoría de ellas, de origen extranjero. Esto no sorprende considerando que las filiales de ET estuvieron claramente entre las “ganadoras” del proceso de reestructuración, teniendo en cuenta la fuerte ampliación de su peso en la economía local observado en todos los indicadores relevantes usualmente considerados. A su vez, las ET superaban a las firmas locales en términos de productividad laboral, con las consiguientes ventajas en el plano de la competitividad (Chudnovsky et al, 2004).

Pese a las transformaciones observadas en el entorno local, así como en el contexto internacional, el mercado doméstico siguió siendo, al igual que en la ISI, el principal destino de las ventas de las filiales de ET en el sector industrial. Sin embargo, esto no implica que, como parte del proceso de adaptación al nuevo escenario, las ET no hayan adoptado cambios importantes en su operatoria. Así, se observa que dichas firmas tienden a operar con estrategias más “abiertas” que sus contrapartes nacionales (con un peso importante del comercio intrafirma), muchas veces en el contexto del despliegue de estrategias “buscando eficacia”, facilitadas por la liberalización comercial y la integración en el MERCOSUR. (Chudnovsky y López, 2001).

Asimismo, en general las filiales de ET contribuyeron al cierre de la brecha con la frontera internacional en materia de tecnología de producto y proceso, aunque usualmente a costa de menores vínculos con los proveedores locales y reducción de esfuerzos “idiosincráticos” en actividades de I&D e innovación desarrolladas localmente. (Boscherini, F, Yoguel, G.1996)

Entre los agentes que adoptaron estrategias “ofensivas” también se encuentran empresas nacionales, que en el transcurso de su proceso evolutivo, generaron estructuras organizacionales que les permitieron atravesar exitosamente los procesos de cambios generacionales, gracias a la masiva incorporación de profesionales en sus estructuras. Estas son firmas que cuentan con una maestría de varias décadas, lo cual les permite “leer” e “interpretar” el cambio internacional y local y utilizarlo a su favor en base a la plataforma de aprendizaje acumulada en décadas previas (Bisang y Gómez, 1999).

Centralizando el análisis en lo que respecta a las PyMEs de nuestro país, podemos afirmar que un número importante de ellas cerró sus puertas o abandonó su fase productiva durante los últimos años de la convertibilidad. Aquellas que adoptaron distintos tipos de innovaciones como introducción de cambios organizacionales, mejoras en los sistemas de calidad, y optimización de procesos, todas estas conocidas como estrategias “defensivas” y también las que emprendieron intentos más ambiciosos de reestructuración que incluyeron la renovación del capital físico y la búsqueda de nuevos mercados junto a las redefiniciones en el mix productivo lograron mantenerse en un nuevo escenario de mercados y competencias cada vez más exigentes. Al respecto Bisang y Gómez, (1999) expresan que:

“A medida que quedaba claro que el nuevo modelo había venido para quedarse, muchas firmas en las que se combinaban cambios generacionales, la percepción de una dura competencia por mantener posiciones en el mercado local, las PyMEs buscaron alianzas con socios extranjeros que le permitieran bloquear parte de la competencia y/o contar con mejor acceso a tecnologías de proceso y/o producto”.

De todos modos, para entender la evolución de las PyMEs durante los noventa hay que considerar que, más allá del tipo e intensidad de las acciones de reestructuración adoptadas, su proceso de adaptación a las nuevas condiciones de competencia resultó particularmente complejo, ya que habían acumulado en su trayectoria algunos rasgos conflictivos con el patrón de concurrencia más internacionalizado que se iba consolidando. En efecto, buena parte de las PyMEs combinaban un equipamiento relativamente obsoleto y heterogéneo, un mix de producción excesivamente diversificado, baja o nula experiencia exportadora, reducidos niveles de cooperación con otras firmas, escasa interacción con entidades oferentes de servicios tecnológicos y una organización fuertemente basada en la integración vertical y en la centralización del saber tecnológico y productivo en la figura del "dueño", lo cual obviamente afectaba sus posibilidades competitivas. (Yoguel, 1999)

En general las PyMEs, se encuentran más expuestas a las fallas de mercado en temas como financiamiento, tecnología, información, etc. y habitualmente tienen mayores dificultades para incorporar recursos humanos calificados. (Cepeda, 1998)

En un gran número, durante los noventa, las PyMEs continuaban operando lejos de la mejor práctica internacional, lo cual complicó sus posibilidades de competir en una economía abierta. Estas dificultades eran mayores cuando las empresas actuaban en actividades en las que se había producido un gran salto tecnológico en el escenario internacional lo cual implicaba la necesidad de altos niveles de inversión para mantener competitividad en el mercado, productos de consumo durable, ciertos bienes de capital, electrónica, etc. o en las que habían ingresado nuevos competidores con precios altamente competitivos y condiciones no siempre leales de comercio internacional, textiles y confecciones, juguetes, etc. (Bisang y Gómez, 1999).

Las PyMEs, fueron fuertemente afectadas por las reformas de los noventa, sólo aquellas empresas “dinámicas” lograron no sólo sobrevivir, sino expandir su mercado doméstico y, en muchos casos, hasta exportar, sobre la base de sus capacidades tecnológicas acumuladas, sus habilidades gerenciales y su stock de capital humano (Yoguel y Rabetino, 2000). Como afirma Milesi, (2000): “en buena medida el mejor desempeño durante los noventa estuvo asociado a capacidades diferenciales que distinguían a esas firmas del resto del universo PyMEs en la etapa previa a las reformas.”

Las grandes firmas fueron más proclives a realizar actividades de innovación y a lanzar innovaciones al mercado. Lo mismo ocurrió con las firmas que empleaban personal calificado y que estaban más orientadas hacia los mercados externos. Esos mismos factores: tamaño, empleo de personal calificado, exportaciones, junto con la magnitud de las inversiones en capital físico, fueron elementos determinantes de los niveles de productividad laboral. (Chudnovsky, 2004)

La realización de actividades de innovación incluyendo tanto I&D como la adquisición de tecnología tangible e intangible aumentó la probabilidad de convertirse en innovador. Los esfuerzos continuos de I&D tuvieron, además, un impacto considerablemente mayor sobre la probabilidad de obtener un producto innovador que los gastos discontinuos. (Moori-Koenig, V., Quintar, A. y Yoguel, G; 1996)

A su vez, los innovadores, las firmas que introdujeron productos y/o procesos nuevos o radicalmente modificados para ellas, aunque no necesariamente para el país o el mundo tuvieron un mejor desempeño que los no innovadores en términos de productividad laboral.