GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

GLOBALIZACIÓN ¿UN FUTURO POSIBLE?

Emeterio Guevara Ramos

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IV. LA NACIÓN Y EL IMPERIO DE LA LEY

Hemos discutido la tenacidad de la nación afirmando primeramente desde el punto de vista de su papel dentro de un sistema de gobierno internacional. Hay, sin embargo, otra razón para argumentar que el Estado persistirá como una forma importante de organización política, una razón estrechamente conectada con la tradición central que exalta la soberanía: esta es la fuente primaria de las reglas obligatorias (ley) dentro de un territorio determinado. Este papel del Estado como monopolio hacedor de leyes se conectó estrechamente con el desarrollo de un monopolio de los medios de violencia y con el desarrollo de un sistema coherente de administración que provee los medios principales de gobierno dentro de un territorio. Hoy, sin embargo, ante este papel de sostener el imperio de la ley es relativamente independiente de esos otros elementos en el proceso histórico de la formación del Estado moderno.

Para resumir el argumento por adelantado: los Estados como las fuentes del imperio de la ley son requisitos previos esenciales para la regulación mediante la ley internacional y ellos están cubriendo las facultades públicas, las necesidades de la supervivencia de sociedades nacionales plurales con formas diversificadas de administración y normas comunitarias.

Los Estados han sido encarados: por un lado se reta a los centros de decisión sustantiva y las facultades administrativas, y sobre el otro las fuentes de reglas que limitan sus propias acciones y las de sus ciudadanos. Un aspecto del Estado es sustantivo y el resultado orientado, a una materia de decisión política y a la implementación de tales decisiones mediante la administración; el otro aspecto es procesal y concierne al papel del Estado como regulador de acción social en un amplísimo sentido de reglas como guías de la acción y de ordenación constitucional entre los reclamos competentes de ciudadanos y entidades corporativas.

Sí nos movemos en un sistema social y político más complejo y plural entonces la voluntad del imperio de la ley llega a ser más importante. Aun más que en la esfera de la regulación administrativa, las brechas entre jurisdicciones son mortales a la certeza y la seguridad necesaria para los actores en una sociedad comercial, para que no se permitan las inescrupulosas evasiones de sus propias obligaciones y el infringir los derechos de terceros. Por ejemplo, asilos impositivos, banderas de conveniencia, terrenos de descarga para la contaminación, etc. todos permiten a los actores económicos mundiales avanzados evitar las primeras obligaciones mundiales.

Un mundo compuesto de fuerzas políticas diversas, agencias gubernamentales, y las organizaciones en ambos niveles, internacionales y nacionales, necesitarán de una red de enclaves y facultades públicas que regule y oriente la acción en una manera relativamente uniforme, proveyendo normas mínimas de conducción y desagravios de los daños.

En una sociedad, individualista y plural donde hay pocas normas comunes, los Estados no necesariamente serán capaces de arreglar totalmente los conflictos y problemas múltiples que provienen desde las crecientes sociedades pluralistas modernas: más bien sostenemos que sin un poder público que medie entre estos grupos plurales mediante el imperio de la ley, la fuerza de los conflictos llegará a ser inaguantable (Hirst, 1993). En un sentido la declinación de la guerra como una fuente de cohesión nacional, y el papel del Estado como un gerente económico, reduce el poder y los reclamos que los Estados pueden ejercer sobre la sociedad en algunas áreas y agencias administrativas de identificación política opositora.

La última etapa de este proceso la estamos viviendo en esta primera década del tercer milenio. Es la era de la globalización en la que los gobiernos y las empresas se están reestructurando para aprovechar las ventajas de la democratización tripartita, o dejando de hacerlo y sucumbiendo al aislamiento. Es en esta etapa donde vemos que se utiliza la cuarta democratización –la democratización de la toma de decisiones y la desconcentración del poder y la información- como técnica principal para prevenir el síndrome del aislamiento, o recuperarse de él.

Lo que hace la democratización de la toma de decisiones y la desconcentración del poder es tomar un sistema controlado centralmente, hacerlo más suelto y flexible para después redefinir el centro de manera tal que la toma de decisiones y la información fluyan tanto hacia arriba como hacia abajo. Cada compañía o país exitoso reorganiza su centro de una manera un tanto diferente, según su mercado, geografía, población y nivel de desarrollo.

En el sumamente complejo y vertiginoso sistema de la globalización, la mayor parte de la información necesaria para responder a casi todos los problemas está en manos de personas situadas en la periferia de la organización, no en el centro. Y si su país o compañía no ha democratizado su toma de decisiones y desconcentrando poder para permitir que estas personas apliquen y compartan sus conocimientos, va a estar en desventaja. La toma de decisiones de arriba abajo solo es exitosa cuando el mercado se mueve con lentitud, o la persona de arriba puede estar al tanto de todo, todo el tiempo, lo que es muy raro actualmente.

Hemos avanzado desde un modelo de liderazgo de mando y de control en la Guerra Fría, a un modelo de liderazgo de “mando y conexión” en la era de la globalización. Una manera de resumir este cambio es pensar en el letrero que solíamos ver en el escritorio de todos los jefes o ejecutivos de la era de la Guerra Fría. Decía: “La máxima responsabilidad es mía”. Ése era un lema plausible durante a Guerra Fría, ya que toda la información fluía hacia arriba, para que todas las decisiones fluyeran hacia abajo, y el mercado era lo suficientemente lento para esperar a que una persona tomara todas las decisiones. Pero hoy los mejores directores generales son aquellos que comprenden su función es trazar las grandes estrategias de la corporación, establecer la cultura central de la corporación, hacer rodar la bola por el sendero apropiado y luego dejar que los que están más cerca de los clientes y del cambiante mercado sean los encargados de seguir haciéndola rodar. Por lo tanto el letrero sobre e escritorio del director general exitoso, en la era de la globalización, no será “La máxima responsabilidad es mía”, sino “La máxima responsabilidad es de todos”.

De manera que cualquier jerarquía que se sostenga negando información a sus ciudadanos o empleados no puede funcionar. Ahora debe haber trabajo en equipo.