GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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CAPITULO 4. MERCADOS Y ESTADOS

I. INTRODUCCIÓN

Sintiéndose en dificultades en el ámbito interno y viendo hacia afuera un horizonte "ilimitado", el Estado se dirige a una sociedad amplia que se muestra pronta a recibirlo: para cualquier Estado el resto del mundo, que durante un buen tiempo representó su límite (lo contenía o lo comprimía), hoy se ha vuelto simplemente "un espacio más grande", en el que podrá reencontrar su libertad de acción. Este mecanismo parece ser más verdadero para las empresas globales que para las autoridades estatales. Acaso convendría decir que las primeras tuvieron mayor rapidez y facilidad para moverse con velocidad en el nuevo escenario global; pero basta considerar que la globalización no ha incidido mínimamente en la disminución las desigualdades mundiales (para entendernos mejor, me refiero a la desigualdad entre países ricos y pobres; incluso dentro de los países del sudeste asiático la riqueza no se ha redistribuido) para comprender que los ganadores en la globalización continúan siendo los Estados que le dieron vida, no los que fueron alcanzados por ese imprevisto ventarrón de capitalismo salvaje. Más claramente, el TLCAN, el Tratado de Maastrich o los programas de la OMC no han alterado las diferencias entre países o grupos de familias ricos y pobres, sino que las han mantenido y en algunas áreas se han incrementado. Podríamos decir que mientras algunos países han sacado un gran provecho de la globalización, otros en cambio la han sufrido (quizá luego lentamente ganando algo); pero esta circunstancia pone en evidencia que la globalización no es entonces el fruto espontáneo de los tiempos, sino una respuesta extremadamente sofisticada a las dificultades de los tiempos, o por lo menos de su novedad. Sí, es verdad que en la globalización los Estados pierden hegemonía fiscal, pero también adquieren otras ventajas económicas resumidas en la diferencia creciente entre las riquezas consumidas en su interior y las no consumidas en los países "explotados".

Una situación así requiere de una estructura de tipo liberal como la adoptada por la concepción benévola de la globalización, de acuerdo con la cual los movimientos de bienes y capitales, la ampliación de los mercados y la homogeneización de los servicios financieros son manifestaciones positivas hechas posibles por la victoria de la concepción liberal de la economía internacional. Podríamos incluso resucitar el viejo liberalismo de la primera parte del siglo XIX para decir que el comercio rinde beneficios mayores que las guerras y, por tanto, es mejor comprar y vender en los mercados que bombardearlos (en Cobden, Saint-Simon, James Mill y N. Angell la música siempre es la misma). Pero para convencerse de esto, los Estados debieron recibir la expectativa razonable de que la guerra no es solamente un negocio que ya no rinde gran cosa, sino que incluso se ha vuelto una eventualidad más bien pequeña (más claramente, las guerras africanas cuestan muy poco en términos de "complejo militar industrial" como para que grandes Estados se involucren en ellas, comparados con los 79 mil millones de dólares que Bush pidió al congreso para la guerra de Irak tan sólo para el año del 2004).

Así y todo, sostener que el Estado, entendido en términos tradicionales, está en decadencia no implica algo catastrófico, sino más bien que ese Estado en cinco siglos desarrolló y consumió todas sus potencialidades, después de haberse extendido a todos los niveles y al límite de su actividad y de penetración. Hoy ya no tiene, como tal, innovaciones que proponer; solamente puede repetirse en sus funciones. Esto no quiere decir que la historia se haya frenado, sino simplemente que la situación "final" del Estado es la de su coparticipación en una sociedad globalizada. De esta manera, al final de un proceso de esta envergadura emerge una "sociedad civil internacional", unificada por su lengua franca, por la disponibilidad de los mismos productos en cualquier establecimiento, por el carácter apátrida de los capitales, y por todas las dimensiones que son asignables al proceso de globalización.

Sin embargo, hay una realidad que no se ha vuelto apátrida, la de los habitantes del planeta: ellos todavía "pertenecen" a Estados, o más bien dicho, han quedado como el único "bien" ubicable (tan es verdad que las estadísticas sobre la desocupación continúan siendo compiladas por país). Es verdad que el mercado de trabajo a su vez se va globalizando y que es verosímil que un joven europeo del año 2019 trabajará indiferentemente en una de las partes (ex Estados) de Europa; pero esto, no sólo está todavía por suceder, sino que podría no resolver los problemas planteados por los comunitaristas (o agudizarlos), quienes insisten en los vínculos territorial afectivos; no es casual que los problemas de las minorías étnicas en otros países se vayan volviendo cada vez más graves, principalmente en África.

Dicken (1998:79) establece un punto importante al afirmar que “la gobernabilidad de la economía internacional fue sinónimo de de gobierno en los Estados nacionales al ejercer ellos su poder de control legitimo sobre sus territorios soberanos”. Ahora ese control legítimo se deteriora y la gobernabilidad se pierde. Pero sólo en aquellas regiones donde los Estados están realmente insertos en el proceso globalizador.

Para poner las cartas sobre la mesa de la manera más clara y simple posible, el problema está en el hecho de que el proceso de globalización no es en realidad "global", en el sentido de que favorece solamente a algunos Estados, regiones o núcleos y no a toda esta nueva "sociedad civil planetaria". Es extremadamente verosímil que el gobierno brasileño (hasta donde pueda) y sus grandes capitales (hasta donde alcancen) entren en el circuito de la globalización, pero no creo en absoluto que puedan percibir alguna ventaja de esto los niños de la calle o los millones de inquilinos de las favelas porque los ciudadanos, en su gran mayoría, se quedan donde están. Lo mismo ocurre en México con empresas que se ubican en casi todos los países desarrollados compitiendo exitosamente, y junto a ello, la marginación y pobreza de más de la mitad de la población no ha disminuido en términos absolutos, no sólo no ha cambiado, sino que se agrava en términos relativos. Desde esta perspectiva resulta que en realidad también las dimensiones globales de la globalización son falsas, se trata de un proceso que atañe a un poco más del tradicional "Primer Mundo", y que, por consecuencia igualmente, el engranaje de la globalización no escapa de las manos de los Estados (económicamente más fuertes). Cuando nuestros industriales dicen que Italia, México, Brasil o Argentina deben "encarar el desafío de la globalización" ¿acaso se refieren exactamente a lo mismo?

De todo esto se colige que la globalización es el principal problema de la época en la que las relaciones internacionales "explotan" penetrando en cada rincón del planeta, partiendo en el lugar de la guerra los problemas del trabajo, así como a los de la salud en el de la ecología y la igualdad.

La globalización no produce la superación de los Estados. Ante la tesis difundida que los Estados han sido rebasado en todo y deben desaparecer, tenemos que afirmar que ello es falso. En todo caso los reubica de acuerdo con una jerarquía distinta con respecto a la ponderación del pasado. Esto no quita que el Estado territorial decline o pueda declinar,- pero las razones de una eventualidad de esta naturaleza deben ser buscadas en otra parte. Es caso Europeo es buen ejemplo: aunque en cada Estado las facultades son disminuidas éstas se trasladan a las instituciones comunitarias que por si mismas se están convirtiendo en otro Estado, pero de dimensiones mayores.

En primer lugar, es preciso no olvidar que la condición suficiente de la globalización (la condición necesaria fue el desarrollo histórico del "espíritu del capitalismo") fue la victoria de Estados Unidos sobre la URSS, o sea, de su modelo socioeconómico de economía de libre mercado; esto ningún otro Estado puede modificarlo. Que su orientación económica de libre mercado, (junto con el alemán y el japonés) sea el más vital y agresivo es la demostración de esta aseveración: así como fueron capaces de derrotar al socialismo ¿no serán también capaces de imponer un nuevo umbral al sistema de libre mercado?

Aquí entra en juego otro, y muy importante, elemento, constituido por la integración entre la sociedad y el sistema político estadounidense (es igual para Japón y Alemania). Para decirlo con una fórmula bastante conocida: los gobiernos americanos son los "comités de negocios" de un sistema económico libre de obligaciones. Basta con observar, en contraste, las tensiones existentes entre el Estado y la sociedad en Italia (y también en Francia y Alemania) para percibir el peso de la diferencia. También desde este punto de vista reencontramos, pues, la no desaparición del Estado que, al contrario, permanece como un elemento fundamental de coordinación.

La superioridad de algunos Estados (y en la práctica de Estados Unidos) produce una consecuencia importante en el plano social internacional, esto es, que las normas universales de comercio (pero no porque sea la única variable significativa, sino sobre todo porque el comercio internacional es el nuevo verdadero médium o, mejor dicho, el business más grande que existe) y de un nuevo derecho privado planetario provienen de algunos Estados y van hacia todos los demás Estados, los cuales no pueden más que plegarse a esta situación. Tan es así que el principio fundamental de las relaciones internacionales ya no es la soberanía (el derecho a la autonomía, a la independencia) sino la participación, es decir, la admisión en el juego de las grandes potencias financieras. Paradójicamente (como valor de prueba contrastante) el principio de soberanía es defendido ya solamente por los Estados pobres y de cualquier forma excluidos de la "buena sociedad". Esto puede ser tomado como otra vía para explicar el fundamentalismo anticapitalista o antioccidental.

Para todo ello existe un mecanismo, inventado por las grandes instituciones bancarias del mundo (Banco Mundial, Fondo Monetario, etcétera) ya desde hace muchos años para "condicionar" los apoyos a los países pobres de acuerdo con determinados requisitos. Debemos dar a este hecho un valor especial: estas instituciones no son estrictamente estatales, no obstante se dirigen a los propios y verdaderos Estados. Antes la regla de oro para dar ayuda a los países era el anticomunismo, hoy es la aceptación de las reglas de la globalización. La condicionalidad se ha vuelto un excelente instrumento de control social internacional; probablemente ésta es la verdadera clave de la globalización. Condicionalidad significa, en términos prácticos, presión desde el exterior sobre un gobierno con el propósito de que ese gobierno homologue el comportamiento económico de su país a los requerimientos externos, dictados por las exigencias globales. El caso más evidente e importante en la actualidad en la Unión Europea está representado por la "condicionalidad de las cláusulas de Maastricht", las cuales facultan al consejo de ministros hacendarios (o al banco central) para intervenir en la vida interna de uno o más de los países miembros con el fin de imponer determinados parámetros de conducta. El actual gobierno de la Francia o Alemania no están respondiendo a las exigencias de sus ciudadanos, sino a las condiciones impuestas a cualquiera que quiera participar en la fase final de la integración europea. El euro como moneda común es entendido, a su vez, como la respuesta europea a la globalización, y la participación de los Estados europeos en la moneda común es su respuesta al desafío de la globalización. Todos están condicionados por algo: ¿quién estableció el contenido de todo esto? (no faltan los ejemplos: así sucede con el TLCAN, lo mismo que para el sistema generalizado de préstamos internacionales y de la negociación de los servicios de las deudas contraídas).

De aquí resulta que no sólo el papel del Estado no ha desaparecido, sino que éste permanece como un instrumento necesario en la época de la globalización pero sólo para asegurar una inmensa serie de "facilidades": la procuración del orden público (que siempre es territorial); la administración de la infraestructura social y económica; la negociación con otros Estados de las condiciones medias del mercado de trabajo; el mantenimiento de una situación de paz social (que no es otra cosa más que la conservación de ese “monopolio de la fuerza física legítima” que es un requisito para la existencia de cualquier Estado), de la que depende, a su vez, la paz internacional, porque los Estados continúan, de cualquier forma, siendo “reguladores” de comportamientos y, por consiguiente, productores de normas sociales para todo lo que, viviendo en una situación internacional, requerimos de leyes. La realidad es una “construcción” nuestra: la anarquía existe si nos comportamos de manera anárquica; no existe sin comportamientos anárquicos. Para decirlo en su forma más simple, la existencia de los Estados se justifica, y se garantiza, si trabajan para el “establishment”. Por lo anterior, los Estados continúan siendo importantes y que, antes bien, sin ellos no habría globalización. Pero esto también pone en evidencia que el peligro mayor que corren incluso los Estados más desarrollados es el de empeorar su calidad democrática al representar los intereses de la globalización en lugar de los de sus ciudadanos.

Reitero en primer lugar que el Estado (en cuanto “comité de negocios”) es la correa de transmisión fundamental de la globalización, por el simple hecho de que ésta no se dirige a un ambiente sin fronteras, sino, hoy por hoy, a uno que está hecho de Estados, de manera que hacer como que los Estados ya no tienen continuidad parece como un truco encaminado precisamente a producir la imagen de lo inevitable y de lo omnicomprensivo de la globalización; pero la globalización no lo es por naturaleza. Cualesquiera que sean las formas de Estado vigentes, la globalización no es para nada indiferente ante ellas, tan es así que la globalización no mostró ser indiferente cuando todavía existían los Estados socialistas. Se da el caso de que la mayor parte de los Estados protagonistas de la globalización (ricos y desarrollados) están regidos por sistemas democráticos (así como los entendemos comúnmente). Si es verdad que la condicionalidad es la nueva forma de la opresión internacional, no podríamos dejar de encontrar efectos de esa opresión también en los estándares democráticos de los países que la sufren. Son dos las posibles situaciones:

a) que el carácter democrático de los países ricos experimente lentos, y sólo aparentes e insignificantes, deslizamientos hacia abajo justificados en términos de la necesidad de una mayor eficiencia ejecutiva, precisamente por la exigencia de rapidez de decisiones frente a la globalización. Todos los regímenes políticos de los países más avanzados van a marchas forzadas hacia una forma de bipartidismo.

b) Lo que sucede en los países que no tienen tradición democrática y que, sin embargo, han entrado en el juego de la globalización (esencialmente los países del sudeste asiático, pero el modelo también vale para los más avanzados entre los países del ex Pacto de Varsovia aún no incluidos en el Unión Europea y para México, Chile y Brasil) es una prueba contrastante de lo sustentado en el apartado a). Ellos, efectivamente, no experimentan ningún impulso particular hacia formas de democracia más madura, ni sus socios extranjeros los están impulsando hacia allá. Dicho de otro modo, no hay ninguna condicionalidad democrática para poder ser admitidos en las ventajas de la globalización. Aunque aquellos que ingresaron a la Unión Europea si sufrieron de la condicionalidad y avanzaron enormemente en su esfuerzo democrático. Lo cual implica que no es necesariamente la globalización el factor impulsor sino la búsqueda de los beneficios en el proceso global.

De esta forma sería desmentida, por lo demás, la tesis clásica de la teoría de la modernización, según la cual “mientras una nación es más rica, más aumentan las probabilidades de que ella sostenga un régimen democrático”. Estados Unidos después del “11 de Septiembre del 2001” ha sufrido un retraso significativo en su democracia y el respeto de los derechos humanos anualmente criticados desde entonces por los organismos internacionales. Si hay una exigencia que los "tigres" del sudeste asiático no capten, siendo tan ricos como son, es la democrática. Lo mismo ocurre en China. La única excepción es la India. Pero es evidente que esta coyuntura muestra cuánto del carácter democrático interno de los Estados depende de condiciones internacionales o globales: en primer lugar, porque el tipo de intencionalidad que la globalización promueve no tiene necesidad de la democracia, sino de regímenes estables y fuertes (si son democráticos es simplemente un agregado), de suerte que está en riesgo de frenarse (si no es que ya se ha detenido) la “tercera ola” de la democracia (como la llama Huntington) en segundo lugar, porque una contracción democrática de los Estados democráticos también podría incidir en la fórmula mágica de las “zonas de paz” porque son pacíficas en cuanto también son democráticas. Pero entonces ¿si se reduce su democracia, no se pone en riesgo también la paz?

Es verdad que hoy la globalización no es global, en el sentido de que aún estamos muy, muy lejos de un mundo en el que todos estén conectados a la Red. Sin embargo, la globalización es global en el sentido de que casi todos ahora sienten –directa o indirectamente- las presiones, las constricciones y oportunidades de adaptarse a la democratización de la tecnología de la información y las comunicaciones, a las empresas globales, a las finanzas internacionales y a los flujos de capitales, y a la información que están en el corazón mismo del sistema de la globalización. Es en este sentido que el mundo se está globalizando.

La política ya no es local. Ahora, la política es global. No todos los países pueden sentirse parte del sistema de la globalización, pero, directa o indirectamente, todos los países están siendo globalizados y configurados por el sistema. Y por eso no fue un accidente histórico que Alemania Oriental, la Unión Soviética, el capitalismo asiático, las industrias brasileñas –propiedad del estado- el comunismo chino, General Motors e IBM, o se derrumbaban o eran forzados a reestructurarse radicalmente más o menos al mismo tiempo.

Todos fueron afectados por la misma enfermedad básica que tiró abajo el Muro de Berlín y todos los muros que definían la Guerra Fría. Todos fueron golpeados por la enfermedad denominada el síndrome de la deficiencia estructural de mecanismos de ajuste a la globalización que es la enfermedad política típica de la era de la globalización. Puede atacar a cualquier compañía o país, grande o pequeño, de Oriente u Occidente, Norte o Sur. Puede afectar a cualquier sistema abotagado, excedido de peso o esclerótico, en la era posterior a la Guerra Fría. Es contraída generalmente por países y empresas que no se vacunan contra los cambios provocados por la democratización de la tecnología, finanzas e información, que crearon un mercado mucho más rápido más abierto y complejo, con gran eficacia. Los síntomas del síndrome aparecen cuando un país o compañía pone de manifiesto una inhabilidad consistente para aumentar la productividad, salarios, nivel de vida, uso de los conocimientos y competitividad, y se vuelven demasiado lentos para reaccionar ante los desafíos del mundo veloz. Los países y empresas con el síndrome tienden a ser administrados sobre la base de modelos corporativos de la Guerra Fría, en los que una o unas pocas personas en la cumbre tienen toda la información y toman todas las decisiones, mientras que las personas en el medio y de abajo sólo ponen en práctica esas decisiones, utilizando únicamente la información necesaria para hacer su trabajo.

La única cura conocida para los países y empresas afectadas de síndrome es la “cuarta ola de la democratización”. Esta es la democratización del flujo de la toma de decisiones y la información, y la desconcentración del poder, de manera tal que se permita a un mayor número de gente compartir los conocimientos, experimentar e innovar con rapidez. Esto los capacita para mantenerse a la par de un mercado en el que los consumidores demandan productos más baratos y servicios que se encuadren específicamente en sus necesidades. El síndrome puede ser fatal para aquellos países y empresas que no reciben a tiempo un tratamiento apropiado. En este mundo globalizado existen sólo las empresas rápidas y las muertas.

Las economías de libre mercado han prosperado en el transcurso de los siglos matando con brutalidad a las empresas menos eficientes, menos capaces de adaptarse a las nuevas tecnologías, de mantenerse en contacto con las exigencias cambiantes de los consumidores y de satisfacer esas exigencias con el mínimo de uso de capital y de trabajo. Pero la democratización de la tecnología, finanzas e información aceleró enormemente este proceso en la década de los 80s, exigiendo que los países y las empresas se movieran mucho más rápido para evitar contraer el síndrome. Pensemos que se trata de una evolución en tres etapas.

Comenzó en la era antes de la democratización de la tecnología, las finanzas y la innovación. Esta es una era que empezó con el fin de la Primera Guerra Mundial y duró hasta fines de la década de los 80s. Era una época en que tanto los gobiernos como las corporaciones podían ser más lentas y menos eficientes, porque todos funcionaban dentro de un sistema más protegido. Alan Greenspan describió este restrictivo sistema de la Guerra Fría en un discurso: “Las adaptaciones eran más lentas. El comercio internacional comprendía una proporción mucho más pequeña de economías domésticas. Los muros de los derechos arancelarios restringían la competencia, y los controles de capital muchas veces constreñían la circulación de divisas más allá de las fronteras de cada país. Retrospectivamente, este ambiente económico parecía menos competitivo, más tranquilo, y por cierto menos amenazador para quienes poseían una capacidad moderada o inferior. Por cierto, antes de que la tecnología de la computación automatizara muchas tareas repetitivas, las personas inexpertas podían contribuir con un significativo valor agregado y ganar un salario respetable con relación a los expertos. En ese mundo menos exigente, los gobiernos podían construir redes de seguridad social y activar políticas destinadas a redistribuir los ingresos”.

Naturalmente el nivel medio de vida era menor de lo que podría haber sido en este sistema cerrado de la Guerra Fría, y la elección de los productos en el mercado mucho menos sensible a cambiar el gusto de los consumidores que en el ambiente actual. No obstante, era un mundo más lento, y la mayoría de la gente no estaba consciente de tener alternativas. Las enormes barreras de acceso de un negocio a otro garantizaban que el cambio evolucionara de una manera mucho más pausada, y una compañía o país tardaba mucho más en meterse en dificultades.

Aunque en aquel tiempo tanto el trabajo como el producto eran mucho más costosos y menos flexibles que lo necesario, una porción significativa de la sociedad en todas partes recuerda esta Era de Piedra más lenta y menos competitiva con un afectuoso regusto de nostalgia. El mejor ejemplo de este medio económico más controlado era la economía planificada centralmente, controlada centralmente y dirigida de arriba abajo de la Unión Soviética. El propósito de la economía de la Unión Soviética no era satisfacer la demanda de los consumidores, sino reforzar el control del gobierno central. De manera que toda la información fluía hacia arriba y todas las órdenes fluían hacia abajo.

La segunda etapa en la evolución del síndrome como enfermedad se produjo con la destrucción de este espacioso mundo. Tanto en el nivel corporativo como de gobierno, la democratización de la tecnología, las finanzas y la información empezó a converger a fines de la década de los 80s y creó una eficiencia sorprendentemente nueva y una economía de escala en el mercado, así como también un lugar totalmente nuevo para hacer negocios, denominado espacio cibernético. Esta transformación se conoció como la Revolución de la Información, y será considerada con el tiempo como uno de los grandes saltos hacia delante en la tecnología que se producen cada cien años, como el descubrimiento de la electricidad, que en la era anterior trajo una ruptura fundamental.

Hay muchas maneras de resumir lo que la Revolución de la Información y la triple democratización hicieron al mercado, pero todo se reduce a dos conceptos simples: hicieron bajar en forma considerable las barreras que dificultaban el acceso a casi cualquier negocio, y, al hacerlo, incrementaron la competencia y la velocidad en que un producto, que se iniciaba como innovación, se convertía en mercadería de consumo general.

Estas fuerzas hicieron bajar las barreras de acceso porque, con una solo computadora personal, tarjeta de crédito, línea telefónica, módem, impresora de color, conexión a Internet, sitio en la Web y cuenta para correspondencia con Federal Express, cualquiera podía desde el sótano de su casa empezar su propia editorial, negocio al por menor, comercio de catálogos, diseño global o firma consultora, diario, agencia de publicidad, distribuidora, firma de corretaje bursátil, casino de juego, tienda de video, banco, librería, venta de coches o salón de exhibición de moda. Podía hacerse de la noche a la mañana a muy bajo costo, y la compañía tenía la posibilidad de competir globalmente al día siguiente.

Cuando este tipo de cosas empieza a suceder en la economía de todo el mundo, eso significa que cualquier producto o servicio puede ser transformado, con mucha mayor rapidez, y pasar de una innovación –que sólo uno o dos pueden hacer y posee un componente de alto valor agregado y enormes márgenes de ganancias- a un producto de consumo generalizado. Este es un producto, servicio o proceso que cualquier cantidad de empresas pueden hacer, y el único factor distintivo entre estas empresas es quién lo hace más barato. Ver que el producto o servicio de uno pasa a generalizarse no es muy divertido, porque esto significa que los márgenes de ganancia se reducirán dramáticamente, habrá docenas de competidores, y todo lo que uno puede hacer es rebajar el precio del producto o servicio y venderlo más barato que el vecino o perecer.

En el sistema amurallado de la Guerra Fría este proceso de transformación sucedía a 10 kilómetros por hora, porque las barreras de acceso a los negocios eran mucha más altas. En el mundo de la globalización, con las barreras mucho más bajas, o desaparecidas, este proceso tiene lugar a mil kilómetros por hora. Y a medida que evolucionamos hacia una economía cada vez más definida por Internet, el proceso de acelerará a 3 mil kilómetros por hora.

Como lo ha señalado Edward Yardeni, economista principal del Deutsche Bank, el Internet es el modelo que más se aproxima, en el mundo actual a la competencia perfecta. En el modelo de la competencia perfecta “no existen barreras contra el acceso ni protección contra el fracaso para las empresas improductivas, y todos (consumidores y productores) tienen libre y fácil acceso a toda la información. Estas tres son las características principales del comercio por Internet… La Red baja a cero el costo de comparación de costos. Cada vez más, el consumidor puede encontrar el precio más bajo de cualquier producto o servicio con rapidez y facilidad. En la cibereconomía, el productor con bajos costos ofrece el precio menor y proporciona esta información gratis a todos los clientes potenciales de todo el globo. En la economía de baja tecnología, el costo de buscar el precio menor resultaba relativamente alto. Había que trasponer toda clase de murallas y viajar a grandes distancias para conseguir lo más conveniente, lo que daba una ventaja incorporada a las empresas y tiendas locales o tradicionales. Ahora fabricantes, proveedores de servicios o minoristas de todo el mundo pueden hacer negocio en cualquier parte del mundo. Por eso resultará maravilloso ser un consumidor en la era de Internet, pero arduo y difícil ser productor.

Con la computadora personal se hizo mucho más eficiente facultar a personas, que podían obtener más información y tomar más decisiones, en lugar de una persona encima de ellos que tratara de dirigirlo todo.

Obviamente, el marco de referencia descrito en este apartado enfatiza tanto la permeabilidad del estado y “también la naturaleza policéntrica del sistema político global” Por ello se afirma que “la globalización está redefiniendo el papel del Estado como un administrador efectivo de la economía nacional” (Boyer y Drache, 1996). En ese sentido, el Estado se está alejando de su función social y se convierte en un mecanismo receptor de las necesidades del mercado dando respuesta alas mismas.