GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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A. La incrustación Mutua de las Esferas Económicas y Políticas

En contraste con la postura ortodoxa que afirma la coexistencia, en la sociedad liberal, de dos esferas funcionales y normativamente distintas y autocontenidas, la crítica desenvuelta en la previa sección conduce a la conclusión de que las “esferas” deben verse sólo como componentes integrales e interdependientes de un conjunto más grande. La “economía”--específicamente la división social del trabajo, la composición del producto social y su reparto entre los varios actores económicos--no es en cualquier sociedad avanzada la consecuencia de alguna “cooperación espontánea” sino una creación generada por fuerzas netamente políticas. Más allá del intercambio quizá de estaño por pescado, sal por papas o lana por plátanos u otros productos naturales, lo que se intercambian en los mercados depende inherentemente de las respuestas a tres cuestiones: ¿Cuál es la estructura de los derechos de la propiedad? ¿Cuál es la estructura de los impuestos para pagar los gastos imprescindibles aun para el gobierno mínimo que se límite al mantenimiento de esta estructura de propiedad? Y ¿Cuál es la naturaleza de estos gastos?

Puesto que, por una parte, cada uno de estas cuestiones se integran al cálculo que plasma los mercados--establece las funciones de demanda y oferta por los diferentes factores de producción y las mercancías y servicios potenciales--, y por otra parte, que ninguna de estas tiene una respuesta “objetiva” o “apolítica”, resulta innegable que el desenlace económico no puede desligarse del juego político aun en la teoría liberal: las decisiones procedentes de la esfera política inherentemente mandan “flechas” que estructuran la esfera económica.

Al volver de la teoría pura al mundo real habitado por actores que comprenden su interdependencia efectiva, se encuentra que las líneas de causación entre las dos esferas casi siempre también se reflejarán en “flechas” apuntando de la esfera económica a la política. Aunque esta relación se concreta a través de dispositivos formalmente establecidos sólo en el sistema corporativo--la planeación indicativa en Francia y sistemas similares en Japón y (anteriormente) en Argentina, Brasil y México--; solamente en un ambiente político dominado por una clase gobernante comprometida a su autodestrucción podría haber una insensibilidad total ante las exigencias del sector productivo. Aun en el contexto de una sociedad que adhiere a los principios del “Estado mínimo” de los sueños neoliberales, habrán presiones procedentes de los distintos grupos sociales para reformular los derechos de la propiedad y reestructurar los impuestos, y en las sociedades que conceden un papel más amplio al gobierno en la economía--todavía virtualmente todos--también presionarán los grupos sociales distintos respecto a la naturaleza y extensión de la infraestructura económica, los servicios públicos y la promulgación de dispositivos especiales. Aunque varían la forma e intensidad de los estímulos con el contexto económico, político (como se destacará abajo, ideológico) prevaleciente, en todo caso existirán.

Entre los factores relevantes que influirán en el desenlace se encontrarán el estado de la macroeconomía--sano o débil--; la naturaleza e intensidad de la organización y estructura del sistema productivo--competitivo o monopólico, orientada hacia las exportaciones o la sustitución de importaciones, etcétera--; el estado de organización de la clase propietaria y de los trabajadores, respectivamente--cohesiva o amorfa; la naturaleza e intensidad de la conciencia de clase de ambos de estos grupos funcionales--orientados a los intereses del grupo, del individuo o de la “sociedad”--; la orientación ideológica de la élite político-económica del estado (EPAE)—“'economicista” o “populista”, etcétera. Dados los valores para estos factores, los grupos que integran la esfera económica tienden de inyectarse en el proceso de tomar decisiones en la esfera política mediante una combinación de “zanahorias” y “palos” que incluyen contribuciones a campañas electorales, “gratificaciones” y otros alicientes informales, organización política expresada en huelgas de trabajadores o propietarios pequeños, huelgas de capital, votos electorales, entre otros.

En resumidas cuentas, aun en la sociedad que más corresponde a la teoría neoliberal, la naturaleza de la economía se determina por condiciones establecidas necesariamente dentro del seno del aparato político, a la vez, aunque en forma menos mecánica o predecible, los integrantes de la sociedad civil actuando como propietarios, trabajadores y consumidores de servicios públicos, se insertan en la esfera política. El resultado es la determinación mutua de las dos esferas y, de ahí, lo que debe entenderse como la existencia de una gran esfera económico-político de la cual el mercado y el dispositivo político son solamente componentes.

Por ello, mientras la capacidad del Estado para gobernar ha cambiado y en muchos aspectos (gestión macroeconómica especialmente nacional) se ha debilitado visiblemente, permanece como una institución de apoyo, especialmente desde el punto de vista de crear las condiciones efectivas para un gobierno internacional. Basaremos los puntos principales siguientes de nuestra discusión en las posibilidades de gobernabilidad y el papel del Estado:

1.- Como hemos argumentado en apartados anteriores, la economía internacional no corresponde al modelo de un sistema económico de globalización, entonces los Estados tienen un papel importante que jugar en la gobernabilidad económica en el ámbito de ambos procesos el nacional e internacional aunque actualmente no existan los controles para ello. Sin embargo, esos controles se pueden diseñar en el futuro.

2.- Las formas emergentes de gobernabilidad de mercados internacionales y los otros procesos económicos involucran a los gobiernos nacionales pero en un nuevo papel: los Estados vendrán a funcionar menos como entidades “soberanas” y más como los componentes del rompecabezas del entramado de la política internacional

Las funciones centrales de la voluntad del Estado llegarán a ser las de proveer legitimidad y asegurar la responsabilidad de mecanismos de gobernabilidad supranacionales y subnacionales.

3.- Mientras el control exclusivo del territorio por el Estado ha sido reducido por el mercado internacional y los nuevos medios de comunicación, todavía retiene un papel central que asegura en gran medida el control territorial y la regulación de las poblaciones. Las personas son menos móviles que el dinero, las mercancías o las ideas: en un sentido ellas permanecen “nacionalizadas”, dependiendo de pasaportes, visas, la residencia y requisitos para trabajar. El papel del Estado democrático como el posesor de un territorio en el que regula su población le da a ello una legitimidad definitiva internacionalmente, ninguna forma otra agencia no gubernamental podría tener poder para hablar por esa población.

Ya dijimos que como resultado de las interacciones entre economías y, además, la cada vez mas estricta vinculación de los sistemas financieros nacionales e internacionales, los estados nacionales han visto no solo alterada, sino disminuida, la eficacia de los instrumentos económicos con que cuentan para regular la marcha de la economía, entre otros el encaje legal, restricciones al crédito, controles de flujo de capitales, etc., por ello recurren preferentemente a los tipos de cambio y en menor medida a las tasas de interés como mecanismos regulatorios. Ello es consecuencia de los movimientos masivos de capital y de todo tipo de recursos externos a los que tienen acceso el sector privado.

Si el Estado actual está en crisis, ello quiere decir que la globalización debe haber llegado, a su vez, a su culminación, y quizá inicie su erosión. Durante décadas los gobiernos tuvieron pocas dificultades para demostrar su capacidad para controlar los mercados, promover el crecimiento y conservar la desigualdad social dentro de estrictos límites. En nuestros días, los mercados han obtenido su venganza. Las instituciones financieras deciden cuales políticas estatales son aceptables y cuales no. En estas nuevas circunstancias, los gobiernos son tomados como rehenes de las fuerzas del mercado de una manera que pudo haber sido prevista. Los mercados y las empresas globales ahora definen los límites de la política; los economistas también ejercen una influencia sin precedentes en la construcción de la política pública. En todas partes, los países buscan formas para competir e incrementar su parte del nicho de las exportaciones mundiales. Algunos países, incluso, han llegado a considerar a sus mercados domésticos como insignificantes en el efecto económico y más importante a los mercados externos como proveedores de un recurso financiero que es necesario para sustentar el desarrollo. Si toda esta intensa actividad pudiera reducirse a un solo concepto este sería el de globalización. La globalización está redefiniendo el papel del Estado nacional como un efectivo administrador de la economía nacional.

Como es improbable que se trate de dos fenómenos autónomos, creo que no solamente están entrelazados, sino que además son los problemas del Estado los que dieron lugar a la globalización. ¿Por qué el Estado nacional ha entrado en crisis? La razón más evidente parece estar representada por los excesos producidos en la posguerra, por la expansión de su papel: el Estado intervencionista y el Estado como sujeto económico ampliaron sus compromisos hasta hacerse incapaces de responder a todos ellos. La crisis del Welfare State en general es buen ejemplo de situaciones gracias a las cuales nos dimos cuenta, al llegar a un cierto punto, que los compromisos se habían acumulado causando un trastorno. Una gran parte de los Estados, por lo demás, se habían ocupado en primer lugar de sus propios asuntos porque habían sido aislados por los dos vencedores de los problemas internacionales desde el final de la segunda guerra mundial.

A partir de la crisis en los Estados, un nuevo Estado con sus propias formas institucionales está emergiendo en los umbrales de este tercer milenio. Algunos lo llaman el Estado Regional (Ohmae, 1995). Otros se refieren a él como el Estado post – soberano. Otros más lo ven como el estado Global. Todavía otros ven esta época como una de expectativas disminuidas con el renacimiento del liberalismo económico. Con esta corriente, la eficiencia se ha convertido en el nuevo dios y en una creencia universal de las mayores organizaciones y de las potencias industriales. En su visión, el capital debe fluir libremente a través de las fronteras nacionales para que el mundo se recupere. Las empresas deben aprender a reorganizar su producción para tomar ventajas de las nuevas oportunidades. El Estado sólo debe “dejar hacer, dejar pasar”.

En esta situación se desarrollaron dos tendencias opuestas: una de tipo universalista, por la cual era posible, por primera vez en la historia, extender la ciudadanía del mundo a los principios fundamentales de derechos humanos; otra de tipo comunitarista, que veía con horror esta “igualación planetaria” en la que se perdería todo lo que de bueno y propositivo hay en las “diferencias”.

La fuerza ideal del universalismo choca con lo concreto de los argumentos comunitaristas, que normalmente logran ser entendidos con más facilidad. Es curioso que, mientras en la teoría sociológica de la globalización de R. Robertson se comenta la proposición “pensar globalmente y actuar localmente” observando que tiene “gran interés sociológico” y considerable relevancia en la discusión actual, en cuanto implica el propósito de vincular lo local con lo global a partir de la perspectiva según la cual los problemas particulares sólo pueden ser eficazmente afrontados si se reconoce su encuadramiento en un contexto mucho más amplio. El gurú de la globalización, John Naisbitt, puede proclamar la comparación y con igual seguridad el principio opuesto “pensar localmente, actuar globalmente”. El primero utiliza la racionalidad occidental clásica, de conformidad con cual lo pequeño está en lo grande, pero no viceversa, el segundo, en cambio, consciente de que las acciones (cualquier acción) son de alguna manera “locales” (y especialmente las “productivas”), interpreta la creciente “liviandad de las empresas” como condición para que puedan moverse globalmente (actuar globalmente), aprovechando cualquier condición allí donde se presente, solamente por el tiempo que sea conveniente. Me parece que el segundo capta mejor que el primero la situación real. En cualquier caso, observando con atención, esta dicotomía puede ser remitida a la otra que ya he analizado: Naisbitt podría ser vinculado a la posición comunitarista, Robertson a la universalista.

Ello muestra, creo, lo abstracto del universalismo, que olvida con mucha frecuencia que cerca de la mitad de la población mundial no ha sido afectada en lo mínimo por los efectos de los principios de ese universalismo (mientras, obviamente, de todo eso no se interesa en absoluto el comunitarismo). De ello ha derivado qué una parte, si bien reducida, de la población pobre del mundo haya decidido trasladarse a los países ricos para poder compartir su universalismo (como si se dijese: “si Mahoma no va a la montaña, la montaña... “). Ello ha producido, por lado, la confusión de las razas y, por otro, un incremento de los fundamentalismos. Mientras la primera puede ser vista como un problema de interculturalidad (y, por tanto, a larga, absorbible), el segundo se ha dividido en dos: fundamentalismos antioccidentales y prooccidentales. Las guerras del futuro derivarán de la confrontación cultural de estas dos visiones: occidente contra fundamentalismo.

Es evidente que en esta nueva tensión, la institución Estado tiende a perder su capacidad reguladora: mientras esta institución es obsoleta para los universalistas, es demasiado invasora para los comunitaristas. Los casos italiano y europeo son sintomáticos. La controversia de la cuestión nacional sería pequeña en el primer caso, si no ocultara un asunto más serio, esto es, el vértigo de la pérdida de identidad, de por sí inevitable si el Estado es obsoleto y si nos convertimos en ciudadanos del mundo (esto es lo que da pie al comunitarismo); la profundización del proceso de unificación (que ahora ya penetró sin remedio en los Estados miembros de la Unión) en el segundo caso obliga a los ciudadanos a formarse una “identidad europea” que se muestra tan imponente que incluso restringe la libertad monetaria de los Estados miembros y regula sus políticas económicas.

El Estado territorial “con fronteras” ya no funciona y, entonces, en su lugar se construye uno más grande que termina, consecuentemente, por mostrarse todavía más intervencionista que el primero, asumiendo regularmente aspectos esenciales de los Estados que entran a formar parte de la Unión. Pero todo ello se determinó, una vez más, a la luz de las grandes transformaciones del orden internacional que anularon, a su vez, una inmensa frontera, la que había entre el capitalismo y el socialismo: la “fuga del Estado” se da, por tanto rumbo a los horizontes abiertos y sin fronteras de la mundialización y el radio de las acciones individuales. Se trata de una oportunidad que, evidentemente, no puede ser aprovechada por todos, sino solamente por quien posee los instrumentos para ello, vale decir, las grandes empresas o, de cualquier forma, las empresas que tienen los capitales suficientes para moverse sin fronteras.