SALARIOS, EMPLEO Y POLÍTICA SOCIAL

SALARIOS, EMPLEO Y POLÍTICA SOCIAL

Hilario Barcelata Chávez

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EL MITO DE LA PRODUCTIVIDAD Y LOS SALARIOS

8 de marzo de 1990

“Los hambrientos no hacen las revoluciones. Los hambrientos se mueren de hambre”

Gunnar Mirdal

Recientemente estuvo en México el afamado economista norteamericano Rudiger Dornbusch investigador y catedrático del no menos famoso del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Como miembro de la corriente clasificada neoliberalismo económico al lado de Paul Samuelson y Milton Friedman no extraña sus particulares puntos de vista respecto a la situación económica de nuestro país. Lo que es preocupante es que sus tesis hayan ganado, ya, tanto terreno no sólo entre la intelectualidad sino también entre funcionarios públicos y privados, e incluso se empiecen a incorporar sus argumentos al sentido común nacional.

En particular la idea más difundida y más aceptada (gracias a las cúpulas empresariales, las universidades neoconservadoras un grupo de funcionarios públicos de formación friedmaniana y uno que otro despistado) es la que de los salarios no deben de incrementarse, a menos que exista un correspondiente incremento en la productividad del trabajo porque cualquier aumento del salario por encima del incremento en la productividad provoca un incremento en los precios. Lo cual conduce, por lo tanto, a la brutal conclusión de que los salarios no deben incrementarse cuando se incrementan los precios de los bienes que el trabajador consume, sino sólo cuando la productividad del trabajo se incrementa.

En palabras de Dornsbusch, la situación es que “ A medida que aumente la productividad se podrá dar espacio para que se incrementen los salarios... pero esto tiene que hacerse precisamente en este orden , los salarios reales no pueden crecer sin un aumento en la productividad”. (El financiero Lunes 5 de marzo de 1990), a mi juicio no cabe la menor duda de que es necesario hacer algunas consideraciones a este respecto para precisar algunas cuestiones referentes a la tesis de Dornbusch.

No es un secreto de que en la década de los ochentas una de la variables económicas que mas daño sufrió por los efectos de la crisis recesiva fue el salario de los trabajadores los que enfrentaron un fuerte rezago frente al brutal incremento generalizado de los precios de todas las mercancías. La disparidad con la crecieron unos y otros provocó una muy amplia caída del salario real, lo que significa que en la actualidad un trabajador ya no puede comprar la misma cantidad de mercancías que compraba hace unos años a pesar de que sus ingresos se han incrementado, ello por dicho incremento fue mucho menor que el tuvieron los precios.

Si partimos del supuesto teórico de la escuela marginalista y neoclásica de que el salario del trabajador debe de estar en función de su productividad, se está asumiendo también la tesis mas general de que la remuneración de los “factores productivos” está en función a la productividad es decir a la forma en que contribuyen a elevar el volumen de la producción total de una empresa.

Adoptar este supuesto implica aceptar que los costos de producción de una empresa dependen del costo de dichos factores, los cuales se compran en el mercado a un deterioro precio, el cual se determina a partir de la oferta, la demanda y las características intrínsecas de cada factor (tales como su capacidad productiva)... Pero su precio también depende de los costos de producción de dichos factores. Es decir, el costo de un bien capital depende de lo que haya costado producirlo y el costo de la mano de obra depende del costo de manutención del trabajador. Es decir, que el costo de la mano de obra depende del precio de los bienes que el trabajador consume diariamente (ya sea alimentos, vestido, vivienda, salud y educación por citar los básicos) Por lo mismo en la medida que el precio de estos bienes-consumo aumenta, se incrementa también el precio de la mano de obra. Pero el precio de contratación de la mano de obra está también regido por la ley de la oferta y la demanda. Por ello en la medida que crece el numero de personas que buscan un empleo remunerado mientras el número de empleos ofrecidos permanece constante o disminuye (esto es si la demanda de trabajo es menor a su oferta) el precio de la mano de obra tiende a permanecer constante o a disminuir.

Reconociendo la injusta remuneración a la que conduce el libre juego de la oferta y la demanda en el mercado de trabajo que se agudizan en etapas recesivas como la actual en que mientras el salario disminuye, el precio de los bienes y servicios aumentan, y en la cual mientras la demanda de un empleo remunerado aumenta disminuye la oferta de empleos, el Estado mexicano, establece en el Artículo 123 de la Constitución Mexicana, la existencia de los llamados “salarios mínimos” como el ingreso mínimo que deberán recibir los trabajadores como remuneración a su trabajo y que les deberá permitir satisfacer sus “necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural y para promover a la educación obligatoria de los hijos”. (Artículo 123, Fracción VI). Dicho artículo pretende justamente evitar que los mecanismos de funcionamiento del mercado conduzcan al establecimiento de salarios injustos para los trabajadores (lo que muestra que la racionalidad económica no siempre está provista de una racionalidad humana).

Pero dicho artículo también, es un reconocimiento de que la remuneración de los factores productivos no puede establecerse sobre los mismos parámetros (como lo hace la teoría económica) porque dichos factores no son iguales, por la simple razón de que uno de ellos tiene esencia humana y por tanto su remuneración no puede ser establecida, a través de mecanismos desprevistos de la capacidad de valorar dicha esencia. Como es obvio una caída del precio de una mercancía provocada por la disparidad entre su demanda y su oferta nunca tendrá las mismas repercusiones que una caída del precio de la mano de obra provocada por una disparidad similar.

Afirmar que los incrementos salariales no tienen que ir en razón a un alza en los costos de los productos, sino acorde a la productividad del trabajo significa, necesariamente, dejar de reconocer esta característica fundamental del factor trabajo reconocida por el Estado mexicano e implica dejar en manos del mercado uno de los principales compromisos entre el Estado y la sociedad .