SALARIOS, EMPLEO Y POLÍTICA SOCIAL

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Hilario Barcelata Chávez

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LA NECESIDAD DE LOS CONSENSOS Y LA CONCORDIA SOCIAL

En el tránsito a la democracia, la sociedad mexicana ha sufrido las consecuencias del ajuste provocado por el choque entre la necesidad de crear modernas instituciones y prácticas sociales y los restos de un sistema político que se resiste y se niega a morir.

El conflicto también adopta la forma de un enfrentamiento entre las modernas prácticas sociales que se requieren para la construcción de una sociedad democrática y los componentes culturales propios de una añeja y anquilosada forma de organización social, que perviven en la visión del mundo de los mexicanos como parte de su ser actuar, entre otros, la falta de respeto a la legalidad y a las instituciones; la corrupción, la trampa y la mentira como práctica cotidiana; el autoritarismo como mecanismo de decisión en lo individual y en lo colectivo; la incapacidad para pensar con tolerancia y , solidaridad; la falta de conciencia y compromiso social; la prevalencia del interés personal sobre el social; la desconfianza que impide generar certezas acerca del respeto a normas, reglas, fórmulas, la hipocresía en los acuerdos políticos, el compromiso vacío.

Lo que enfrenta y polariza, también, a la sociedad mexicana es la desigualdad económica y social existente en el país, pues entre más desiguales son los grupos sociales mayor es la diferencia y la distancia entre sus intereses y objetivos. Desde los ochentas México ha estado sujeto a un profundo proceso de desigualación, cuyos resultados han sido el acrecentamiento de la pobreza y la concentración del ingreso y la riqueza; mientras que las oportunidades de mejoramiento material se han ido cerrando de modo permanente, debido a la dramática reducción de la “capilaridad social” entendida como “la posibilidad de que los individuos de las capas bajas de la sociedad, puedan ascender hacia niveles superiores” Con ello las expectativas de mejoramiento social se han visto altamente deterioradas. La desigualdad ha provocado un proceso de fragmentación social, desintegrando a la sociedad y propiciando una profunda ruptura política entre todos los mexicanos, aumentando el grado de conflictividad política y el riesgo de ingobernabilidad.

Hoy la sociedad mexicana se encuentra dividida y polarizada entre dos visiones del mundo cuya escasa complejidad les impide constituirse en mecanismos que convoquen a la concordia y los consensos por ser extremadamente rudimentarias e inacabadas, como propuestas para definir un proyecto de nación incluyente, es decir, en donde todos encuentren la posibilidad de alcanzar un nivel de vida digno y una forma de mejoramiento permanente del mismo. Dos visiones que, al mismo tiempo, son incapaces de ofrecer una propuesta para reconstituir el tejido social y ofrecer espacios de convivencia y mejoramiento para todos.

Por un lado, el neoliberalismo no constituye ya una oferta ideológica. Víctima de su propia lógica se ha convertido en un peligroso fanatismo liberal, un catecismo ideológico que cree de manera ciega en la libertad como ausencia absoluta de coacción; una decante y extremista visión del mundo que ha conducido a un libertinaje económico y social que crea escenarios donde prevalecen los intereses privados (de unos cuantos por supuesto) por sobre los del país. Por otro lado, el socia-liberalismo (que fundamenta la ideología de las izquierdas) no ha sido lo suficientemente depurada y asimilada al contexto nacional. Víctima de sus propias contradicciones no termina de rescatar los valores y principios socialistas que lo sustentan y que fueron útiles a la sociedad en su momento, y tampoco logra incorporar renovados enfoques liberales, que requiere una sociedad democrática y participativa. El gran problema hoy, que es que ni siquiera hay un dialogo entre esas dos visiones del mundo y el desarrollo requiere que la sociedad pueda establecer ese diálogo donde se discuta, valore, analice y se definan las ideas que sustentan el modo de organización social que garantice el mejoramiento material y espiritual de todos los grupos sociales, sin discriminación alguna. No solo porque de él se derivan las formas específicas en que la sociedad se organiza e interrelaciona, sino, también, porque de él depende que existan las condiciones para que cada individuo pueda estar en condiciones de avanzar en el mejoramiento social, material, cultural y espiritual.

Uno de los grandes problemas que enfrenta hoy nuestro país, es la imposibilidad de crear los consensos necesarios. El problema es que aún carecemos de todos los instrumentos democráticos para ello. Por lo anterior es necesario crear los espacios de debate de las ideas que den cabida a todas las formas de pensamiento y en todos y cada uno de los ámbitos que influyen en la construcción de una sociedad democrática con el fin de establecer líneas de acción consensuadas que fundamenten la acción política de los ciudadanos y los agentes del cambio político, económico y social.