DERECHO: ¿CUÁL DERECHO?
DE LA CONSTITUCIÓN BURGUESA A LA CONSTITUCIÓN DE NUEVA DEMOCRACIA

DERECHO: ¿CUÁL DERECHO? DE LA CONSTITUCIÓN BURGUESA A LA CONSTITUCIÓN DE NUEVA DEMOCRACIA

Álvaro Bedoya Salazar

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5.8 Ernesto Samper

Para estas elecciones presidenciales se ponen en práctica las dos vueltas y la figura del vicepresidente. Samper se casa con el gavirismo al nombrar como su fórmula al incondicional del régimen, Humberto de la Calle Lombana, quien actuó como el representante más caracterizado de Gaviria Trujillo en el proceso de reforma constitucional.

El día 29 de mayo de 1994 se fueron a la primera ronda electoral, que ganó Samper, por escasos 18 mil votos, sobre su más fuerte competidor, el señor Pastrana, y este, con el objetivo de ganar la segunda vuelta, le entregó a Cesar Gaviria unos casetes donde se oían unas supuestas grabaciones entre un intermediario de la campaña “Samper, Presidente” con un personaje del denominado Cartel de Cali, de donde, según la cinta magnetofónica, se deducía que la campaña liberal había recibido más de 6 millones de dólares.

La segunda vuelta electoral se celebro el 19 de junio de 1994. A pesar de la trifulca creada por los casetes de Pastrana, Samper ganó por un escaso margen de 156 mil votos, lo cual animó a Pastrana a exigir la renuncia del elegido si se comprobaba la acusación. Este hecho marcó el cuatrienio samperista, con una inusitada participación y algarabía de los organismos norteamericanos de seguridad. César Gaviria se fue en medio de la indignación nacional por haber permitido la intromisión de tropas gringas en la zona de Juanchaco, en el Valle del Cauca. La oscura presencia de estos invasores a nuestro territorio patrio le sirvió a este cipayo como plataforma de lanzamiento para hacerse a la Presidencia de la Organización de Estados Americano, OEA.

Mientras tanto, en Colombia, el malhadado embajador de Estados Unidos, Myles Frechette, operaba como un virrey, dictando a diestra y siniestra cómo debían ser las leyes y cómo su aplicación. No se entrometía menos el director de la DEA en la política interna, al acusar a Samper de haber recibido dinero del narcotráfico y al tachar a Colombia como una “narcodemocracia”, con lo cual el Departamento de Estado preparaba el terreno para sacar a Ernesto Samper, no con una orden de extradición, sino secuestrado, como ya lo habían hecho con el presidente Noriega, de Panamá.

La actuación de Frechette y del director de la DEA fue una violación, un atentado, un golpe a la soberanía de Colombia y una injerencia sin límites en nuestros asuntos internos. En las relaciones internacionales, cada nación, ante las actuaciones de sus ciudadanos que merezcan sanción o castigo, cometidos fuera o dentro de su territorio, tiene el derecho de juzgarlos según sus propias leyes, por sus propios funcionarios judiciales y dentro de su propio territorio.

La Fiscalía General de la Nación, ocupada en ese entonces por Alfonso Valdivieso Sarmiento, y orquestadamente con la Embajada de EU, desató el conocido narcoescándalo, lo cual obligó al Congreso Nacional a la apertura de una investigación contra el presidente de la República. Lo anómalo del caso es que Valdivieso se lanzó en público a acusar, señalar y ordenar detenciones, cuando apenas los funcionarios de su despacho adelantaban las preliminares de la investigación.

Como resultado de todo este montaje, Samper fue notificado de la “descertificación” por parte del imperio, porque “no luchaba lo suficiente contra el narcotráfico”. Los gringos metieron al país en una lista negra y al presidente, en un acto de burda diplomacia, le retiraron la visa para entrar a EU.

En este caso operaron con premura, desde la sima oscura de la caverna, los jueces y testigos sin rostro; se despacharon oficios sin ninguna garantía procesal; se puso de moda la judicialización de la lucha popular, de las batallas libradas por los trabadores y productores del agro, de los trabajadores estatales, y se encarceló a dirigentes de la USO y a los trabadores de Telecom, quienes, en 1992, ante el anuncio de que se iba a poner en venta la empresa estatal en la bolsa de Nueva York, decidieron irse a una patriótica huelga en defensa del patrimonio nacional de las telecomunicaciones.

El país se hundió en una crisis económica sin precedentes, que coincidió con la creación del ALCA, el 21 de marzo de 1996, en Cartagena, en el marco de la Segunda Reunión Ministerial del Comercio y Foro Empresarial. El 13 de enero de 1997, Samper declaró al país en estado de emergencia económica y social.

La devaluación permanente del peso frente al dólar, la caída de los ingresos por las exportaciones del café y el petróleo, la quiebra de la producción agropecuaria, el cierre de empresas, eran el terreno propicio que necesitaba la jauría neoliberal para imponer toda clase de tributos, obligar al recorte del gasto público y restringir el crédito externo para el sector privado. El Congreso de la República, obsecuente como de costumbre, aprobó las medidas propuestas por el gobierno. Y también como de costumbre, la Corte declaró inexequible la emergencia económica. Fue en medio de esta crisis cómo, desde la cúpula imperial, se aceleró la intervención militar con el llamado Acuerdo de Interdicción Aérea sobre nuestro territorio continental y nuestro mar territorial, las fumigaciones aéreas y el envío de decenas de asesores militares, que invadieron los Ministerios de Defensa y el Interior, amparando su intervención con el pretexto de la “guerra antidrogas”.

Samper terminó su mandato en medio de un auge de la lucha popular encabezada por los trabajadores del Estado, los obreros, los educadores y los trabajadores del agro, que exigían el respeto a los derechos ya conquistados y en especial a la soberanía nacional.

Al calificar las maniobras samperistas, dice Héctor Valencia, secretario general del MOIR, en la Conferencia Obrera Nacional, de marzo 11 de 1995:

Con Samper tenemos una pelea que se ha centrado en el pacto social, meollo del Salto Social. Abrimos una primera confrontación respeto a la firma del pacto, ya que hacerlo equivale al colaboracionismo con la política imperialista y a la conciliación de clases con la burguesía en Colombia. Adoptamos una táctica para ese caso concreto y la aplicamos en el movimiento obrero sin timideces ni temeridades. Consistió en una labor de aglutinar fuerzas alrededor de nuestra posición, una labor paciente para explicarles lo correcto de esa línea. (…)

Existen compañeros que no son muy firmes en la posición política, pero si muy radicales en el método. El Partido ya atesora alguna experiencia para saber distinguir a quienes se esfuerzan por enmascarar posiciones blandengues tras manifestaciones de radicalismo en el método.

Contrarrestamos un intento en tal sentido cuando nos correspondió enfrentar la primera arremetida de Samper, con su pacto social, al que nosotros no adherimos y vamos a seguir haciéndolo cuando pongamos nuestras fuerzas, los sindicatos que orientamos, en pugna contra un pacto que el gobierno y quienes lo afirmaron tratarán de aplicar para hacer que la Clase Obrera caiga en el garlito de la conciliación de clase.

Se cerrará este aparte citando a Jorge Amado, en su novela Los subterráneos de la libertad:

El Negro dominaba la ciencia de las banderas, sabía distinguirlas unas de otras, hasta la del imperio británico –Inglaterra, Canadá, Australia, África del Sur–, tan parecidas en sus colores y dibujos.

Una vez fondeó a lo lejos, ante las playas magníficas, un barco de bandera nunca vista. Las autoridades no le habían permitido siguiera el acceso al puerto, pero ellos fueron todos a la playa, a saludar a la bandera roja de la hoz y el martillo, la que lleva consigo la estrella de la mañana. El primero en llegar fue el negro Doroteu, con su negra Ignacia y, al caer la noche, encendieron linternas marineras y con ellas hicieron señales, signos de amor y solidaridad, a la bandera y al navío, al comandante y a los marineros, al distante mundo del otro lado de la tierra, de donde llegaba, cortando mares, aquel prohibido barco soviético. Fue como una fiesta de de luces brillantes en las arenas, y aquella noche los potentados del país y los gringos turistas no tuvieron valor para asomarse a la playa. Incluso junto a las protegidas mesas de ruleta y bacará templaban sus manos, atemorizados, al lanzar las fichas de las apuestas, miedo del barco y las linternas, miedo de la roja bandera.