SALARIOS, EMPLEO Y POLÍTICA SOCIAL

SALARIOS, EMPLEO Y POLÍTICA SOCIAL

Hilario Barcelata Chávez

Volver al índice

 

 

 

 

MODERNIZACIÓN PROYECTO DE LA POBREZA

19 de julio de 1990

A pesar de la retórica del discurso que con nuevo vocabulario pretende convencer de los “grandes beneficios” del modelo de “crecimiento hacia afuera”. A pesar de las palabras mágicas de “modernidad” y “solidaridad” (que hasta el momento absolutamente nadie ha podido definir clara y precisamente) con las que se pretende ganarse el apoyo social e impedir las resistencias sociales. A pesar de querer matizar con un carácter más humano el proyecto liberal del país, no es posible encubrir el regreso al “capitalismo salvaje” que éste significa, ni ocultar sus tremendas consecuencias en la economía del país y de sus pobladores.

Es claro, ya, que no sólo se han resentido graves efectos como productos de la política económica actual, sino que, adicionalmente, por el hecho mismo de que las cosas no han salido como lo planearon los estrategas gubernamentales (porque la realidad no es posible encasillarla en los estrechos márgenes de una teoría económica) ni se ha vencido la recesión, ni hay desarrollo, ni estabilidad monetaria, ni equilibrio externo, ni mejora en los niveles de bienestar de la población, ni mayor empleo. Y uno puede preguntarse ¿es por qué aún estamos en la “transición hacia la modernidad” o por qué esto es la modernidad misma? Los datos, las cifras y evidencias comprueban claramente que todos estos años la política económica no ha tenido sino efectos negativos sobre los agregados económicos y la población mayoritaria del país. Vemos así, que mientras en 1980 el Producto Interno Bruto (PIB) fue de 4 billones 470 mil millones de pesos (md.) en 1989 éste alcanzó en términos reales un nivel de apenas 4 billones 928 mil md ( a precios de 1980), es decir tuvo apenas un incremento del 1.1% en promedio anual durante 10 años. Lo que significa que el país sigue produciendo prácticamente el mismo monto de bienes y servicios que hace 10 años. Eso no sería tan grave si la población y por tanto las necesidades a satisfacer no se hubiesen incrementado, pero no fue así, y mientras que 1980 ese PIB se repartía entre 69 millones de habitantes, actualmente una cantidad muy parecida se divide entre cerca de 85 millones de personas; lo que explica claramente el grave problema de la escasez de productos y de su carestía y por tanto de la insatisfacción de las necesidades de la población .

Este brutal estancamiento se explica por un estancamiento similar en la inversión privada la que en 1980 representaba el 4.1% del PIB y en 1989 representó exactamente ese mismo porcentaje, es decir que dicha inversión, en términos reales no tuvo variación alguna en 10 años.

Pero el elemento más importante en este estancamiento fue la inversión pública cuya caída implicó pasar de representar el 10.7% del PIB en 1980 al 4.8% en 1989. Hecho, este último, que está ligado estrechamente al estancamiento en el crecimiento del gasto público presupuestal el cual en 1980 fue de un billón 389 mil mp., y en 1989 fue de un billón 735 mil mp., mostrando un raquítico crecimiento del 2.5%. Es decir que en la medida que la población ha aumentado, el gobierno ha mantenido constante su nivel de gasto, por lo que las necesidades sociales no han sido satisfechas y al mismo tiempo han crecido. Pero ese mismo estancamiento ha repercutido en el estancamiento de la economía, en tanto que la reducción de la inversión pública se expida justamente por esa falta de crecimiento del gasto público.

Desde luego que este estancamiento de la inversión y de la economía en general se han reflejado en una menor oportunidad para acceder a un empleo. En 1980 había una Población Económicamente Activa (PEA) de 22 millones de personas, de las cuales se encontraban empleadas en el sector formal de la economía 20 millones, es decir había 2 millones de desempleados. En 1989 la PEA llegó, por el crecimiento poblacional, a 30 millones de personas, es decir, creció en un 3.6% en tanto que el nivel del empleo mostró un crecimiento de apenas el 1.2% llegando a 22 millones de personas empleadas, numero que, de haberse mantenido constante la PEA, hubiese sido óptimo, pues hubiera significado que no habría habido desempleo. Pero una economía debe crecer al ritmo de las necesidades de su población, las que crecen a medida que dicha población aumenta, y como la economía mexicana mostró un fuerte estancamiento en todos estos años analizados, en 1989 el número de desempleados llegó a 8 millones de personas. Esto significa que mientras que en 1980 el desempleo representaba tan sólo el 10% de la PEA, en 1989 aquel representó el 26% de ésta.

Sin embargo, para quienes pudieron conservar su empleo o para aquellos que lograron conseguir uno estos años, las cosas no fueron muy halagadoras. La injusta distribución del ingreso, provocada primordialmente por el injusto esquema de la maximización de ganancias a través de la minimización del salario, y por la instrumentación de un injusto modelo de control inflacionario a través de la contención salarial, trajeron consigo un empobrecimiento generalizado en los trabajadores mexicanos, lo cual es evidente al observar el comportamiento de la participación de las remuneraciones de los factores de la producción en el ingreso nacional. Aquí podemos ver que, mientras que en 1980 al factor trabajo correspondía el 40.8% del ingreso nacional, al factor capital correspondía el 50.6%; en 1989 el capital concentraba ya el 65% de este ingreso, en tanto que el trabajo perdió participación al pasar a obtener un porcentaje de tan sólo el 22.7%, de tal modo que mientras el capital incrementó su participación en el ingreso nacional en un 30%, el trabajo disminuyó su participación en un -33%.

Este fenómeno se explica, como ya se mencionó por la fuerte contradicción salarial de estos años, la cual provocó una caída del índice del salario mínimo urbano en un 52% en términos reales de 1980 a 1989 disminuyendo a una tasa promedio anual del -7.8% Caída que al compararse con el comportamiento de la productividad media laboral desmiente la teoría empresarial y de algunos círculos gubernamentales, que ha servido para justificar el freno al salario y que argumenta que el crecimiento de este, está en función de la productividad del trabajo y que por permanecer invariable a ésta, aquellos tampoco han tenido los incrementos que los trabajadores desean. Sin embargo, la productividad media del trabajo de 1980 a 1989 ha permanecido constante en tanto que el salario ha caído brutalmente. Si el argumento empresarial fuera cierto, el salario de hoy debería se igual al de 1980.

Igualmente debido al estancamiento económico y al crecimiento poblacional y a la falta de resultados concretos para reactivar la economía, el Ingreso Real per cápita cayó en términos reales e 1980 a 1989, pues mientras en el primer año fue de 48 600 pesos, en el segundo fue de 41 000 pesos (a precios de 1980) lo cual significa un fuerte retroceso en el desarrollo económico y social. Lo mismo sucedió con el PIB per cápita que en 1980 era de 2803 dólares al tipo de cambio de ese año y para 1989 se redujo a 2164 dólares (al tipo de cambio de 1989) .

Los desequilibrios externos han sido también característicos en esta etapa analizada, lo que resulta paradójico para un proyecto que supone la apertura económica como el motor impulsor de la economía y que se propone como meta acabar justamente con ese desequilibrio a través de esa apertura.

La fuerte inflación vivida por nuestro país y la imposibilidad para mejorar los términos y las condiciones en que se realizan los intercambios de mercancía y de capital provocaron que en los últimos 10 años la moneda nacional se devaluará más que en 70 años desde el Porfiriato hasta López Portillo. Así, mientras que en 1980 el valor del dólar era de 22.9 pesos, actualmente es de 2868.5 pesos. Hecho, éste que ha provocado serios conflictos al interior del país en la medida que ha alterado todas aquellas transacciones que se realizan en dólares, incrementando su valor, principalmente preocupante y riesgoso en lo referido a importaciones y deuda externa, la cual, por cierto y en ello nadie repara, crece día a día en términos de pesos en la medida que cada día hay que dar más pesos por un dólar. Así, mientras que en 1980 el valor de la deuda en pesos era un billón trescientos mil millones de pesos (al tipo de cambio de ese año), en 1990 el valor de esa deuda es de 259 billones trescientos mil millones de pesos, lo que significa que mientras que en dólares la deuda externa creció un 72% en pesos creció 19846% debido a la fuerte devaluación monetaria. Así hoy la deuda externa, en términos de pesos es 199 veces más grande que hace 10 años, aunque en términos de dólares apenas sea 1.7 veces más grande. Y aunque la deuda se paga en dólares hay que recordar que para obtener los necesitamos reducir, pero la producción se realiza en pesos que se convierten en mercancías que al venderse en el exterior se convierten en dólares, pero aquí es al contrario ya que por el volumen total vendido en el extranjero, en el que se invierte la misma cantidad de pesos se recibe una menor cantidad de dólares que antes de una devaluación. Lo que equivale a decir que ante el fenómeno devaluatorio, con la misma cantidad de pesos que se invierte en la producción se obtiene una menor cantidad de dólares y que es necesario invertir una mayor cantidad de pesos en la producción para obtener la misma cantidad de dólares. De ahí que el problema devaluatorio sea tan grave, en tanto que causa efectos negativos en la producción y en el sistema financiero nacional, provocando una seria descapitalización en ambos.

Es curioso que siendo tan evidentes los fracasos de la política económica y el descontento generalizado por sus efectos, se insista en mantenerla y en algunos aspectos se le profundice.

Existe la confianza plena en los círculos gubernamentales de que a la larga el proyecto tendrá éxito. Habría que ver a que se le llama éxito y que costo habrá que pagar por él.