DESARROLLO INDUSTRIAL Y DEPENDENCIA ECONÓMICA EN MÉXICO. 1940-1970

DESARROLLO INDUSTRIAL Y DEPENDENCIA ECONÓMICA EN MÉXICO. 1940-1970

Hilario Barcelata Chávez

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3.1.2. El fin de la guerra y la expansión de los monopolios extranjeros

El fin de la guerra mundial, significa un momento de suma importancia, ya que a partir de entonces, la acumulación de capital en la industria, adquirirá nuevas formas y modalidades principalmente por la gran importancia que ganaran en dicho sector las inversiones extranjeras, y porque, dadas las condiciones que posibilitan y estimulan su ingreso a la economía nacional, alejarán cada vez más, la posibilidad de llevar a cabo un desarrollo industrial nacional autónomo.

El acelerado crecimiento que mostró la producción industrial, durante los años de guerra, al basarse en la expansión del mercado mundial, se enfrenta a críticas condiciones al finalizar la guerra, pues la amplia demanda de manufacturas cae de pronto y los mercados, una vez salvada la coyuntura histórica, vuelven a cerrar la oportunidad de expansión a las manufacturas mexicanas. Sin embargo, la industria nacional, va a enfrentar no sólo el inconveniente de carecer de mercados fáciles y seguros, sino que también enfrentara la necesidad de renovar su planta industrial agotada durante la intensiva etapa de uso y en la cual no podía reponer su capital constante.

Por otra parte, surgía también otro obstáculo, ya que la conclusión de la guerra dejó a las naciones victoriosas y fundamentalmente a Estados Unidos, nuevamente en posibilidades de continuar su expansión imperialista. Así, durante los últimos años de la década de los cuarentas, la agresiva política norteamericana invade nuevamente el ámbito económico nacional, a través de una expansión comercial y política librecambista. De tal manera, que la burguesía nacional, tendrá que enfrentarse tanto a ese expansionismo, que se ve reflejado en la invasión de productos manufacturados importados al mercado nacional, como a las fracciones burguesas ligadas al comercio y por tanto a los círculos imperialistas, portadores de la política de libre cambio.

Para este momento, y ante el nuevo gobierno de Miguel Alemán, la correlación de fuerzas aún seguía siendo favorable para la burguesía industrial, lo cual hace posible que el Estado la favorezca con una política proteccionista, con el fin de aislar a la industria nacional a la competencia externa. Aunque por otro lado, y ante las presiones de la burguesía comercial que buscaba imponer su hegemonía y el libre cambio como política comercial, el estado (ante la fuerza e importancia que representaba, no sólo políticamente, sino económicamente) tiene que llevar a cabo ciertas concesiones, que permitan, por otro lado, también, la armonía al interior del bloque en el poder, en la medida que se satisfacían los interese de ambas fracciones.

Esta concesión, sin embargo, era también y en amplia medida, una respuesta a la necesidad del sector industrial, de adecuarse a las nuevas condiciones que prevalecían, tanto internamente como en el exterior. Con ello, la burguesía industrial se aseguraba, el abasto de bienes intermedios y de capital importados, que le eran necesarios para reponer la maquinaria y equipo gastado, lo cual le serviría para ir diversificando, además, su producción hacía nuevos productos. Por otro lado el proteccionismo impuesto al mercado nacional, sólo se refería a aquellas manufacturas que se producían al interior del país, dando entrada a una gran cantidad de productos, lo que en amplio grado favorecía a la burguesía comercial y a los monopolios extranjeros.

De este proteccionismo, también se vio beneficiado indirectamente el capital extranjero, pues sirvió como un incentivo para diversas industrias para trasladar la producción al interior de la economía nacional, en lugar de exportar esos productos. Su posición de alta competitividad, hacía aún más atractivo dicho traslado, ya que en poco tiempo lograrían absorber a las débiles industrias nacionales y monopolizar diversos renglones de la producción industrial.

El amplio compás que el estado abrió para el ingreso de los capitales extranjeros, a través de una política para incentivar su llegada, y que fue, a fin de cuentas, una concesión a los librecambistas, permitió también satisfacer las necesidades de la industria nacional de renovación de maquinaria y equipo, y fue la principal opción que tuvo ésta, para diversificar su producción y cubrir sus requerimientos de financiamiento. Diversificación que , por otra parte se imponía como un imperativo, como una necesidad ineludible para continuar con el proceso de sustitución de importaciones, no entendido como un camino que se hubiera planeado de antemano, sino como una respuesta a las condiciones que imponía la realidad de ese momento, que hacía que a producción industrial se volcara hacia el mercado interno, ante la imposibilidad de hacerlo al exterior y por lo mimo, debía ofrecer a dicho mercado, productos nuevos, que serían la base de la expansión del consumo y del mismo mercado. Esta diversificación, en si misma era ya una sustitución sin proponérselo, pero no nace de la necesidad de impedir las importaciones de los bienes que ahora se producirían dentro del país, sino de la de expandir la industria a través de ellos.

Así, a partir de este momento, se inicia, lo que se ha dado a llamar, la primera tea del proceso de industrialización, la cual deriva en una segunda, cuya principal característica será, la del control monopólico abierto, de las grandes transnacionales en la producción industrial.

Ante toda esta sucesión de hechos importantes, la actitud del proletariado había sido de una relativa pasividad. La misma actitud que caracterizó al gobierno de Ávila Camacho, permaneció en el período alemanista. Mediante la represión del movimiento obrero, el divisionismo creado en su seno, la cercanía de los líderes sindicales con el gobierno y a los intereses que entre ambos crearon, se dio un refugio total de dicho movimiento que culminó con la sujeción de éste a la voluntad que imponía el gobierno.

Un fiel reflejo de lo que sucedía al interior del movimiento popular organizado, es el viraje que tuvo éste que de una agresiva lucha de posiciones políticas e influencias en la toma de decisiones en los centros de poder, pasó a un pasivo economicismo que únicamente buscaba lograr ciertas concesiones de tipo económico, olvidando todas aquellas que tuvieran un carácter político. Esta posición, que era la deseada por el Estado, se plasmó en las reformas que se le hicieron a la Ley Federal del Trabajo en 1947, mediante las cuales quedó establecida la necesidad de calificación de las huelgas por parte de las autoridades laborales y que, dichas huelgas, sólo se limitarían a negociar elementos contenidos en el contrato colectivo. Así, y junto con la implantación del arbitraje obligatorio del Estado en cualquier conflicto laboral, se restringió la huelga como instrumento para el logro de concesiones exclusivamente de carácter económico . Además, dado el control y manipulación que el estado podía ejercer sobre el movimiento obrero fue posible contener los salarios, limitándoles hasta donde las posibilidades de acumulación los permitieran.