SALARIOS, EMPLEO Y POLÍTICA SOCIAL

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Hilario Barcelata Chávez

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LA EQUIDAD: OBSTÁCULO PARA EL DESARROLLO

Según el Informe sobre el desarrollo mundial 2006, preparado por el Banco Mundial, una profunda desigualdad de bienes y oportunidades, tanto al interior de cada nación como entre diferentes países, contribuye a mantener la pobreza extrema de la mayor parte de la población, provoca el desperdicio del potencial humano y frena el ritmo del crecimiento económico sostenido. Más aún, la equidad es una condición fundamental para asegurar el pleno ejercicio de los derechos de los pobres y un mejor clima para la inversión.

Es necesario dejar en claro la distinción entre igualdad y equidad. La igualdad se refiere a los resultados que obtiene una persona derivado de los procesos económicos y sociales; por ejemplo la igualdad de ingresos o estado de salud u otro resultado específico. La equidad, en cambio, se refiere a la igualdad de oportunidades con que cuenta una persona para obtener ciertos resultados, de manera que el esfuerzo, la iniciativa y las preferencias personales —y no los antecedentes familiares, la raza o el género— expliquen las diferencias entre los logros económicos de las personas.

Las políticas que favorecen la equidad forman parte de una estrategia exitosa de reducción de la pobreza, porque permiten subsanar la desigualdad, aunque el objetivo no es alcanzar la igualdad de ingresos o riqueza, sino, ampliar el acceso de los pobres a la atención de la salud, la educación, el empleo, el capital y los derechos de propiedad de la tierra.

La equidad exige, como requisito crucial, una mayor igualdad de acceso a las libertades políticas y el poder político. También implica poner fin a los estereotipos y la discriminación, y mejorar el acceso a los sistemas de justicia y la infraestructura.

Para aumentar la equidad dentro de los países en desarrollo, es necesario aplicar políticas que corrijan la desigualdad permanente de oportunidades nivelando las condiciones económicas y políticas. Muchas de esas políticas, también permitirán aumentar la eficiencia económica, por ejemplo: ampliar el acceso a los servicios de salud y educación de buena calidad; organizar redes de protección social para los grupos vulnerables; ampliar el acceso a la justicia, la tierra y la infraestructura económica (caminos, obras de abastecimiento de agua y saneamiento y telecomunicaciones) promover la justicia en los mercados financieros, laborales y de productos, para que la población pobre pueda acceder más fácilmente al crédito y el empleo, y no se vea discriminada en ningún mercado; ampliar el acceso de la población pobre al crédito y el seguro.

La equidad y la prosperidad son complementarias. Existen muchos casos en que los elevados niveles de desigualdad política y económica dan origen a instituciones económicas inequitativas y propician una organización social que favorece sistemáticamente los intereses de los poderosos, socavando la equidad y el potencial de un país para crecer y reducir la pobreza, porque protegen los intereses de los ricos en detrimento de los grupos medios y pobres que no logran aprovechar su talento y la sociedad pierde oportunidades de innovación e inversión.

La inequidad genera una enorme trampa cuando las desigualdades entre individuos y grupos se perpetúan, de una generación a otra, la cual se caracteriza por altas tasas de mortalidad infantil y de desempleo; bajos ingresos y bajas tasas de matriculación y de eficiencia terminal en la escuela, rasgos que se repiten generación tras generación.

Las oportunidades, grandes o pequeñas, pasan de padre a hijo, de madre a hija. La persistencia de la inequidad se perpetúa por la interacción de mecanismos económicos, políticos y socioculturales, como las actitudes y las prácticas discriminatorias en relación con la raza, el origen étnico, el género y la clase social.

Para ayudar a las sociedades a escapar de esas trampas de la desigualdad, es vital fortalecer la capacidad de los grupos pobres y excluidos para presionar con el objeto de obtener mecanismos más sólidos de participación y responsabilidad política.

Al insistir en que se impongan más frenos y equilibrios a los abusos del poder económico y político que cometen las élites, los pobres y excluidos pueden establecer alianzas con las clases medias con el fin de apoyar las estrategias encaminadas a lograr cambios para contrarrestar la dominación oligárquica y nivelar las condiciones imperantes en el ámbito político.