GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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La retórica política de globalización

Hemos visto que sé ha convertido en moda ahora afirmar que la era del Estado es superior, y que la gobernabilidad en el plano nacional es ineficaz en la intención de globalizar procesos económicos y sociales. La política nacional y las elecciones políticas han sido trazadas por el mercado mundial y por las fuerzas financieras que son más fuertes y sólo son igualadas por los Estados más poderosos. El capital móvil y sin ningún apego nacional, ubicará la ventaja económica adondequiera que exista, pero la labor de ambos es ubicarla nacionalmente y ajustar sus expectativas políticas para encontrar las nuevas presiones de competitividad económica.

Los regímenes nacionales distintos con derechos de trabajo extensivo y la protección social se tornan así, obsoletos. Tal demasía es una contradicción en política monetaria y fiscal a las expectativas de los mercados globales y las empresas globales. El Estado nacional ha cesado de ser un gerente económico efectivo dicen. Este poder único provee ese capital social internacional de servicio público considerado una necesidad y al costo más bajo posible.

Los Estados nacionales son percibidos por autores como Ohmae (1990; 1993) y Reich (1992) para llegar a ser las autoridades locales del sistema global. Los Estados no pueden independientemente afectar más los niveles de empleo o actividad económica dentro de sus territorios: más bien, esas medidas y condiciones son dictadas por las elecciones de capital internacionalmente móvil. El trabajo de los Estados nacionales es como el de municipios dentro de Estado, hasta ahora sólo sirven para proveer la infraestructura y mercaderías públicas que ese negocio necesita al costo mas bajo posible.

Esta nueva retórica política se basa en un anti-liberalismo político. El conjunto libera desde la política, la nueva globalización de la economía que permite a empresas y mercados destinar los factores de producción donde exista una mayor ventaja, sin las distorsiones de la intervención estatal. El libre comercio, las empresas transnacionales y las globales y los mercados de capitales mundiales han liberado el negocio de las limitaciones políticas, y son capaces de proveer a los consumidores del mundo la mayoría de los productos pero ahora con mayor eficiencia y más baratos. La globalización da cuenta de los ideales -de mediados del siglo XIX -liberales del libre comercio que en un mundo desmilitarizado en que la actividad de negocio es el poder primario y ningún político tiene otra tarea más que la protección del mundo y del sistema de libre comercio.

Para los países industriales avanzados la retórica de la globalización es una fortuna. Esto provee un nuevo derrotero después del desastroso fracaso de la política monetaria y radical e individualista en la década de 1980. Los derechos de trabajo y el bienestar social del tipo práctico en la era de la gestión económica nacional rendirán a las sociedades occidentales incompetentes con relación a las nuevas economías industrializadas.

Para la izquierda radical el concepto de globalización también provee alivio desde un tipo diferente de callejón sin salida en el ámbito político. Enfrentadas con el desplome del socialismo real y de las pugnas anti imperialistas del tercer mundo, la izquierda puede ver en la globalización la realidad continuada del sistema mundial capitalista. Esta es una capacidad de poder ver también la futilidad de estrategias reformistas democráticas sociales nacionales. La izquierda revolucionaria puede debilitarse pero los reformistas pueden sostener no poseer más una política pragmática y efectiva.

La izquierda y la derecha pueden así mutuamente celebrar el fin de la era Keynesiana. La gestión económica nacional, el empleo total y el crecimiento mantenido, la fabricación estandarizada en serie con trabajadores de medio tiempo y destreza manual, la colaboración entre la corporación industrial organizada y el Estado: estos factores, centrales al período que corresponde al periodo de 1945 a 1990 fue de gran auge, creando condiciones que favorecieron la influencia política del trabajo organizado y que restringió políticas creíbles a una trayectoria centralista y reformista. El predominio de mercados internacionales volátiles, el cambio a métodos flexibles de producción y el radical retorno de la fuerza laboral, el crecimiento vacilante e incierto en los países avanzados, la declinación del trabajo organizado y corporativo, la intermediación, todo se sostiene, rendido a las estrategias reformistas obsoletas y redujeron los procesos centralistas políticos nacionales, fueran competitivos o cooperativos.

Hay alguna verdad en la propuesta de que la política nacional en los países avanzados es cada vez más una política fresca. Esto no es más una materia de guerra y paz, o de conflicto de cualquier clase. Esto no es más una materia de movilización masiva para la vida o muerte de los esfuerzos comunes nacionales. Para la globalización, la llana política nacional iguala al menor saliente pero no puede alterar muchos resultados económicos y sociales, negocios necios que adoptan estrategias intervencionistas que socavan la competitividad nacional.

La política nacional de aquí en adelante tiene lugar para llegar a ser más como política municipal, una materia para proveer servicios mundanos. Así la energía desagua fuera de las políticas convencionales, lejos de partidos establecidos, gente de valor cesa de ser atraída por una carrera política. La energía fluye en acciones civiles y en la política de moralidad (en puntos como aborto, derechos humanos, derechos animales y el ambiente). La política activista o “caliente” puede jugar tanto a la política primaria sin temor a que esto distraiga o desvíe la atención de puntos nacionales vitales porque ahora se consideran mundanos.

La declinación de la política centralista nacional, de guerra, de clase de conflicto y revolución, de gestión económica efectiva y la reforma social, libera fuerzas políticas por la necesidad de colaborar contra enemigos o para colaborar para mantener la prosperidad nacional. Las sub nacionalidades y las regiones pueden afirmar su autonomía con menos temor. De aquí en adelante el estilo de vida religioso, étnico y pluralista puede expandirse dentro de tales Estados y los grupos dentro de los Estados nacionales pueden crecer en importancia como focos alternativos de lealtad para sus miembros.

Estos argumentos tienen alguna fuerza. No hay duda que lo sobresaliente de los Estados ha cambiado notablemente desde la era Keynesiana. Los Estados son menos autónomos, tienen menos control privativo sobre los procesos económicos y sociales dentro de sus territorios, y son menos capaces de mantener diferencias nacionales y la homogeneidad cultural. Ello está creando regiones integradas por varios países con intereses comunes (la ASEAN, la Unión Europea, el TLCAN, etc.) generando una nueva geografía industrial (Storper, 1997 y Malmberg y Maskell, 1997; y Storper, 1997).

Dentro de ese rió turbulento y sin cauce fijo, son las empresas globales las que desafían a los Estados. Son ellas las que fijan las reglas de los procesos económicos, políticos, sociales y culturales. Reglas que desde su nacimiento eran una prerrogativa esencial de la naturaleza del Estado. Al dejarse arrebatar esta prerrogativa, el Estado se prostituye en su orientación social y se convierte en un instrumento más de la globalización – salvo los que evolucionan- para proporcionar los medios de la utilidad privada a costo de la sustentabilidad del mismo sistema social, político y económico. Pero la mayoría de los gobernantes piensa que aquél es el camino correcto. Aquí hacemos un llamado a repensar la función del estado con una orientación social para crear un nuevo camino dentro de la senda de la globalización.